viernes, 30 de abril de 2010

Ni Nota Roja ni Estadísticas


Josefa se pasa la mano por la boca para limpiar la sangre, el ultimo golpe de Rubén ha sonado muy fuerte y teme que los vecinos del lado hallan podido escucharlo, conciente del peligro de un escándalo se mete hacia el cuarto, esperando que Rubén se calme o al menos la siga golpeando lejos de oídos indiscretos.

El iracundo marido la persigue pensando que le desafía con su escapada, de paso toma el cuchillo de cocina mas grande que atina a pasar a su lado; Josefa, ya dentro del dormitorio principal, mira el reflejo del metal pulido en la mano de Rubén, la mujer tarda varios segundos imaginando su sangre ensuciando las níveas sabanas y las alfombras iraníes, herencia de su madre, decide moverse hacia el baño, al menos los azulejos y las alfombras plásticas pueden lavarse con rapidez.

El primer filazo lo recibe la mano del anillo matrimonial, Josefa no grita, más que el dolor le inquieta la posibilidad de que alguien llame a la policía o peor aún, a los noticieros. Finalmente las cuchilladas le zurcen el estómago y mientras cae poco a poco al suelo alcanza a decir con un hilo de voz: “limpia bien, sal de la casa y di que fue un robo, no quiero aparecer ni en nota roja ni en estadísticas”… Rubén totalmente fuera de sí con lo que el cree que es una burla acaba su matanza con un degüello.

… tiempo después, ya calmado, le hace caso a su mujer.


Alberto Sanchez Arguello
30 Abril 2010

jueves, 29 de abril de 2010

Bajo la Cama


Miriam estaba en su cuarto, era la tercera vez en la noche que intentaba ir al baño, pero debajo de la cama el monstruo podría estar esperándola, de vez en cuando miraba hacia el rincón oscuro cerca de sus pies, el miedo la aterraba pero las ganas de orinar hacían salir lagrimas de sus ojos, calculaba cuanto tiempo tardaría en saltar y correr hasta la puerta antes que los tentáculos verdes espinosos la sujetaran de sus piernas, debajo de la cama el monstruo casi ni respiraba tratando de no revelarle a la niña su posición, deseaba que se durmiera para poder escapar antes que lo atrapara para comérselo a mordiscos.. los dos contaron hasta diez y entonces salieron al mismo tiempo…

Alberto Sanchez Arguello
29 Abril 2010

miércoles, 21 de abril de 2010

El Reino de los Espejos


Yo vivo en el reino de los espejos
Reflejando la locura de mi ciudad
Juegos políticos de poder y dominación
Vos contra mí, ellos contra nosotros
Todos contra el pueblo
Y el pueblo una palabra usada
Manoseada, utilizada, despedazada
A este punto alguien en los mercados
Campesinos analfabetas del norte
Indígenas olvidados del sur
Mujeres asesinadas en los diarios
Detrás de los espejos
Detrás de los juegos políticos
De mi nación

Nadie me avisó de cuando llegue aquí
Me divertí viendo los “pushanpull” volar
Me dijeron ganó el frente
Y yo dibujé contra La Prensa y el emperador
Un gringo allá arriba a donde llegan los mojados
Cantaba a los ríos de leche y miel
Nosotros éramos los buenos
Ellos tenían a la contra
Nosotros éramos la revolución

Años después mi padre escupió el rojo y negro
Se movieron de izquierda a derecha
Y ni permiso pidieron
Vos vistes al frente llorar en el 90?
También supe de la piñata
Y me dijeron que había perdido el Frente
Compactaron a medio mundo
Ví nacer el Córdoba, la nueva deuda nacional
El engorde de alemán y el gobierno desde abajo
No me divirtieron los adoquines de mi ciudad sitiada
Los primeros pactos que conocí
Y yo aún sin opinión política
Solo el préstamo de mis padres amargados
A quien creer que ya no éramos la revolución?

Viví el robo de Ibarra, Lacayo, alemán
Y claro, los ministros de don Enrique
Todo es cierto y nada lo es
Porque solo lo usan para venganzas
Arreglos, componendas y más
Aquí entra Unión Fenosa
Firman el AdA y matan Bosawas
Mientras nosotros nos hartamos novelas
Chupamos ron y seguimos el baseball
Maje cambia el canal
Ya me hartaron las noticias
Quiero mi dosis de sábado gigante.

