miércoles 18 de noviembre de 2009

SEXTO CAPITULO CHICO LARGO Y CHARCO VERDE:La Montaña Mágica


Miguel se despertó al sentir la luz del sol picándole los ojos, se dio cuenta que estaba acostado en medio del monte y se incorporó para quitarse semillas y ramas que tenía adheridas en toda la ropa, miró a su alrededor, estaba en un bosque de árboles gigantes y frente a él estaba una montaña imponente que parecía llegar hasta el cielo, “Ese debe ser el Quilambé” pensó. No había rastros del Cadejo y en silencio agradeció al señor del espejo ahumado y al gran Zanate por haberlo llevado hasta ahí.

Empezó a caminar hacia la montaña y sintió el cuerpo muy adolorido, debía ser el resultado del viaje a lomos del Cadejo, tenía la sensación de haber viajado toda la noche y el olor del ser aún estaba impregnado en su ropa.

Cuando el sol llegó cerca del medio del cielo, Miguel ya estaba subiendo por la montaña, tenía mucha hambre pero el recuerdo de su papá en cama lo hacía seguir sin detenerse. En la subida se iba encontrando con todo tipo de plantitas extrañas que nunca había visto antes, y de vez en cuando miraba pequeñas cuevitas y tenía la impresión de que alguien o algo lo miraba desde adentro pero suponía que solo sería su imaginación y continuaba el difícil ascenso.

Ya pasado mediodía, Miguel logró llegar a la cumbre y para sus ojos acostumbrados a la vida de campo fue fácil encontrar un caminito apenas visible entre los matorrales y los arbustos, y así fue siguiendo las largas espirales que conducían hacia adentro de aquella gran montaña.

Al tiempo se encontró unos frutos de zarzamora en medio de unos espinales, y se acercó a ellos con hambre, se detuvo un momento recordando que su abuela una vez le había dicho que en las montañas era mejor no comer ni dañar nada de la naturaleza porque los caminos se podían cerrar. Miguel dudaba si comer o no, pero el hambre era demasiada así que tomó un puño de zarzamoras, pero lo hizo tan apresurado que se rasguñó la mano con las filosas espinas.

Miró su mano ensangrentada y se la limpio un poco, luego se comió las zarzamoras y quedó un tiempo ahí, saboreando lo amarguito y dulce de la fruta, cuando ya había terminado quiso reanudar su búsqueda y ya no supo por donde seguir, no había rastros de camino por ninguna parte, ni para atrás, ni para adelante

Caminó muchas horas pero no hubo manera de encontrar el camino de nuevo, Miguel se desplomó cansado, con hambre y con sed, arrepentido de haber comido las frutas y después de mucho pensar sacó la segunda piedra de la alforja y abrió un hoyo en la tierra con sus propias manos; enterró ahí la piedra negra como ofrenda a la montaña y así pagar por las frutas que había tomado, pidiendo que se abriera el camino para poder encontrar a Chombo.

Después de haber hecho su ofrenda, la tierra tembló y el camino fue visible de nuevo. Miguel se inclinó ante los cuatro puntos cardinales y agradeció en voz alta por el regalo, así que siguió el camino nuevamente con el corazón liguero, mientras se decía a sí mismo que debía cuidar lo que hacía porque solo se le quedaba un regalo más.

martes 10 de noviembre de 2009

QUINTO CAPITULO CHICO LARGO Y CHARCO VERDE: El Señor del espejo ahumado


Al amanecer Miguel se sentó a desayunar en un claro de aquel monte espeso, el suelo estaba totalmente cubierto de hojas secas y los árboles eran tan altos que mareaba ver hacia arriba de ellos, si lo escuchabas con atención parecían emitir un sonido sordo como si una enorme energía saliese de ellos, “era la fuerza de la vida” le había explicado un día su papá, “en el trópico seco los árboles necesitan mucha fuerza para crecer tan alto y si te acercás a ellos la podés sentir”

Miguel sacó la comida de la alforja y se puso a comer tratando de reconstruir en su mente los eventos de los últimos días, tenía que descubrir quien era Chombo y donde encontrarlo, ya no sabía hacia donde ir y se sentía agotado por el desvelo de la noche anterior así que se fue quedando dormido hasta que se acostó en las hojas secas con la comida al lado.

