martes, 20 de octubre de 2009

TERCER CAPITULO CHICO LARGO Y CHARCO VERDE: El Jinete negro


Siete años pasaron y los hijos de Don José crecieron, los mayores se casaron y formaron sus propias familias, pero siempre siguieron trabajando con su padre en las labores de la finca que ahora era tan grande que se necesitaba un día a caballo para poder recorrerla toda.

María de los Ángeles se había convertido en la muchacha más linda de la región y su hermano Miguel, ahora un muchacho alto y fuerte de doce años, la cuidaba siempre que salía a pasear. El también ayudaba con el ganado y le dedicaba tiempo al estudio y a los libros que su abuelita le recomendaba.

Ya nadie recordaba la leyenda de la fortuna de Don José, sólo él llevaba la cuenta de los meses y años que habían pasado desde su viaje a la isla: Desde entonces siempre andaba cargado de rosarios y se santiguaba todas las noches esperando que el demonio durmiese en las profundas aguas del charco verde.

Pasaron los primeros meses sin que nada extraño ocurriese, los días eran tranquilos en la inmensa casa hacienda hasta que llegó la última luna nueva del verano. Era una noche oscura y el silencio era tan grande que lastimaba los oídos, parecía que uno se había vuelto sordo de repente, ni siquiera los grillos sacaban sus chirridos nocturnos. Los que aún recuerdan, dicen que algunos pobladores lo vieron pasar, un jinete vestido de negro en un caballo grande y cenizo que corría como el viento, Doña Chepita Herrera cuenta que el jinete se apeo frente a la casa de su abuelo Santiago y preguntó con voz ronca la dirección de los Castellón, luego se montó rápido sin tiempo de verle la cara, “El Diablo!” había dicho quedito Don Santiago y Doña Chepita se persignó dos veces.

En la hacienda Miguel vio de lejos al jinete, llevaba rato oyendo el sonido de los cascos del caballo, era el único sonido en aquella noche de espanto. Vio que al llegar al portón de la finca su padre ya estaba ahí para recibirlo, nadie supo lo que hablaron pero el jinete no se quedó mucho tiempo, después de algunos gestos de plática entre ellos el jinete tomó las riendas y se perdió por el camino, nadie lo vio regresar.

“¿Quién era ese papá?” preguntó Miguel, “Un comprador de ganado que anda buscando reses de primera” respondió Don José sin ver a su hijo a los ojos y luego se metió rápido a la casa, Miguel sabía que su papá le estaba mintiendo así que lo siguió para sacarle la verdad, en la entrada su abuelita lo detuvo desde la mecedora “Déjalo” le dijo con suavidad “Todos tenemos derecho a nuestros silencios” agregó mientras lo invitaba a sentarse con un gesto de la mano.

“’Qué está pasando?” le preguntó Miguel a la anciana, ella dejó de tejer y lo miró profundamente a los ojos mientras le respondía “Han pasado siete años desde que tu padre viajó a Ometepe, la isla de dos volcanes, ese es el hogar de Chico Largo, él compró el alma de tu papá a cambio de un tesoro” Miguel se levantó del susto pero su abuelita lo tomó de las manos con las suyas que eran frías como hielo derretido, “Es tiempo de que tu padre pague lo que debe” agregó con severidad, “¿Y no hay nada que yo pueda hacer?” le dijo Miguel con desesperación, “puede ser, puede ser que sí” le respondió la abuelita Castellón con un guiño del ojo.

A la mañana siguiente Don José no se despertó, respiraba normal y su pecho se alzaba y bajaba pero no escuchaba, no hablaba, no se movía, sólo permanecía en la cama acostado. Llamaron al cura Juan y al farmacéutico Don Tele Martínez, los dos llegaron en chinelas porque los hermanos de Miguel los habían sacado sin desayunar para traerlos a la casa, ellos tampoco supieron que hacer hasta que Don Santiago mencionó lo del jinete y todas las señoras se pusieron a rezar. El cura bañó el cuerpo de Don José en agua bendita y mandaron a llamar a los monaguillos para que quemaran incienso en toda la casa, pero al atardecer Don José seguía igual de dormido.

