lunes, 1 de noviembre de 2010

ESTELA NO ESTA



A Bertolt Brecht

Estela está sentada tomando café. El viejo reloj cucú de madera no ha dado las doce y ella ha desempolvado su apartamentito tres veces desde que se levantó. La acidez le hierve el estómago, pero ella se bebe su café igual, con una pausa ocasional para acariciar la cola de Matías, su gato.

Lleva seis meses prácticamente sin salir, no más que por comprar latas para ella y el felino. Ha sido un tiempo que le ha permitido construir nuevas rutinas que llenan la partida de Moisés, el único hombre que realmente conoció. Aún lleva el anillo de matrimonio, pero la viudez es visible en todo su ropero, donde las únicas prendas que han sobrevivido son negras.

El sueño la ataca, una pesadez que empieza por sus piernas y lentamente la llena de un hormigueo, hasta que sus parpados escapan a su control. El silencio es casi perfecto, solo se escucha el motor de la vieja refrigeradora Atlas, acompañado del ronroneo complacido de Matías.

De pronto se escuchan pasos, son rápidos y vienen desde la planta baja, alguien sube de prisa hacia el cuarto piso de los apartamentos. Estela se sobresalta y su cabeza duele por el súbito despertar. Afuera se escucha el chirriar de la puerta del apartamento vecino y un par de voces que susurran..

-Ya vienen, ya vienen-
-Cállate, te van a oír-
-No importa, que escuchen, deben huir todos-
-Espera, ¿oyes eso?..

Las voces callan y Estela casi bota el café de tan concentrada que estaba tratando de escuchar. A lo lejos se oye una sirena, pero pasa de largo. Ella no conoce a nadie en los apartamentos, se habían mudado un año atrás a la capital, convencidos de que los cuidados médicos del hospital central, detendrían el cáncer de Moisés. Había sido un tiempo perdido y ahora vive como una naufraga en medio de desconocidos.

Ya no se escucha nada en el pasillo, así que decide olvidar aquello, el mundo más allá de sus retrateras, porcelanas y Matías no es importante. Se prepara una sopa de arvejas y se dispone a su habitual repaso de los álbumes de fotos. Estela se perdía durante horas en los viajes de la memoria, manteniendo vivo su matrimonio a través de la repetición de diálogos y acciones en su mente. A veces se reía o lloraba a través de las instantáneas, eran su tesoro más preciado.

Cerca de las dos vuelven a oírse pasos, esta vez Estela cree distinguir al menos a cuatro personas, ella hace el mayor silencio posible para escuchar lo que dicen..

-Ya están en movimiento en todo el país, lo escuché por la radio-
-Si, yo también, han hecho redadas en varios barrios-
-Pero, nunca hicimos nada ilegal, solo hemos manifestado nuestras ideas-
-No según la nueva ley, ahora todo es ilegal, incluso esta conversación-
-Tenemos que escapar..
-Todas las fronteras están cerradas y también los aeropuertos…
-¿Qué haremos?
-Talves si pedimos ayuda a los vecinos, escondernos en otros apartamentos..

Al oír lo último Estela se agacha de forma instintiva, como si la pudieran ver desde afuera, cierra rápidamente la ventana del balcón y se mete al cuarto tomando al gato contra su pecho. Al rato tocan a la puerta despacito, y ella no contesta, vuelven a golpear con más insistencia y ella se tapa los oídos mientras se dice a sí misma que nadie debería obligarla a ayudar, menos aún sin son desconocidos para ella y para Moises, no es su asunto.

Abajo se vuelve a escuchar la sirena, pero esta vez se hace más y más fuerte, hasta asemejar un grito que se posa exactamente bajo la ventana del apartamento de Estela. Afuera se escuchan pasos de nuevo, y el sonido de alguien tocando otras puertas con insistencia, algunas se abren, otras no.

Vuelven a tocar la puerta de ella y Estela se acuesta en la cama con la almohada sobre la cabeza, mientras tararea una canción de cuna que su abuela le enseñó. Los golpes continuan durante un tiempo de manera frenética, hasta que se hace un silencio absoluto.

Estela se quita la almohada y se acerca lentamente a la sala, ya con la oreja pegada a la puerta de la entrada alcanza distinguir unos pasos diferentes, provenientes desde abajo. Escucha que se mueven con rapidez y de nuevo tocan de manera sistemática cada una de las puertas, hasta que llegan a la de ella. Esta vez no se esconde y pregunta con la voz entrecortada –¿Qué quiere?- del otro lado surge una voz fría y autoritaria –Este es el apartamento número14, ¿aquí viven Moisés y Estela Fernández?- Ella siente que el corazón se la hace chiquito antes de responder –Solo yo, ahora soy viuda, ¡ahora váyase!- Por un momento hay un silencio, escucha el movimiento de hojas y alguien que escribe con rapidez y antes que pase nada más, se oye un disparo y se escuchan carreras por todo el pasillo.

Durante una hora Estela se aferra aterrada a Matías, afuera se escuchan gritos, más disparos y las voces de las personas que subieron. Parece que han sacado a todos de sus apartamentos y nuevas sirenas se han ido sumando a la primera. Durante un tiempo se escucha el movimiento de mucha gente bajando y algunos sollozos inconsolables.

Finalmente todo vuelve a la calma y cuando ella ya respira con normalidad, nuevos golpes suenan a su puerta. Matías sale corriendo hacia el cuarto y Estela con mucha dificultad logra hablar –¿Qué quiere?- desde afuera la misma voz de antes le responde con cierto cansancio físico en el tono –Necesitamos hacerle algunas preguntas, ¡abra!- Estela siente que el alma se le va a los pies y con un esfuerzo responde con la voz más firme que puede –Soy una vieja viuda de setenta años, tengo asma y reumatismo, ¡por favor déjeme en paz!- afuera se hace un momento de silencio y luego se escucha un diálogo en voz baja.

-Esta vieja nunca sale, no creo que sepa nada
-¡Tenemos órdenes!
-Pregúntale desde acá, no perdamos tiempo

El hombre vuelve a hablar hacia la puerta –Tenemos una lista de nombres y necesitamos que nos diga si alguna vez vio, escuchó o supo que alguna de estas personas tuviese algún comportamiento sospechoso, ¿me escucha?- Ella siente una opresión en el pecho, lo único que quiere es que se vayan, que su mundo vuelva a reducirse a las cuatro paredes del apartamento, no se le ocurre nada más que responder –Dígame los nombres- afuera se vuelve a escuchar el sonido de papeles y la voz no tarda en hacerse oír –Roberto Fuentes, Marlene Rodríguez, Josué Alvarado, Jimmy Montes, Wilfredo Vargas, Mildred Leyton, Armando Rugama, Evert Duarte, Daniel Pulido, Dolores Jarquín, Camilo Navas, Doris Briceño, Mario Sánchez, Lidia Girón, Carlos Ibarra, Manuel Mathus, Arturo Buitrago… ahora responda, ¿alguna vez vio, escucho o supo que alguna de estas personas hubiese echo algo sospechoso?- Estela que no escuchó nada por el zumbido de la sangre que corre a mil por todo su cuerpo, responde sin pensar – ¡Todos!- afuera hay una pausa y se escucha un carraspeo - ¿Todos?- pregunta la voz y Estela no duda en repetir – Si, todos, ahora déjeme por favor- afuera se oyen murmullos que ella no logra entender y la voz se termina –Gracias por su colaboración, ha sido de mucha ayuda- y el sonido de pasos alejándose de la puerta y bajando las escaleras le indican a Estela que la pesadilla ha terminado.

Ya son casi las cinco, Estela se apresura a desempolvar una vez su más apartamentito. Al terminar, retoma el álbum mientras acaricia la cola de Matías. Solo falta una hora para la telenovela y está contenta porque le ha disminuido la acidez. Mira su anillo de bodas y lo besa, y piensa que será mejor volver a la provincia, ahí podrá vivir tranquila con sus recuerdos sin que nadie la venga a molestar.

Una hora después, cuando el cucú marca las seis, el apartamento está vacío. Matías maúlla en vano por comida, Estela no está, se la llevaron también.

