lunes, 1 de noviembre de 2010

ESTELA NO ESTA



A Bertolt Brecht

Estela está sentada tomando café. El viejo reloj cucú de madera no ha dado las doce y ella ha desempolvado su apartamentito tres veces desde que se levantó. La acidez le hierve el estómago, pero ella se bebe su café igual, con una pausa ocasional para acariciar la cola de Matías, su gato.

Lleva seis meses prácticamente sin salir, no más que por comprar latas para ella y el felino. Ha sido un tiempo que le ha permitido construir nuevas rutinas que llenan la partida de Moisés, el único hombre que realmente conoció. Aún lleva el anillo de matrimonio, pero la viudez es visible en todo su ropero, donde las únicas prendas que han sobrevivido son negras.

El sueño la ataca, una pesadez que empieza por sus piernas y lentamente la llena de un hormigueo, hasta que sus parpados escapan a su control. El silencio es casi perfecto, solo se escucha el motor de la vieja refrigeradora Atlas, acompañado del ronroneo complacido de Matías.

De pronto se escuchan pasos, son rápidos y vienen desde la planta baja, alguien sube de prisa hacia el cuarto piso de los apartamentos. Estela se sobresalta y su cabeza duele por el súbito despertar. Afuera se escucha el chirriar de la puerta del apartamento vecino y un par de voces que susurran..

-Ya vienen, ya vienen-
-Cállate, te van a oír-
-No importa, que escuchen, deben huir todos-
-Espera, ¿oyes eso?..

Las voces callan y Estela casi bota el café de tan concentrada que estaba tratando de escuchar. A lo lejos se oye una sirena, pero pasa de largo. Ella no conoce a nadie en los apartamentos, se habían mudado un año atrás a la capital, convencidos de que los cuidados médicos del hospital central, detendrían el cáncer de Moisés. Había sido un tiempo perdido y ahora vive como una naufraga en medio de desconocidos.

Ya no se escucha nada en el pasillo, así que decide olvidar aquello, el mundo más allá de sus retrateras, porcelanas y Matías no es importante. Se prepara una sopa de arvejas y se dispone a su habitual repaso de los álbumes de fotos. Estela se perdía durante horas en los viajes de la memoria, manteniendo vivo su matrimonio a través de la repetición de diálogos y acciones en su mente. A veces se reía o lloraba a través de las instantáneas, eran su tesoro más preciado.

Cerca de las dos vuelven a oírse pasos, esta vez Estela cree distinguir al menos a cuatro personas, ella hace el mayor silencio posible para escuchar lo que dicen..

-Ya están en movimiento en todo el país, lo escuché por la radio-
-Si, yo también, han hecho redadas en varios barrios-
-Pero, nunca hicimos nada ilegal, solo hemos manifestado nuestras ideas-
-No según la nueva ley, ahora todo es ilegal, incluso esta conversación-
-Tenemos que escapar..
-Todas las fronteras están cerradas y también los aeropuertos…
-¿Qué haremos?
-Talves si pedimos ayuda a los vecinos, escondernos en otros apartamentos..

Al oír lo último Estela se agacha de forma instintiva, como si la pudieran ver desde afuera, cierra rápidamente la ventana del balcón y se mete al cuarto tomando al gato contra su pecho. Al rato tocan a la puerta despacito, y ella no contesta, vuelven a golpear con más insistencia y ella se tapa los oídos mientras se dice a sí misma que nadie debería obligarla a ayudar, menos aún sin son desconocidos para ella y para Moises, no es su asunto.

Abajo se vuelve a escuchar la sirena, pero esta vez se hace más y más fuerte, hasta asemejar un grito que se posa exactamente bajo la ventana del apartamento de Estela. Afuera se escuchan pasos de nuevo, y el sonido de alguien tocando otras puertas con insistencia, algunas se abren, otras no.

Vuelven a tocar la puerta de ella y Estela se acuesta en la cama con la almohada sobre la cabeza, mientras tararea una canción de cuna que su abuela le enseñó. Los golpes continuan durante un tiempo de manera frenética, hasta que se hace un silencio absoluto.