Al mediodía se despertó, el sol le hería los ojos desde arriba y la comida se la había llevado algún animal del bosque, se incorporó y sintió el corazón oprimido, estaba descansado pero no habían respuestas y gritó con fuerza hacia los árboles “¡¡Chombooo!!” pero sólo el sonido de las ramas movidas por el viento le respondió, se incorporó un poco y miró que una de las piedras negras se había salido de la alforja, se dijo a sí mismo que aún no era el momento para usar sus regalos, que antes podía preguntar a las personas que se encontrasen cerca y así lo hizo.


Miguel se fue casa por casa en la zona en la que estaba, y a todos preguntaba por Chombo pero nadie le decía lo que necesitaba. En una casa de adobe roj,o una señora grande con tres niños le dijo que el pulpero del pueblo se llamaba Jerónimo y que tenía fama de hierbero, pero cuando llegó a ver al hombre este le dijo que no sabía nada de Chico Largo ni de Ometepe, así que Miguel siguió su búsqueda por los caseríos hasta que cayó la tarde y la luna volvió a asomarse para ver al muchacho que ya tenía las piernas cansadas de tanto ir y venir sin ningún resultado.

Finalmente se agotó su paciencia y las casas también, ya no había nadie a quien preguntar y Miguel se encontró solo de nuevo al caer la noche, así que con las últimas esperanzas metió su mano en la alforja y acarició en su mano una de las piedras negras. La sacó despacito y murmurando una antigua plegaria que le había enseñado su abuela; la lanzó lo más fuerte que pudo hacia el Este, y Míguel no estuvo seguro de lo que pasó a continuación. Entre el cansancio y el desvelo creyó ver que la piedra en lo que avanzaba se hacia cada más grande y viajaba más y más rápido hasta que fue a dar a un enorme montículo de tierra y al pegar con él este pasó de ser gris a transformarse lentamente a un color blanco, que bañado por la luz de la luna parecía hasta brillar.

Miguel vio entonces algo aún más sorprendente: el montículo blanco brillante empezó a moverse en dirección hacia él. Respiró profundamente y se encomendó a las energías de la naturaleza mientras más se acercaba aquella presencia enorme.

Finalmente lo tuvo totalmente de frente, tenía el tamaño de una casa de dos pisos y toda la figura de un coyote pero más grueso, como si fuera un enorme buey con cabeza y garras de coyote. Aquel ser extraño lo miró con ojos brillantes como brasas y le habló en una voz ronca pero suave: “Soy Tezcatlipoca, señor del espejo ahumado, protector de los chamanes, pero por estas tierras he recibido otros nombres, me llaman Cadejo porque estoy en todos lados a la vez”

Miguel había escuchado del Cadejo, decían que había uno negro malo que atacaba a los caminantes en la noche y uno blanco bueno, que los acompañaba y protegía. Se inclinó un poco hacia el ser en señal de respeto y se presentó: “Yo soy Miguel Castellón y estoy buscando la manera de rescatar el alma de mi padre del reino de Chico Largo y una Cegua me ha dicho que Chombo sabe como, pero yo no sé donde está, ¿me puede ayudar?”

El Cadejo resopló primero y luego se sentó apoyándose entre sus patas delanteras como lo hacen los gatos, aún así la cabeza del animal quedaba mucho más arriba que la de Miguel “Si te puedo ayudar, Chombo es nuestro hermanito nagual, es el único hombre que todavía recuerda las danzas de la luz y puede hablar con las lucecitas de los seres y las cosas, yo te llevaré a la montaña del Quilambé donde todavía vive, así que subite a mi lomo y sujetate bien porque el viaje será duro”

Y así pasó que en medio de la noche, sin más testigos que la luna y los grillos que hacían sonar la música que habían aprendido de sus abuelos, Miguel se subió al lomo del cadejo escalando a través de su espesa cabellera blanca. Aún se preguntaba como había pasado todo aquello, pero luego se dijo así mismo que ese era el regalo y que era mejor no hacerse muchas preguntas. Una vez arriba, el Cadejo se levantó y corrió y corrió como el viento y poco a poco Miguel se fue quedando dormido encima del ser que olía a monte y sudor.