Alberto Sánchez Arguello
1 Noviembre 2010

Imagen Cuadro "El llanto" de EVA MARIA VILLALBA VEGA 1996

jueves, 28 de octubre de 2010

LA HERENCIA


Javier Arguello abre la ventana del cuarto, respira el aire de la mañana de este último día en aquel insoportable cuchitril. Con animo agridulce, recorre su mirada el espacio que le sirvió de albergue durante cinco años: cuatro paredes grises con algún que otro póster de los Beatles y Pink Floyd, un catre hundido y dos sillas plásticas medio quebradas; y como siempre, desde las esquinas y asomando desde el baño, sus acompañantes.

Acostumbrado a una absoluta falta de privacidad, se desnuda y se baña, haciendo caso omiso a los ojos que le persiguen paso a paso. Se cepilla los dientes disfrutando el silencio, roto a momentos por el tráfico de Managua, que también empieza a despertar.

Fresco y vestido, coloca una maleta en el colchón del catre y abre una bolsa a sus pies para guardar los enseres de su vida, mudos testigos de una existencia frugal y silenciosa. Termina pronto de prepararse para la mudanza y los acompañantes se agitan en el rabillo de su ojo.

Un día como hoy, un año atrás, Javier se sentó en el despacho de un abogado para la lectura del testamento de su abuelo Tobías. Había muerto a los ochenta y cuatro años de cáncer en el estómago. Era un viejo veterano de la Constabularia, la primera guardia nacional de Nicaragua, creada en 1927, con la instrucción de oficiales norteamericanos del presidente Calvin Coolidge.

Su abuelo no había dejado gran cosa. El abogado convocó al heredero universal para entregarle un par de corbatas agujeradas, varios discos de vinyl de los machucambos y una carta, en la que el finado había escrito con mala letra, que dejaba a su cuidado los geranios, el gato y sus fantasmas.

Los geranios, al momento de recibirlos, estaban marchitos. El gato llevaba meses desaparecido y lo de los fantasmas se lo había tomado a broma, hasta que un día empezaron a llegar.

Eran silenciosos, pero siempre estaban presentes. Al inicio los sentía en la carne de gallina y en los pelos erizados de sus brazos, luego se hicieron visibles. A lo largo del tiempo había contabilizado entre hombres, mujeres y niños, hasta nueve de ellos.

Javier descubrió, por las vestimentas, que a momentos lograba vislumbrar, que eran coetáneos de su abuelo, de aspecto más rural que urbano. Había concluido, sin que hubiese nadie para refutarlo, que eran las sombras de los muertos por su abuelo, en los encuentros militares contra las tropas de Sandino en Ocotal y Nueva Segovia.

En las noches de desvelo, había reflexionado sobre la justicia de su circunstancia. Se preguntó si su abuelo se había hecho responsable de las vidas cortadas y si tal responsabilidad era transferible por línea familiar; unas noches estaba de acuerdo con la idea, otras no.

Ahora Javier empaca para mudarse al norte, a las montañas de Sandino, a ver si los fantasmas se animan a coger sus propios caminos al estar en terrenos familiares. Sale del cuarto con una sonrisa y camina relajado hacia la calle, consciente de las nueve sombras que le siguen. En el fondo Javier sabe que es su herencia, que le pertenece sin importar el sitio donde esté y que más le valdría tener preparado algún día su propio testamento, no vaya a ser que los fantasmas de su abuelo le acompañen hasta la eternidad.

Alberto Sánchez Arguello
28 Octubre 2010

lunes, 25 de octubre de 2010

EL CENTURION


Apenas asomaba su ígnea faz el sol, cuando el centurión Ragnomac ya estaba de guardia en los linderos del reino subterráneo. A lo lejos se divisaban los impertérritos soldados, en perfecta formación, a la espera del cambio de turno, mientras los exploradores regresaban de sus rondas nocturnas por los vastos terrenos ignotos.

Ragnomac meditaba, como todas las mañanas, contemplando las llanuras de los bosques áureos. Su esplendida mente languidecía en los soporíferos brazos de una paz no deseada. Agotados estaban los flamígeros días de guerra, cuando el reino era una promesa y apenas existían como hordas sedientas de conquista.

Hermosos fueron aquellos tiempos, en los que se cultivaron los héroes de leyenda. Habían pasado para dejar lugar al vacío profundo de la rutina militar, despojando a Ragnomac de un justo lugar en la historia del reino.

Ensimismado en sus pensamientos el centurión fue súbitamente interrumpido por Estorgan, el decurión más joven del regimiento

-Mi centurión, el explorador que ha vuelto de los valles de la muerte, ha divisado hacia el sur la presa más grande que sus ojos hayan podido admirar, está herida y no puede moverse, se necesitará toda la centuria para traerla al reino- El centurión, más que molesto por la interrupción, sintió una súbita emoción ante semejante tesoro encontrado – ¡Por la gran pisada! Informa a todos los decuriones, que se formen los soldados en la raíz del gran limonario, diles que la partida es inminente- ordenó.

La recompensa era excelsa pero grandes eran los peligros. La ubicación de la presa estaba en tierras prohibidas, donde habitaban los Dioses gigantes, los que oscurecen el cielo y destruyen todo a su paso. Muchos habían perecido ya por atreverse a invadir aquellos territorios y la reina no aprobaba tales riesgos innecesarios. Pero Ragnomac era ambicioso, ya desde su niñez, en los insondables túneles laberínticos del reino subterráneo, se había imaginado a si mismo como el favorito de la soberana y esta osada empresa se le presentaba como la oportunidad que había esperado durante diez solsticios, era el momento de reclamar su puesto en la historia.

Ya reunida la tropa, Ragnomac se instaló entre algunas hojas de limón, calmó los ánimos con un gesto firme y les arengó, como si aquellas fuesen sus últimas palabras –Legión, fieles soldados del reino subterráneo. Tenemos ante nosotros la inminente llegada del cruel invierno, el monzón nos acecha como mil arañas en sus redes de cristal. De nosotros depende la supervivencia de los ciudadanos y ciudadanas del reino. Un valiente explorador nos informa de una enorme presa hacia el sur, en las tierras malditas, el riesgo es grande pero la victoria nos pertenece porque somos los más rápidos y los más fuertes. Nuestra victoria dará provisiones para los jardines reales y todos comerán y brindarán en nuestro honor… nadie los olvidará, sereis inmortales- los vítores y epítetos de exaltación que siguieron colmarían todas las páginas de esta modesta historia, baste decir que algunos juraron morir por el centurión si aquello fuese necesario y todos se aprestaron a marchar ciegamente sin temor, a una muerte que a otros habría parecido segura.

La larga travesía que siguió cuenta ya con un lugar de honor en las tradiciones orales del reino subterráneo. Destacan a manera de anécdotas imprecisas, las coplas improvisadas por Brugambir el viejo, al que solo le restaban dos lunas para su retiro y el cruento enfrentamiento con dos escarabajos gigantes en el que murió Estorgan, vaticinando un final funesto, que fue desestimado por el Centurión.

Cuando el sol ocupaba su trono en la mitad del cielo, flagelando las espaldas de los valientes soldados, la tropa ya divisaba el monumental ser, herido de muerte, pero aún moviendo unas gigantescas patas hacia el cielo, como invocando la ira de los Dioses. Los decuriones rápidamente formaron a los soldados para rodear la presa y a la voz del centurión lograron levantarla entre vaivén y vaivén, hasta que pudieron estabilizarse para retornar seguros a casa.

Entre las piedras gigantes del valle de la muerte, la tropa fue capeando los cañones rectilíneos que obstaculizaban su paso, cambiando de posición y escapando de morir bajo el peso de la enorme presa. El retorno era desesperado, bajo la constante amenaza de los Dioses. El centurión enviaba soldados a la retaguardia para asegurar que no hubiese ninguno a la vista.

Un ominoso silencio antecedió la tragedia, el único sobreviviente relataría después para asombro de las multitudes, que los cantos de los pájaros y los zumbidos de las abejas cesaron en perfecta sincronía.

