domingo, 18 de julio de 2010

LA CEGUA


Viernes a la media noche en Managua, los hijos de empresarios y políticos compiten con motos modificadas en carretera Masaya. La zona Hipos se infla de comensales que engullen varios salarios mínimos entre cócteles y boquitas; en las gasolineras circulan los que peregrinan entre bares y fiestas, hacen filas para sus recargas telefónicas y se llevan una que otra lata de cerveza para la jornada de desvelo que les espera.

En la subida de la loma, agotando las cunetas con sus tacones, los travestis y las prostitutas hacen sus recorridos conocidos. Precios variables inversos a la experiencia, tal vez una de las pocas transacciones en que la juventud encarece el precio.

Y eso es lo que busca Fernando, recién vuelto de sus negocios en Guatemala, ya quiere probar la nueva mercadería. Pero él sabe donde encontrar lo que busca y pasa de lejos plaza inter acelerando hacia el Lago en su Lexus sin placas.

El no quiere lo usado, su nariz busca el olor de lo nuevo, apenas recién salido a la calle, de lo que solo se encuentra por el Malecón. No será la primera vez que hace este recorrido, si hasta tiene su marchanta que le avisa por encargo cuando una niña va a estrenarse. En los barrios del Lago saben que paga buenos dólares, pero solo la primera vez, por eso le llaman el “Rompedor”

El Lexus azul de vidrios oscuros aparece moviéndose despacio frente a la concha acústica y la seño Yamileth se lo queda viendo desde la plaza Juan Pablo II, ya se lo tiene medido el carro y llama por celular a las chavalas para avisar.

“Ya vino” dice con cierto entusiasmo por la comisión que le viene y se mueve hacia la cuneta por el lado del teatro para recibirlo. El vehículo se acerca y el vidrio del copiloto baja lo suficiente para dejar escapar la voz del conductor “¿me tiene algo fresquito?” pregunta con tono ansioso y la seño le guiña el ojo desde afuera mientras le señala hacia el parque de la revolución “allá están para que las conozca, ya saben que va para allá”

Fernando no se hace esperar y mueve el vehículo en la trayectoria precisa hacia su destino. Al llegar no se baja, sino que abre su ventana y mira hacia afuera como se acercan las siluetas de tres chavalas. Dos de ellas lo miran con miedo, sus rostros, a pesar de la máscara de maquillaje, no logran ocultar su verdadera edad y sus cuerpecitos apenas sostienen los vestidos plateados que una mano con mal gusto corto para aquella ocasión.

La tercera tiene un pelo negro que casi le cubre el rostro, pero aún debajo de la espesa cabellera Fernando puede ver el brillo de una mirada que lo fulmina y trastorna a la vez. Casi no tiene maquillaje y su vestido negro de una sola pieza se ajusta como echo a la medida.

“Esa” dice Fernando sin notar que está salivando. La seño Yamileth que ya está ahí se asusta al ver a la tercera chavala y se acerca al cliente “Don Fernando, esa no es mía, nadie la había visto nunca” el hombre casi no le escucha, su mirada está perdida en la lujuria que lo consume “No me importa, esa quiero” repite y la seño se siente consternada ante la situación. Por un momento intenta tomar a la intrusa de la muñeca para correrla, pero al tocarla su mano queda agarrotada con un dolor helado que le clava agujas en la articulación. Se tapa la boca para sofocar el grito de dolor y no se mueve mas mientras mira a la chavala entrar en el Lexus. “Ese ya no es mí problema” piensa, a la vez que se lamenta de perder tan buen cliente, “Porque ese ya no volverá” dice en voz baja y se va con las niñas.

Fernando no se ha dado cuenta de nada, solo maneja frenético hacia carretera Masaya, con su presa bien arrellanada en el asiento de al lado. Sus fosas nasales están invadidas por el sutil aroma de la piel de esa chavala extraña, que no conoce pero que pronto poseerá.

En la entrada del Motel le ven pasar, cliente conocido de años, mandan a preparar los jugos de naranja y los camarones antes que él los pida. Fernando se mueve despacio, quiere degustar la noche con todos los placeres que le esperan. Él le abre la puerta y le muestra el acceso al cuarto especial, antro con fuentes de cemento y camas de fantasía, ella camina con lentitud mientras su cabellera nunca acaba de mostrar su rostro.

El se mete al baño y se prepara para el festín, aún sin percatarse del ominoso silencio y mortal tranquilidad de la chavala. A Fernando le preocupa más su barba mal cortada y el mal olor de su boca, así que se toma su tiempo para afeitarse y darse un baño completo, aumentando aún más su ansiedad por tenerla.