Aquel cura provenía de una familia con una historia larga en la Iglesia, un tío lejano había sido monaguillo del Papa Julio Segundo durante la época en que El Vaticano tuvo que enfrentar mil guerras contra países vecinos, por eso en el pueblo algunas beatas le llamaban eminencia como si fuera un obispo. El farmacéutico, que lo habían bautizado con el nombre de Teléforo de Jesús Martínez, en realidad no había estudiado nada de química, aprendió farmacia leyendo lo que decían los almanaques y la publicidad de los diarios donde se anunciaban los mejores ungüentos para las enfermedades.

Ya en la noche, cuando todos estaban cansados, el farmacéutico sugirió mandar a llamar a un Doctor a León, Doña Chilo se molestó porque eso significaba seis días de espera ya que el viaje a aquella ciudad necesitaba de tres días en mula y eso con buen tiempo. Al final, después de mucha discusión, mandaron a Mateo junto con el hijo mayor de Don Santiago a buscar el médico, el cura les dio la bendición y salieron en la madrugada del siguiente día.

Poco después de que los habían despedido, Miguel se acostó en su cuarto, en sus manos tenía un caballito de madera que su papá le había tallado dos años atrás, no le había dicho nada a su mamá ni a sus hermanos del asunto de la isla, la abuelita Castellón le hizo jurar de guardar silencio pero a él le estaba explotando el pecho con las ganas de decirles todo. De repente se abrió la puerta de su cuarto y su abuelita apareció vestida toda de blanco con un chal en la cabeza “Ahora es tiempo de que vos también emprendás el viaje” le dijo, “¿Para donde, para León?” le preguntó el muchacho asustado y la viejita se puso a reír, “No hijo, vos si vas a encontrar la cura para tu papá” y Miguel se sintió confundido. “A tu papá le quedan seis días para que Chico largo se quede con su alma, si pasa ese tiempo ya nadie podrá volver a despertarlo jamás” le dijo con miedo en los ojos “¿Y como podemos despertarlo antes que pase ese tiempo?” preguntó Miguel y la viejita le respondió “Pocos son los seres que saben como rescatar las almas del reino de Chico Largo, pero existen” Miguel con ansiedad la zarandeó de los hombros mientras la preguntaba “Decíme abuelita, ¿quién lo sabe?” y la viejita respondió con lentitud “las ceguas lo saben”.

domingo, 18 de octubre de 2009

Nefroland


Bienvenidos a una nueva miseria
Bienvenidas a la vieja plaga de mi continente
Agroquímicos mezclados con silencio de gobierno
Trabajo de muerte con caña y azúcar
Para tu trago de ron en las rocas
El que alegra tu vida y obnubila la mente.

Esta es mi tierra
Hermana de ciudad Nemagón
Aquellos que echan raíces por la asamblea
Nosotros apenas recién llegados a catedral
Fantasía de indeminizaciones
Pidiendo restaurar nuestro mal
Nuestra propia Nefroland.

Dicen que no existimos
Que lo nuestro es estafa, robo y astucia
Mal de los volcanes que nos rodean
Producto del vicio del alcohol
Díganlo aquí, sentados ante las hamacas
De los enfermos sin cura
De los que habitan muriendo
Nuestra propia Nefroland.

Somos basura en el ojo del Managua
Somos basura en el traspatio de los Pellas
Somos estorbo para los plantones sandinistas
Somos intrusos en el terrero eclesial
Véannos morir pues
Ya que no nos quieren escuchar.

Y antes que se me olvide
Vayan allá de donde venimos
Chichigalpa, León, occidente
Pregunten, vean y comenten
Nicaragua es una desconocida
Llena de maravillas
y terribles horrores
yo conozco algunos
yo vivo algunos
yo soy uno.

Y cuando tengas tiempo
Entre bacanal y bacanal
Entre trabajo y estudio
Entre tu vida y tu vida
Venite con nosotros
Venite con nosotras
A conocer nuestra vida
A conocer nuestra muerte
En nuestra propia Nefroland.

7 TOJ 2 IMOX

jueves, 15 de octubre de 2009

Conjugando


Ella camina sola en la carretera
Zoológico urbano de cemento y putrefacción
Ella no sabe si es la tanta basura
O simplemente su olfato a muerto por indigestión
Huele a violencia, huele a peligro
Miles de sombras danzando en el callejón
Las gotas de sangre caen desde el cielo
Sumiendo su alma en miedo y angustia.