Uno de los soldados retornó corriendo para comunicar lo temido – ¡Un Dios se acerca desde el Este!- los decuriones miraron aterrorizados al Centurión, pero Ragnomac estaba enceguecido por un poder que ya sentía suyo –¡Vamos!- ordenó –estamos a un paso de lograr esta magnifica victoria, ya están visibles las grandes murallas de barro- en efecto, el valle ya terminaba y los soldados obedientes a su líder no se dispersaron, más bien redoblaron el paso con sus últimas energías.

De pronto el sol se oscureció, una sombra cubrió a los soldados y el tiempo se detuvo. Los decuriones tuvieron tiempo de maldecir al Centurión y los soldados intentaron una carrera imposible, luego todo fue silencio.

Ragnomac yacía destrozado en el valle de piedra. Con enorme dolor volteó hacia atrás para contemplar los cuerpos sin vida de toda la legión, la presa destrozada cubría la mayoría de ellos, como un inmenso manto funerario. En su mente, imaginó la estatua que le sería erigida en la sala de los héroes, ensalzando justamente su coraje y bravura y mientras el último halito de vida se le escapaba, alcanzó a oír, como un trueno, las palabras ininteligibles del Dios que los había matado:

– ¡Inés! ¿Cuántas veces te he dicho que cuando barras no dejés las cucarachas muertas en el patio? ¿No ves que luego las hormigas las andan paseando? ¡Me enturca esta mierda!


Alberto Sánchez Arguello
25 Octubre 2010

miércoles, 20 de octubre de 2010

EL EDITOR


José Jiménez Duarte estaba sentado en la silla metálica de su minúsculo cubículo, en la planta siete del Ministerio. Era una hombre sencillo, de hábitos conocidos y su cabeza plateaba ya los años de vivir en una ciudad que cada día lo recordaba menos.

José Jiménez coleccionaba estampas antiguas, fotos de la desaparecida estación del tren, imágenes de próceres e ilustraciones de leyendas nacionales, su cubículo estaba lleno de ellas. Al lado de su escritorio tenía un pequeño radio de transistores, donde escuchaba, a la hora del almuerzo, los juegos de baseball. Era un hombre particularmente solitario, sin familia ni amigos, que llenaba sus espacios con rutinas bien estructuradas.

Todos los días de la semana, a las cinco en punto, se despertaba con un viejo reloj, única herencia de su abuelo. Acariciaba a su gato, se bañaba, se vestía con una guayabera gris y un pantalón negro y salía de su casita alquilada, con un café amargo en el estomago. Afuera, con el periódico doblado en dos partes bajo el brazo derecho, recorría a pie el camino que le separaba del trabajo que venía haciendo desde hacía dos décadas: la revisión de noticias censurables y el archivo de reclamos no admitidos.

Su labor no era menor, era un editor del Ministerio, su mano había evitado a la historia del país varios escándalos periodísticos, entre los que se encontraban vinculaciones engorrosas de los hijos del presidente con negocios turbios del Estado, fraudes electorales municipales y múltiples violaciones a la libertad y dignidad personal de ciudadanos sin nombre, por parte de ministros y funcionarios de primera.

Claro, José Jiménez no estaba solo, era uno más de los ciento cincuenta editores, hombres y mujeres, que colmaban la planta siete. Verdaderos héroes anónimos de un gobierno que cumplía ya el medio siglo en el poder.

“La información debe ser veraz, pero también debe ser digna y positiva” solía decirse a sí mismo, antes de revisar los avances de noticias de los diarios y emisoras radiales que estaban a su cargo. Tres marcadores determinaban el destino de las noticias del día siguiente: el azul para lo aprobado, el amarillo para lo que necesitaba edición y el rojo para lo censurado. Aquello se repetía a diario, con un pequeño descanso los domingos; sin permiso del Ministerio no había publicación, un sencillo proceso al que José Jiménez estaba contento de pertenecer.

Un martes en la tarde mataron al presidente. Cinco jóvenes ayudados por algunos policías, lo embistieron en medio de un discurso a los obreros de la industria de la construcción. La acción fue excesivamente sangrienta y varios sindicalistas murieron en el tiroteo, además de los ejecutores del magnicidio.

A José Jiménez le encomendaron la delicada tarea de revisar todas las noticias asociadas y con la mano temblorosa cruzó de rojo y amarillo todo lo que pasó antes sus ojos. En una acción de transmutación, convirtió los rebeldes en terroristas, la fuga del presidente en valiente enfrentamiento con la muerte y las acciones genocidas de la policía en bajas ciudadanas indeseables.

El hijo mayor del presidente asumió el cargo de su padre y Jiménez celebró la rápida transición. Arrellanado en el sofá de la sala de estar, sintió alivio con el orden recuperado y agradeció en silencio a Dios, por tener un gobierno que no los desampararía.

El Ministerio redobló su trabajo en las siguientes semanas, Jiménez agregó a sus tareas la revisión de revistas para damas, suplementos deportivos y hasta la programación infantil. Los cubículos se fueron llenando de todo tipo de publicaciones y pronto no hubo ningún texto, emisión o publicación del país, que no fuera objeto de revisión.

También aumentaron los reclamos y la agotada visión de Jiménez con costo alcanzaba a cumplir con la cuota de cada día. Acostumbrado como estaba a leerlos todos, aunque solo fuera por la formalidad de archivarlos en la categoría correcta, empezó a experimentar una ligera incomodidad, la que se acentuaba segundos antes de que se quedase dormido en su catre. En ese momento repasaba el día y las cartas de madres que pedían explicaciones por sus hijos asesinados y los reclamos de los maestros de escuela por la censura a sus clases, merodeaban su ante sueño.

Pero los reclamos fueron desapareciendo, fuera porque el Ministerio no los recibiese más o porque sus autores también desaparecían. El resultado final era menos trabajo y José, que no estaba acostumbrado a cuestionar la realidad, dormía más tranquilo y se tomaba de nuevo sus pequeños descansos con la radio.

Pero la calma no duró demasiado, asociaciones civiles y gremiales se hicieron sentir en todo el país y nuevamente Jiménez se ocupó en transformar huelgas pacificas en levantamientos criminales y reclamos justos en intereses mezquinos. Asegurando así a la ciudadanía lectora y radioescucha que todo marchaba bien, con excepción de unos pocos inconformes traidores a la patria.

Días después, el Ministerio estaba militarizado. A José lo registraban al salir y al entrar y dos gendarmes con fusil reglamentario custodiaban la planta siete. Un supervisor muy joven, con saco verde esmeralda y anteojos de carey, se acercaba a los cubículos cada dos horas y pasaba revista del trabajo de los editores.

“Eso no lo puede tener aquí” le dijo el supervisor con voz áspera un viernes por la mañana. Jiménez, totalmente absorto en la labor de editar una noticia, se levantó de su asiento y contempló un dedo largo y escuálido que señalaba su pequeña radio “Pero si solo la uso en mi descanso” le respondió con una sonrisa apagada, pero el hombre sin siquiera mirarlo se retiró dejando sus palabras en el aire “No es reglamentario, deshágase de él” Jiménez no espero una segunda venida del supervisor, tomó el radio y lo tiró a la basura, pero con lentitud, grabando el momento, antes de volver a trabajar.

Aquella no fue la única intervención al cubículo de José, la misma suerte corrieron las postales y las imágenes, que no pudo siquiera guardar porque fueron decomisadas por ser de interés nacional según le manifestaron. Pronto el cubículo se volvió tan gris y vacío como la expresión de José.

A la par de aquellas pequeños eventos, las ediciones fueron mermando, producto de la desaparición progresiva de los medios noticiosos, unos por bombas explosivas, otros por decomización, y así hasta que la labor de José se redujo a unos cuantos artículos de un pequeño diario de provincias. De igual manera los editores fueron disminuyendo, hasta que solo quedó el más veterano de todos: Jiménez.

Finalmente José Jiménez recibió un memo, se le anunciaba que había sido ascendido a jefe de edición y que debía dirigirse a la sala A del primer piso, para asumir sus nuevas funciones.