Ahora criticar a los funcionarios públicos es político
Reclamar derechos es ser de derecha
Ser de izquierda es ser un aprendiz de dictador
Dictador imitador de Chávez, castro y otros majes
Aquí no hay centro, solo camaleones en movimiento
Vos y yo donde estamos?

Será que mi mundo de espejos
Alguna vez tuvo funcionarios
O toda la vida han sido políticos?
Será que en mi mundo de espejos
Alguna vez hubo ciudadanos
O toda la vida hemos sido clientes
Leales a personas y caudillos?
Será que en mi mundo de espejos
Alguna vez hubo crítica
O toda la vida ha habido connivencia
Fanatismo y obediencia?

He evitado por años escribir
Contarte de mi mundo de espejos
Por si me etiquetan
Y yo ni cuenta me doy
Pero si querés llamarme de alguna manera
Ponerme en tu bando o en el otro
Yo me muevo para donde querrás
Moverás solo el reflejo
De tu propio criterio
A ver si alguna vez hablamos
Dejando el estomago fuera de esto
A ver si un día botamos los espejos
Para vernos a los ojos
Vos y yo
Sin partido
Sin filiación
Sin lealtad
Solo con una cosa
Una nada más
nuestra verdad.


Alberto Sánchez Arguello
21 abril 2010

domingo, 18 de abril de 2010

La Carreta Nagua


Managua tiene fiebre, ya alcanzó los cuarenta grados y aunque ya han pasado más de siete horas desde la puesta del sol, parece que el frescor de la noche no va a llegar nunca, es Abril del dos mil diez y las lluvias aún se harán esperar. La ciudad está inquieta en su cama, en los barrios y los asentamientos, la gente se remueve en sus cuartos, mojados de sudor, entre ellos Doña Marta Espinales. A sus sesenta años, a pesar de estar acostumbrada al infierno de Chinandega, la capital no la deja de sorprender ingratamente Doña Marta cada día, y su cuerpo, de por si envenenado de agroquímicos, se retuerce por el sopor.

Doña Marta se levanta de su hamaca, jadea quedito por falta de aire, obligando a sus pulmones a responderle, mientras se tranquiliza mira hacia los lados reconociendo los plásticos negros que sirven de casa para ella y su marido en la ciudadela del Nemagón, refugio olvidado de campesinos, hombres y mujeres que trabajaron y vivieron en bananeras en occidente en los años 70 y 80, cuando las irrigaciones del Fumazone se hacían desde las mismas tuberías de agua potable, cuando por las noches las bananeras usaban las tuberías para el riego del veneno sobre las plantas y de día, de las mismas tuberías, los trabajadores bebían agua, cocinaban y se bañaban en veneno.

Doña Marta, al igual que miles de otras mujeres había sufrido un aborto por el veneno y un cáncer de útero junto con un hígado enfermo y sus articulaciones duelen tanto que por días pasa sin poder moverse.

Ella está cansada de esperar, marchó ciento cuarenta kilómetros de Chinandega a Managua junto a mas de cinco mil campesinos y campesinas en el dos mil cuatro, lleva cinco años junto a Casimiro, viviendo bajo plástico negro; ha visto a los hombres marchar en calzoncillos buscando la atención de los diputados, ayudó a poner cruces y hacer fosas en alguna ocasión y ella junto con los demás pasó la vergüenza de tener que esconderse para que pasara el “Carnaval por la vida” cuando Herty Lewites era alcalde y ellos afeaban la vía publica. Pero ella sabía que así era Managua y que ellos no eran más que una parte del paisaje, una postal que recordaba la miseria del país.


Doña Marta está acostumbrada a sentir como su cuerpo se consume cada día un poco mas, cada vez menos aire, cada vez menos energía para cocinar un plátano en el fogón y preparar el café para el día, pero en medio del silencio muerto de esta noche sin luna, siente algo distinto, como un peso en el vientre, un dolor agudo en el corazón, se ha dado cuenta que su tiempo ya está extinto y ha decidido que no va a luchar más, la verdad es que ya quiere descansar.

Entonces escucha los aullidos de los perros, un sonido largo y triste, se da cuenta de que a pesar de que no son más de la una de la mañana en viernes, no hay vehículos circulando ni nadie cruzando en las cunetas. Cierra los ojos para escuchar más allá y poco a poco llegan a sus oídos otros sonidos desde el lago, algo viejo, como a punto de quebrarse, una bulla como de huesos pegando con huesos, al poner sus pies en la tierra puede sentir un movimiento, lento, pesado, y mientras mas cerca está los aullidos se vuelven mas lastimeros, casi desesperados, hasta que no hay mas nada, solo el sentimiento claro de que algo viene subiendo por la antigua Roosevelt, la calle principal.