IMAGEN: "Cadejo", Roberto Ossaye (1927-1954)

martes 3 de noviembre de 2009

CUARTO CAPITULO CHICO LARGO Y CHARCO VERDE: Granos de Mostaza



En los tiempos antiguos las Ceguas salían por las noches en los caminos polvosos, se transformaban en animales, a veces en monos otras en chanchos, eran mujeres que embrujaban a los hombres vagos y sabían los secretos de la noche, pero a Miguel no le dio miedo, pensaba en su papá y estaba dispuesto a atrapar a una Cegua para saber como salvarlo.

La abuelita Castellón le dio varias recomendaciones y lo mandó a buscar granos de mostaza a la cocina y llevar varias alforjas con agua y comida para su viaje, “Ahora sólo te falta el bastón de tu abuelo y tus tres regalos” le dijo ya en la salida de la casa y Miguel recordó por primera vez en años el sueño con el zanate, corrió al cuarto y recogió todo aquello “¿Dónde están las ceguas?” preguntó con firmeza, “Caminá hacia el sol y cuando anochezca, no importa donde estés, subite a un árbol y espera sin dormirte, cuando aparezca ya sabés que hacer” Miguel le quiso dar un abrazo pero la abuelita lo detuvo, “A tu regreso ya no me verás, este es el adiós nieto mío” al muchacho le salieron las lágrimas y le beso la mano, pero ya no estaba ahí, no había nada, sólo unas palabras que parecían murmurar el viento “Ahora te vas niño, mañana volverás hombre”

Comenzó a caminar en dirección al mismo bosque en el que se encontró a los chavalos y el zanate años atrás, siempre de cara al sol, con el bordón en la mano y las alforjas al hombro, iba a pie porque su abuelita le había dicho que no podía usar un caballo en aquella aventura, tenía que ir sólo, sintiendo la tierra a cada paso.

Atravesó el pueblo de lado a lado y se metió a los montes donde aún cazaban venados los militares liberales; al anochecer estaba en medio del monte, en un bosque de guanacastes y ceibas gigantes, tan espeso que a veces tenía que caminar en cuatro patas para poder pasar.

Cuando al fin salió la luna supo que era el momento de parar y se subió a un guanacaste alto y ahí se dispuso a esperar. En la noche todo tipo de ruidos lo sobresaltaron, parecía que había un mundo de animales cruzando debajo de sus pies, el acostado en una rama espiaba hacia abajo pero sólo se veían sombras rápidas a pesar de ser noche de luna llena.

Horas más tarde sus ojos se cerraban del sueño y cuando estaba a punto de dormirse un chasquido lo despertó, alguien caminaba abajo y el lo podía sentir. Desde arriba distinguió la figura de una muchacha con una cabellera espesa negra azabache, vestida con una cotona gris que le llegaba hasta el ojo del pie, en sus manos traía un guacal y lo puso en el piso, la muchacha miró para todos lados como si esperase que alguien la hubiese seguido y cuando se sintió segura miró hacia la luna, Miguel también lo hizo, estaba exactamente en el centro del firmamento, debía ser la medianoche.

La muchacha se puso de rodillas delante del guacal y se inclinó con la cabeza hacia abajo, Miguel escuchó como que escupía y luego vio que se iluminaba desde abajo, cuando la muchacho se levantó pudo ver lo que era: ahora había una lucecita dentro del guacal, parecía como un algodón quemándose pero su color era blanco intenso, “Es su alma” pensó Miguel, porque su abuelita le había explicado que las muchachas se transformaban en Ceguas vomitando su alma en un guacal y que luego podían transformarse en animales. Y así pasó, abajo la muchacha se encogió y su vestido se convirtió en una piel peluda hasta que quedó transformada en una mona gris, una mica bruja y salió dando brincos y chillidos monte abajo hacia el camino.