José tomó sus pocas cosas, y bajó por las escaleras, en aquel momento notó que sus piernas ya no le respondían como antes y oscuros dolores emanaban de sus articulaciones inferiores. Así que bajó cada escalón, uno por uno hasta llegar a la sala A; Ahí tres militares, de uniforme negro, revisaron sus credenciales y le hicieron pasar, no sin antes pasarle un maletín de cuero café.

Adentro de la sala se encontró con una enorme banda móvil y veinte máquinas con visores ópticos. Frente a la banda había una torre de papeles y documentos diversos. José abrió el maletín y encontró un manual voluminoso, varias llaves mecánicas y un tarrito de aceite industrial.

Jiménez leyó el manual y procedió a encender el sistema, colocó una serie de papeles y documentos en la banda móvil y esta los fue pasando por las máquinas, las que revisaban y editaban de manera automática la información. Después, pacientemente hizo una ronda para revisar tuercas y engranajes colocando aceite cuando era necesario. Al final del día, José Jiménez se sintió orgulloso de continuar siendo parte de aquel proceso tan valioso para la nación.

Alberto Sánchez Arguello
20 Octubre 2010

martes, 19 de octubre de 2010

BORGES EN LA MEMORIA


El sopor de la noche sofocaba el masivo cuerpo de Germán, las sabanas impregnadas de su sudor se pegaban y despegaban a su espalda, marcando un ritmo cuyo único testigo era el silencio de la noche.

Como siempre un valiente abanico, procedente del mercado oriental, tenía la imposible tarea de airear aquel cuarto, que casi parecía de dos por dos por las montañas de libros que flanqueaban la mesa de noche y la cama que con dificultad contenía a su único habitante.

Ya asentada la Luna en su cenit, un súbito peso en el colchón viejo puso en alerta al durmiente, que se alzó con la piel erizada ante la sensación inequívoca de que alguien le observaba. Con la cabeza llena de mareos y una dolorosa pesadez, pensó en su primo, su ex y hasta en algún amigo bromista, pero no había olores característicos ni sonidos acusadores.

-Vos no sos Borges- dijo una voz quebrada que sonaba a pesadilla.

Germán, enfocando sus ojos miopes en la oscuridad, logró con dificultad determinar la figura barbada de un hombre sentado en el borde de la cama, totalmente desnudo, con manchas negras en todo su cuerpo. Un escalofrío involuntario le recorrió su ancha espalda y se irguió lo más que pudo en la cama, mientras se quitaba lentamente la sabana.

-No… soyborges, que no es lo mismo- respondió mientras ganaba tiempo para evaluar la situación, midiendo riesgos e intenciones de la visita inesperada.

-Eso no lo entiendo, pero sé que no sos él, mala vista tenés, pero ciego no sos y tu cara es demasiado grande, todo vos lo sos- insistió aquella figura, con un tono que confesaba pesadumbre y un cansancio de tono amargo.

Germán, aún sin comprender mucho lo que pasaba, acercó su mano al hombre y una bruma fría y húmeda fue lo único que logró sentir. Revolvió entonces en su mente nuevas explicaciones, entre las que se hallaban desde alucinaciones hasta la más absurda posibilidad de que aquello fuera un fantasma.

-A veces uso ese seudónimo en honor al maestro, pero vos quien sos y ¿porqué lo buscás?- le dijo Germán con tacto, buscando descubrir en la respuesta un indicador fidedigno de si estaba dialogando con un espejo de su mente o si aquella era realmente una presencia sobrenatural.

-Me llamaban Juan Alverico Romeo Junco, nací y viví en Palermo, Buenos aires, por la avenida Santa Fe, cerca de la 21315, la casa de Jorge Luís; ahí viví mi niñez y adolescencia alimentándome de toda lectura de Borges que caía en mis manos, viviendo y sintiendo los cuentos como si fuera otra vida, otro sentimiento que emanaba del viejo cabalista; él me inspiró, como a muchos otros a escribir, lo mío fue el periodismo político y logré entrar al Clarín, a pesar de la cobardía de sus editores. Desde esa tribuna todos los días reporte críticamente el segundo advenimiento del peronismo y el caos absoluto que le siguió. Yo era también un personaje en un mundo fantástico, hasta que los militares me arrojaron a la realidad, me sacaron de mi casa y me llevaron a la calle Blas Parera, a la mansión Seré, donde estuve hasta que mi cuerpo dejó de responder… estando ahí mi único solaz era soñar despierto con el libro de arena y el infinito del Aleph, hasta que un día me enteré que Borges, nuestro maestro querido, se abrazó con el General Videla y apoyó explícitamente el golpe…- En aquel punto el hombre se detuvo como si las palabras se le hubiesen atorado en la garganta y se levantó, mostrando ante los destellos de las luces externas que las manchas eran de sangre seca.

Para Germán aquella pausa era más que bienvenida, ya que él mismo era un revoltijo de emociones. Fluctuaba entre el asombro ante la ficción nocturna del ánima de un desaparecido extraviada en tres mil setecientas millas y más de tres décadas; y la casualidad más extraña de que él fuese confundido con Borges, que bajo aquellas circunstancias era una mezcla de orgullo y vergüenza.

Germán tuvo tiempo de recordar una de las citas más infames de la historia Argentina "Pero el gobierno no es tan malo, Videla es un militar bien intencionado. No será muy brillante, pero al menos es un caballero" Así habló Borges y Germán siempre le había excusado, en gran parte por el peso de sus obras.

Sin mayor aviso Juan volvió a hablar, esta vez con una voz más alta, moviendo sus manos con urgencia, como quien quiere convencerte de algo importante -Aquello me dolió más que las torturas, que los vejámenes, eso si quebró mi voluntad y mientras moría, el último pensamiento que llenó mi mente fue buscar a Borges, preguntarle porque lo hizo, que si no supo de nosotros, obligarlo a contemplar la muerte y el dolor que dejó ser, forzarle a no olvidar-

A Germán se le paró la respiración, por un momento dejó la defensa mental de Borges y sintió el peso de los desaparecidos en su corazón, aquel muerto le pareció menos extraño al traer desde su recuerdo a los que nunca conoció: sus padres asesinados por la Guardia Nacional, mientras luchaban en distintos momentos de la revolución en Nicaragua.

-Borges ya murió- alcanzó a decir con un hilo de voz y el hombre aquel se volvió por momentos tenue, como el humillo de una vela al apagarse, y su voz surgió apenas audible –Noooo, nooo, no sé ni donde estoy, ya nada puedo hacer, nunca sabrá de nosotros- dijo con una profunda tristeza.

Germán también afectado por la situación y totalmente despojado del raciocinio necesario parta intentar diferenciar realidad de sueño, trató de dar consuelo a Juan.
-Pero el maestro si supo, se arrepintió y fue el primero en firmar para que el régimen dimitiera- le dijo rápidamente moviéndose en pos del hombre.

Un pesado silencio llenó el espacio, Germán de pie, entrecerrando sus ojos para captar las tenues señales de la figura de Juan, y el fantasma en respuesta mostrando ligeros temblores en una silueta echa de bruma transparente.

-¿Qué propósito me queda ahora? Si he muerto mil veces en el olvido y trajiné los vacíos de la memoria, buscando llenar este hueco que daba sentido a la bruma que soy ahora, ¿qué hago con estos pasos recorridos entre palabras, susurros y distancias que sonaban a Borges ahora que ha muerto?

Germán, conocedor de la fuerza de una idea fija, pero sin mucha seguridad para abordar a un fantasma obseso trató de esbozar una solución –Escribamos tu historia, edifiquemos la memoria del olvido en tu nombre y de los que aún deambulan por el vacío- le dijo con los brazos abiertos.

Juan poco a poco se volvió más consistente y entre enfoque y desenfoque de los ojos de Germán, se fue formando lentamente una sonrisa entre la bruma.

Desde entonces, todas las noches a las doce, entre ciclos lunares y los sopores nocturnos de Managua, Germán escribe la memoria de Juan bajo el dictado paciente de una voz que solo él escucha, apenas unos párrafos, redimiendo a Borges; Dando vida al propósito, dando vida a todos los desaparecidos, a los propios, a los ajenos, a los que fueron y a los que serán.

