miércoles, 18 de noviembre de 2009

SEXTO CAPITULO CHICO LARGO Y CHARCO VERDE:La Montaña Mágica


Miguel se despertó al sentir la luz del sol picándole los ojos, se dio cuenta que estaba acostado en medio del monte y se incorporó para quitarse semillas y ramas que tenía adheridas en toda la ropa, miró a su alrededor, estaba en un bosque de árboles gigantes y frente a él estaba una montaña imponente que parecía llegar hasta el cielo, “Ese debe ser el Quilambé” pensó. No había rastros del Cadejo y en silencio agradeció al señor del espejo ahumado y al gran Zanate por haberlo llevado hasta ahí.

Empezó a caminar hacia la montaña y sintió el cuerpo muy adolorido, debía ser el resultado del viaje a lomos del Cadejo, tenía la sensación de haber viajado toda la noche y el olor del ser aún estaba impregnado en su ropa.

Cuando el sol llegó cerca del medio del cielo, Miguel ya estaba subiendo por la montaña, tenía mucha hambre pero el recuerdo de su papá en cama lo hacía seguir sin detenerse. En la subida se iba encontrando con todo tipo de plantitas extrañas que nunca había visto antes, y de vez en cuando miraba pequeñas cuevitas y tenía la impresión de que alguien o algo lo miraba desde adentro pero suponía que solo sería su imaginación y continuaba el difícil ascenso.

Ya pasado mediodía, Miguel logró llegar a la cumbre y para sus ojos acostumbrados a la vida de campo fue fácil encontrar un caminito apenas visible entre los matorrales y los arbustos, y así fue siguiendo las largas espirales que conducían hacia adentro de aquella gran montaña.

Al tiempo se encontró unos frutos de zarzamora en medio de unos espinales, y se acercó a ellos con hambre, se detuvo un momento recordando que su abuela una vez le había dicho que en las montañas era mejor no comer ni dañar nada de la naturaleza porque los caminos se podían cerrar. Miguel dudaba si comer o no, pero el hambre era demasiada así que tomó un puño de zarzamoras, pero lo hizo tan apresurado que se rasguñó la mano con las filosas espinas.

Miró su mano ensangrentada y se la limpió un poco, luego se comió las zarzamoras y quedó un tiempo ahí, saboreando lo amarguito y dulce de la fruta. Cuando ya había terminado quiso reanudar su búsqueda y ya no supo por donde seguir, no había rastros de camino por ninguna parte, ni para atrás, ni para adelante

Caminó muchas horas pero no hubo manera de encontrar el camino de nuevo. Miguel se desplomó cansado, con hambre y con sed, arrepentido de haber comido las frutas y después de mucho pensar sacó la segunda piedra de la alforja y abrió un hoyo en la tierra con sus propias manos; enterró ahí la piedra negra como ofrenda a la montaña y así pagar por las frutas que había tomado, pidiendo que se abriera el camino para poder encontrar a Chombo.

Después de haber hecho su ofrenda, la tierra tembló y el camino fue visible de nuevo. Miguel se inclinó ante los cuatro puntos cardinales y agradeció en voz alta por el regalo. Así que siguió el camino nuevamente con el corazón liguero, mientras se decía a sí mismo que debía cuidar lo que hacía porque solo se le quedaba un regalo más.

martes, 10 de noviembre de 2009

QUINTO CAPITULO CHICO LARGO Y CHARCO VERDE: El Señor del espejo ahumado


Al amanecer Miguel se sentó a desayunar en un claro de aquel monte espeso, el suelo estaba totalmente cubierto de hojas secas y los árboles eran tan altos que mareaba ver hacia arriba de ellos. Si lo escuchabas con atención parecían emitir un sonido sordo como si una enorme energía saliese de ellos, “era la fuerza de la vida” le había explicado un día su papá, “en el trópico seco los árboles necesitan mucha fuerza para crecer tan alto y si te acercás a ellos la podés sentir”

Miguel sacó la comida de la alforja y se puso a comer tratando de reconstruir en su mente los eventos de los últimos días, tenía que descubrir quien era Chombo y donde encontrarlo, ya no sabía hacia donde ir y se sentía agotado por el desvelo de la noche anterior así que se fue quedando dormido hasta que se acostó en las hojas secas con la comida al lado.