Miguel tenía las manos heladas al bajar del árbol, escondió el guacal con la lucecita y se puso a esperar con los granos de mostaza en la mano, la noche se le hizo eterna, mientras estuvo ahí vio pasar formas de animales que nunca había visto, algunos peludos y largos, otros con los ojos brillantes como el fuego, parecía que se acercaban con curiosidad pero luego escapaban cuando se daban cuenta que era un ser humano.

Al fin se empezó a escuchar el barullo que armaba la mica bruja a su regreso, el muchacho estaba tan tieso que le dolía el cuello y la mica se puso igual de tensa al verlo, sus ojos se volvieron como dos carbones prendidos y empezó a correr hacia él, cuando estaba a dos metros Miguel le lanzó los granos de mostaza y la mica bruja se paró, aquello era la debilidad de las Ceguas, por una antigua maldición tenían que recoger los granos de mostaza que encontrasen en su camino, no importaba cuan pequeños fueran.

Mientras recogía los granos, la Cegua convertida en Mica Bruja le habló “Qué querés?” le preguntó con dulzura y Miguel le respondió mientras tiraba más granos de mostaza “Quiero saber como se puede rescatar un alma comprada por Chico Largo” la Cegua se detuvo y le hizo una mueca de burla, “No me interesa decírtelo, además cuando acabe de recoger estos granos me voy a divertir con vos muchachito” pero a Miguel no lo asustó “Si no me ayudás no te daré tu guacal y al amanecer te quedarás convertida en una mona para toda tu vida” la Cegua dejó caer los granos que había recogido y se puso de rodillas hacia él “No me hagás eso, te ayudo, te ayudo”

Y así dicen que en medio de aquel monte espeso, bajo la luna llena, la Cegua le contó a Miguel de la ciudad bajo la laguna verde de Ometepe, la finca del Encanto, un lugar donde los animales salvajes son mansitos y las almas compradas por Chico Largo se convierten en ganado para vendérselas a dioses antiguos venidos de otras tierras, “ Y cómo lo saco de ahí” le preguntaba Miguel, pero la Cegua sólo le contaba de las reses con ojos humanos que se vendían en el pueblo de Moyogalpa o los vendedores ambulantes que decían haber vendido telas en el Encanto y así le narraba las leyendas mientras recogía los granos de mostaza hasta que los primeros rayos del sol empezaron a salir desde atrás de la montaña y la Cegua había recogido todos los granos, entonces Miguel sacó el guacal del escondite y preguntó por última vez “Y cómo lo saco de ahí?” y la Cegua le respondió con furia en sus ojos “Tenés que viajar sin cuerpo hasta la finca del Encanto y ahí buscar el alma que querés encontrar” los primeros rayos empezaban a tocar las copas de los árboles pero a Miguel le quedaba una pregunta “Y cómo puedo viajar sin cuerpo?” dijo mientras miraba hacia el cielo y la Cegua se abalanzó hacia él y mientras forcejeaban le respondió “buscá a Chombo” y salió corriendo con el guacal.

NOTA: IMAGEN EN ESTE CAPITULO ES "CEGUA" BY NOMAD 81, LINK ORIGINAL EN http://nomad81.deviantart.com/art/Cegua-94980804

martes 20 de octubre de 2009

TERCER CAPITULO CHICO LARGO Y CHARCO VERDE: El Jinete negro


Siete años pasaron y los hijos de Don José crecieron, los mayores se casaron y formaron sus propias familias, pero siempre siguieron trabajando con su padre en las labores de la finca que ahora era tan grande que se necesitaba un día a caballo para poder recorrerla toda.

