miércoles, 23 de marzo de 2011

LA SOMBRA DE MI MADRE

Conduciendo sola por la carretera sebaco matagalpa en el destartalado pickup de mi marido, me entregué a la lánguida observación de las tierras que me recibían y despedían con su aridez. El sol en el rostro y las sombras proyectadas de las cuatro de la tarde me trajeron el recuerdo de mi madre, posiblemente el último pensamiento necesario para disparar en mí un irrefrenable impulso a salirme con todo y vehículo de la carretera, cosa que hice al instante.

Es algo curioso lo rápido que una voluntad ciega puede romper el orden de la realidad y el tiempo, antes apremiante y fugaz, se alarga hasta parecer detenido, regalando la belleza de los detalles que uno no aprecia en los estados normales de conciencia.

Mis ojos abrieron dos mundos ante mí; uno el escenario móvil de matorrales y arbustos impactando la camioneta, el otro hecho de instantáneas de mi madre en diversas edades y momentos. Yo me perdí en el último, abandonando mi cuerpo al azar.

Sentí el calorcito de la sonrisa de ella, su mirada tierna cuando me llamaba su niña y compartíamos bromas sobre mi padre. Volví a recordar en forma de eco su rostro desconsolado cuando le anunciaron el cáncer y la ví bailando en medio de una de sus crisis en la playa del tránsito, cuando supo que su hermano se había suicidado de un balazo en la garganta.

Mi madre había sido mi mejor amiga y mi peor pesadilla, una fuerza sofocante de cariño natural. En mi infancia fue fuerte y sagaz, con múltiples trabajos ejecutivos y hablar elocuente. Luego, abrumada por sus demonios emocionales y las pastillas recetadas, se había marchitado ante mis ojos, volviéndose ella pequeña y yo una gigante que debía cuidarla de la vida.

La camioneta dio un giro violento y me golpee la cabeza contra el vidrio, la sangre me tapó un ojo y terminé soltando el timón para recibir a mi madre en mi mente sin mayores preocupaciones por los avatares del camino.

En mi juventud, ella se convirtió en un ama de casa, lejos de sus trabajos y retos de mujer, como un mueble más, pulcra y ajena a la vida pública, con alguno que otro tic y problema de sueño. Se hizo frágil y predecible, valoraba la rutina como el único aliciente a una ansiedad que la devoraba. Fue entonces cuando su sombra empezó a desesperarse.

Proyectada en las paredes de la casa yo fui la primera en descubrir que la sombra de mi madre vagabundeaba sin su permiso. Intenté ponerla en orden varias ocasiones, pero se escabullía debajo de los muebles o hasta en mi propia sombra. Mi madre le restaba importancia. Había empezado a beber por las tardes, sentada en el traspatio. Me decía que eso eran chochadas, “las sombras siempre vuelven” me repetía.

Pero un día la sombra no volvió…

Un brinco de la camioneta me disparó hacia atrás y como si fuera una bestia encabritada la pickup cayó en picada hacia un abismo que se abrió en medio del llano. El tiempo se hizo aún más lento en la caída y los vidrios rotos flotaron como pequeñas perlas alrededor mío.

Volví a mi madre, a su rostro preocupado y sus manos temblorosas, encerrada en casa por vergüenza a ser vista sin su sombra. En aquellos tiempos aquello era algo bastante mal visto, perder la propia sombra era sinónimo de irresponsabilidad. Mi madre desarrolló úlceras en su mortificación, le nacieron fobias pronunciadas a caminar en espacios abiertos y a bañarse con agua del grifo.

Ya nunca más fue la misma. Su cuerpo se fue deformando. Su vientre hinchado y un pelo seco y quebrado reflejaban un alma vencida por el tiempo. Nadie hacía comentarios cuando la luz la tocaba sin proyectar nada hacia muebles y paredes. Mi padre le sonreía como si nada, en un intento inútil de recuperarla.

Abrí por un momento el ojo sin sangre y vi el fondo del abismo. Todo se detuvo. Escuché el sonido de las ruedas aún en movimiento, la radio que sonaba una instrumental que hasta ahora percibía. Cerré el ojo, no necesitaba ver más.