Al mediodía se despertó, el sol le hería los ojos desde arriba y la comida se la había llevado algún animal del bosque. Se incorporó y sintió el corazón oprimido, estaba descansado pero no habían respuestas y gritó con fuerza hacia los árboles “¡¡Chombooo!!” pero sólo el sonido de las ramas movidas por el viento le respondió, se incorporó un poco y miró que una de las piedras negras se había salido de la alforja, se dijo a sí mismo que aún no era el momento para usar sus regalos, que antes podía preguntar a las personas que se encontrasen cerca y así lo hizo.


Miguel se fue casa por casa en la zona en la que estaba, y a todos preguntaba por Chombo pero nadie le decía lo que necesitaba. En una casa de adobe rojo una señora grande con tres niños le dijo que el pulpero del pueblo se llamaba Jerónimo y que tenía fama de hierbero, pero cuando llegó a ver al hombre, este le dijo que no sabía nada de Chico Largo ni de Ometepe, así que Miguel siguió su búsqueda por los caseríos hasta que cayó la tarde y la luna volvió a asomarse para ver al muchacho que ya tenía las piernas cansadas de tanto ir y venir sin ningún resultado.

Finalmente se agotó su paciencia y las casas también, ya no había nadie a quien preguntar y Miguel se encontró solo de nuevo al caer la noche. Así que, con las últimas esperanzas, metió su mano en la alforja y acarició en su mano una de las piedras negras. La sacó despacito y murmurando una antigua plegaria que le había enseñado su abuela; la lanzó lo más fuerte que pudo hacia el Este, y Míguel no estuvo seguro de lo que pasó a continuación. Entre el cansancio y el desvelo creyó ver que la piedra en lo que avanzaba se hacia cada más grande y viajaba más y más rápido hasta que fue a dar a un enorme montículo de tierra y al pegar con él este pasó de ser gris a transformarse lentamente a un color blanco, que bañado por la luz de la luna parecía hasta brillar.

Miguel vio entonces algo aún más sorprendente: el montículo blanco brillante empezó a moverse en dirección hacia él. Respiró profundamente y se encomendó a las energías de la naturaleza mientras más se acercaba aquella presencia enorme.

Finalmente lo tuvo totalmente de frente, tenía el tamaño de una casa de dos pisos y toda la figura de un coyote pero más grueso, como si fuera un enorme buey con cabeza y garras de coyote. Aquel ser extraño lo miró con ojos brillantes como brasas y le habló en una voz ronca pero suave: “Soy Tezcatlipoca, señor del espejo ahumado, protector de los chamanes, pero por estas tierras he recibido otros nombres, me llaman Cadejo porque estoy en todos lados a la vez”

Miguel había escuchado del Cadejo, decían que había uno negro malo que atacaba a los caminantes en la noche y uno blanco bueno, que los acompañaba y protegía. Se inclinó un poco hacia el ser en señal de respeto y se presentó: “Yo soy Miguel Castellón y estoy buscando la manera de rescatar el alma de mi padre del reino de Chico Largo y una Cegua me ha dicho que Chombo sabe como, pero yo no sé donde está, ¿me puede ayudar?”