María de los Ángeles se había convertido en la muchacha más linda de la región y su hermano Miguel, ahora un muchacho alto y fuerte de doce años, la cuidaba siempre que salía a pasear. El también ayudaba con el ganado y le dedicaba tiempo al estudio y a los libros que su abuelita le recomendaba.

Ya nadie recordaba la leyenda de la fortuna de Don José, sólo él llevaba la cuenta de los meses y años que habían pasado desde su viaje a la isla, desde entonces siempre andaba cargado de rosarios y se santiguaba todas las noches esperando que el demonio durmiese en
las profundas aguas del charco verde.

Pasaron los primeros meses sin que nada extraño ocurriese, los días eran tranquilos en la inmensa casa hacienda hasta que llegó la última luna nueva del verano. Era una noche oscura y el silencio era tan grande que lastimaba los oídos, parecía que uno se había vuelto sordo de repente, ni siquiera los grillos sacaban sus chirridos nocturnos. Los que aún recuerdan, dicen que algunos pobladores lo vieron pasar, un jinete vestido de negro en un caballo grande y cenizo que corría como el viento, Doña Chepita Herrera cuenta que el jinete se apeo frente a la casa de su abuelo Santiago y preguntó con voz ronca la dirección de los Castellón, luego se montó rápido sin tiempo de verle la cara, “El Diablo!” había dicho quedito Don Santiago y Doña Chepita se persignó dos veces.

En la hacienda Miguel vio de lejos al jinete, llevaba rato oyendo el sonido de los cascos del caballo, era el único sonido en aquella noche de espanto. Vio que al llegar al portón de la finca su padre ya estaba ahí para recibirlo, nadie supo lo que hablaron pero el jinete no se quedó mucho tiempo, después de algunos gestos de plática entre ellos el jinete tomó las riendas y se perdió por el camino, nadie lo vio regresar.

“¿Quién era ese papá?” preguntó Miguel, “Un comprador de ganado que anda buscando reses de primera” respondió Don José sin ver a su hijo a los ojos y luego se metió rápido a la casa, Miguel sabía que su papá le estaba mintiendo así que lo siguió para sacarle la verdad, en la entrada su abuelita lo detuvo desde la mecedora “Déjalo” le dijo con suavidad “Todos tenemos derecho a nuestros silencios” agregó mientras lo invitaba a sentarse con un gesto de la mano.

“Qué está pasando?” le preguntó Miguel a la anciana, ella dejó de tejer y lo miró profundamente a los ojos mientras le respondía “Han pasado siete años desde que tu padre viajó a Ometepe, la isla de dos volcanes, ese es el hogar de Chico Largo, él compró el alma de tu papá a cambio de un tesoro” Miguel se levantó del susto pero su abuelita lo tomó de las manos con las suyas que eran frías como hielo derretido, “Es tiempo de que tu padre pague lo que debe” agregó con severidad, “¿Y no hay nada que yo pueda hacer?” le dijo Miguel con desesperación, “puede ser, puede ser que sí” le respondió la abuelita Castellón con un guiño del ojo.
A la mañana siguiente Don José no se despertó, respiraba normal y su pecho se alzaba y bajaba pero no escuchaba, no hablaba, no se movía, sólo permanecía en la cama acostado. Llamaron al cura Juan y al farmacéutico Don Tele Martínez, los dos llegaron en chinelas porque los hermanos de Miguel los habían sacado sin desayunar para traerlos a la casa, ellos tampoco supieron que hacer hasta que Don Santiago mencionó lo del jinete y todas las señoras se pusieron a rezar. El cura bañó el cuerpo de Don José en agua bendita y mandaron a llamar a los monaguillos para que quemaran incienso en toda la casa, pero al atardecer Don José seguía igual de dormido.

Aquel cura provenía de una familia con una historia larga en la Iglesia, un tío lejano había sido monaguillo del Papa Julio Segundo durante la época en que El Vaticano tuvo que enfrentar mil guerras contra países vecinos, por eso en el pueblo algunas beatas le llamaban eminencia como si fuera un obispo. El farmacéutico, que lo habían bautizado con el nombre de Teléforo de Jesús Martínez, en realidad no había estudiado nada de química, aprendió farmacia leyendo lo que decían los almanaques y la publicidad de los diarios donde se anunciaban los mejores ungüentos para las enfermedades.