El busca muerte, dolor y tragedia
Talvez vengar la mala vida
Golpe tras golpe de niño a matón
Una violación escrita en algún baño
Vomito del alma que no limpia
Un camino largo de humillación.

Ellos danzan juntos
Con gusanos de hambre
Con cortadas frescas en los brazos
La miran en la tele
La escuchan en la radio
La leen en los diarios
Ya parece muy normal
El golpe que no sueña
La herida que desangra
El machete que desgarra
La verga que penetra
La mano que se ensarta
La lengua que traspasa
Y todo, todo pasa
Enfrente del barrio,
la calle y el callejón.

Ella sube al taxi sin ver
El sube al bus ya sabiendo
A veces no saben de si mismos
Otras temen hasta de los ladridos
Acabaran convertidos en palabras
Textos sangrientos del diario
Noticia de último momento
Lo que vende es su lamento
El poder sin poder hacer nada.

Mata
Matala
Matalo
Matate
Maté
Conjugando la sombra de la ciudad
Conjugando hasta caer muertos
De violencia
Miedo
Y poder…

7TOJIL
15 Octubre 2009

martes, 13 de octubre de 2009

SEGUNDO CAPITULO CHICO LARGO Y CHARCO VERDE: Un Zanate y tres regalos


Don José se compró la finca más grande del pueblo y la llenó de vacas lecheras y aves de corral. Mandó a traer los mejores vestidos de la capital para Doña Chilo, su mujer y le pagó al sastre del parque central para que le confeccionara a él y a sus dos hijos mayores, trajes de lino blanco para lucir en las tardes de verano.

Don José y Doña Chilo tenían tres hijos varones y una hija mujer. Pedro y Mateo eran los mayores, uno tenía 17 y el otro tenía 20 años, eran los que ayudaban a su papá en las labores de la finca. María de los Ángeles era una niña morena de cabellos rizados, en aquel entonces tenía 10 años, era alta y bonita como su mamá. Luego estaba el más chiquito, el favorito de Don José, se llamaba Miguel y aunque sólo tenía 5 años se sabía los nombres de todos los árboles de la zona y llamaba a cada animal de la finca por el nombre que él les había puesto. Había una gallina que se llamaba Josefa, un pato pardo era Casimiro y una Vaquilla que venía corriendo cuando le decía Clotilde. Miguel quería a todos los animales como si fueran parte de su familia.

Con ellos vivía también la mamá de Don José, pero sólo Miguel la podía ver, los demás sólo escuchaban al niño hablar de ella. Lo extraño era que la señora había desaparecido una noche de luna llena en una inundación que había desbordado los ríos del pueblo, antes que Miguel naciera.

La casa de la hacienda era de madera, tenía cuatro cuartos y dos pisos. Una escalera con trece escalones iba de la sala a la planta superior donde estaban los cuartos, abajo estaba un viejo piano que nadie sabía tocar y varias sillas mecedoras alrededor de un tapete que la abuelita decía que había pertenecido a un rey persa siglos atrás, pero claro esto sólo Miguel lo sabía y nadie más.

Todas las mañanas María de los Ángeles y Miguel iban a la única escuelita del pueblo, salían de la hacienda después del ordeño y cruzaban un bosque de guiño cuabos y acacias secas que estaba siempre lleno de unas aves negras azuladas: los zanates.

Un día de verano María de los Ángeles se enfermó de varicela y tuvieron que traer una gran pana desde los establos de Don Santiago Herrera para meter a la niña en agua con manzanilla y así combatir las grandes fiebres que le trajo su enfermedad. Los niños dejaron de asistir a la escuelita hasta una mañana de Domingo en que Miguel entró tempranito al cuarto de sus padres y les dijo en voz alta que él ya estaba grandecito y que podía ir sólo a la escuela; sus padres se asustaron al comienzo pero luego se pusieron contentos con la madurez de su hijo menor.

Esa noche, antes de su primera salida solo, la abuelita Castellón estaba cociendo un pantalón con hilos tan finos que parecían de tela de araña, “Cuando vayas por el bosque mañana, recordá que toda vida es sagrada” le dijo al nieto y luego le extendió un bordón de madera de guanacaste, “Este era el bastón de tu abuelo, le ayudó a andar por caminos desconocidos” el niño lo tomó con dificultad y cuando quiso darle las gracias a la abuelita ya no estaba, sólo la mecedora moviéndose con el viento que entraba por las ventanas.