El Cadejo resopló primero y luego se sentó apoyándose entre sus patas delanteras como lo hacen los gatos, aún así la cabeza del animal quedaba mucho más arriba que la de Miguel “Si te puedo ayudar, Chombo es nuestro hermanito nagual, es el único hombre que todavía recuerda las danzas de la luz y puede hablar con las lucecitas de los seres y las cosas, yo te llevaré a la montaña del Quilambé donde todavía vive, así que subite a mi lomo y sujetate bien porque el viaje será duro”

Y así pasó que en medio de la noche, sin más testigos que la luna y los grillos que hacían sonar la música que habían aprendido de sus abuelos, Miguel se subió al lomo del cadejo escalando a través de su espesa cabellera blanca. Aún se preguntaba como había pasado todo aquello, pero luego se dijo así mismo que ese era el regalo y que era mejor no hacerse muchas preguntas. Una vez arriba, el Cadejo se levantó y corrió y corrió como el viento y poco a poco Miguel se fue quedando dormido encima del ser que olía a monte y sudor.


IMAGEN: "Cadejo", Roberto Ossaye (1927-1954)

martes, 3 de noviembre de 2009

CUARTO CAPITULO CHICO LARGO Y CHARCO VERDE: Granos de Mostaza



En los tiempos antiguos las Ceguas salían por las noches en los caminos polvosos, se transformaban en animales, a veces en monos otras en chanchos, eran mujeres que embrujaban a los hombres vagos y sabían los secretos de la noche, pero a Miguel no le dio miedo, pensaba en su papá y estaba dispuesto a atrapar a una Cegua para saber como salvarlo.

La abuelita Castellón le dio varias recomendaciones y lo mandó a buscar granos de mostaza a la cocina y llevar varias alforjas con agua y comida para su viaje, “Ahora sólo te falta el bastón de tu abuelo y tus tres regalos” le dijo ya en la salida de la casa y Miguel recordó por primera vez en años el sueño con el zanate, corrió al cuarto y recogió todo aquello “¿Dónde están las ceguas?” preguntó con firmeza, “Caminá hacia el sol y cuando anochezca, no importa donde estés, subite a un árbol y espera sin dormirte, cuando aparezca ya sabés que hacer” Miguel le quiso dar un abrazo pero la abuelita lo detuvo, “A tu regreso ya no me verás, este es el adiós nieto mío” al muchacho le salieron las lágrimas y le beso la mano, pero ya no estaba ahí, no había nada, sólo unas palabras que parecían murmurar el viento “Ahora te vas niño, mañana volverás hombre”

Comenzó a caminar en dirección al mismo bosque en el que se encontró a los chavalos y el zanate años atrás, siempre de cara al sol, con el bordón en la mano y las alforjas al hombro, iba a pie porque su abuelita le había dicho que no podía usar un caballo en aquella aventura, tenía que ir sólo, sintiendo la tierra a cada paso.


Atravesó el pueblo de lado a lado y se metió a los montes donde aún cazaban venados los militares liberales; al anochecer estaba en medio del monte, en un bosque de guanacastes y ceibas gigantes, tan espeso que a veces tenía que caminar en cuatro patas para poder pasar.

Cuando al fin salió la luna supo que era el momento de parar y se subió a un guanacaste alto y ahí se dispuso a esperar. En la noche todo tipo de ruidos lo sobresaltaron, parecía que había un mundo de animales cruzando debajo de sus pies. El, acostado en una rama, espiaba hacia abajo pero sólo se veían sombras rápidas a pesar de ser noche de luna llena.

Horas más tarde sus ojos se cerraban del sueño y cuando estaba a punto de dormirse un chasquido lo despertó, alguien caminaba abajo y el lo podía sentir. Desde arriba distinguió la figura de una muchacha con una cabellera espesa negra azabache, vestida con una cotona gris que le llegaba hasta el ojo del pie, en sus manos traía un guacal y lo puso en el piso, la muchacha miró para todos lados como si esperase que alguien la hubiese seguido y cuando se sintió segura miró hacia la luna, Miguel también lo hizo, estaba exactamente en el centro del firmamento, debía ser la medianoche.