Ya en la noche, cuando todos estaban cansados, el farmacéutico sugirió mandar a llamar a un Doctor a León, Doña Chilo se molestó porque eso significaba seis días de espera ya que el viaje a aquella ciudad necesitaba de tres días en mula y eso con buen tiempo. Al final, después de mucha discusión, mandaron a Mateo junto con el hijo mayor de Don Santiago a buscar el médico, el cura les dio la bendición y salieron en la madrugada del siguiente día.

Poco después de que los habían despedido, Miguel se acostó en su cuarto, en sus manos tenía un caballito de madera que su papá le había tallado dos años atrás, no le había dicho nada a su mamá ni a sus hermanos del asunto de la isla, la abuelita Castellón le hizo jurar de guardar silencio pero a él le estaba explotando el pecho con las ganas de decirles todo. De repente se abrió la puerta de su cuarto y su abuelita apareció vestida toda de blanco con un chal en la cabeza “Ahora es tiempo de que vos también emprendás el viaje” le dijo, “¿Para donde, para León?” le preguntó el muchacho asustado y la viejita se puso a reír, “No hijo, vos si vas a encontrar la cura para tu papá” y Miguel se sintió confundido. “A tu papá le quedan seis días para que Chico largo se quede con su alma, si pasa ese tiempo ya nadie podrá volver a despertarlo jamás” le dijo con miedo en los ojos “¿Y como podemos despertarlo antes que pase ese tiempo?” preguntó Miguel y la viejita le respondió “Pocos son los seres que saben como rescatar las almas del reino de Chico Largo, pero existen” Miguel con ansiedad la zarandeó de los hombros mientras la preguntaba “Decíme abuelita, ¿quién lo sabe?” y la viejita respondió con lentitud “las ceguas lo saben”.

domingo 18 de octubre de 2009

Nefroland


Bienvenidos a una nueva miseria
Bienvenidas a la vieja plaga de mi continente
Agroquímicos mezclados con silencio de gobierno
Trabajo de muerte con caña y azúcar
Para tu trago de ron en las rocas
El que alegra tu vida y obnubila la mente.

Esta es mi tierra
Hermana de ciudad Nemagón
Aquellos que echan raíces por la asamblea
Nosotros apenas recién llegados a catedral
Fantasía de indeminizaciones
Pidiendo restaurar nuestro mal
Nuestra propia Nefroland.

Dicen que no existimos
Que lo nuestro es estafa, robo y astucia
Mal de los volcanes que nos rodean
Producto del vicio del alcohol
Díganlo aquí, sentados ante las hamacas
De los enfermos sin cura
De los que habitan muriendo
Nuestra propia Nefroland.

Somos basura en el ojo del Managua
Somos basura en el traspatio de los Pellas
Somos estorbo para los plantones sandinistas
Somos intrusos en el terrero eclesial
Véannos morir pues
Ya que no nos quieren escuchar.

Y antes que se me olvide
Vayan allá de donde venimos
Chichigalpa, León, occidente
Pregunten, vean y comenten
Nicaragua es una desconocida
Llena de maravillas
y terribles horrores
yo conozco algunos
yo vivo algunos
yo soy uno.

Y cuando tengas tiempo
Entre bacanal y bacanal
Entre trabajo y estudio
Entre tu vida y tu vida
Venite con nosotros
Venite con nosotras
A conocer nuestra vida
A conocer nuestra muerte
En nuestra propia Nefroland.

7 TOJ 2 IMOX

jueves 15 de octubre de 2009

Conjugando


Ella camina sola en la carretera
Zoológico urbano de cemento y putrefacción
Ella no sabe si es la tanta basura
O simplemente su olfato a muerto por indigestión
Huele a violencia, huele a peligro
Miles de sombras danzando en el callejón
Las gotas de sangre caen desde el cielo
Sumiendo su alma en miedo y angustia.