Alberto Sánchez Arguello
Managua Nicaragua 15 Octubre 2010

domingo, 17 de octubre de 2010

NO ME LLAMO


Nací un Domingo de pascua, en un país que no me recuerda. Dicen que ese día una nube de libélulas tapó el sol y todas las vecinas salieron con ollas y cucharas para espantar con una bulla aquello que les parecía un presagio ominoso.

Podría haber sido un niño mas entre tantos otros, pero a nadie pasó desapercibido que ya desde el vientre no habían logrado acordar un nombre; madre, padre, tíos, abuelos y hasta amigos abrían la boca para articular alguna propuesta, pero solo sonidos dispersos bailaban en sus lenguas. La vieja bruja de aquel pueblo, no necesitó mucho más para vomitar su conclusión: “no se le podrá llamar”

En la capital, diez y seis horas de parto y varios litros de sangre, antecedieron mi primer llanto. Los doctores y las enfermeras ni siquiera pudieron escribir el apellido de mi madre en mi etiqueta, así que pasé el frio de la cámara de neonatos en anonimato, el mismo que me ha acompañado desde entonces.

Algunos meses después, atrasados por el intenso papeleo que deja un niño al que no se le puede llamar, regresamos al pueblo. Un matrimonio, por momentos vacío y tedioso, se había vuelto tenso como una cuerda de guitarra. Mi padre medía el día por la víspera, anunciando los sinsabores y desgracias que traería mi problema; un día la cuerda se rompió y aquel hombre se perdió por esos caminos de Dios, a mi me dejó al menos la vida, ya que de haber sido un poco mas supersticioso bien podría haberme quemado bajo sospecha de ser hijo de incubo.

Fuí creciendo en medio de silencios; la incomodidad de no poder llamarme hacia estragos en los afectos. Mi madre consumida por una culpa imaginaria y mis abuelos imaginando las culpas de mis padres, me dejaron solo, jugando con los gatos y las gallinas que no necesitaban saber mí nombre para acompañarme.

Me consta que atrasaron mi acceso a la educación, los parvularios asustaban a mi familia por la vergüenza que anticipaban. Pero, como no hay nada secreto entre cielo y tierra, más pronto que tarde llovieron las sospechas sobre la casa: se habló de maltrato, negligencia y hasta de abuso y las repetidas negativas de mi madre precipitaron la acción estatal. Cuando me di cuenta me vi rodeado de niños en una institución de paredes de cemento: el orfanato público.

Ahí, nuevos papeleos y movidas burocráticas, me atraparon, como si pendiera sobre mí una condena de reclusión. Algún científico y estudiante intentaron explicarme como un fenómeno; creyentes fervorosos de la ciencia occidental me midieron, me cortaron, me inyectaron, me entrevistaron y redactaron en varias resmas de papel sus hallazgos, es decir: nada.

Yo mientras tanto, me ocupé en crecer, manteniendo una mínima interacción con aquellos que me miraban como una extrañeza que camina; desconfiados de mí, como si mi humanidad no pudiera ser demostrada.

Al final los documentos de la investigación tuvieron algún uso: despertó el interés del dictador de turno; en su mente se gestó la idea de un asesino anónimo, y ya entrada mi adolescencia me llevaron al ejército. A tiempo me sacaron del orfanato, donde a falta de nombre me pasaban de un año a otro en mi educación, sin una nota. Su única preocupación era lidiar con lo que no entendían, haciendo funcionar el sistema que conocían.

Mis instructores militares también desconfiaban de mí, el no poder llamarme les dificultaba el placer esencial del insulto y la humillación, así que me golpeaban y pateaban con la mayor frecuencia que les era posible. La repetida soledad y el insistente maltrato me dejaron una impresión de distancia hacia la humanidad, condición que facilitó enormemente la tarea de matar a los que se llamaban.

Mis estudios superiores fueron pues en tortura, genocidio y desaparición, siempre sin nota ni reportes, ya que yo mismo era tan inexistente como los que interrogábamos en las cámaras subterráneas. Fue en presencia de aquellos y aquellas que habían perdido su identidad, que por primera vez me sentí cómodo, ahí mi nombre no importaba.

A pesar de la desconfianza que persistía sobre mí, nadie dudaba de mi vocación. Pasaba días enteros dedicado a aquella labor, vinculado por vez primera con hombres y mujeres, con algo que podría haberse asemejado al cariño si no hubiese sido por las tenazas y los cables.

Un día, como suele suceder, llegó la revolución, la que fue invariablemente sofocada por nosotros. Se multiplicó mi trabajo y decidieron enviarme a las montañas, a hacer visitas domiciliares. Fue así como regresé a mi pueblo y un cierto gozo, que nunca había experimentando, me invadió cuando me encargaron a varias vecinas y autoridades de aquel lugar. Mi familia sin embargo había migrado una década atrás sin dejar huella o señal alguna de su paradero, yo me decepcioné un poco al no poder vincularme con ellos en la manera que ahora conocía.

Estando allá, unos soldados empezaron a rafagear las gallinas del lugar y yo, que antes no había sabido que era sentir ira, experimenté un calor en la cara y sin pensar mucho tomé el rifle y les llené las espaldas de plomo. El pueblo, sin entender demasiado mi acto, me ayudó a escapar y yo me perdí entre el monte profundo.

Eso ocurrió hace ochenta años y aún me escondo, más por costumbre que por necesidad. El dictador lleva muerto más de lo que la gente recuerda y el pueblo desapareció bajo un alud de barro. Pero yo persisto, en mi acostumbrada soledad, en una pequeña finca de gallinas, lo único que me queda es preguntarme si la muerte me encontrará al no poder llamarme.


imagen René Magritte, Retrato de Edward James (La Reproduction Interdite), 1937

Alberto Sánchez Arguello
15 Octubre 2010

miércoles, 4 de agosto de 2010

HECHOS DE MUERTE (2)


Me lo mataron hace seis meses, Mario era mi único hijo, tenía 16 apenas cumplidos y se iba a bachillerar, si ese hijueputa no lo hubiera matado. Mi hijo tenía trabajo en la noche como repartidor de comida; Un día estaba saliendo de su trabajo y se le acercaron unos mareros, lo pegaron a una pared y lo estaban asaltando, cuando de una esquina se vino un hombre en una moto y disparó hacia ellos,los mareros se capearon y el balazo le entró en el ojo derecho a mi hijo. Se murió ahí, en la calle, los mareros corrieron y él de la moto se escapó. Dicen que ese hijueputa anda matando mareros por los barrios de guate, cada cierto tiempo. Yo tengo cinco meses de recorrer a pie los barrios matando motorizados, en una de esas mato al desgraciado, en una de esas me mata a mí.

Alberto Sánchez Arguello
4 agosto 2010

martes, 3 de agosto de 2010

HECHOS DE MUERTE (1)


Me lo mataron hace un año, Santiago era mi único hijo, ya habría cumplido 22, si esos hijueputas no lo hubieran matado. Mi hijo acababa de conseguir trabajo de cobrador de bus y tenía el último turno; ya casi cerrando se subieron dos mareros y quisieron que les dieran el pago, él que era nuevo y más grande que ellos les reventó la boca y los sacó a patadas. Al día siguiente subieron de nuevo y le dejaron ir dos balazos a la cabeza, bañaron de su sangre el bus. Yo nunca supe quienes fueron esos dos mareros, pero ya tengo seis meses de salir con mi moto cada ocho o quince días, con mi pistola bien pegadita al cuerpo, me llego por los barrios de ciudad Guatemala y le meto bala a un marero cada vez, en una de esas mato a los desgraciados, en una de esas me matan a mí.

Alberto Sánchez Arguello
3 agosto 2010

domingo, 1 de agosto de 2010

LOS DUHINDUS



Dicen que esta historia es cierta, que aconteció iniciando el invierno del dos mil nueve, poco antes del golpe de Estado a Honduras; en un campamento mestizo entre Puerto Cabezas y Kambla, donde desaparecieron en una sola noche ocho bebes sin dejar rastro.

