viernes, 14 de enero de 2011

EL BARCO NEGRO


Dicen que Julian tenía la frente ancha como su abuelo y los brazos y piernas largas como su mama, era el más chigüín de la casa, a sus 17 años ya cazaba guardatinajas y pescaba como el mejor.

Vivía con su familia en la ladera del río coco, algo alejado de Musawas, la capital de mundo mayagna. Cuando iba a las ciudades, su piel morena ceniza le mostraba a los miskitos, mestizos y españoles que él era uno de los originarios: los primeros exploradores de Managua y matiguas.

“Ya están peleando otra vez los españoles” oyó contar cuando fueron a comprar aceite y gasolina junto con su hermano mayor. En la ferretería de Josué Briton en Bonanza. escuchó hablar de difiriendos o deferendos entre Nicaragua y Costa Rica, algo sobre el río San Juan y pláticas sobre elecciones presidenciales y fraudes electorales.

Estas cosas no tenían sentido para Julián, a él se le iban los ojos en las nuevas lanchitas que vendían cerca del puerto. Le atraía la vida del buzo que cazaba a mano las langostas en el fondo marino. Su mamá le decía que eso era peligroso porque se podía hallar a la liwa mairen, pero Julián quería vivir otra cosa, conocer otros lugares.

“Mañana va a ser primera luna llena de verano, mala cosa, el barco negro pasa” dijo Elías, su hermano mayor, mientras le señalaba que ya era hora de volver. A Julian, que estaba sudando con los grandes potes de aceite a cuestas, le dio un vuelco el corazón. Su mente voló hacia los recuerdos aún frescos de la abuela Yaritza, cuando contaba sus historias en las noches estrelladas.

La abuela Yaritza le había enseñado a hablar. Eran diez hermanos y todos en la casa estaban ocupados, solo ella lo atendía. Usaba historias para que aprendiera la lengua y las costumbres mayagnas y al cumplir los 15, lo sentó junto a ella para contarle una historia diferente que le marcó para siempre:

“Dicen que esto ocurrió hace cinco años, río arriba. Una comunidad mayagna recibió la visita de unos hombres armados que venían en un barco grande con lujos. Eran vendedores de polvo blanco y le ofrecieron a la comunidad dinero y armas a cambio de que les ayudaran. La comunidad accedió y por un tiempo todo fue paz y provecho. La gente de la comunidad fue teniendo dinero y aparecía en las ciudades comprando ropa, víveres y hasta motores. Los españoles sospecharon, así que un día atraparon a unos chavalos y les sacaron la verdad, luego dieron con una lancha de los vendedores. La comunidad tuvo miedo de lo que podía pasar y se escondieron en los bosques. Pero los hombres los encontraron y los mataron a todos. Una abuela sukia muriendo al lado del río, maldijo a los hombres y su barco. Dicen que un niño que había logrado esconderse, la oyó decir que el río se les cerraría y que nunca saldrían de su cauce. Desde entonces vagan eternamente en el río y a veces, en verano, cuando hace luna llena algunos lo han visto, todo negro por la suciedad y los hombres flacos y en harapos. Piden ayudan y ofrecen su cargamento de polvo blanco, pero ahí nomas se los lleva el viento y no los vuelven a ver”

La abuela había muerto poco después y de todas las historias aquella era la que había quedado más impregnada en la mente de Julian. Uno de sus primos afirmaba haber visto el barco y se decía de gente que había conseguido “pesca blanca” en el río en noches de luna llena, seguramente parte del cargamento del barco fantasmal.

La noche del siguiente día cuentan que Julián se escapó de su casa, algunos dicen que lo  acompañó el primo, otros que se fue solo, el caso fue que nadie supo de él.

Años después, cuentan que Elías, ya con sus propios hijos, estaba solo en una panga en la ribera, con la luna llena sobre su cabeza, y un viento fuerte sopló desde el norte. Entonces divisó una barcaza negra y mohosa  en el horizonte: en su proa, unos hombres barbudos transparentes y entre ellos, un muchacho con el rostro gris que le saludó al pasar, era Julián y antes que su hermano mayor pudiera reaccionar, el barco se evaporó en una niebla oscura.

Desde entonces su familia le ha intentado encontrar, varios sukias quisieron rescatarlo, pero el que se sube al barco negro no puede regresar, las almas están encerradas en el río, con los hombres del polvo blanco, sin ningún puerto al que llegar.

Alberto Sánchez Arguello
14 enero 2011