El busca muerte, dolor y tragedia
Talvez vengar la mala vida
Golpe tras golpe de niño a matón
Una violación escrita en algún baño
Vomito del alma que no limpia
Un camino largo de humillación.

Ellos danzan juntos
Con gusanos de hambre
Con cortadas frescas en los brazos
La miran en la tele
La escuchan en la radio
La leen en los diarios
Ya parece muy normal
El golpe que no sueña
La herida que desangra
El machete que desgarra
La verga que penetra
La mano que se ensarta
La lengua que traspasa
Y todo, todo pasa
Enfrente del barrio,
la calle y el callejón.

Ella sube al taxi sin ver
El sube al bus ya sabiendo
A veces no saben de si mismos
Otras temen hasta de los ladridos
Acabaran convertidos en palabras
Textos sangrientos del diario
Noticia de último momento
Lo que vende es su lamento
El poder sin poder hacer nada.

Mata
Matala
Matalo
Matate
Maté
Conjugando la sombra de la ciudad
Conjugando hasta caer muertos
De violencia
Miedo
Y poder…

7TOJIL
15 Octubre 2009

martes 13 de octubre de 2009

SEGUNDO CAPITULO CHICO LARGO Y CHARCO VERDE: Un Zanate y tres regalos


Don José se compró la finca más grande del pueblo y la llenó de vacas lecheras y aves de corral, mandó a traer los mejores vestidos de la capital para Doña Chilo, su mujer y le pagó al sastre del parque central para que le confeccionara a él y a sus dos hijos mayores, trajes de lino blanco para lucir en las tardes de verano.

Don José y Doña Chilo tenían tres hijos varones y una hija mujer, Pedro y Mateo eran los mayores, uno tenía 17 y el otro tenía 20 años, eran los que ayudaban a su papá en las labores de la finca. María de los Ángeles era una niña morena de cabellos rizados, en aquel entonces tenía 10 años, era alta y bonita como su mamá. Luego estaba el más chiquito, el favorito de Don José, se llamaba Miguel y aunque sólo tenía 5 años se sabía los nombres de todos los árboles de la zona y llamaba a cada animal de la finca por el nombre que él les había puesto. Había una gallina que se llamaba Josefa, un pato pardo era Casimiro y una Vaquilla que venía corriendo cuando le decía Clotilde, Miguel quería a todos los animales como si fueran parte de su familia.

Con ellos vivía también la mamá de Don José, pero sólo Miguel la podía ver, los demás sólo escuchaban al niño hablar de ella, lo extraño es que la señora había desaparecido una noche de luna llena en una inundación que había desbordado los ríos del pueblo antes que Miguel naciera.


La casa de la hacienda era de madera, tenía cuatro cuartos y dos pisos, una escalera con trece escalones iba de la sala a la planta superior donde estaban los cuartos, abajo estaba un viejo piano que nadie sabía tocar y varias sillas mecedoras alrededor de un tapete que la abuelita decía que había pertenecido a un rey persa siglos atrás, pero claro esto sólo Miguel lo sabía y nadie más.

Todas las mañanas María de los Ángeles y Miguel iban a la única escuelita del pueblo, salían de la hacienda después del ordeño y cruzaban un bosque de guiño cuabos y acacias secas que estaba siempre lleno de unas aves negras azuladas, eran los zanates.

Un día de verano María de los Ángeles se enfermó de varicela y tuvieron que traer una gran pana desde los establos de Don Santiago Herrera para meter a la niña en agua con manzanilla y así combatir las grandes fiebres que le trajo su enfermedad. Los niños dejaron de asistir a la escuelita hasta una mañana de Domingo en que Miguel entró tempranito al cuarto de sus padres y les dijo en voz alta que él ya estaba grandecito y que podía ir sólo a la escuela; sus padres se asustaron al comienzo pero luego se pusieron contentos con la madurez de su hijo menor.