El Lunes, Miguel salió más temprano que de costumbre, con la emoción del viaje todo le parecía nuevo, se fijaba más en todos los detalles del camino: las flores silvestres multicolores, el movimiento suave de las ramas de las acacias y todas las formas mágicas de las nubes en el cielo matutino.

A mitad del camino se escuchó un alboroto, eran varios niños con tiradoras, Miguel se asustó y se escondió entre unos matorrales. Cuando llegaron a su lado no lo vieron, eran tres pero sólo se fijaban en las copas de los árboles. “Allá está” dijo un chavalo espigado como de diez años, Miguel miró hacia arriba desde su escondite y se quedó maravillado al ver un zanate inmenso, si hasta parecía águila; cuando el sol iluminaba su plumaje, parecía como si la luz hiciera una danza en sus colores negros azulados. Entonces los chavalos apedrearon al maravilloso pájaro, y dos piedras pasaron de largo pero una de ellas le dio en el centro del pecho, el ave cayó y los chavalos corrieron a rematarla.

Miguel se había tapado los ojos para no ver aquello, pero el sonido del zanate al caer se le había metido en los oídos como una abeja enojada. De repente el temor se convirtió en furia y el niño salió de entre los matorrales con el bordón arriba de su cabeza, aún tenía los ojos cerrados así que sólo escuchó una gritería y luego el ruido de gente corriendo, cuando al fin abrió los ojos estaba sólo y por más que buscó tampoco encontró al zanate, se sentó en la hierba y escuchó su corazón, sonaba alto como si se fuera a salir, así estuvo un rato hasta que se tranquilizó y partió de nuevo para la escuelita en carrera porque las sombras de los árboles le decían que ya era tarde.

En la escuelita la profesora Matilde le dio un besito por la alegría de volverlo a ver y lo mandó a sentar al lado de una niña nueva que venía de una ciudad lejana llamada Rivas; Miguel casi no ponía atención recordando la aventura y en recreo escuchó a unos chavalos mayores hablando sobre una pandilla de cipotes que temprano en la mañana habían sido atacados por un duende con una espada, Miguel se puso a reír pero no contó sui historia a nadie.

Esa tarde Miguel llegó contando todo sobre su viaje sólo a la escuela, pero no le dijo a sus padres lo que había pasado con el zanate, tenía miedo de que se asustaran y no lo volvieran a dejar salir sin compañía, sólo su abuelita supo la historia completa y se prometieron mutuamente que aquello sería su secreto.

A las ocho Miguel se fue a dormir y soñó con una isla de dos volcanes y un zanate inmenso como un águila que lo llevaba por los aires hasta la cima de uno de ellos, al llegar ahí el zanate se posaba delante de él y le picaba la mano y de su palma caían tres gotas de sangre a la tierra, entonces había un temblor y tres piedras negras emergían desde el suelo, entonces el zanate lo miraba con ojos humanos y le hablaba sin decir palabras “estos son tus regalos úsalos cuando tu corazón los necesite y ya no sepás que hacer” y entonces Miguel se despertó levantó el brazo izquierdo y al llevar la mano cerca de la cara vio una herida en el centro, luego sintió unos pesos en las piernas y encontró las tres piedras encima de su sábana, escuchó un crujir de madera al lado de la cama y volteó asustado, pero sólo era su abuelita tejiendo en su mecedora, ella le miró y le dijo sonriendo “Este también será nuestro secreto”

martes, 6 de octubre de 2009

PRIMER CAPITULO CHICO LARGO Y CHARCO VERDE: El Tesoro de Nicarao


Cuentan que en tiempos del General Zelaya, Nicaragua era un país con pueblos llenos de aparecidos y espíritus nocturnos, las señoras metían a sus hijos temprano a la casa para que no se los llevara la carreta nagua y los hombres apuraban el paso en los caminos de tierra para que las micas brujas o las ceguas no los fueran a embrujar.

Fue en esos tiempos que Don José Castellón decidió tantear la suerte y se fue por los caminos dejando a su familia al cuido de sus hermanos en el pueblito que los había visto nacer. No vayan a creer que Don José era un desobligado, no señor, él sólo quería encontrar la fortuna que necesitaba para darle a su familia una vida mejor.

