jueves, 28 de octubre de 2010

LA HERENCIA


Javier Arguello abre la ventana del cuarto, respira el aire de la mañana de este último día en aquel insoportable cuchitril. Con animo agridulce, recorre su mirada el espacio que le sirvió de albergue durante cinco años: cuatro paredes grises con algún que otro póster de los Beatles y Pink Floyd, un catre hundido y dos sillas plásticas medio quebradas; y como siempre, desde las esquinas y asomando desde el baño, sus acompañantes.

Acostumbrado a una absoluta falta de privacidad, se desnuda y se baña, haciendo caso omiso a los ojos que le persiguen paso a paso. Se cepilla los dientes disfrutando el silencio, roto a momentos por el tráfico de Managua, que también empieza a despertar.

Fresco y vestido, coloca una maleta en el colchón del catre y abre una bolsa a sus pies para guardar los enseres de su vida, mudos testigos de una existencia frugal y silenciosa. Termina pronto de prepararse para la mudanza y los acompañantes se agitan en el rabillo de su ojo.

Un día como hoy, un año atrás, Javier se sentó en el despacho de un abogado para la lectura del testamento de su abuelo Tobías. Había muerto a los ochenta y cuatro años de cáncer en el estómago. Era un viejo veterano de la Constabularia, la primera guardia nacional de Nicaragua, creada en 1927, con la instrucción de oficiales norteamericanos del presidente Calvin Coolidge.

Su abuelo no había dejado gran cosa. El abogado convocó al heredero universal para entregarle un par de corbatas agujeradas, varios discos de vinyl de los machucambos y una carta, en la que el finado había escrito con mala letra, que dejaba a su cuidado los geranios, el gato y sus fantasmas.

Los geranios, al momento de recibirlos, estaban marchitos. El gato llevaba meses desaparecido y lo de los fantasmas se lo había tomado a broma, hasta que un día empezaron a llegar.

Eran silenciosos, pero siempre estaban presentes. Al inicio los sentía en la carne de gallina y en los pelos erizados de sus brazos, luego se hicieron visibles. A lo largo del tiempo había contabilizado entre hombres, mujeres y niños, hasta nueve de ellos.

Javier descubrió, por las vestimentas, que a momentos lograba vislumbrar, que eran coetáneos de su abuelo, de aspecto más rural que urbano. Había concluido, sin que hubiese nadie para refutarlo, que eran las sombras de los muertos por su abuelo, en los encuentros militares contra las tropas de Sandino en Ocotal y Nueva Segovia.

En las noches de desvelo, había reflexionado sobre la justicia de su circunstancia. Se preguntó si su abuelo se había hecho responsable de las vidas cortadas y si tal responsabilidad era transferible por línea familiar; unas noches estaba de acuerdo con la idea, otras no.

Ahora Javier empaca para mudarse al norte, a las montañas de Sandino, a ver si los fantasmas se animan a coger sus propios caminos al estar en terrenos familiares. Sale del cuarto con una sonrisa y camina relajado hacia la calle, consciente de las nueve sombras que le siguen. En el fondo Javier sabe que es su herencia, que le pertenece sin importar el sitio donde esté y que más le valdría tener preparado algún día su propio testamento, no vaya a ser que los fantasmas de su abuelo le acompañen hasta la eternidad.

Alberto Sánchez Arguello
28 Octubre 2010

lunes, 25 de octubre de 2010

EL CENTURION


Apenas asomaba su ígnea faz el sol, cuando el centurión Ragnomac ya estaba de guardia en los linderos del reino subterráneo. A lo lejos se divisaban los impertérritos soldados, en perfecta formación, a la espera del cambio de turno, mientras los exploradores regresaban de sus rondas nocturnas por los vastos terrenos ignotos.

Ragnomac meditaba, como todas las mañanas, contemplando las llanuras de los bosques áureos. Su esplendida mente languidecía en los soporíferos brazos de una paz no deseada. Agotados estaban los flamígeros días de guerra, cuando el reino era una promesa y apenas existían como hordas sedientas de conquista.

Hermosos fueron aquellos tiempos, en los que se cultivaron los héroes de leyenda. Habían pasado para dejar lugar al vacío profundo de la rutina militar, despojando a Ragnomac de un justo lugar en la historia del reino.

