miércoles, 4 de agosto de 2010

HECHOS DE MUERTE (2)


Me lo mataron hace seis meses, Mario era mi único hijo, tenía 16 apenas cumplidos y se iba a bachillerar, si ese hijueputa no lo hubiera matado. Mi hijo tenía trabajo en la noche como repartidor de comida; Un día estaba saliendo de su trabajo y se le acercaron unos mareros, lo pegaron a una pared y lo estaban asaltando, cuando de una esquina se vino un hombre en una moto y disparó hacia ellos,los mareros se capearon y el balazo le entró en el ojo derecho a mi hijo. Se murió ahí, en la calle, los mareros corrieron y él de la moto se escapó. Dicen que ese hijueputa anda matando mareros por los barrios de guate, cada cierto tiempo. Yo tengo cinco meses de recorrer a pie los barrios matando motorizados, en una de esas mato al desgraciado, en una de esas me mata a mí.

Alberto Sánchez Arguello
4 agosto 2010

martes, 3 de agosto de 2010

HECHOS DE MUERTE (1)


Me lo mataron hace un año, Santiago era mi único hijo, ya habría cumplido 22, si esos hijueputas no lo hubieran matado. Mi hijo acababa de conseguir trabajo de cobrador de bus y tenía el último turno; ya casi cerrando se subieron dos mareros y quisieron que les dieran el pago, él que era nuevo y más grande que ellos les reventó la boca y los sacó a patadas. Al día siguiente subieron de nuevo y le dejaron ir dos balazos a la cabeza, bañaron de su sangre el bus. Yo nunca supe quienes fueron esos dos mareros, pero ya tengo seis meses de salir con mi moto cada ocho o quince días, con mi pistola bien pegadita al cuerpo, me llego por los barrios de ciudad Guatemala y le meto bala a un marero cada vez, en una de esas mato a los desgraciados, en una de esas me matan a mí.

Alberto Sánchez Arguello
3 agosto 2010

domingo, 1 de agosto de 2010

LOS DUHINDUS



Dicen que esta historia es cierta, que aconteció iniciando el invierno del dos mil nueve, poco antes del golpe de Estado a Honduras; en un campamento mestizo entre Puerto Cabezas y Kambla, donde desaparecieron en una sola noche ocho bebes sin dejar rastro.

De la comisaría de la mujer mandaron una comisión investigadora a pedido urgente de los mestizos que habitaban el campamento; la mayoría desmovilizados de la resistencia, que después de haber trabajado en las minas de Siuna por años, habían obtenido títulos dudosos para las tierras cercanas a territorio miskito.

La teniente Teresa Sandino fue asignada como responsable de la comisión y se presentaron un viernes al improvisado emplazamiento de plástico negro y troncos rollizos, ubicado en un claro despalado a punta de machete por sus habitantes.

Don Julián Ramírez hombre mayor, de salud precaria, originario de Chinandega y antiguo compañero de armas del comandante “Yahob”, fue el primero en dar su parte: “El Lunes pasado todos los hombres nos fuimos a Bilwi para comprar insumos agrícolas para las parceles que vamos ganándole a la selva; cuando volvimos ya era noche cerrada y encontramos a las mujeres llorando, gritando amontonadas en el claro al pie de la Ceiba; estaban junto con los niños más grandes y nos dijeron que las criaturas habían desaparecido, que nadie sabía nada, solo que cuando se acostaron todo fue que apagaran los candiles para que escucharan como unos siteos, así como “ssttt, ssstt” y luego un silencio completo, como si todos los grillos y los animales del monte se hubieran metido bajo tierra, nos dijeron que se asustaron y cuando prendieron los candiles los bebés ya no estaban, los ocho chateles entre dos y catorce meses de las doce familias que somos”

La Teniente Sandino se entrevistó con todas las familias y lo poco que sacó en claro fue que todos afirmaban que la desaparición había coincidido con un fuerte aroma a jazmin, impregnado en las cunas y en los moisés. Por eso algunos mencionaron que hacía un mes uno de los chavalos de la María Juárez se había ido a buscar leña por la ribera del río y lo habían estado siteando a su regreso. El chavalo decía que se había molestado pensando que era su primo jochándolo y le tiró piedras a los árboles y más bien se la habían devuelto y que cuando se fijó bien miró un hombrecito con un sombrero puntiagudo y una cotona roja, ¡eran los duendes! dijeron las señoras mayores y que se habían llevado a los bebés al monte para convertirlos en criaturas iguales a ellos.