Esa noche, antes de su primera salida solo, la abuelita Castellón estaba cociendo un pantalón con hilos tan finos que parecían de tela de araña, “Cuando vayas por el bosque mañana, recuerdá que toda vida es sagrada” le dijo al nieto y luego le extendió un bordón de madera de guanacaste, “Este era el bastón de tu abuelo, le ayudó a andar por caminos desconocidos” el niño lo tomó con dificultad y cuando quiso darle las gracias a la abuelita ya no estaba, sólo la mecedora moviéndose con el viento que entraba por las ventanas.
El Lunes, Miguel salió más temprano que de costumbre, con la emoción del viaje todo le parecía nuevo, se fijaba más en todos los detalles del camino: las flores silvestres multicolores, el movimiento suave de las ramas de las acacias y todas las formas mágicas de las nubes en el cielo matutino.

A mitad del camino se escuchó un alboroto, eran varios niños con tiradoras, Miguel se asustó y se escondió entre unos matorrales, cuando llegaron a su lado no lo vieron, eran tres pero sólo se fijaban en las copas de los árboles. “Allá está” dijo un chavalo espigado como de diez años, Miguel miró hacia arriba desde su escondite y se quedó maravillado al ver un zanate inmenso, si hasta parecía aguila, cuando el sol iluminaba su plumaje, parecía como si la luz hiciera una danza en sus colores negros azulados, fue entonces que los chavalos apedrearon al maravilloso pájaro, dos piedras pasaron de largo pero una de ellas le dio en el centro del pecho, el ave cayó y los chavalos corrieron a rematarla.

Miguel se había tapado los ojos para no ver aquello, pero el sonido del zanate al caer se le había metido en los oídos como una abeja enojada, de repente el temor se convirtió en furia y el niño salió de entre los matorrales con el bordón arriba de su cabeza, aún tenía los ojos cerrados así que sólo escuchó una gritería y luego el ruido de gente corriendo, cuando al fin abrió los ojos estaba sólo y por más que buscó tampoco encontró al zanate, se sentó en la hierba y escuchó su corazón, sonaba alto como si se fuera a salir, así estuvo un rato hasta que se tranquilizó y partió de nuevo para la escuelita en carrera porque las sombras de los árboles le decían que ya era tarde.


En la escuelita la profesora Matilde le dio un besito por la alegría de volverlo a ver y lo mandó a sentar al lado de una niña nueva que venía de una ciudad lejana llamada Rivas; Miguel casi no ponía atención recordando la aventura y en recreo escuchó a unos chavalos mayores hablando sobre una pandilla de cipotes que temprano en la mañana habían sido atacados por un duende con una espada, Miguel se puso a reír pero no contó sui historia a nadie.

Esa tarde Miguel llegó contando todo sobre su viaje sólo a la escuela, pero no le dijo a sus padres lo que había pasado con el zanate, tenía miedo de que se asustaran y no lo volvieran a dejar salir sin compañía, sólo su abuelita supo la historia completa y se prometieron mutuamente que aquello sería su secreto.

A las ocho Miguel se fue a dormir y soñó con una isla de dos volcanes y un zanate inmenso como un águila que lo llevaba por los aires hasta la cima de uno de ellos, al llegar ahí el zanate se posaba delante de él y le picaba la mano y de su palma caían tres gotas de sangre a la tierra, entonces había un temblor y tres piedras negras emergían desde el suelo, entonces el zanate lo miraba con ojos humanos y le hablaba sin decir palabras “estos son tus regalos úsalos cuando tu corazón los necesite y ya no sepás que hacer” y entonces Miguel se despertó levantó el brazo izquierdo y al llevar la mano cerca de la cara vio una herida en el centro, luego sintió unos pesos en las piernas y encontró las tres piedras encima de su sábana, escuchó un crujir de madera al lado de la cama y volteó asustado, pero sólo era su abuelita tejiendo en su mecedora, ella le miró y le dijo sonriendo “Este también será nuestro secreto”