Ensimismado en sus pensamientos el centurión fue súbitamente interrumpido por Estorgan, el decurión más joven del regimiento

-Mi centurión, el explorador que ha vuelto de los valles de la muerte, ha divisado hacia el sur la presa más grande que sus ojos hayan podido admirar, está herida y no puede moverse, se necesitará toda la centuria para traerla al reino- El centurión, más que molesto por la interrupción, sintió una súbita emoción ante semejante tesoro encontrado – ¡Por la gran pisada! Informa a todos los decuriones, que se formen los soldados en la raíz del gran limonario, diles que la partida es inminente- ordenó.

La recompensa era excelsa pero grandes eran los peligros. La ubicación de la presa estaba en tierras prohibidas, donde habitaban los Dioses gigantes, los que oscurecen el cielo y destruyen todo a su paso. Muchos habían perecido ya por atreverse a invadir aquellos territorios y la reina no aprobaba tales riesgos innecesarios. Pero Ragnomac era ambicioso, ya desde su niñez, en los insondables túneles laberínticos del reino subterráneo, se había imaginado a si mismo como el favorito de la soberana y esta osada empresa se le presentaba como la oportunidad que había esperado durante diez solsticios, era el momento de reclamar su puesto en la historia.

Ya reunida la tropa, Ragnomac se instaló entre algunas hojas de limón, calmó los ánimos con un gesto firme y les arengó, como si aquellas fuesen sus últimas palabras –Legión, fieles soldados del reino subterráneo. Tenemos ante nosotros la inminente llegada del cruel invierno, el monzón nos acecha como mil arañas en sus redes de cristal. De nosotros depende la supervivencia de los ciudadanos y ciudadanas del reino. Un valiente explorador nos informa de una enorme presa hacia el sur, en las tierras malditas, el riesgo es grande pero la victoria nos pertenece porque somos los más rápidos y los más fuertes. Nuestra victoria dará provisiones para los jardines reales y todos comerán y brindarán en nuestro honor… nadie los olvidará, sereis inmortales- los vítores y epítetos de exaltación que siguieron colmarían todas las páginas de esta modesta historia, baste decir que algunos juraron morir por el centurión si aquello fuese necesario y todos se aprestaron a marchar ciegamente sin temor, a una muerte que a otros habría parecido segura.

La larga travesía que siguió cuenta ya con un lugar de honor en las tradiciones orales del reino subterráneo. Destacan a manera de anécdotas imprecisas, las coplas improvisadas por Brugambir el viejo, al que solo le restaban dos lunas para su retiro y el cruento enfrentamiento con dos escarabajos gigantes en el que murió Estorgan, vaticinando un final funesto, que fue desestimado por el Centurión.

Cuando el sol ocupaba su trono en la mitad del cielo, flagelando las espaldas de los valientes soldados, la tropa ya divisaba el monumental ser, herido de muerte, pero aún moviendo unas gigantescas patas hacia el cielo, como invocando la ira de los Dioses. Los decuriones rápidamente formaron a los soldados para rodear la presa y a la voz del centurión lograron levantarla entre vaivén y vaivén, hasta que pudieron estabilizarse para retornar seguros a casa.

Entre las piedras gigantes del valle de la muerte, la tropa fue capeando los cañones rectilíneos que obstaculizaban su paso, cambiando de posición y escapando de morir bajo el peso de la enorme presa. El retorno era desesperado, bajo la constante amenaza de los Dioses. El centurión enviaba soldados a la retaguardia para asegurar que no hubiese ninguno a la vista.

Un ominoso silencio antecedió la tragedia, el único sobreviviente relataría después para asombro de las multitudes, que los cantos de los pájaros y los zumbidos de las abejas cesaron en perfecta sincronía.

Uno de los soldados retornó corriendo para comunicar lo temido – ¡Un Dios se acerca desde el Este!- los decuriones miraron aterrorizados al Centurión, pero Ragnomac estaba enceguecido por un poder que ya sentía suyo –¡Vamos!- ordenó –estamos a un paso de lograr esta magnifica victoria, ya están visibles las grandes murallas de barro- en efecto, el valle ya terminaba y los soldados obedientes a su líder no se dispersaron, más bien redoblaron el paso con sus últimas energías.

De pronto el sol se oscureció, una sombra cubrió a los soldados y el tiempo se detuvo. Los decuriones tuvieron tiempo de maldecir al Centurión y los soldados intentaron una carrera imposible, luego todo fue silencio.