De la comisaría de la mujer mandaron una comisión investigadora a pedido urgente de los mestizos que habitaban el campamento; la mayoría desmovilizados de la resistencia, que después de haber trabajado en las minas de Siuna por años, habían obtenido títulos dudosos para las tierras cercanas a territorio miskito.

La teniente Teresa Sandino fue asignada como responsable de la comisión y se presentaron un viernes al improvisado emplazamiento de plástico negro y troncos rollizos, ubicado en un claro despalado a punta de machete por sus habitantes.

Don Julián Ramírez hombre mayor, de salud precaria, originario de Chinandega y antiguo compañero de armas del comandante “Yahob”, fue el primero en dar su parte: “El Lunes pasado todos los hombres nos fuimos a Bilwi para comprar insumos agrícolas para las parceles que vamos ganándole a la selva; cuando volvimos ya era noche cerrada y encontramos a las mujeres llorando, gritando amontonadas en el claro al pie de la Ceiba; estaban junto con los niños más grandes y nos dijeron que las criaturas habían desaparecido, que nadie sabía nada, solo que cuando se acostaron todo fue que apagaran los candiles para que escucharan como unos siteos, así como “ssttt, ssstt” y luego un silencio completo, como si todos los grillos y los animales del monte se hubieran metido bajo tierra, nos dijeron que se asustaron y cuando prendieron los candiles los bebés ya no estaban, los ocho chateles entre dos y catorce meses de las doce familias que somos”

La Teniente Sandino se entrevistó con todas las familias y lo poco que sacó en claro fue que todos afirmaban que la desaparición había coincidido con un fuerte aroma a jazmin, impregnado en las cunas y en los moisés. Por eso algunos mencionaron que hacía un mes uno de los chavalos de la María Juárez se había ido a buscar leña por la ribera del río y lo habían estado siteando a su regreso. El chavalo decía que se había molestado pensando que era su primo jochándolo y le tiró piedras a los árboles y más bien se la habían devuelto y que cuando se fijó bien miró un hombrecito con un sombrero puntiagudo y una cotona roja, ¡eran los duendes! dijeron las señoras mayores y que se habían llevado a los bebés al monte para convertirlos en criaturas iguales a ellos.

Para la Teniente aquellos eran disparates copiados de los cuentos de la comunidad miskita de Kambla; sin embargó visitó las tiendas y pudo sentir el aroma intenso a Jazmín en los lugares donde habían acostado por última vez a los bebes desaparecidos.

El hermano mayor de uno de los bebés, José Ferrufino, le dijo a la teniente que habían sido los miskitos los que se habían llevado a los bebés, para hacerles brujerías como castigo por estar en sus tierras, y tuvieron que amenazarlo con echarlo preso, porque quiso levantar a la comunidad para ir a Kambla a buscar a la bruja que él suponía estaba allá y sacarle la verdad a la fuerza.

La comisión pasó tres días en sus investigaciones y ya estaban por retornar a puerto cabezas cuando desde la ribera del río llegaron tres hombres del campamento, gritando que ya tenían a la bruja culpable. La Teniente y su gente corrieron anticipando una desgracia por la desesperación de aquella gente.

Cuando llegaron a la ribera se encontraron con seis hombres de pie mirando a José Ferrufino patear a una mujer anciana cubierta de sangre y arena; Ferrufino les gritó que la habían hallado merodeando por el campamento y que luego huyó al verlos, que de seguro era la bruja miskita y que había que hacer justicia. Rápidamente lo detuvieron y la Teniente pidió que la dejaran con la mujer.

Solo la Teniente sabe exactamente lo que dijo la anciana, pero algunos de los policías alcanzaron a escuchar las últimas palabras de la miskita. Dicen que la Teniente le preguntó como se sentía y la anciana la tomó de los brazos y mirándola le dijo con lo que quedaba de voz:

“tinki palé, muchas gracias muchacha, estos hombres ladinos me mataron sin tener culpa, Saura, Saura, malos, malos ellos que golpeaban a sus bebes, que los violaban y hasta los mataban, por eso los duhindus vinieron y se llevaron a los más pequeños, porque a ellos les dolía lo que no les dolía a sus madres. Los duhindus se apiadaron del llanto de las criaturas en la noche, de sus gritos ahogados por el puño de los hombres. Los bebes no volverán, ahora serán duhindus también cuando crezcan, mejor vida para ellos; Saura, Saura ladinos, no deberían estar aquí, Saura, Saura…

Y dicen que la anciana se murió ahí, desangrada en la tierra, sin que nadie pudiera hacer nada. La Teniente quedó impresionada con lo que había escuchado y volvió al campamento, esta vez para interrogar a las mujeres y después de mucha insistencia descubrió los secretos que guardaban: los maltratos, las humillaciones, los niños y niñas violados por sus papás y padrastros y la ubicación de los cadáveres dos bebés enterrados, muertos por desgarre anal.

La comisión volvió a puerto con varios culpables: los hombres agresores y asesinos del campamento, los parricidas. Pero de los bebés nunca se supo más nada; los cuerpos encontrados no correspondían a ninguno de los desaparecidos y por mucho tiempo se hicieron búsquedas en las tierras aledañas al campamento, pero no se hallaron otros cadáveres.

La Teniente Sandino siempre expresó a sus superiores su certeza de que aquellos bebés habían sido asesinados también, pero los que la conocen dicen que aún puede sentir aquel olor intenso a jazmín y las palabras de la anciana moribunda aún le oprimen el corazón, formando en su mente la imagen de los duhindus en la oscuridad de la selva, atentos a los bebés, cuidándolos como nosotros hemos olvidado hacerlo.


Alberto Sanchez Arguello
1 Agosto 2010

domingo, 18 de julio de 2010

LA CEGUA


Viernes a la media noche en Managua, los hijos de empresarios y políticos compiten con motos modificadas en carretera Masaya. La zona Hipos se infla de comensales que engullen varios salarios mínimos entre cócteles y boquitas; en las gasolineras circulan los que peregrinan entre bares y fiestas, hacen filas para sus recargas telefónicas y se llevan una que otra lata de cerveza para la jornada de desvelo que les espera.

En la subida de la loma, agotando las cunetas con sus tacones, los travestis y las prostitutas hacen sus recorridos conocidos. Precios variables inversos a la experiencia, tal vez una de las pocas transacciones en que la juventud encarece el precio.

Y eso es lo que busca Fernando, recién vuelto de sus negocios en Guatemala, ya quiere probar la nueva mercadería. Pero él sabe donde encontrar lo que busca y pasa de lejos plaza inter acelerando hacia el Lago en su Lexus sin placas.

El no quiere lo usado, su nariz busca el olor de lo nuevo, apenas recién salido a la calle, de lo que solo se encuentra por el Malecón. No será la primera vez que hace este recorrido, si hasta tiene su marchanta que le avisa por encargo cuando una niña va a estrenarse. En los barrios del Lago saben que paga buenos dólares, pero solo la primera vez, por eso le llaman el “Rompedor”

El Lexus azul de vidrios oscuros aparece moviéndose despacio frente a la concha acústica y la seño Yamileth se lo queda viendo desde la plaza Juan Pablo II, ya se lo tiene medido el carro y llama por celular a las chavalas para avisar.

“Ya vino” dice con cierto entusiasmo por la comisión que le viene y se mueve hacia la cuneta por el lado del teatro para recibirlo. El vehículo se acerca y el vidrio del copiloto baja lo suficiente para dejar escapar la voz del conductor “¿me tiene algo fresquito?” pregunta con tono ansioso y la seño le guiña el ojo desde afuera mientras le señala hacia el parque de la revolución “allá están para que las conozca, ya saben que va para allá”

Fernando no se hace esperar y mueve el vehículo en la trayectoria precisa hacia su destino. Al llegar no se baja, sino que abre su ventana y mira hacia afuera como se acercan las siluetas de tres chavalas. Dos de ellas lo miran con miedo, sus rostros, a pesar de la máscara de maquillaje, no logran ocultar su verdadera edad y sus cuerpecitos apenas sostienen los vestidos plateados que una mano con mal gusto corto para aquella ocasión.