Al salir del baño el vapor de la ducha se confunde con la oscuridad helada de la habitación, con torpeza avanza en la oscuridad y se tropieza con una tela tirada en el piso, al levantarla descubre que es el vestido negro de una pieza, se lo pega a su nariz y lo aspira varias veces hasta casi marearse.

Fernando se despoja rápidamente de las pocas ropas que aún lo cubren y avanza en la oscuridad, apenas herida por la luz vertical que surge del cuarto de baño atrás de él “¿Donde estas amorcito?” pregunta con palabras dulces mientras se imagina tomándola de la cabellera, pero no hay ninguna respuesta.

Al hombre le gusta el juego, pero después de golpearse con la fuente empieza a perder la paciencia y su ansiedad se ha vuelto insoportable “¿Qué te hicistes jodida?” dice en una voz que no oculta su enojo y esta vez si hay una respuesta, una risita jocosa a su izquierda, como revelando el final del juego de las escondidillas.

Fernando se vuelve a animar y se voltea hacia la risita y sus pies sienten algo suave, lo levanta pensando si será la ropa interior de su platillo principal y al aspirarlo se extraña del olor a cirio quemado, cuando lo alza más hacia el reflejo de la luz se percata horrorizado que es piel humana, como un traje, desde los pies hasta la cara y una cabellera negra pegada al cuero cabelludo. En la espalda como cremallera, una abertura sanguinolenta muestra el lugar de salida, ¿pero de que? Fernando corre hacia el baño para encerrarse, pero el suelo está mojado por sus propios pasos y resbala pegando su cabeza con la parte baja de una de las camas….

Medio inconsciente por el dolor del golpe, ve una figura que se arrastra hacia él, un fuerte olor a sangre y monte se mueven con ella. Ya cerca puede distinguir en medio de aquella masa informe de carne, pelo y sangre, unos ojos negros que le queman su mente, sus gritos se ahogan entre la masa que se le mete entre su garganta, el silencio lo cubre todo.

Cuando llaman a la ambulancia cuatro horas después, es muy tarde para Fernando, sus ojos están perdidos, una baba desconocida le cubre todo el cuerpo y a pesar de no encontrar herida o golpe, el hombre no responde a ningún estimulo, “si hasta parece jugado de Cegua” dice uno de los camilleros, mientras se lo llevan al área privada del hospital psiquiátrico.


Alberto Sánchez Arguello
18 Julio 2010

miércoles, 7 de julio de 2010

EL DIKUTNA


Han pasado siete días desde la última inundación en Musawas, la capital del mundo mayagna. Las pocas familias que no fueron evacuadas por las crecidas de los ríos se juntan por las noches ante las hogueras, para rememorar tiempos anteriores bajo la mirada atenta de los sukias, los chamanes de la comunidad.

Todos esperan algo, una señal que les muestre si deben volverse invisibles como los ancestros que escaparon de la guerra de los diez años, que es la manera como se llama en la historia mayagna a los enfrentamientos entre la contra y los sandinistas.

Durante aquellos diez años algunos habían echo un pacto con Asangba el antiguo Dios, desobedecido por los abuelos y abuelas mayagna; le pidieron que los volviera invisibles ante los ojos de los españoles, a ellos, sus familias, bienes y animales. El Dios les había concedido su deseo y ahora en aquellas comunidades solo rocas y madera eran visibles ante la mirada de los que venían del Pacífico; ellos habían logrado escapar de la desdicha de las balas, de la destrucción de sus casas, porque mucho había sufrido el pueblo mayagna a manos de los miskitos, los ingleses, los españoles, Pedrón, la Contra y los gobiernos de la llamada Nicaragua.

Una vez más la historia mayagna volvía a ser de desgracia y la gente no sabe decidir su propio camino, así que miran en el fuego buscando entender en su movimiento el mensaje oculto del Universo, alguna señal que les diga que hacer, hacia donde ir. Pero el fuego no quiere hablar, solo la mirada inescrutable de los sukias parece entender algo en medio de aquel fastuoso baile ígneo.

Abelino se puso de pie y todos hicieron silencio, era el abuelo mayor, el sukia mas antiguo descendiente de aquellos pocos que habían luchado contra los miskitos cuando fueron expulsados por ellos hacia el interior de la selva. Su rostro, surcado por mil arrugas, mostraba la preocupación de un hombre que siente la carga de su pueblo en la espalda.

