miércoles, 15 de noviembre de 2017

EL ESPACIO VACÍO



Me levanto a la medianoche. Me parece que alguien tocó la puerta del cuarto, pero toda la casa está en silencio. Siento la garganta seca y me decido a bajar por agua. Al pasar al lado del cuarto de mi hija me sobresalto pensando en Isabel. La imagino dormida, en el lado de la cama que mi hija siempre dejaba vacío.

Isabel nunca la acompañaba a la escuela. La esperaba para jugar en el patio y pasaban horas hablando solas. "Es cosa de su edad, ya se la pasará" me decía mi padre y yo trataba de no mostrarme incómodo con aquellos juegos. Le busqué amigas. Invitaba a los papás de la escuela a la casa para que trajesen a sus niñas. Mi hija siempre las recibía en silencio y se molestaba si alguna de ellas se quería sentar en la silla de Isabel. Con el tiempo dejé de intentarlo.

Ahora siento el aire fresco que entra por una ventana. Regreso sobre mis pasos y abro la puerta del cuarto de mi hija. Saco una sábana de su closet. Con suavidad la despliego sobre la cama vacía y me voy. Mientras bajo las escaleras, pienso en Isabel. Seguramente extraña a mi hija, yo también.

Alberto Sánchez Argüello
Managua, Noviembre 2017

Imagen:  At Home on the Beach Torn Paper Collage More (artalthea.com)

lunes, 13 de noviembre de 2017

EL SALVADOR DEL MUNDO



Siempre evité incursionar en la política. Sé que habría terminado en la oficina oval, con el botón rojo a mi alcance, listo para destruir el planeta en mi primer período. También decidí no habitar en casa alguna, y me mantengo alejado de lugares públicos, así prevengo accidentes químicos o piquetes mutantes que podrían transformarme en un monstruo capaz de destruir ciudades enteras. Tampoco me permito hacer amigos que se dejen llevar por mi labia maléfica y terminen creando una secta alrededor mío, que lleve al exterminio de toda la especie humana. Por eso vivo así, sin techo y sin amigos, como un nómada de la basura, para poder salvar al mundo de mí mismo.

Alberto Sánchez Argüello

Managua, Noviembre 2017

Imagen: Collage by Sara Shakeel


lunes, 6 de noviembre de 2017

CICLO DE VIDA


Mi hija está llorando. Cada noche es igual, cerca de las tres de la mañana la despierta una pesadilla recurrente. Retiro los cables y me levanto con dificultad. El piso está frío y las gotas de aceite se pegan a mis pies.

Ella está sentada en su cama, sollozando. Le ofrezco agua pero ella solo quiere que la abrace. Nos quedamos un tiempo ahí, ella respirando con dificultad, yo cabeceando somnoliento. Me cuenta que soñó que vivíamos dentro de un laboratorio, que éramos robots, programados para repetir todas las noches la misma rutina. Yo le acaricio la cabeza y le digo que es tarde. Le limpio las lágrimas y le coloco la sábana encima. Me quedo a su lado hasta que deja de mover los pies.

Cuando estoy seguro que se ha vuelto a dormir, abro la pequeña compuerta de su pecho para retirar la batería y ponerla a cargar en el baño. De nuevo en el pasillo,le hago una seña a las cámaras para que limpien el aceite, luego me enchufo al panel de mi cama y me vuelvo a dormir.

Alberto Sánchez Argüello


Originalmente publicado en la revista digital Penumbria, 
N° 34, CDMX Junio 2016

Imagen: Metropolis de Von Fritz Lang (1927)

lunes, 30 de octubre de 2017

BAILAR BAJO LA LLUVIA


En las tardes de lluvia extraño a mi Yaya. Nos encerrábamos en su cuarto y su voz suave me arrullaba al ritmo de las gotas. Me contaba tantas historias maravillosas. La del gigantesco pez que creó el mundo con un bostezo, la de los gatos que se comían las sombras, la de los monos que mancharon la luna.

Pero la que más me gustaba era la de las muñecas que querían ser humanas. "Contámela de nuevo Yaya", le decía, "pero con voz fuerte porque me duermo". Ella me sonreía y me aseguraba que en el inframundo hablan y caminan las muñecas que hemos perdido, y que algunas desean regresar. Me contaba como subían por las raíces del gran árbol, escalando a través de los mil mundos, hasta llegar a este. Cuando les da el sol, me decía, su piel se vuelve de carne. Pueden vivir entre nosotros, pero sin mojarse la cara, eso todas lo saben, agregaba con seriedad.

Ahora que estoy sola puedo escuchar su voz bajo la tormenta. El cielo está cerrado y algunas bandadas de pájaros luchan contra el viento. Ella me habría prohibido salir pero yo siempre quise bailar bajo la lluvia. 