Al entierro llegaron unos pocos familiares y fui acosada durante meses por la idea recurrente de verla encerrada en la caja mientras su cuerpo cambiaba de colores. Cuando visitaba el cementerio creí ver su sombra recorriendo las lápidas solitarias, pero nunca tuve el coraje de cerciorarme, prefería mirar hacia otro lado

Algunos días después desperté en un hospital, mi esposo y mis hijos atentos y llorosos al lado de mi cama. Yo sin sentimiento para ellos, les sonreí con la sonrisa aprendida de mi padre, ellos agradecieron el esfuerzo y aceptaron la mentira de mi accidente.

……….

La silla de ruedas proyecta una larga silueta hacia la pared del psiquiátrico, aquí la sombra de mi madre siempre me acompaña, viene todos los días, ella nunca me dejará.

Alberto Sánchez Arguello 16 marzo 2011

miércoles, 2 de marzo de 2011

LA NIÑA Y EL GENERAL


Imelda Vélez, su familia y amigos, fueron condenados a fusilamiento público un tres de septiembre. El anuncio de la condena lo hizo la primera consejera desde cada radio y pantalla del país. Todos habían sido acusados de traicionar a la patria y su ejecución tuvo lugar en la plaza de la reforma.

Un año antes, el General había muerto. Con ochenta y seis años cumplidos, luego de cuarenta de liderar la nación, una embolia cerebral lo fulminó. Su muerte dejó un vacío de poder, que conmovió las bases del partido reformista, generando sismas diversos a lo interno de sus estructuras.

Cuando parecía que la república sería consumida por una guerra civil, resultado del choque entre las facciones del único partido legal, la primera dama juntó todas las tendencias con una idea: El General seguiría gobernando a través de consulta espiritista.

Al principio, la ciudadanía se tomó un poco a broma a la viuda. Los diarios la acusaron de querer construir una dinastía que perpetuara la dictadura del general con métodos que rayaban en el absurdo. Pero el partido reformista cerró filas alrededor de ella. La juventud del partido marchó por las calles diseminando las consignas que proclamaban santo y eterno el espíritu del General y que los ciudadanos y ciudadanas merecían seguir siendo liderados y protegidos por el gran reformista.

Una nueva constitución fue rápidamente votada, dando lugar al gobierno espiritual. La primera dama pasó a ocupar la recién creada figura de primera consejera, única persona facultada para invocar al General y comunicar sus designios. Las sesiones del ejecutivo se convirtieron en sesiones espiritistas, en las que la viuda mística, como le llamaba la oposición, utilizaba una tabla para formar palabras y frases del líder muerto, mismas que eran mecanografiadas por tres secretarios, asegurando su correcta comprensión y registro.

Las voces de los críticos eran rápidamente descalificadas como producto evidente de almas sin fe, anti reformistas. Y así, sin mayor espacio para el diálogo y debate racional, la reforma siguió su curso en la nación.

Imelda Vélez tenía once años cuando el General murió. Había nacido en la comunidad rural de puerto viejo, alejada de los entramados políticos de la gran reforma, ignorante de las luchas que siguieron a su deceso y el nuevo gobierno espiritual que se había instituido. Hija de padres iletrados no conocía más que aspectos rudimentarios del lenguaje y sus capacidades se reducían a la cocina del fogón y otras tareas domésticas. La niña probablemente habría tenido la misma vida que todas las mujeres anteriores a ella: arrejuntada a los catorce, con tres o cuatro hijos a los diez y ocho, olvidada a los cuarenta. Pero en lugar de eso, fue poseída a los doce años por el espíritu del General.

No se tiene información exacta de cómo pasó. La mayor parte de los testimonios grabados por el ministerio de gobernación fueron destruidos junto con los archivos de los periódicos. Sin embargo, la tradición oral de puerto viejo, recoge que la niña había mostrado conductas extrañas después de bañarse sola en una quebrada. Perdió el habla y el apetito y por cinco días pasó acostada en su catre. Cuando sus padres ya estaban por llevarla al centro de salud, que estaba a dos días de camino, la niña habló.