La muchacha se puso de rodillas delante del guacal y se inclinó con la cabeza hacia abajo, Miguel escuchó como que escupía y luego vio que se iluminaba desde abajo, cuando la muchacho se levantó pudo ver lo que era: ahora había una lucecita dentro del guacal, parecía como un algodón quemándose pero su color era blanco intenso. “Es su alma” pensó Miguel, porque su abuelita le había explicado que las muchachas se transformaban en Ceguas vomitando su alma en un guacal y que luego podían transformarse en animales. Y así pasó, abajo la muchacha se encogió y su vestido se convirtió en una piel peluda hasta que quedó transformada en una mona gris, una mica bruja y salió dando brincos y chillidos monte abajo hacia el camino.

Miguel tenía las manos heladas al bajar del árbol, escondió el guacal con la lucecita y se puso a esperar con los granos de mostaza en la mano. La noche se le hizo eterna, mientras estuvo ahí vio pasar formas de animales que nunca había visto, algunos peludos y largos, otros con los ojos brillantes como el fuego, parecía que se acercaban con curiosidad pero luego escapaban cuando se daban cuenta que era un ser humano.

Al fin se empezó a escuchar el barullo que armaba la mica bruja a su regreso, el muchacho estaba tan tieso que le dolía el cuello y la mica se puso igual de tensa al verlo, sus ojos se volvieron como dos carbones prendidos y empezó a correr hacia él. Cuando estaba a dos metros Miguel le lanzó los granos de mostaza y la mica bruja se paró, aquello era la debilidad de las Ceguas, por una antigua maldición tenían que recoger los granos de mostaza que encontrasen en su camino, no importaba cuan pequeños fueran.

Mientras recogía los granos, la Cegua convertida en Mica Bruja le habló “Qué querés?” le preguntó con dulzura y Miguel le respondió mientras tiraba más granos de mostaza “Quiero saber como se puede rescatar un alma comprada por Chico Largo” la Cegua se detuvo y le hizo una mueca de burla, “No me interesa decírtelo, además cuando acabe de recoger estos granos me voy a divertir con vos muchachito” pero a Miguel no lo asustó “Si no me ayudás no te daré tu guacal y al amanecer te quedarás convertida en una mona para toda tu vida” la Cegua dejó caer los granos que había recogido y se puso de rodillas hacia él “No me hagás eso, te ayudo, te ayudo”

Y así dicen que en medio de aquel monte espeso, bajo la luna llena, la Cegua le contó a Miguel de la ciudad bajo la laguna verde de Ometepe, la finca del Encanto, un lugar donde los animales salvajes son mansitos y las almas compradas por Chico Largo se convierten en ganado para vendérselas a dioses antiguos venidos de otras tierras, “ Y cómo lo saco de ahí” le preguntaba Miguel, pero la Cegua sólo le contaba de las reses con ojos humanos que se vendían en el pueblo de Moyogalpa o los vendedores ambulantes que decían haber vendido telas en el Encanto y así le narraba las leyendas mientras recogía los granos de mostaza hasta que los primeros rayos del sol empezaron a salir desde atrás de la montaña y la Cegua había recogido todos los granos, entonces Miguel sacó el guacal del escondite y preguntó por última vez “Y cómo lo saco de ahí?” y la Cegua le respondió con furia en sus ojos “Tenés que viajar sin cuerpo hasta la finca del Encanto y ahí buscar el alma que querés encontrar” los primeros rayos empezaban a tocar las copas de los árboles pero a Miguel le quedaba una pregunta “Y cómo puedo viajar sin cuerpo?” dijo mientras miraba hacia el cielo y la Cegua se abalanzó hacia él y mientras forcejeaban le respondió “buscá a Chombo” y salió corriendo con el guacal.


NOTA: IMAGEN EN ESTE CAPITULO ES "CEGUA" BY NOMAD 81, LINK ORIGINAL EN http://nomad81.deviantart.com/art/Cegua-94980804