Para la Teniente aquellos eran disparates copiados de los cuentos de la comunidad miskita de Kambla; sin embargó visitó las tiendas y pudo sentir el aroma intenso a Jazmín en los lugares donde habían acostado por última vez a los bebes desaparecidos.

El hermano mayor de uno de los bebés, José Ferrufino, le dijo a la teniente que habían sido los miskitos los que se habían llevado a los bebés, para hacerles brujerías como castigo por estar en sus tierras, y tuvieron que amenazarlo con echarlo preso, porque quiso levantar a la comunidad para ir a Kambla a buscar a la bruja que él suponía estaba allá y sacarle la verdad a la fuerza.

La comisión pasó tres días en sus investigaciones y ya estaban por retornar a puerto cabezas cuando desde la ribera del río llegaron tres hombres del campamento, gritando que ya tenían a la bruja culpable. La Teniente y su gente corrieron anticipando una desgracia por la desesperación de aquella gente.

Cuando llegaron a la ribera se encontraron con seis hombres de pie mirando a José Ferrufino patear a una mujer anciana cubierta de sangre y arena; Ferrufino les gritó que la habían hallado merodeando por el campamento y que luego huyó al verlos, que de seguro era la bruja miskita y que había que hacer justicia. Rápidamente lo detuvieron y la Teniente pidió que la dejaran con la mujer.

Solo la Teniente sabe exactamente lo que dijo la anciana, pero algunos de los policías alcanzaron a escuchar las últimas palabras de la miskita. Dicen que la Teniente le preguntó como se sentía y la anciana la tomó de los brazos y mirándola le dijo con lo que quedaba de voz:

“tinki palé, muchas gracias muchacha, estos hombres ladinos me mataron sin tener culpa, Saura, Saura, malos, malos ellos que golpeaban a sus bebes, que los violaban y hasta los mataban, por eso los duhindus vinieron y se llevaron a los más pequeños, porque a ellos les dolía lo que no les dolía a sus madres. Los duhindus se apiadaron del llanto de las criaturas en la noche, de sus gritos ahogados por el puño de los hombres. Los bebes no volverán, ahora serán duhindus también cuando crezcan, mejor vida para ellos; Saura, Saura ladinos, no deberían estar aquí, Saura, Saura…

Y dicen que la anciana se murió ahí, desangrada en la tierra, sin que nadie pudiera hacer nada. La Teniente quedó impresionada con lo que había escuchado y volvió al campamento, esta vez para interrogar a las mujeres y después de mucha insistencia descubrió los secretos que guardaban: los maltratos, las humillaciones, los niños y niñas violados por sus papás y padrastros y la ubicación de los cadáveres dos bebés enterrados, muertos por desgarre anal.

La comisión volvió a puerto con varios culpables: los hombres agresores y asesinos del campamento, los parricidas. Pero de los bebés nunca se supo más nada; los cuerpos encontrados no correspondían a ninguno de los desaparecidos y por mucho tiempo se hicieron búsquedas en las tierras aledañas al campamento, pero no se hallaron otros cadáveres.

La Teniente Sandino siempre expresó a sus superiores su certeza de que aquellos bebés habían sido asesinados también, pero los que la conocen dicen que aún puede sentir aquel olor intenso a jazmín y las palabras de la anciana moribunda aún le oprimen el corazón, formando en su mente la imagen de los duhindus en la oscuridad de la selva, atentos a los bebés, cuidándolos como nosotros hemos olvidado hacerlo.


Alberto Sanchez Arguello
1 Agosto 2010