jueves, 27 de febrero de 2014

UN HOMBRE COMÚN


De una idea robada a Solange Rodríguez Pappe

Él nunca había escalado una montaña o explorado una selva virgen, menos aún batallado en alguna guerra o siquiera discutido con vehemencia con su jefe o su compañera de treinta años de matrimonio católico apostólico y romano; tampoco había asesinado a nadie a sangre fría, fuera en la vida real en su barrio se suburbios o en su imaginación de contador público jubilado. Eso sí, iba a misa todos los domingos con el alma compungida por no haber dado mas limosna a los borrachines que lo increpaban cuando paseaba por el parque; se cepillaba los dientes tres veces al día y pagaba sus facturas antes de tiempo un lunes antes de las diez de la mañana.

Hasta que quiso la suerte que su mujer se ganase un cuarto de la lotería de la ciudad y se fueran de viaje al campo, buscando escapar del infierno del verano. El viaje resultó no tener nada de memorable a excepción de las garrapatas que los atacaron impunemente en el hostal y el sueño recurrente que desde entonces lo acompañó.

Para él, que siempre soñaba con grandes hileras de funcionarios saludando de la mano a otros funcionarios o interminables jardines de rosas blancas en los que complacido leía la sección económica del diario, el ser lanzado a un laberinto donde un minotauro destrozaba su cuerpo y lo arrojaba para ser devorado por cuervos gigantes que luego lo regurgitaban convertido en una estatua de fuego que se iba por el mundo incendiado a hombres y mujeres desnudos, resultaba particularmente sobrecogedor.

Pronto su rutina se fue quebrando ante los efectos diurnos de aquel sueño. Amanecía con una sensación de individualidad que jamás había experimentado, al inicio algo incomoda, pero poco a poco más familiar, hasta que dejó de ir a misa a pesar de los reclamos de su esposa y abandonó la práctica del pago adelantado de las facturas y el obsequiar limosnas a los borrachos obscenos que intentaban detener su paso.

Y hasta le dio por escribir y su libro “El héroe de fuego: metáfora onírica de un hombre común que se vuelve extraordinario” se volvió un bestseller y todos los talk show querían que narrara su sueño, el cual fue variando en detalles hasta abarcar todos los mitos posibles de la humanidad en sus infinitos matices jungianos.

Pero el sueño lo estaba matando: su persistencia le ocasionaba taquicardias y una constante sensación de vértigo que derivaba en alucinaciones asesinas e impulsos sexuales inconfesables. Así que fue a ver a un psiquiatra.

En consulta se sentó y describió el sueño mismo, lo más fiel que pudo a la versión original. El galeno meditó un poco mientras se mesaba su barba –muy necesaria en esta profesión- y luego de indagar un poco sobre su madre, le dijo que aquel sueño no era suyo, que se le había pegado en el hostal –no lavan tan seguido la ropa de cama- que seguramente lo había dejado olvidado algún huésped.

Él agradeció el brillante diagnóstico y volvió a tener sueños de hileras de funcionarios que dan la mano a otros funcionarios y jardines de rosas blancas en los que lee diarios en la sección económica, a salvo, sin la fama ni gloria que tanto estorban a un hombre común.

Alberto Sánchez Argüello

Managua Febrero 2014

Imagen: "El hijo del hombre" de René Magritte

miércoles, 19 de febrero de 2014

GREGORIO


A Manuel Membreño y su Flojera

Seis meses después de su despido por ajustes presupuestarios, estaba dispuesto a tomar cualquier trabajo. Ya no buscaba más aquellos que le permitiesen cultivar su creatividad, ni siquiera le importaba si pagaban más de mil dólares el mes. Era hora de tomar lo que fuera, incluso cobranza.

Así fue como dio con una empresa relativamente nueva, de esas que aparecen un día en los diarios y saturan la ciudad con vallas que las describen como enormes familias que te ayudarán a crecer y ser feliz. Aplicó apenas vio el anuncio que hablaba de una tercera ola de reclutas; para su alegría lo contactaron una semana después.

Su semana de entrenamiento fue más fácil de lo que había imaginado, tomando en cuenta que jamás se había enfrentado al mundo de los cobradores. Basados en su currículum le dieron un ascenso automático de field agent a office retriever, que eran los eufemismos en inglés que diferenciaban a los cobradores casa por casa de los que jodían desde interminables hileras de cubículos dotados de teléfonos y computadoras.

El día que le asignaron la suya, le dijeron que tendrìa de vecino al mejor “recuperador” de la empresa, un chico que se había convertido en una leyenda como agente de campo, con un record impecable de cobros en tiempo y forma. Sentado frente a su computadora esperó que llegara el ánimo para comenzar aquella árida labor de perseguir morosos, buscando perder el tiempo, se asomó a su derecha y vio a un tipo flaco que estaba dormido en su silla reclinable, no le dio la impresión de ser un cobrador exitoso. Al inclinarse a su izquierda se quedó helado. Cerró los ojos creyendo que su imaginación le estaba jugando una mala pasada, pero al abrirlos aquella cucaracha blanca gigante seguía sentada ahí, tecleando rápido y con la placa de “Gregorio” en letras doradas en una esquina de su escritorio pulcramente ordenado. El enorme insecto -sintiéndose observado- se volteó, y en un gesto que denotaba gran educación, le acercó una de sus patas con pelillos blancuzcos. El se tragó los gritos horribles que querían estallar desde su garganta y le dio la mano. Terminado el breve gesto de cordialidad, Gregorio volvió a su teclado y él se dispuso a como pudo a trabajar.