Doña Marta se incorpora de la hamaca, sus piernas flacas con costo le dan para caminar pero ya llegó el momento y siente una paz que en los tres años de estar en el campamento no ha experimentado.


Recuerda su infancia cuando escuchó aquel mismo sonido, en su comunidad de Chinandega, “llega la carreta” le había dicho su tata y ella se había quedado muda del espanto imaginando miles de esqueletos arrastrándose en la oscuridad; ahora ella no tiene miedo, ella conoce el verdadero horror, los niños nacidos sin cerebro, las “niñas de trapo” que no pueden hablar, ni caminar, ni agarrar, con huesos débiles y frágiles, ella conoce el espanto de los agroquímicos.

Ahora espera agradecida de que halla llegado hasta ahí por ella, es como recuperar un poco de dignidad en medio de tanta desgracia.

De pronto su cuerpo le responde como si tuviera veinte años menos, nadie se percata de aquel milagro, en aquella noche los únicos despiertos son ella y los grillos que habían enmudecido ante el espectro que estaba acercándose a la ciudadela.


Doña Marta respira el aire seco y besa la frente de su Casimiro, es hora de partir, camina descalza hacia la calle a tiempo de recibir la enorme carreta desvencijada que jalan un par de bueyes oscuros y flacos, arriba, la Quirina, una mujer de vestido blanco que le llega hasta los tobillos y largos cabellos negros le señala la parte de atrás y Doña Marta se monta, al hacerlo siente un cosquilleo por todo su cuerpo y es como si un sueño le entrara desde los pies hasta dejarla en un estado casi inconciente, intenta aún ver el rostro de la mujer pero la oscuridad de la noche y sus cabellos lo ocultan, a pesar de los postes de luz las sombras siempre parecen cubrirla.


La carreta empieza a moverse y parece haber otros con ella, pero solo reconoce siluetas como echas de humo a su alrededor, la marcha lenta pero segura continua hacia arriba, buscando la loma del Hospital Militar, afuera mira al guarda de king cuality dormido, totalmente derrotado por el calor, y más arriba los trasvetis durmiendo en las bancas, solo uno de ellos medio dormido mira la aparición y se pone tan blanco que parece papel de lino, Doña Marta sonríe.


Ya casi cerrando los ojos Doña Marta se da cuenta que la siguiente parada es la catedral, seguramente la carretonera tiene pasajeros pendientes entre los cañeros, algún riñón habrá fallado en la espera eterna del dialogo con la familia mas rica de Nicaragua, no importa, en la carreta hay espacio para todos, y con ese ultimo pensamiento cierra totalmente sus ojos.


NOTA: imagen foto de JAIME BUITRAGO GIL

Alberto Sánchez Arguello
18 Abril 2010

viernes, 9 de abril de 2010

El Cadejo



Fabián caminaba en las calles, descalzo con piernas flacas como fideos, con un ligero renqueo en una de ellas, un jeans que ya parecía pescador, camisa de harapos apenas unidos en una mezcolanza de rojos y grises desteñidos. Las llagas en sus muslos y brazos eran las marcas de una historia bajo el sol de Managua y su rostro, iluminado por una sonrisa amplia y cristalina, con sus barbas y bigote negro descuidado, mostraban una edad indefinida, tal vez veinte o treinta, subía y bajaba en años según el calor irradiado por sus ojos oscuros, que a veces parecían incendiar su paso y otras soplaban gélidos pensamientos inconfesables.


Sus pies llenos de costras, recorrían sin rumbo monseñor Lezcano, Altamira, Bello Horizonte, Las Brisas, Belmonte, La Centroamérica … Nunca descansaba y nadie sabía a donde iba, ni de donde venía, solo le veían caminando con grandes zancadas y movimientos amplios de los brazos, deteniéndose solo para dar una vuelta sobre si mismo, cual si fuera un planeta, como los derviches que entran en trances cósmicos. Al girar, sus ojos se cerraban y su boca se expandía mostrando un éxtasis como ningún Managua había visto jamás en otro loco de su ciudad.