Giro y siento sus abrazos, mientras el reflejo de los charcos me muestra mi rostro, completamente borrado.

Alberto Sánchez Argüello

Managua Octubre 2017

martes, 24 de octubre de 2017

LA PERSISTENCIA DE LA MEMORIA



Todos los sábados caminaba sola en el parque. Me gustaba sentir la corteza de los árboles, el césped acariciando las plantas de mis pies, el reflejo del sol en mis párpados.  Pero eso era antes, cuatro primaveras atrás, antes de las desapariciones.

Un lunes las mujeres se fueron a sus trabajos en sus autos, en buses, a pie. Nunca regresaron. Nadie se preguntó qué pasó con ellas. No hubo cobertura noticiosa, ni búsquedas oficiales. Cada vez que preguntaba por mamá, mi padre me miraba extrañado, como si nunca hubiese existido. 

Luego tocó el turno a las abuelas. Ellas desaparecieron una mañana de sábado. Quedaron sus cuartos vacíos, las camas desocupadas. Finalmente desaparecieron las niñas. Las bebes en sus cunas, compañeras de escuela, mis vecinitas. No se las volvió a ver. Me quedé sola, preguntándome porque no desaparecí junto con ellas.

Ahora vivo en un mundo poblado por hombres. Camino entre ellos sin que me vean. Andan distraídos, somnolientos, como si les faltara algo. Mi padre pasa horas sentado frente a la pared, sin comer, sin dormir. 

Por las tardes me siento en la acera, para ver la brisa que mueve los árboles. En el viento escucho el arrullo de mi madre, las letanías de mi abuela, las risas de mis amigas. Me pongo a cantar suavecito, para que el aire les lleve mi voz.

Alberto Sánchez Argüello

Managua 24 Octubre 2017

Imagen: collage de Fajar P. Domingo



viernes, 20 de octubre de 2017

LO QUE CALLAMOS LOS PAPÁS



Entre tecleo y tecleo, me vuelve la ansiedad. Es como un escarabajo que recorre despacio mi estómago. Empiezo a morderme los dedos y los labios. Todo se detiene cuando entra una llamada. La pantalla del celular me muestra el nombre de la profesora de mi hija. Su tono de voz me confirma que llegó el día. Hace un esfuerzo por calmarse, pero no lo logra. Entre gritos me narra atropelladamente los hechos de las últimas cuatro horas.

Me describe el incidente inicial, el pleito en el aula, los regaños, la reacción fuerte de mi hija, su llamado a la rebelión, el corre y corre de profesores, las barricadas de las niñas, mi hija levitando del enojo, la mal lograda negociación de la directora, los incendios en los baños, la cisterna vacía de los bomberos, la evacuación de las casas vecinas, el intento desesperado por salvar el edificio del consulado ruso, los vítores de los niños desde los techos, el llanto de las profesoras y mi hija, ojos encendidos, gesto fatal, caminando entre las ruinas del colegio.

Un poco más calmada, me dice que me están esperando los directivos, el consejo de padres, el jefe de bomberos, la señora alcaldesa, el embajador ruso, el señor Obispo, tres canales de televisión y un comisionado de la policía nacional.  

Cuelgo, me sirvo un café y pido a recursos humanos permiso para ausentarme. Mientras camino hacia la salida, me siento en paz. Ya no más ansiedades, no más preocupaciones, no mas escarabajos estomacales. Mi hija finalmente destruyó su escuela, ya me puedo relajar.

Alberto Sánchez Argüello
Managua Octubre 2017

Imagen: pintura de Van Der Heyden

martes, 17 de octubre de 2017

DESPUÉS DE NOSOTROS, EL DILUVIO



El anciano camina despacio hacia las olas y se sienta en la arena a esperar la muerte del sol. La brisa marina activa su memoria. Recuerda una sinfonía de Debussy en el celular de su abuelo, los torpes intentos de su hijo para aprender a tocar la flauta en el refugio, el silbido de miles de bombas en el cielo, la respiración suave de su esposa agonizante. Ninguna lágrima asoma por su mejilla. Quince años de soledad lo han drenado por completo.

Al escapar de las ciudades, muchos se fueron al norte, cerca del polo, creyendo que encontrarían sobrevivientes. Él podría ser el último ser humano sobre la tierra. Sin radio, ni televisión es imposible saberlo.   

Ya se refleja el sol en el agua y pequeños anfibios desconocidos, salen debajo de la espuma amarillenta. Al verlos, recuerda las historias de Darwin y se los imagina creciendo, multiplicándose, diversificándose durante miles, millones de años, hasta dar con una especie que herede una tierra libre de humanidad.

El hombre se levanta y camina hacia ellos. La sinfonía de Debussy vuelve a su mente, mientras los va pisando uno a uno, asegurándose de que ninguno llegue hasta el bosque.

Alberto Sánchez Argüello

Octubre 2017