La tercera tiene un pelo negro que casi le cubre el rostro, pero aún debajo de la espesa cabellera Fernando puede ver el brillo de una mirada que lo fulmina y trastorna a la vez. Casi no tiene maquillaje y su vestido negro de una sola pieza se ajusta como echo a la medida.

“Esa” dice Fernando sin notar que está salivando. La seño Yamileth que ya está ahí se asusta al ver a la tercera chavala y se acerca al cliente “Don Fernando, esa no es mía, nadie la había visto nunca” el hombre casi no le escucha, su mirada está perdida en la lujuria que lo consume “No me importa, esa quiero” repite y la seño se siente consternada ante la situación. Por un momento intenta tomar a la intrusa de la muñeca para correrla, pero al tocarla su mano queda agarrotada con un dolor helado que le clava agujas en la articulación. Se tapa la boca para sofocar el grito de dolor y no se mueve mas mientras mira a la chavala entrar en el Lexus. “Ese ya no es mí problema” piensa, a la vez que se lamenta de perder tan buen cliente, “Porque ese ya no volverá” dice en voz baja y se va con las niñas.

Fernando no se ha dado cuenta de nada, solo maneja frenético hacia carretera Masaya, con su presa bien arrellanada en el asiento de al lado. Sus fosas nasales están invadidas por el sutil aroma de la piel de esa chavala extraña, que no conoce pero que pronto poseerá.

En la entrada del Motel le ven pasar, cliente conocido de años, mandan a preparar los jugos de naranja y los camarones antes que él los pida. Fernando se mueve despacio, quiere degustar la noche con todos los placeres que le esperan. Él le abre la puerta y le muestra el acceso al cuarto especial, antro con fuentes de cemento y camas de fantasía, ella camina con lentitud mientras su cabellera nunca acaba de mostrar su rostro.

El se mete al baño y se prepara para el festín, aún sin percatarse del ominoso silencio y mortal tranquilidad de la chavala. A Fernando le preocupa más su barba mal cortada y el mal olor de su boca, así que se toma su tiempo para afeitarse y darse un baño completo, aumentando aún más su ansiedad por tenerla.

Al salir del baño el vapor de la ducha se confunde con la oscuridad helada de la habitación, con torpeza avanza en la oscuridad y se tropieza con una tela tirada en el piso, al levantarla descubre que es el vestido negro de una pieza, se lo pega a su nariz y lo aspira varias veces hasta casi marearse.

Fernando se despoja rápidamente de las pocas ropas que aún lo cubren y avanza en la oscuridad, apenas herida por la luz vertical que surge del cuarto de baño atrás de él “¿Donde estas amorcito?” pregunta con palabras dulces mientras se imagina tomándola de la cabellera, pero no hay ninguna respuesta.

Al hombre le gusta el juego, pero después de golpearse con la fuente empieza a perder la paciencia y su ansiedad se ha vuelto insoportable “¿Qué te hicistes jodida?” dice en una voz que no oculta su enojo y esta vez si hay una respuesta, una risita jocosa a su izquierda, como revelando el final del juego de las escondidillas.

Fernando se vuelve a animar y se voltea hacia la risita y sus pies sienten algo suave, lo levanta pensando si será la ropa interior de su platillo principal y al aspirarlo se extraña del olor a cirio quemado, cuando lo alza más hacia el reflejo de la luz se percata horrorizado que es piel humana, como un traje, desde los pies hasta la cara y una cabellera negra pegada al cuero cabelludo. En la espalda como cremallera, una abertura sanguinolenta muestra el lugar de salida, ¿pero de que? Fernando corre hacia el baño para encerrarse, pero el suelo está mojado por sus propios pasos y resbala pegando su cabeza con la parte baja de una de las camas….

Medio inconsciente por el dolor del golpe, ve una figura que se arrastra hacia él, un fuerte olor a sangre y monte se mueven con ella. Ya cerca puede distinguir en medio de aquella masa informe de carne, pelo y sangre, unos ojos negros que le queman su mente, sus gritos se ahogan entre la masa que se le mete entre su garganta, el silencio lo cubre todo.

Cuando llaman a la ambulancia cuatro horas después, es muy tarde para Fernando, sus ojos están perdidos, una baba desconocida le cubre todo el cuerpo y a pesar de no encontrar herida o golpe, el hombre no responde a ningún estimulo, “si hasta parece jugado de Cegua” dice uno de los camilleros, mientras se lo llevan al área privada del hospital psiquiátrico.


Alberto Sánchez Arguello
18 Julio 2010

miércoles, 7 de julio de 2010

EL DIKUTNA


Han pasado siete días desde la última inundación en Musawas, la capital del mundo mayagna. Las pocas familias que no fueron evacuadas por las crecidas de los ríos se juntan por las noches ante las hogueras, para rememorar tiempos anteriores bajo la mirada atenta de los sukias, los chamanes de la comunidad.

Todos esperan algo, una señal que les muestre si deben volverse invisibles como los ancestros que escaparon de la guerra de los diez años, que es la manera como se llama en la historia mayagna a los enfrentamientos entre la contra y los sandinistas.

Durante aquellos diez años algunos habían echo un pacto con Asangba el antiguo Dios, desobedecido por los abuelos y abuelas mayagna; le pidieron que los volviera invisibles ante los ojos de los españoles, a ellos, sus familias, bienes y animales. El Dios les había concedido su deseo y ahora en aquellas comunidades solo rocas y madera eran visibles ante la mirada de los que venían del Pacífico; ellos habían logrado escapar de la desdicha de las balas, de la destrucción de sus casas, porque mucho había sufrido el pueblo mayagna a manos de los miskitos, los ingleses, los españoles, Pedrón, la Contra y los gobiernos de la llamada Nicaragua.

Una vez más la historia mayagna volvía a ser de desgracia y la gente no sabe decidir su propio camino, así que miran en el fuego buscando entender en su movimiento el mensaje oculto del Universo, alguna señal que les diga que hacer, hacia donde ir. Pero el fuego no quiere hablar, solo la mirada inescrutable de los sukias parece entender algo en medio de aquel fastuoso baile ígneo.

Abelino se puso de pie y todos hicieron silencio, era el abuelo mayor, el sukia mas antiguo descendiente de aquellos pocos que habían luchado contra los miskitos cuando fueron expulsados por ellos hacia el interior de la selva. Su rostro, surcado por mil arrugas, mostraba la preocupación de un hombre que siente la carga de su pueblo en la espalda.

Abelino tomo una vara de granadillo y empezó a hablar despacio moviéndose alrededor del fuego:

“Los primeros hermanos dieron existencia a las montañas, a las lagunas, a los bosques, los ríos y sabanas; entonces los dos hermanos, creadores del mundo Mayagna, remaron sobre un río en un pipante pequeño. Pero una correntada del río los volcó y cayeron al agua y tuvieron que nadar hacia la orilla para salvarse. Sintiendo frío buscaron las piedras Ki Pau y con ellas encendieron un fuego, chocándolas para producir chispas y tomar un pedazo de tuno para así prender el fuego. Los hermanos tenían hambre así que se metieron al monte donde hallaron maíz, que cortaron y tostaron para llenarse. Luego echaron las mazorcas de maíz en distintos lugares, las mazorcas que echaron en el suelo de inmediato se transformaron en animales y corrieron en todas las direcciones, las que echaron en el río se transformaron en peces y las demás se transformaron en pájaros y salieron volando. Asombrados por aquella vida creada y sorprendidos por la forma extraña que mostraba, los hermanos se durmieron. Lueg, en lo más profundo de la noche, Papang, el hermano mayor despertó cuando sintió que el fuego de la hoguera lo había alcanzado. Cuando este empezó a estar ardiendo en llamas se desprendió de la tierra y subió hacia lo más alto, hasta que su hermano menor solamente logró mirarlo como punto grande, redondo y ardiente en lo más alto del cielo, fue así como llegó a ser el Sol”.