Ragnomac yacía destrozado en el valle de piedra. Con enorme dolor volteó hacia atrás para contemplar los cuerpos sin vida de toda la legión, la presa destrozada cubría la mayoría de ellos, como un inmenso manto funerario. En su mente, imaginó la estatua que le sería erigida en la sala de los héroes, ensalzando justamente su coraje y bravura y mientras el último halito de vida se le escapaba, alcanzó a oír, como un trueno, las palabras ininteligibles del Dios que los había matado:

– ¡Inés! ¿Cuántas veces te he dicho que cuando barras no dejés las cucarachas muertas en el patio? ¿No ves que luego las hormigas las andan paseando? ¡Me enturca esta mierda!


Alberto Sánchez Arguello
25 Octubre 2010

miércoles, 20 de octubre de 2010

EL EDITOR


José Jiménez Duarte estaba sentado en la silla metálica de su minúsculo cubículo, en la planta siete del Ministerio. Era una hombre sencillo, de hábitos conocidos y su cabeza plateaba ya los años de vivir en una ciudad que cada día lo recordaba menos.

José Jiménez coleccionaba estampas antiguas, fotos de la desaparecida estación del tren, imágenes de próceres e ilustraciones de leyendas nacionales, su cubículo estaba lleno de ellas. Al lado de su escritorio tenía un pequeño radio de transistores, donde escuchaba, a la hora del almuerzo, los juegos de baseball. Era un hombre particularmente solitario, sin familia ni amigos, que llenaba sus espacios con rutinas bien estructuradas.

Todos los días de la semana, a las cinco en punto, se despertaba con un viejo reloj, única herencia de su abuelo. Acariciaba a su gato, se bañaba, se vestía con una guayabera gris y un pantalón negro y salía de su casita alquilada, con un café amargo en el estomago. Afuera, con el periódico doblado en dos partes bajo el brazo derecho, recorría a pie el camino que le separaba del trabajo que venía haciendo desde hacía dos décadas: la revisión de noticias censurables y el archivo de reclamos no admitidos.

Su labor no era menor, era un editor del Ministerio, su mano había evitado a la historia del país varios escándalos periodísticos, entre los que se encontraban vinculaciones engorrosas de los hijos del presidente con negocios turbios del Estado, fraudes electorales municipales y múltiples violaciones a la libertad y dignidad personal de ciudadanos sin nombre, por parte de ministros y funcionarios de primera.

Claro, José Jiménez no estaba solo, era uno más de los ciento cincuenta editores, hombres y mujeres, que colmaban la planta siete. Verdaderos héroes anónimos de un gobierno que cumplía ya el medio siglo en el poder.

“La información debe ser veraz, pero también debe ser digna y positiva” solía decirse a sí mismo, antes de revisar los avances de noticias de los diarios y emisoras radiales que estaban a su cargo. Tres marcadores determinaban el destino de las noticias del día siguiente: el azul para lo aprobado, el amarillo para lo que necesitaba edición y el rojo para lo censurado. Aquello se repetía a diario, con un pequeño descanso los domingos; sin permiso del Ministerio no había publicación, un sencillo proceso al que José Jiménez estaba contento de pertenecer.

Un martes en la tarde mataron al presidente. Cinco jóvenes ayudados por algunos policías, lo embistieron en medio de un discurso a los obreros de la industria de la construcción. La acción fue excesivamente sangrienta y varios sindicalistas murieron en el tiroteo, además de los ejecutores del magnicidio.

A José Jiménez le encomendaron la delicada tarea de revisar todas las noticias asociadas y con la mano temblorosa cruzó de rojo y amarillo todo lo que pasó antes sus ojos. En una acción de transmutación, convirtió los rebeldes en terroristas, la fuga del presidente en valiente enfrentamiento con la muerte y las acciones genocidas de la policía en bajas ciudadanas indeseables.

El hijo mayor del presidente asumió el cargo de su padre y Jiménez celebró la rápida transición. Arrellanado en el sofá de la sala de estar, sintió alivio con el orden recuperado y agradeció en silencio a Dios, por tener un gobierno que no los desampararía.

El Ministerio redobló su trabajo en las siguientes semanas, Jiménez agregó a sus tareas la revisión de revistas para damas, suplementos deportivos y hasta la programación infantil. Los cubículos se fueron llenando de todo tipo de publicaciones y pronto no hubo ningún texto, emisión o publicación del país, que no fuera objeto de revisión.