Abelino tomo una vara de granadillo y empezó a hablar despacio moviéndose alrededor del fuego:

“Los primeros hermanos dieron existencia a las montañas, a las lagunas, a los bosques, los ríos y sabanas; entonces los dos hermanos, creadores del mundo Mayagna, remaron sobre un río en un pipante pequeño. Pero una correntada del río los volcó y cayeron al agua y tuvieron que nadar hacia la orilla para salvarse. Sintiendo frío buscaron las piedras Ki Pau y con ellas encendieron un fuego, chocándolas para producir chispas y tomar un pedazo de tuno para así prender el fuego. Los hermanos tenían hambre así que se metieron al monte donde hallaron maíz, que cortaron y tostaron para llenarse. Luego echaron las mazorcas de maíz en distintos lugares, las mazorcas que echaron en el suelo de inmediato se transformaron en animales y corrieron en todas las direcciones, las que echaron en el río se transformaron en peces y las demás se transformaron en pájaros y salieron volando. Asombrados por aquella vida creada y sorprendidos por la forma extraña que mostraba, los hermanos se durmieron. Lueg, en lo más profundo de la noche, Papang, el hermano mayor despertó cuando sintió que el fuego de la hoguera lo había alcanzado. Cuando este empezó a estar ardiendo en llamas se desprendió de la tierra y subió hacia lo más alto, hasta que su hermano menor solamente logró mirarlo como punto grande, redondo y ardiente en lo más alto del cielo, fue así como llegó a ser el Sol”.

Los más jóvenes que por primera vez escuchaban la historia de la creación, se preguntaban en silencio si sería cierta, después de todo aquellas narraciones mágicas y misteriosas parecían fantasmas grises que se desvanecían cada ves mas cuando se enfrentaban ante el avance de los ladinos en las tierras ancestrales, ninguna divinidad, ni siquiera el propio Papang, parecían capaces de parar la tala del bosque y el robo de las tierras.

Abelino sintió las dudas que carcomían los corazones de los jóvenes y volvió a hablar mientras su rostro era esculpido entre sombras y luces por el fuego:

“Ahora es el momento de actuar nosotros. Hemos sido responsabilizados por los hermanos para cuidar del río, la tierra, el danto y la Ceiba; allá en la oscuridad se mueven las armas de metal de los hombres ciegos, ellos vienen quitando y matando lo que no les pertenece, nuestra magia aún está intacta, usaremos El Dikutna”

Las últimas palabras tuvieron un efecto impactante en el grupo, adultos y niños repetían el término casi olvidado. “Dikutna” decían, separando las silabas, saboreando la sensación de vocalizar la palabra que evocaba imágenes de muerte, una esperanza oscura reservada para los momentos más terribles de la historia mayagna.

Los abuelos más viejos recordaban aún lo que sus abuelas les contaban de las guerras entre miskitos y mayagnas. Mucho tiempo habían resistido el embate de los miskitos hasta que los ingleses proporcionaron armas y machetes a sus enemigos; los mayagnas se tuvieron que esconder en las montañas, en los pantanos, pero algunos de ellos habían juntado sus saberes y construyeron la bomba de los sumus: El Dikutna.

El poder del Dikutna provenía del sukia, quien se relacionaba con los espíritus de la montaña, de los ríos, del cielo. Aquel era el poder último de los sukias, que se alimentaba del miedo de los enemigos.

Abelino mandó a traer el líquido del árbol de chicle, el Malaktah, recogido en horas tempranas. Hizo un agujero en la tierra con sus manos y dibujó con una rama a la orilla del agujero figuras cóncavas del lagarto, el tigre, la tortuga y el congo.

La comunidad se había reunido toda alrededor de Abelino; en un gran círculo miraban con detenimiento como el sukia mayor revelaba la magia antigua, echando el líquido del chicle en los dibujos de la tierra; algunas horas después en medio de cantos el líquido se había secado, aquello era El Dikutna.

Entonces Abelino pidió silencio y empezó a hacer vibrar su garganta, haciendo sonidos guturales, a veces parecía un congo, otras sonaba a danto. En el monte se escuchaba el sonido de los animales respondiendo, pero nadie se movió, sabían que en el ritual del Dikutna no se podía cazar, estaba vedado matar.

Algunos animales aparecieron a las espaldas de Abelino, un Ocelote, un congo y varias serpientes se fueron acomodando cerca del Sukia sin temer a la gente ni al fuego. El abuelo mayor tomó entonces una rama de ocote y prendió fuego a las figuras de chicle y el entró rápidamente a la hoguera como si fuera Udu, el primer sukia, mediador del pueblo mayagna ante Papang, el que acompaña a los espíritus de los muertos hacia su nueva existencia.

Abelino era lamido por las lenguas de fuego sin sufrir daño, mientras bailaba y entonaba los cánticos del Dikutna. Entonces los animales de chicle empezaron a flotar, como pequeños globos de aire caliente y la hoguera se volvió más y más fuerte hasta convertirse en una columna visible desde los montes más lejanos.

El Dikutna ya estaba volando, dirigiéndose hacia los cuatro puntos cardinales, hacia las casas de los ladinos que ocupaban el territorio mayagna, listo para estallar y propagar enfermedades mortales entre ellos.