Algunos viejitos jubilados, de los que venden lotería por el parque Las Piedrecitas, dicen que Fabián había vivido más de diez años internado en el kilómetro cinco, en el Hospital Psicosocial José Dolores Fletes, el psiquiátrico como lo conocen los managuas. Dicen que una viejita vino de León en taxi con un muchacho amarrado con una cuerda de cabuya gruesa; decían que se llamaba Fabio Martínez Leiva y que le habían diagnosticado Esquizofrenia a los dos días de internado; al inicio era tan violento que lo habían electrocutado hasta dos veces a la semana como forma de terapia, hasta que se fue calmando y pasaba horas quieto en las verjas de la entrada al hospital, extendiendo la mano hacia los transeúntes por cigarros y tortillitas. Uno de los vende lotería decía que durante el primer año la viejita venía cada mes con mudadas nuevas pero que ya luego nadie la volvió a ver y el muchacho se convirtió en un paciente sin visitas ni futuro, un nombre perdido en un expediente, hasta que un día se escapó por una malla y nadie lo fue a buscar.

Al comienzo lo veían subiendo y bajando la cuesta de la empresa aguadora hacia Las Piedrecitas, siempre con sus giros características. Ya después apareció por el siete sur y el Banco Central, hasta que se fue haciendo normal verlo recorrer Managua, otro loco perdido en el escenario caótico de la capital.

Un día dicen que Fabián murió, pero algunos creen que eso no es cierto, que se fue a Costa Rica para seguir caminando en el parque de la merced, entre las estatuas Deheredia, por las calles de San José y Alajuela; solo Chico Martínez de Monseñor Lezcano afirma saber exactamente lo que fue de aquel caminante sin rumbo.

Chico limpia vidrios en los semáforos de Rubenia y le cuenta a todo el que se deja la historia de Fabián; una vez entrando a Managua desde Estelí en el viejo Land Rover año 72 de mi abuelo, escuché su cuento en medio de una caravana de veinte buses repletos de niños venidos de somotillo, Matagalpa y Jinotega con destino al Parque de las Niñas y Niños Felices, una instalación temporal del gobierno para las navidades del dos mil nueve, un parque con una alucinante mezcla de una pista de patinaje de hielo y exposiciones de armas militares. Ahí en medio de la algarabía de los chiguines, que por primera vez conocían la capital, Chico recitó desde el asfalto caliente su historia:

“Y ese loco siempre andaba por todos lados, si hasta parecía el judío errante con sus patas hinchadas de tanta calle. La gente se le corría pero no hacía nada, solo dar vueltas como trompo, así, mire, así mismito. Y fíjese que un día estoy ahí en la parada de los busitos de la UCA, era un sábado como a las nueve de la noche, yo me había venido de Diriamba de un rumbito y estaba con mis traguitos, un buen guarón, pero nada de estar bolo, si viera que yo aguanto como animal, parecen varas. Pero le decía pues, que me arrecuesto en la banca de las paradas jodidas esas que dejó Herty y veo venir al loco del lado de la rotonda en media calle, con esos ojos brillantes que solo él tenía y va a venir una busito de los de granada arreado, el chofer viendo al icaco o quien sabe que mierda. La cosa es que el loco da un giro y se lanza frente al busito y lo estampó todito, salió como pelota el pobrecito si hasta se escuchó el madre turcazo y yo ahí viendo todo. Y la cosa es que el bus se para medio abollado ahí adelante, así que el chofer se baja todo asustado y él yo buscamos al maje y ¿va a creer que nada hallamos?, si es que buscamos hasta en radio Ya, por la UCA, en las paradas, nada, nada, ni rastro; ¿se habrá echo polvo el hijueputa? decía yo, hasta que en la cuneta bajo el puente vimos unos trapos revueltos y era la camisa hedionda y el pantalón del loco, pero nada más. El chofer aprovechó y pegó la guinda, solo yo quedé con la duda, ¿adonde se fue en bola y cachimbeado?. Pero ese no es el cuento, no, fíjese que al día siguiente, domingo sin luna, noche cerrada pues, yo que voy caminando en esa pasada que hay desde la universidad de ingeniería hasta la laguna Tiscapa, y estando ya por la entrada de Villa Tiscapa, ahí por el chamanse empiezan a escuchar perros aullando por todos lados y como que algo grande se movía en el monte por el lado del cauce, y se me deja venir un animal en la oscuridad. Era un perro casi de mi tamaño, negro, tan negro que se confundía con la noche, menos los ojos brillantes y rojos como fuego y yo me quedé de palo, casi me cago del susto, pero cual es mi sorpresa cuando se me pone al lado, se que me queda viendo y yo que empiezo a caminar y él que me acompaña, yo con el culo fruncido y cerrando las piernas para que no se pudiera meter debajo y me llevara al infierno, pero él tranquilo, quedito, como si fuera mío. Yo seguí pues y cuando llegamos al cruce se dio la vuelta y se regresó hacia la oscuridad, ahí me fijé que renqueaba de la pata izquierda y que giraba como trompo cada tres o cuatro pasos y ahí si me quedé helado, porque ese era Fabián, por esta que era él, yo me persigné tres veces y salí papeleado hacía la loma”