Estela se quita la almohada y se acerca lentamente a la sala, ya con la oreja pegada a la puerta de la entrada alcanza distinguir unos pasos diferentes, provenientes desde abajo. Escucha que se mueven con rapidez y de nuevo tocan de manera sistemática cada una de las puertas, hasta que llegan a la de ella. Esta vez no se esconde y pregunta con la voz entrecortada –¿Qué quiere?- del otro lado surge una voz fría y autoritaria –Este es el apartamento número14, ¿aquí viven Moisés y Estela Fernández?- Ella siente que el corazón se la hace chiquito antes de responder –Solo yo, ahora soy viuda, ¡ahora váyase!- Por un momento hay un silencio, escucha el movimiento de hojas y alguien que escribe con rapidez y antes que pase nada más, se oye un disparo y se escuchan carreras por todo el pasillo.

Durante una hora Estela se aferra aterrada a Matías, afuera se escuchan gritos, más disparos y las voces de las personas que subieron. Parece que han sacado a todos de sus apartamentos y nuevas sirenas se han ido sumando a la primera. Durante un tiempo se escucha el movimiento de mucha gente bajando y algunos sollozos inconsolables.

Finalmente todo vuelve a la calma y cuando ella ya respira con normalidad, nuevos golpes suenan a su puerta. Matías sale corriendo hacia el cuarto y Estela con mucha dificultad logra hablar –¿Qué quiere?- desde afuera la misma voz de antes le responde con cierto cansancio físico en el tono –Necesitamos hacerle algunas preguntas, ¡abra!- Estela siente que el alma se le va a los pies y con un esfuerzo responde con la voz más firme que puede –Soy una vieja viuda de setenta años, tengo asma y reumatismo, ¡por favor déjeme en paz!- afuera se hace un momento de silencio y luego se escucha un diálogo en voz baja.

-Esta vieja nunca sale, no creo que sepa nada
-¡Tenemos órdenes!
-Pregúntale desde acá, no perdamos tiempo

El hombre vuelve a hablar hacia la puerta –Tenemos una lista de nombres y necesitamos que nos diga si alguna vez vio, escuchó o supo que alguna de estas personas tuviese algún comportamiento sospechoso, ¿me escucha?- Ella siente una opresión en el pecho, lo único que quiere es que se vayan, que su mundo vuelva a reducirse a las cuatro paredes del apartamento, no se le ocurre nada más que responder –Dígame los nombres- afuera se vuelve a escuchar el sonido de papeles y la voz no tarda en hacerse oír –Roberto Fuentes, Marlene Rodríguez, Josué Alvarado, Jimmy Montes, Wilfredo Vargas, Mildred Leyton, Armando Rugama, Evert Duarte, Daniel Pulido, Dolores Jarquín, Camilo Navas, Doris Briceño, Mario Sánchez, Lidia Girón, Carlos Ibarra, Manuel Mathus, Arturo Buitrago… ahora responda, ¿alguna vez vio, escucho o supo que alguna de estas personas hubiese echo algo sospechoso?- Estela que no escuchó nada por el zumbido de la sangre que corre a mil por todo su cuerpo, responde sin pensar – ¡Todos!- afuera hay una pausa y se escucha un carraspeo - ¿Todos?- pregunta la voz y Estela no duda en repetir – Si, todos, ahora déjeme por favor- afuera se oyen murmullos que ella no logra entender y la voz se termina –Gracias por su colaboración, ha sido de mucha ayuda- y el sonido de pasos alejándose de la puerta y bajando las escaleras le indican a Estela que la pesadilla ha terminado.

Ya son casi las cinco, Estela se apresura a desempolvar una vez su más apartamentito. Al terminar, retoma el álbum mientras acaricia la cola de Matías. Solo falta una hora para la telenovela y está contenta porque le ha disminuido la acidez. Mira su anillo de bodas y lo besa, y piensa que será mejor volver a la provincia, ahí podrá vivir tranquila con sus recuerdos sin que nadie la venga a molestar.

Una hora después, cuando el cucú marca las seis, el apartamento está vacío. Matías maúlla en vano por comida, Estela no está, se la llevaron también.

Alberto Sánchez Arguello
1 Noviembre 2010

Imagen Cuadro "El llanto" de EVA MARIA VILLALBA VEGA 1996