La comunidad entera miraba hacia el cielo estrellado cuando se escucharon pasos desde el monte. Al inicio, tan concentrados como estaban en el vuelo del Dikutna, atribuyeron los sonidos que eran otros animales que acudían al llamado del sukia, pero no tardaron en descubrir su error cuando entre las sombras aparecieron las figuras de veinte hombres armados con Akas y machetes, y a pesar de que nadie los conocía todos sabían quienes eran.

Uno de ellos, un hombre moreno, alto y delgado, vestido de pantalón militar y camisa manga larga señaló a Abelino y le gritó con desprecio: “Vos brujo ¿no ves que eso no nos asusta?, ya se deberían haber ido de aquí, el único poder que existe es el de nuestras armas y nuestro dinero”

La comunidad guardó silencio, sabían que estaban solos, Bosawas entera era tierra de nadie, allá en Managua, la capital de los españoles, diputados y madereros por igual ya se habían distribuido la propiedad de la selva ancestral mayagna.

“Váyanse ahora indios de mierda, esta tierra ya fue comprada, váyanse con sus brujerías del infierno”

Pero nadie se movió, Abelino vio debajo de las sombras que proyectaban las gorras de algunos de los armados, el brillo del temor al ver El Dikutna volar en lo alto, pero su reacción de cambiar la trayectoria de los animales de chicle tardó más que los pocos segundos del movimiento de veinte dedos que activaron las armas hacia hombres, mujeres, niños, niñas y animales.

Las ráfagas segaron toda la vida que se hallaba a su paso, repitiendo la historia de las guerras con los miskitos, los asesinatos de Pedrón, las matanzas de la contra, los niños que murieron en la evacuación de Tasba Pri; una y otra vez muertos por los otros, una y otra vez expulsados a sangre de sus propias tierras.

Abelino con siete descargas de plomo entre sus piernas y su pecho, fue el que más tardó en morir, usó la energía que le quedaba para grabar las últimas imágenes de la comunidad muerta: los armados registrando los cuerpos en busca de algo de valor, algunos escupiéndolos al no hallar nada, otros persignándose al ver El Dikutna alejarse a lo lejos brillando en el cielo, los niños ojos abiertos cara en la tierra, los hombres aún aferrados a varas y piedras en un intento desesperado de defenderse.

Siete días desde la última inundación, en Musawas la capital del mundo mayagna, las pocas familias que no fueron evacuadas por las crecidas de los ríos están juntas alrededor de una hoguera, sus cuerpos están dispersos en charcos negros de sangre y en el cielo, su legado el último Dikutna, busca su destino en la insondable oscuridad.



Alberto Sánchez Arguello
7 Julio 2010
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Imagen cuadro de Augusto Silva


Denuncian venta ilegal de áreas boscosas de reserva nicaragüense de Bosawás

Blanca Molina, asesora legal de las comunidades indígenas que viajaron a Managua la capital nicaragüense para realizar la denuncia ante la prensa, afirmó que las áreas de bosque húmedo amenazadas de ser taladas en enero próximo pertenecen a la comunidad de Sikilta, en Bosawás, la reserva de la biosfera más grande de Centroamérica.

Precisó que estas áreas amenazadas se hallan a orillas de los ríos Uly, Wasma y Puput, y están declaradas zonas de reserva forestal por la Asamblea Nacional, pero han sido invadidas y colonizadas por 37 familias ajenas a las comunidades indígenas.

La zona amenazada abarca 39.069 hectáreas de la Reserva de la Biosfera de la Unesco en la región limítrofe de Siuna, Bonanza y la provincia de Jinotega, ésta última fronteriza con Honduras, dijo Molina.

Los líderes indígenas formularon un llamamiento a las autoridades del Gobierno central y al Ejército de Nicaragua para que visiten la zona y constaten la veracidad de la denuncia y evitar así la devastación de esa inmensa zona boscosa de manera ilegal.

Camilo Lara, directivo de una organización ambientalista no gubernamental, aseguró que en los sectores de los ríos Wasma y Puput ya se pueden observar aserraderos.

Bosawás corre peligro por los planes para talar su corazón boscoso, donde se están vendiendo terrenos y dividiendo parcelas con documentos de propiedad falsificados, denunció.

"Si este bosque llega a ser talado, estaríamos poniendo en la lista roja una serie de especies en peligro de extinción que todavía preservamos en la zona de Boasawás", advirtió.

Según Lara, en esta venta de parcelas que se realiza en parte del núcleo de la reserva, donde está prohibido habitar, "hay una mafia forestal organizada y confirmada", aunque no dio ningún nombre.

EFE
29 Diciembre 2009