Podría contarles muchas historias de aquella gira que hizo Don José: su encuentro con Santa Casilda, su pleito con los duendes del bosque de pinos o la vez que atrapó un brujo convertido en hormigón, pero esas son para contarlas en otra ocasión. Lo que les quiero contar es que al final de su viaje llegó a una isla que tenía dos volcanes y ahí tuvo un sueño que le puso la carne de gallina: soñó que a la orilla de una laguna estaba enterrado el tesoro del Cacique Nicarao, un tesoro de joyas de todos los colores que lo dejaban ciego a uno de tanto brillo.

Al día siguiente de su llegada a aquella isla, se levantó del petate y se fue derechito a encontrar la laguna del sueño, pasó entre varios árboles y matorrales y luego apareció ante él una laguna verde, rodeada de un bosque tupido. Don José agradeció al cielo por haberlo llevado a aquel lugar y se puso a cavar a la orilla de la laguna.

Pasó todo el día cavando con una palita que le había comprado a un árabe que vendía todo tipo de chunches en el puerto del gran lago. Al caer la tarde ya estaba cansado pero sólo había encontrado gusanitos y muchas piedras con dibujos extraños.

Al anochecer Don José se acostó al lado de la laguna con su cutacha al lado, pero no se lograba dormir porque sentía un hormigueo en el estómago, tenía miedo y no sabía de que. Así pasaron algunas horas hasta que escuchó que alguien lo llamaba desde la laguna, “José” decía una voz ronca, “¡José!” volvía a decir cada vez más cerca; Una figura larga y oscura se empezó a formar de las sombras de la noche y a Don José se le erizaron hasta los pelos de la espalda, agarró su cutacha y se persignó con la mano temblorosa.

“¿Quién anda ahí?” preguntó con valor a la sombra que tenía enfrente “Aquí me dicen Chico Largo” le respondió el espanto, “Quiero hacer un trato con vos” agregó. Don José sintió que se le iba el alma a los pies. En la isla la gente le había contado que un demonio vivía en el charco verde y ahora lo tenía frente a frente. “¿Qué trato?” le preguntó con voz fuerte, “Tu alma por la fortuna que has estado buscando” le respondió quedito Chico Largo.

“¿Y si no quiero?” preguntó Don José, “Entonces no encontrarás el camino de regreso y jamás volverás a ver a tu familia” respondió Chico Largo amenazante y al acabar de hablar se hizo grande como la noche y su oscuridad se convirtió en una densa niebla que cubrió toda la laguna.

Don José dio dos pasos para atrás y espero a ver si Chico Largo volvía a hablar pero sólo se escuchaba el silencio, ni los grillos sonaban. Al final el cansancio lo venció y se acostó pensando que todo aquello se lo había imaginado.

Cuando se levantó estaba asustado de que la noche siguiese cerrada, Don José se dijo a sí mismo que debían ser los nervios por la pesadilla con el espanto y se volvió a acostar; así le pasó dos veces más hasta que el hambre en su estómago lo convenció que debían ser pasadas las nueve de la mañana, “Esto está mal” dijo en voz baja y empezó a caminar por donde había llegado.

Dicen que caminó varios días en la oscuridad y siempre regresaba al mismo lugar, a veces le parecía escuchar voces de gente pero nunca encontraba a nadie, sólo la noche oscura y el charco verde. Ya muerto de hambre cayó a la orilla de la laguna y se puso a llamar a Chico Largo. La sombra volvió a formarse de la oscuridad y apareció a la orilla de la laguna, “Haré el trato” le dijo Don José casi sin fuerzas.

Y así dicen que pasó: Chico Largo hizo aparecer del fondo de la tierra el tesoro oculto del Cacique Nicarao y las joyas alumbraron la noche como una docena de candiles. Don José le prometió al espanto que después de siete años, su alma volvería a aquel lugar.

Don José compró dos mulas en la isla con algunas de las joyas más sencillas y ahí comenzó la leyenda de su riqueza que hasta los cerros del Norte llegó. Cuentan que al regreso los ladrones no se atrevieron a asaltarlo porque ya se rumoraba que había hecho tratos con el Diablo.

Y así llegó a su pueblo Don José Castellón, con el tesoro de Nicarao al lomo de las mulas, con un peso en el corazón pero contento de poder darle una mejor vida a su familia.