También aumentaron los reclamos y la agotada visión de Jiménez con costo alcanzaba a cumplir con la cuota de cada día. Acostumbrado como estaba a leerlos todos, aunque solo fuera por la formalidad de archivarlos en la categoría correcta, empezó a experimentar una ligera incomodidad, la que se acentuaba segundos antes de que se quedase dormido en su catre. En ese momento repasaba el día y las cartas de madres que pedían explicaciones por sus hijos asesinados y los reclamos de los maestros de escuela por la censura a sus clases, merodeaban su ante sueño.

Pero los reclamos fueron desapareciendo, fuera porque el Ministerio no los recibiese más o porque sus autores también desaparecían. El resultado final era menos trabajo y José, que no estaba acostumbrado a cuestionar la realidad, dormía más tranquilo y se tomaba de nuevo sus pequeños descansos con la radio.

Pero la calma no duró demasiado, asociaciones civiles y gremiales se hicieron sentir en todo el país y nuevamente Jiménez se ocupó en transformar huelgas pacificas en levantamientos criminales y reclamos justos en intereses mezquinos. Asegurando así a la ciudadanía lectora y radioescucha que todo marchaba bien, con excepción de unos pocos inconformes traidores a la patria.

Días después, el Ministerio estaba militarizado. A José lo registraban al salir y al entrar y dos gendarmes con fusil reglamentario custodiaban la planta siete. Un supervisor muy joven, con saco verde esmeralda y anteojos de carey, se acercaba a los cubículos cada dos horas y pasaba revista del trabajo de los editores.

“Eso no lo puede tener aquí” le dijo el supervisor con voz áspera un viernes por la mañana. Jiménez, totalmente absorto en la labor de editar una noticia, se levantó de su asiento y contempló un dedo largo y escuálido que señalaba su pequeña radio “Pero si solo la uso en mi descanso” le respondió con una sonrisa apagada, pero el hombre sin siquiera mirarlo se retiró dejando sus palabras en el aire “No es reglamentario, deshágase de él” Jiménez no espero una segunda venida del supervisor, tomó el radio y lo tiró a la basura, pero con lentitud, grabando el momento, antes de volver a trabajar.

Aquella no fue la única intervención al cubículo de José, la misma suerte corrieron las postales y las imágenes, que no pudo siquiera guardar porque fueron decomisadas por ser de interés nacional según le manifestaron. Pronto el cubículo se volvió tan gris y vacío como la expresión de José.

A la par de aquellas pequeños eventos, las ediciones fueron mermando, producto de la desaparición progresiva de los medios noticiosos, unos por bombas explosivas, otros por decomización, y así hasta que la labor de José se redujo a unos cuantos artículos de un pequeño diario de provincias. De igual manera los editores fueron disminuyendo, hasta que solo quedó el más veterano de todos: Jiménez.

Finalmente José Jiménez recibió un memo, se le anunciaba que había sido ascendido a jefe de edición y que debía dirigirse a la sala A del primer piso, para asumir sus nuevas funciones.

José tomó sus pocas cosas, y bajó por las escaleras, en aquel momento notó que sus piernas ya no le respondían como antes y oscuros dolores emanaban de sus articulaciones inferiores. Así que bajó cada escalón, uno por uno hasta llegar a la sala A; Ahí tres militares, de uniforme negro, revisaron sus credenciales y le hicieron pasar, no sin antes pasarle un maletín de cuero café.

Adentro de la sala se encontró con una enorme banda móvil y veinte máquinas con visores ópticos. Frente a la banda había una torre de papeles y documentos diversos. José abrió el maletín y encontró un manual voluminoso, varias llaves mecánicas y un tarrito de aceite industrial.

Jiménez leyó el manual y procedió a encender el sistema, colocó una serie de papeles y documentos en la banda móvil y esta los fue pasando por las máquinas, las que revisaban y editaban de manera automática la información. Después, pacientemente hizo una ronda para revisar tuercas y engranajes colocando aceite cuando era necesario. Al final del día, José Jiménez se sintió orgulloso de continuar siendo parte de aquel proceso tan valioso para la nación.