Los buses por fin pasaron y le pasé diez pesos a Chico y me fui pensando en aquella historia, revisando camino a casa los cajellones y los cauces imaginando si aquel perro negro estaría caminando entre los árboles y las casas de metal y plástico de los asentamientos. Pensaba que Fabián nunca había dejado de caminar y que seguro nadie como el conocía mejor la monstruosidad urbana de Managua. Yo volví a ver varias veces a Chico, siempre limpiando vidrios en Rubenia, o con cartones con anteojos oscuros y alguno que otro accesorio para celular. Siempre afirmaba haber visto aquel perro negro y que otros también lo habían visto en el oriental una noche o en carretera norte cuando ya no había vendedores.

Yo nunca lo he visto, pero ahora me fijo más en todos los alucinados que recorren mi ciudad, hombres y mujeres que duermen y viven solos entre el asfalto y la buena voluntad de algunos; haciendo suyas las esquinas de los parques y las sombras de los monumentos, invisibles a los ojos de la mayoría, igual que los perros vagabundos. No conocemos sus historias y nos muestran la cara amarga de esta ciudad, la locura que camina, entre ellos Fabián, el Cadejo.


Imagen: Xilografia Cadejo Robert Barberena

Alberto Sánchez Arguello
24 Julio 2010

lunes, 5 de abril de 2010

Mar de sirenas


Cleveland entró al agua con unos cuantos aparejos, y un snorkel usado por quien sabe cuantos buzos antes que él, armado con su fe en recoger mas “buitre marino”, esta era su décima inmersión en este día de cuaresma, ya había superado el número permitido pero ni a él ni a la empresa les importaba, a ellos porque el solo era otro miskito mas en medio de las filas interminables de desempleados de Bilwi, a él porque sus cinco hijos le esperaban con hambre desde las siete de la mañana.

El agua la sintió helada, ya casi no quedaban rayos de sol para calentar el gran manto verde que lo acogía en su seno. Con la piel agrietada de tanta sal, ya no sentía la diferencia entre estar dentro y fuera del Atlántico.

Mientras se sumergía, dejó su mente volver a su infancia en Puerto Lempira, en Honduras, ahí donde su familia había emigrado por tanta guerra entre los "españoles". Recordó ser chineado por su tío Andrés y sus primas corriendo alrededor de él, cuando apenas comenzaba su destete y ya le habían llevado al bautizo en el mar, las olas empujándolo y el aterrado, sujeto al torso de su tío. Todos debían moverse como peces en el agua desde pequeños y el no debía ser la excepción, aquella ocasión había tragado tanta agua salada que sus gritos se escucharon hasta Choluteca, pero el cariño e insistencia de su familia le había devuelto las ganas de volver a entrar y tanto había aprendido aquella lección que al volver a Nicaragua en el 92, se había convertido en uno de los buzos mas habilidosos de la región autónoma sur de Nicaragua, solo superado por su abuelo en sus años mozos cuando él suplía sin ayuda las necesidades de una de las primeras empresas pesqueras locales, antes que la pesca comercial se abriera en el territorio.

El buceo de langosta era uno de los pocos trabajos que había en aquella época para los miskitos que volvieron de Honduras. Para Cleveland aquello había sido una oportunidad para demostrar su capacidad y ganar dinero en medio de las mínimas condiciones de seguridad.

Pero aquellos años de gloria se habían ido desvaneciendo como las botellas luidas por la arena, era el efecto de la ron plata y el caballito que noche a noche y día a día habían masticado su cuerpo y su dignidad de miskito; el pequeño negocio de souvenirs que había edificado junto a su esposa se lo había llevado el huracán Félix y ahora estaba de nuevo donde había comenzado: empeñando su vida en el mar por un puñado de monedas de las empresas pesqueras.