Cuentan que se escuchó un retumbar en la casa, seguido de un alarido estremecedor desde el cuarto de Imelda. Cuando sus padres y hermanos entraron corriendo, la encontraron sentada en el catre, con una mirada dura y los puños crispados –¡Llamen a mis ministros!- dijo con voz fuerte – ¡Ya es hora de que esa puta me deje de usar!- agregó y la madre de Imelda se persignó.

Tomó varias semanas para que el caso llegara a oídos del gobierno. Fue la prensa amarillista la primera en reportarlo, pero el tono satírico que utilizó, restó credibilidad a la noticia. No obstante, los testimonios se fueron acumulando y cuando Imelda apareció acompañada por sus asustados padres, en la casa de gobierno, exigiendo una cita con la primera consejera, el caso se hizo público.

El partido volvió a tambalearse. Una niña campesina trasmutada en receptáculo del espíritu del líder no era asunto menor. La oposición difundió la noticia al país y al mundo. Muchos ciudadanos y ciudadanos creyeron en el milagro. Al final se convirtió en un asunto de fe. Se debatía en las universidades quien tenía la autoridad espiritual para determinar si la niña en efecto se había convertido en la voz del General y la oposición exigía un referéndum para que Imelda asumiera la primera magistratura.

En la única entrevista a Imelda, de la que se conserva un fragmento en la biblioteca de la asamblea, se le puede ver pálida y rígida afirmando con voz grave que ella era el General y que estaba cansado de ser manipulado después de muerto, que le dejaran en paz, dicho lo cual se le oye expresar todo tipo de improperios contra la primera consejera, ministros y oposición en un lenguaje tan soez que el entrevistador se mira notablemente ruborizado.


Dicha entrevista causó un gran revuelo y la primera consejera no pudo seguir ignorando a la niña. Se organizaron piquetes espontáneos y una gran marcha organizada por la oposición llenó la avenida principal, exigiendo la renuncia de los funcionarios del gobierno espiritual y la convocatoria inmediata a elecciones con libre participación.

Durante la noche, en el bunker del gobierno, se llevó a cabo una sesión especial del ejecutivo y al día siguiente mandaron a apresar a Imelda y todos sus allegados. Treinta personas en total fueran arrestadas y de acuerdo al hablar popular, torturadas bajo sospecha de conspiración junto a la oposición.

Los opositores que alzaron la voz contra lo que denominaron un nuevo atropello a la razón y atentado contra los derechos humanos, desaparecieron sin dejar rastro.

La última vez que los ciudadanos y ciudadanos vieron a Imelda fue ante un pelotón de fusilamiento en la plaza mayor. En el último minuto pareció recobrar el sentido y lágrimas de confusión salieron de sus ojos mientras las balas recorrían los pocos metros que las separaban de su cuerpo.

La imagen de la niña acribillada a balazos, recostada sobre un charco de sangre, se colocó en vallas gigantes en puntos claves de la capital. Debajo de la imagen se podía leer “La traidora ha muerto, la verdadera fe vive, ¡viva la reforma!”

Los treinta cuerpos fueron enterrados en una fosa común en un lugar secreto y sus nombres prohibidos por un decreto especial. Un toque de queda fue declarado durante sesenta días y toda persona o grupo, sospechosa siquiera de un intento de manifestación, fue rápidamente reprimida por la fuerza y condenada a varios meses de cárcel y servicio comunitario.

Ahora que la primera consejera ha muerto y el partido reformista creó comisiones de la verdad, con el fin de restaurar su imagen ante la opinión internacional, se ha decretado un día de duelo por las víctimas del gobierno espiritual.

Hoy tres de septiembre se develó la estatua de Imelda y una placa con los nombres de los treinta en la plaza mayor.

Nunca se supo si en verdad la niña fue poseída por el espíritu del general.

Los ciudadanos y ciudadanas aún se preguntan cómo fue posible todo aquello, cómo es que pudo pasar tanta ignominia. Yo también me lo pregunto…

Imagen "Masacre en Corea" Pablo Picasso

Alberto Sánchez Arguello
2 Marzo 2011