Alberto Sánchez Arguello
20 Octubre 2010

martes, 19 de octubre de 2010

BORGES EN LA MEMORIA


El sopor de la noche sofocaba el masivo cuerpo de Germán, las sabanas impregnadas de su sudor se pegaban y despegaban a su espalda, marcando un ritmo cuyo único testigo era el silencio de la noche.

Como siempre un valiente abanico, procedente del mercado oriental, tenía la imposible tarea de airear aquel cuarto, que casi parecía de dos por dos por las montañas de libros que flanqueaban la mesa de noche y la cama que con dificultad contenía a su único habitante.

Ya asentada la Luna en su cenit, un súbito peso en el colchón viejo puso en alerta al durmiente, que se alzó con la piel erizada ante la sensación inequívoca de que alguien le observaba. Con la cabeza llena de mareos y una dolorosa pesadez, pensó en su primo, su ex y hasta en algún amigo bromista, pero no había olores característicos ni sonidos acusadores.

-Vos no sos Borges- dijo una voz quebrada que sonaba a pesadilla.

Germán, enfocando sus ojos miopes en la oscuridad, logró con dificultad determinar la figura barbada de un hombre sentado en el borde de la cama, totalmente desnudo, con manchas negras en todo su cuerpo. Un escalofrío involuntario le recorrió su ancha espalda y se irguió lo más que pudo en la cama, mientras se quitaba lentamente la sabana.

-No… soyborges, que no es lo mismo- respondió mientras ganaba tiempo para evaluar la situación, midiendo riesgos e intenciones de la visita inesperada.

-Eso no lo entiendo, pero sé que no sos él, mala vista tenés, pero ciego no sos y tu cara es demasiado grande, todo vos lo sos- insistió aquella figura, con un tono que confesaba pesadumbre y un cansancio de tono amargo.

Germán, aún sin comprender mucho lo que pasaba, acercó su mano al hombre y una bruma fría y húmeda fue lo único que logró sentir. Revolvió entonces en su mente nuevas explicaciones, entre las que se hallaban desde alucinaciones hasta la más absurda posibilidad de que aquello fuera un fantasma.

-A veces uso ese seudónimo en honor al maestro, pero vos quien sos y ¿porqué lo buscás?- le dijo Germán con tacto, buscando descubrir en la respuesta un indicador fidedigno de si estaba dialogando con un espejo de su mente o si aquella era realmente una presencia sobrenatural.

-Me llamaban Juan Alverico Romeo Junco, nací y viví en Palermo, Buenos aires, por la avenida Santa Fe, cerca de la 21315, la casa de Jorge Luís; ahí viví mi niñez y adolescencia alimentándome de toda lectura de Borges que caía en mis manos, viviendo y sintiendo los cuentos como si fuera otra vida, otro sentimiento que emanaba del viejo cabalista; él me inspiró, como a muchos otros a escribir, lo mío fue el periodismo político y logré entrar al Clarín, a pesar de la cobardía de sus editores. Desde esa tribuna todos los días reporte críticamente el segundo advenimiento del peronismo y el caos absoluto que le siguió. Yo era también un personaje en un mundo fantástico, hasta que los militares me arrojaron a la realidad, me sacaron de mi casa y me llevaron a la calle Blas Parera, a la mansión Seré, donde estuve hasta que mi cuerpo dejó de responder… estando ahí mi único solaz era soñar despierto con el libro de arena y el infinito del Aleph, hasta que un día me enteré que Borges, nuestro maestro querido, se abrazó con el General Videla y apoyó explícitamente el golpe…- En aquel punto el hombre se detuvo como si las palabras se le hubiesen atorado en la garganta y se levantó, mostrando ante los destellos de las luces externas que las manchas eran de sangre seca.

Para Germán aquella pausa era más que bienvenida, ya que él mismo era un revoltijo de emociones. Fluctuaba entre el asombro ante la ficción nocturna del ánima de un desaparecido extraviada en tres mil setecientas millas y más de tres décadas; y la casualidad más extraña de que él fuese confundido con Borges, que bajo aquellas circunstancias era una mezcla de orgullo y vergüenza.

Germán tuvo tiempo de recordar una de las citas más infames de la historia Argentina "Pero el gobierno no es tan malo, Videla es un militar bien intencionado. No será muy brillante, pero al menos es un caballero" Así habló Borges y Germán siempre le había excusado, en gran parte por el peso de sus obras.