Cleveland bajó al territorio del “Buitre”, a 130 pies de profundidad, pero era muy tarde, ya habían atrapado a todos los habitantes de aquel fondo. Alcanzó a usar las ultimas onzas del tanque de oxigeno en recolectar algunos corales y confiado como siempre en sus pulmones se lanzó a un ascenso desesperado con el tanque vacío.

Concentrado en la tenue luz de la superficie, no distinguió la sombra que se le fué acercando desde debajo de las profundidades. Su corazón latía con fuerza y sentía el palpitar en sus sienes con un ritmo que poco a poco lo iba induciendo en un trance suave, con un mareo que lo hacía van volearse en el ascenso, finalmente se percató de la figura larga y escuálida que se hacia cada vez mas familiar, sintió que el aire se atoraba en su pecho y sus brazos y piernas se agarrotaba con un terror como jamás había sentido. En medio del silencio eterno de las profundidades marinas se había encontrado con la sirena, la Liwa Mairin y ella solo tenias ojos para el; mujer bella de cabellos largos, mitad mujer, mitad pez; la mirada era gélida y a través de ella podía ver a incontables generaciones de hombres como él, congelados en encuentros similares a aquel; suavemente vio las sombras cubrirlo y sintió el abrazo mortal, sobre sus espaldas, sobre su cuello, sobre su rostro, todo su ser se estremeció, como si miles de espinas de metal atravesaran sus extremidades, luego no miró nada mas, perdió el conocimiento.
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- ¿Y este hombre? ¿Por qué está aquí Doctor? ¿Síndrome de descompresión?

- Si…El es Cleveland, el mejor buzo que hemos tenido.. Ya son más de cuatrocientos y las empresas no quieren pagarles nada...

- ¿Vamos a poder hacer algo por él?

- Ya lo metimos a la cámara hiperbárica, tiene el cuerpo destrozado, la última inmersión lo jodió, al menos logramos que mueva los brazos… el dice que fue la sirena, como todos…

- ¿Podrá caminar?

- No, sus piernas se las llevó el mar, el solo se quedó con los huesos y los músculos… nada más.


Alberto Sánchez Arguello
5 abril 2010

Imagen: Cuadro de pintor nicaraguense Augusto Silva

NOTA: En la Región Autónoma del Atlántico Norte existen más de 800 buzos lisiados, afectados por el síndrome de descompresión. De ellos, muy pocos han recibido alguna ayuda o indemnización por los daños sufridos durante sus labores, y los muertos superan los 200 desde 1990. Evenor Saballos, presidente del Sindicato de Buzos y Marinos de la Región Autónoma del Atlántico Norte, manifestó que la escasez de la langosta en el Caribe hace que los buzos tengan que ir a mayores profundidades, lo que significa que cada vez están más expuestos a sufrir un accidente por descompresión. Otro aspecto que ha contribuido con los accidentes, es que una gran parte de los trabajadores del mar desconocen de técnicas mínimas de buceo, debido a que todos han aprendido a hacerlo de forma empírica. Debido a esta debilidad, muchos de estos valientes hombres corren el riesgo de no poder medir la profundidad y la cantidad de oxígeno en sus tanques, por lo que muchas veces, cuando se encuentran pescando a más de 100 pies de profundidad se les termina el oxígeno, y salen demasiado rápido, sin tomar en consideración las normas básicas de buceo. Muchos buzos miskitos llaman a la descompresión la enfermedad de la “Liwa Mairin”, que traducido al español es sirena. Muchos creen que el buzo o marino que muere en el mar o se enferma y luego muere en tierra, la sirena se lo lleva. Evenor Saballos, en su calidad de presidente del Sindicato de Buzos, señaló que muchos de ellos han dicho haber visto a una mujer muy linda de pelo largo, y de la cintura para abajo en forma de pez, y luego cuando éstos salen del agua se han enfermado. Esta creencia muy enraizada en el pueblo miskito ha hecho que muchos familiares de los afectados, en vez de llevar a sus enfermos descompresionados al médico o a un hospital, los lleven a sus comunidades, donde comienzan a tratarlos con medicina tradicional y hierbas, que al final no sanan al enfermo. El Nuevo Diario Nicaragua 21 Marzo 2005