domingo, 2 de mayo de 2010

Los Ahuizotes


La lluvia hace estragos en el callejón de la muerte del mercado mas grande de Centroamérica, el coloso del Oriental, lleno de vericuetos y laberintos, mas de diez mil personas moviéndose como hormigas, una de ellas se llama Daniel e inicia su mañana en la parte mas oscura del callejón, entre charcos de lodo y basura, levantándose del suelo cubierto de periódicos usados y plástico negro, con hambre desde ayer y con la misma ropa desde hace mas de un año.

Son las seis y media de la mañana y el muchacho de doce años comienza su día con el último resto de pega que le queda en el tarrito de vidrio, se lo acerca a la nariz y se cubre con una bolsita para atrapar hasta el último vapor antes que se le agote, quiere olvidar las pesadillas, ya son siete noches que tiene de sentir que le jalan los pies en la oscuridad y oye gemidos por los callejones.

Estando todavía en el alucín llegan los otros tres miembros de la pandilla de las hormigas tambochas, los más infames “huelepegas” del mercado, conocidos por sus robos violentos y sus múltiples violaciones a las niñitas inhalantes que se pasean por el gancho de camino.


“Apuráte chavalo que ya abrieron el chante de la Luciana y están moviendo mercadería por la lluvia, vamos a ver que le sacamos” le dice Juan el mayor, pero Daniel esta todavía volando y lo único que le interrumpe es la picazón que le carcome las piernas. Martin el bizco, le hace un gesto a los otros dos y lo cargan a patadas para que los atienda, Daniel se deja un rato, le rompen el tarro y le aplastan los testículos dos veces, pero finalmente se levanta y le rompe la boca a Josué el más chiquito.

Ya más calmados los chateles rodean el mercado por zonas donde nadie les haga caso, evitando las miradas de comerciantes que llevan meses buscándolos para mandarlos al distrito cuatro de la Policía. La Luciana, una octogenaria originaria de Jinotega se vuelve a apiadar de ellos y les da algunas naranjas golpeadas y unos maduros que la pandillita se come vorazmente no dejando ni las cascaras.

Ya son las diez de la mañana cuando Juan señala hacia un vendedor nuevo que está trasegando ropa, se le acercan por detrás pero Daniel ya esta tembloroso y hace muecas con la cara que hacen reír descontroladamente a Josué, el vendedor se alarma y descubre a los ladrones, grita por ayuda mientras lanza golpes a los mas cercanos, Martin recibe la peor parte y lo agarra la "pesca" del mercado mientras los otros toman lo que puedan y salen corriendo por los callejones.

La carrera es desenfrenada, botan todo lo que se encuentran, los charcos que explotan bajo sus pies y los "hijuepuetazos" que les lanzan los vendedores al pasar hacen reír a los niños, lo sienten como un juego, como si fuera el pegue o las escondidillas, al final se separan en distintas direcciones entre carcajadas y brincos.

Daniel está solo de nuevo, pero está bien, camina lejos del mercado, sintiendo el fuego del asfalto mientras baja hacia el Lago, pegado a su corazón un nuevo tarro de pega y en los bolsillos de su pantalón roto algunas monedas que le sobraron de la venta de lo robado.


Cuando pasa al lado del campamento del Nemagón le parece mirar a los viejos y viejas enterrados en sus hamacas y ante sus ojos se transforman en muertos que se derriten como candelas al calor de la capital, y de repente se asusta cuando le parece ver unas sombras largas que se le acercan desde los eucaliptos. Daniel se restriega los ojos y casi se le cae el tarro pero no hay nada ahí más que las casuchas de plástico negro”, así que sigue su camino.

El Lago de Managua es un lugar hermoso para Daniel, le recuerda una de las pocas cosas bellas de su vida, las visitas a la laguna de Apoyo con su abuela, la única persona que lo abrazó alguna vez. Por eso, siempre que puede se va para allá, pasando el Teatro Nacional los bares del malecón, hasta llegar al parque frente al Xolotlán y bajar a la orilla, sentarse en la arena para sentir la brisa y mirar hacia el horizonte de agua que cubre toda su visión.

Ahí Daniel se siente seguro, no hay nadie cerca y saca el tarrito para volver a volar, inhala hasta que la nariz le duele y la picazón se vuelve casi insoportable, los sonidos del agua y del viento se intensifican y mira colores brillantes en las copas de los árboles y en las nubes.


Después de varias horas absorto en el movimiento de los pájaros, Daniel tiene la sensación de no estar sólo, la piel se le pone de gallina y un temor le invade el cuerpo como si estuviera haciendo frío en su estómago, al poner el tarrito en la arena escucha gemidos que vienen desde el agua, un escalofrío le recorre la espalda cuando mira sombras con el rabo del ojo, son varias figuras como echas de humo.

El sabe quienes son y mientras está petrificado sintiendo los movimientos a su alrededor, recuerda a su abuela, contándole de los Ahuizotes, los espinosos, los que se encuentran cerca del agua, apariciones sin consistencia recordadas desde siempre por los pueblos de Monimbó, el mundo indígena de Masaya.

Los mira moverse a su lado, escucha movimiento en las ramas de los árboles y por momentos parece que la sombra de una mujer larga se refleja en el agua y pasos se dibujan en la arena frente a él.

Las sombras murmuran su nombre, y Daniel ha comenzando a temblar de nuevo y hacer muecas raras con su cara, pero entre los rictus faciales efecto del tóxico inhalado, sonríe y hasta empieza a reír mientras se levanta para moverse junto con los espíritus, y con el sol ya cayendo en el lago, baila con los Ahuizotes, sintiendo sus toques helados en sus brazos y piernas, sus murmullos y gemidos que le arrullan con suavidad, en esta noche en Managua, Daniel ya no volverá a estar solo.


Alberto Sánchez Arguello
2 Mayo 2010