Sin mayor aviso Juan volvió a hablar, esta vez con una voz más alta, moviendo sus manos con urgencia, como quien quiere convencerte de algo importante -Aquello me dolió más que las torturas, que los vejámenes, eso si quebró mi voluntad y mientras moría, el último pensamiento que llenó mi mente fue buscar a Borges, preguntarle porque lo hizo, que si no supo de nosotros, obligarlo a contemplar la muerte y el dolor que dejó ser, forzarle a no olvidar-

A Germán se le paró la respiración, por un momento dejó la defensa mental de Borges y sintió el peso de los desaparecidos en su corazón, aquel muerto le pareció menos extraño al traer desde su recuerdo a los que nunca conoció: sus padres asesinados por la Guardia Nacional, mientras luchaban en distintos momentos de la revolución en Nicaragua.

-Borges ya murió- alcanzó a decir con un hilo de voz y el hombre aquel se volvió por momentos tenue, como el humillo de una vela al apagarse, y su voz surgió apenas audible –Noooo, nooo, no sé ni donde estoy, ya nada puedo hacer, nunca sabrá de nosotros- dijo con una profunda tristeza.

Germán también afectado por la situación y totalmente despojado del raciocinio necesario parta intentar diferenciar realidad de sueño, trató de dar consuelo a Juan.
-Pero el maestro si supo, se arrepintió y fue el primero en firmar para que el régimen dimitiera- le dijo rápidamente moviéndose en pos del hombre.

Un pesado silencio llenó el espacio, Germán de pie, entrecerrando sus ojos para captar las tenues señales de la figura de Juan, y el fantasma en respuesta mostrando ligeros temblores en una silueta echa de bruma transparente.

-¿Qué propósito me queda ahora? Si he muerto mil veces en el olvido y trajiné los vacíos de la memoria, buscando llenar este hueco que daba sentido a la bruma que soy ahora, ¿qué hago con estos pasos recorridos entre palabras, susurros y distancias que sonaban a Borges ahora que ha muerto?

Germán, conocedor de la fuerza de una idea fija, pero sin mucha seguridad para abordar a un fantasma obseso trató de esbozar una solución –Escribamos tu historia, edifiquemos la memoria del olvido en tu nombre y de los que aún deambulan por el vacío- le dijo con los brazos abiertos.

Juan poco a poco se volvió más consistente y entre enfoque y desenfoque de los ojos de Germán, se fue formando lentamente una sonrisa entre la bruma.

Desde entonces, todas las noches a las doce, entre ciclos lunares y los sopores nocturnos de Managua, Germán escribe la memoria de Juan bajo el dictado paciente de una voz que solo él escucha, apenas unos párrafos, redimiendo a Borges; Dando vida al propósito, dando vida a todos los desaparecidos, a los propios, a los ajenos, a los que fueron y a los que serán.

Alberto Sánchez Arguello
Managua Nicaragua 15 Octubre 2010

domingo, 17 de octubre de 2010

NO ME LLAMO


Nací un Domingo de pascua, en un país que no me recuerda. Dicen que ese día una nube de libélulas tapó el sol y todas las vecinas salieron con ollas y cucharas para espantar con una bulla aquello que les parecía un presagio ominoso.

Podría haber sido un niño mas entre tantos otros, pero a nadie pasó desapercibido que ya desde el vientre no habían logrado acordar un nombre; madre, padre, tíos, abuelos y hasta amigos abrían la boca para articular alguna propuesta, pero solo sonidos dispersos bailaban en sus lenguas. La vieja bruja de aquel pueblo, no necesitó mucho más para vomitar su conclusión: “no se le podrá llamar”

En la capital, diez y seis horas de parto y varios litros de sangre, antecedieron mi primer llanto. Los doctores y las enfermeras ni siquiera pudieron escribir el apellido de mi madre en mi etiqueta, así que pasé el frio de la cámara de neonatos en anonimato, el mismo que me ha acompañado desde entonces.

Algunos meses después, atrasados por el intenso papeleo que deja un niño al que no se le puede llamar, regresamos al pueblo. Un matrimonio, por momentos vacío y tedioso, se había vuelto tenso como una cuerda de guitarra. Mi padre medía el día por la víspera, anunciando los sinsabores y desgracias que traería mi problema; un día la cuerda se rompió y aquel hombre se perdió por esos caminos de Dios, a mi me dejó al menos la vida, ya que de haber sido un poco mas supersticioso bien podría haberme quemado bajo sospecha de ser hijo de incubo.