Los más jóvenes que por primera vez escuchaban la historia de la creación, se preguntaban en silencio si sería cierta, después de todo aquellas narraciones mágicas y misteriosas parecían fantasmas grises que se desvanecían cada ves mas cuando se enfrentaban ante el avance de los ladinos en las tierras ancestrales, ninguna divinidad, ni siquiera el propio Papang, parecían capaces de parar la tala del bosque y el robo de las tierras.

Abelino sintió las dudas que carcomían los corazones de los jóvenes y volvió a hablar mientras su rostro era esculpido entre sombras y luces por el fuego:

“Ahora es el momento de actuar nosotros. Hemos sido responsabilizados por los hermanos para cuidar del río, la tierra, el danto y la Ceiba; allá en la oscuridad se mueven las armas de metal de los hombres ciegos, ellos vienen quitando y matando lo que no les pertenece, nuestra magia aún está intacta, usaremos El Dikutna”

Las últimas palabras tuvieron un efecto impactante en el grupo, adultos y niños repetían el término casi olvidado. “Dikutna” decían, separando las silabas, saboreando la sensación de vocalizar la palabra que evocaba imágenes de muerte, una esperanza oscura reservada para los momentos más terribles de la historia mayagna.

Los abuelos más viejos recordaban aún lo que sus abuelas les contaban de las guerras entre miskitos y mayagnas. Mucho tiempo habían resistido el embate de los miskitos hasta que los ingleses proporcionaron armas y machetes a sus enemigos; los mayagnas se tuvieron que esconder en las montañas, en los pantanos, pero algunos de ellos habían juntado sus saberes y construyeron la bomba de los sumus: El Dikutna.

El poder del Dikutna provenía del sukia, quien se relacionaba con los espíritus de la montaña, de los ríos, del cielo. Aquel era el poder último de los sukias, que se alimentaba del miedo de los enemigos.

Abelino mandó a traer el líquido del árbol de chicle, el Malaktah, recogido en horas tempranas. Hizo un agujero en la tierra con sus manos y dibujó con una rama a la orilla del agujero figuras cóncavas del lagarto, el tigre, la tortuga y el congo.

La comunidad se había reunido toda alrededor de Abelino; en un gran círculo miraban con detenimiento como el sukia mayor revelaba la magia antigua, echando el líquido del chicle en los dibujos de la tierra; algunas horas después en medio de cantos el líquido se había secado, aquello era El Dikutna.

Entonces Abelino pidió silencio y empezó a hacer vibrar su garganta, haciendo sonidos guturales, a veces parecía un congo, otras sonaba a danto. En el monte se escuchaba el sonido de los animales respondiendo, pero nadie se movió, sabían que en el ritual del Dikutna no se podía cazar, estaba vedado matar.

Algunos animales aparecieron a las espaldas de Abelino, un Ocelote, un congo y varias serpientes se fueron acomodando cerca del Sukia sin temer a la gente ni al fuego. El abuelo mayor tomó entonces una rama de ocote y prendió fuego a las figuras de chicle y el entró rápidamente a la hoguera como si fuera Udu, el primer sukia, mediador del pueblo mayagna ante Papang, el que acompaña a los espíritus de los muertos hacia su nueva existencia.

Abelino era lamido por las lenguas de fuego sin sufrir daño, mientras bailaba y entonaba los cánticos del Dikutna. Entonces los animales de chicle empezaron a flotar, como pequeños globos de aire caliente y la hoguera se volvió más y más fuerte hasta convertirse en una columna visible desde los montes más lejanos.

El Dikutna ya estaba volando, dirigiéndose hacia los cuatro puntos cardinales, hacia las casas de los ladinos que ocupaban el territorio mayagna, listo para estallar y propagar enfermedades mortales entre ellos.

La comunidad entera miraba hacia el cielo estrellado cuando se escucharon pasos desde el monte. Al inicio, tan concentrados como estaban en el vuelo del Dikutna, atribuyeron los sonidos que eran otros animales que acudían al llamado del sukia, pero no tardaron en descubrir su error cuando entre las sombras aparecieron las figuras de veinte hombres armados con Akas y machetes, y a pesar de que nadie los conocía todos sabían quienes eran.

Uno de ellos, un hombre moreno, alto y delgado, vestido de pantalón militar y camisa manga larga señaló a Abelino y le gritó con desprecio: “Vos brujo ¿no ves que eso no nos asusta?, ya se deberían haber ido de aquí, el único poder que existe es el de nuestras armas y nuestro dinero”

La comunidad guardó silencio, sabían que estaban solos, Bosawas entera era tierra de nadie, allá en Managua, la capital de los españoles, diputados y madereros por igual ya se habían distribuido la propiedad de la selva ancestral mayagna.

“Váyanse ahora indios de mierda, esta tierra ya fue comprada, váyanse con sus brujerías del infierno”

Pero nadie se movió, Abelino vio debajo de las sombras que proyectaban las gorras de algunos de los armados, el brillo del temor al ver El Dikutna volar en lo alto, pero su reacción de cambiar la trayectoria de los animales de chicle tardó más que los pocos segundos del movimiento de veinte dedos que activaron las armas hacia hombres, mujeres, niños, niñas y animales.

Las ráfagas segaron toda la vida que se hallaba a su paso, repitiendo la historia de las guerras con los miskitos, los asesinatos de Pedrón, las matanzas de la contra, los niños que murieron en la evacuación de Tasba Pri; una y otra vez muertos por los otros, una y otra vez expulsados a sangre de sus propias tierras.

Abelino con siete descargas de plomo entre sus piernas y su pecho, fue el que más tardó en morir, usó la energía que le quedaba para grabar las últimas imágenes de la comunidad muerta: los armados registrando los cuerpos en busca de algo de valor, algunos escupiéndolos al no hallar nada, otros persignándose al ver El Dikutna alejarse a lo lejos brillando en el cielo, los niños ojos abiertos cara en la tierra, los hombres aún aferrados a varas y piedras en un intento desesperado de defenderse.

Siete días desde la última inundación, en Musawas la capital del mundo mayagna, las pocas familias que no fueron evacuadas por las crecidas de los ríos están juntas alrededor de una hoguera, sus cuerpos están dispersos en charcos negros de sangre y en el cielo, su legado el último Dikutna, busca su destino en la insondable oscuridad.



Alberto Sánchez Arguello
7 Julio 2010
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Imagen cuadro de Augusto Silva


Denuncian venta ilegal de áreas boscosas de reserva nicaragüense de Bosawás

Blanca Molina, asesora legal de las comunidades indígenas que viajaron a Managua la capital nicaragüense para realizar la denuncia ante la prensa, afirmó que las áreas de bosque húmedo amenazadas de ser taladas en enero próximo pertenecen a la comunidad de Sikilta, en Bosawás, la reserva de la biosfera más grande de Centroamérica.

Precisó que estas áreas amenazadas se hallan a orillas de los ríos Uly, Wasma y Puput, y están declaradas zonas de reserva forestal por la Asamblea Nacional, pero han sido invadidas y colonizadas por 37 familias ajenas a las comunidades indígenas.

La zona amenazada abarca 39.069 hectáreas de la Reserva de la Biosfera de la Unesco en la región limítrofe de Siuna, Bonanza y la provincia de Jinotega, ésta última fronteriza con Honduras, dijo Molina.

Los líderes indígenas formularon un llamamiento a las autoridades del Gobierno central y al Ejército de Nicaragua para que visiten la zona y constaten la veracidad de la denuncia y evitar así la devastación de esa inmensa zona boscosa de manera ilegal.

Camilo Lara, directivo de una organización ambientalista no gubernamental, aseguró que en los sectores de los ríos Wasma y Puput ya se pueden observar aserraderos.

Bosawás corre peligro por los planes para talar su corazón boscoso, donde se están vendiendo terrenos y dividiendo parcelas con documentos de propiedad falsificados, denunció.

"Si este bosque llega a ser talado, estaríamos poniendo en la lista roja una serie de especies en peligro de extinción que todavía preservamos en la zona de Boasawás", advirtió.

Según Lara, en esta venta de parcelas que se realiza en parte del núcleo de la reserva, donde está prohibido habitar, "hay una mafia forestal organizada y confirmada", aunque no dio ningún nombre.

EFE
29 Diciembre 2009