Fuí creciendo en medio de silencios; la incomodidad de no poder llamarme hacia estragos en los afectos. Mi madre consumida por una culpa imaginaria y mis abuelos imaginando las culpas de mis padres, me dejaron solo, jugando con los gatos y las gallinas que no necesitaban saber mí nombre para acompañarme.

Me consta que atrasaron mi acceso a la educación, los parvularios asustaban a mi familia por la vergüenza que anticipaban. Pero, como no hay nada secreto entre cielo y tierra, más pronto que tarde llovieron las sospechas sobre la casa: se habló de maltrato, negligencia y hasta de abuso y las repetidas negativas de mi madre precipitaron la acción estatal. Cuando me di cuenta me vi rodeado de niños en una institución de paredes de cemento: el orfanato público.

Ahí, nuevos papeleos y movidas burocráticas, me atraparon, como si pendiera sobre mí una condena de reclusión. Algún científico y estudiante intentaron explicarme como un fenómeno; creyentes fervorosos de la ciencia occidental me midieron, me cortaron, me inyectaron, me entrevistaron y redactaron en varias resmas de papel sus hallazgos, es decir: nada.

Yo mientras tanto, me ocupé en crecer, manteniendo una mínima interacción con aquellos que me miraban como una extrañeza que camina; desconfiados de mí, como si mi humanidad no pudiera ser demostrada.

Al final los documentos de la investigación tuvieron algún uso: despertó el interés del dictador de turno; en su mente se gestó la idea de un asesino anónimo, y ya entrada mi adolescencia me llevaron al ejército. A tiempo me sacaron del orfanato, donde a falta de nombre me pasaban de un año a otro en mi educación, sin una nota. Su única preocupación era lidiar con lo que no entendían, haciendo funcionar el sistema que conocían.

Mis instructores militares también desconfiaban de mí, el no poder llamarme les dificultaba el placer esencial del insulto y la humillación, así que me golpeaban y pateaban con la mayor frecuencia que les era posible. La repetida soledad y el insistente maltrato me dejaron una impresión de distancia hacia la humanidad, condición que facilitó enormemente la tarea de matar a los que se llamaban.

Mis estudios superiores fueron pues en tortura, genocidio y desaparición, siempre sin nota ni reportes, ya que yo mismo era tan inexistente como los que interrogábamos en las cámaras subterráneas. Fue en presencia de aquellos y aquellas que habían perdido su identidad, que por primera vez me sentí cómodo, ahí mi nombre no importaba.

A pesar de la desconfianza que persistía sobre mí, nadie dudaba de mi vocación. Pasaba días enteros dedicado a aquella labor, vinculado por vez primera con hombres y mujeres, con algo que podría haberse asemejado al cariño si no hubiese sido por las tenazas y los cables.

Un día, como suele suceder, llegó la revolución, la que fue invariablemente sofocada por nosotros. Se multiplicó mi trabajo y decidieron enviarme a las montañas, a hacer visitas domiciliares. Fue así como regresé a mi pueblo y un cierto gozo, que nunca había experimentando, me invadió cuando me encargaron a varias vecinas y autoridades de aquel lugar. Mi familia sin embargo había migrado una década atrás sin dejar huella o señal alguna de su paradero, yo me decepcioné un poco al no poder vincularme con ellos en la manera que ahora conocía.

Estando allá, unos soldados empezaron a rafagear las gallinas del lugar y yo, que antes no había sabido que era sentir ira, experimenté un calor en la cara y sin pensar mucho tomé el rifle y les llené las espaldas de plomo. El pueblo, sin entender demasiado mi acto, me ayudó a escapar y yo me perdí entre el monte profundo.

Eso ocurrió hace ochenta años y aún me escondo, más por costumbre que por necesidad. El dictador lleva muerto más de lo que la gente recuerda y el pueblo desapareció bajo un alud de barro. Pero yo persisto, en mi acostumbrada soledad, en una pequeña finca de gallinas, lo único que me queda es preguntarme si la muerte me encontrará al no poder llamarme.


imagen René Magritte, Retrato de Edward James (La Reproduction Interdite), 1937

Alberto Sánchez Arguello
15 Octubre 2010