El asco y la repugnancia que sentía fueron bajando con el tiempo, en gran parte gracias a la solidaridad y camaradería del mejor empleado de la oficina. Además, todos querían ser como Gregorio, por eso, con el tiempo no fue nada extraño ver a otros colegas convertirse lentamente en enormes blatodeos albinos, hasta que él mismo se fue achatando, ante el regocijo de sus jefes.

Alberto Sánchez Agüello
Managua Febrero 2014 

jueves, 13 de febrero de 2014

DIGITUS


Como todas las mañanas se levantó con pesadez y se fue directo al patio para orinar, tratando de no pringar demasiado las plantas. Se bañó con pana, mientras repasaba los problemas que le cargaban la espalda y luego se puso unos jeans tiesos para irse donde la Chena.

No mas salir del andén el humito a fritanga se le metió por la nariz y empezó a salivar sin darse cuenta. A su lado pasaron las chavalas que van a la escuela con faldas azules y largas calcetas blancas, a las que siempre chifla y morbosea, pero que esta vez se le adelantaron saludándolo con un abanico de dedos anulares sin darle tiempo a reaccionar.

Ya en la comidería, tardó un tiempo en acomodar totalmente su cuerpo voluminoso entre los pequeños muebles de plástico ubicados en la acera quebrada. Cuando la Chena vio que ya estaba listo, le sirvió su respectivo nacatamal con Coca Cola.

Cada bocado estalló como fuegos artificiales en su paladar, y por un momento nada más importó: ni las deudas acumuladas con la Curacao y el Gallo, ni el embarazo de la chinita del tramo vecino que le jura que es de él, ni siquiera la denuncia por robo que le puso el Hueleapedo Jiménez.

De repente el éxtasis fue interrumpido: algo extraño terminó triturado entre sus muelas.  Escupió en el plato y descubrió con horror que era un dedo, la tercera falange con su uña intacta, bien cortadita.  Estuvo a punto de vomitar, pero se tomó un buen trago de gaseosa para evitarlo. En medio de un incipiente dolor de cabeza, pensó en tirar el plato al piso y gritarle horrores a La Chena, pero se imaginó que de seguro se iban a aparecer los hijueputas gusanos de la radio Ya y quien sabe cuántos otros medios, sólo para cagarse en él y convertirlo en el chiste de Managua. Se le vinieron a la mente los titulares: “Gordo tragón que hasta dedos se harta” “A vendedor del oriental le dan su natacamal con dedo” y así hasta que la risa del barrio no lo dejara dormir y tuviera que irse a Masaya a trabajar de cobrador de bus o de carga verduras en el mercado.

Decidido, agarró el tuco de dedo y se lo lanzó a uno de los perros flacos que lo miraba lánguido desde un extremo de la acera. Luego se levantó sin despedirse y se fue rápido a esperar la ciento uno.

Un asco permanente no lo dejó comer por varios días y cuando las chavalas le mostraban el anular casi lo hacían vomitar. Pero como todo pasa en esta vida, terminó volviendo a sus desayunos donde La Chena, pensando que así como se encontró un dedo, se podría encontrar un anillo, de esos de compromiso o de bachillerato, nunca se sabe.

Alberto Sánchez Argüello

Managua Febrero 2014

Imagen: internet

miércoles, 5 de febrero de 2014

LA PÁGINA EN BLANCO


Normalmente no me encuentro con ese problema de la página en blanco; las ideas vienen de algún lugar que desconozco, algo así como hojas que caen encima de mi cabeza y me hablan de un personaje, una situación extraña o un lugar nuevo que me invita a visitarlo. De ahí al texto sólo es cosa que hallar la chispa de inicio y la explosión del final, lo demás es ladrillar el camino con las palabras adecuadas, ni muchas, ni pocas, lo justo.

Pero ayer me pasó esta cosa rara de tener ganas de escribir pero no saber de que y me di por horas de cabeza con una página en blanco que me recordaba esa peli del dos mil tres, “La nada” dirigida por Vincenzo Natali, una hilarante y surrealista comedia de dos amigos que descubren que tienen el poder de desaparecer cosas y acaban por hacer desaparecer al mundo entero, hasta dejar sólo una nada blanca infinita.

Me vi a mi mismo en esa nada de la hoja, traté de convertirla en una tormenta de nieve, de esas que podrían congelar a Jack Torrance en su intento de atrapar a Danny en el laberinto del Overlook, pero me falló totalmente la asociación porque viviendo en el trópico, la nieve es ficción para mí.

Finalmente vi un camino, un senderito tenue, hecho de arena negra que surcaba serpenteante entre las interminables lindes blancas de la hoja. Después de caminar por horas llegué a una casita minúscula con forma de cabaña rústica y sólo una ventana, Me agaché para ver a través de ella, pensando si Alicia estaría creciendo adentro, pero lo único que vi fue una personita idéntica a mí, sentada frente a un escritorio de roble, escribiendo frenéticamente en una laptop vieja. El pequeño gemelo alzó la mirada y me dijo que en aquel preciso instante estaba escribiendo sobre mí. Yo no le respondí y deshice mis pasos lo más rápido que pude, hasta que me salí de la hoja.

Sentado frente a mi laptop, me tomé un tiempo para divisar el caminito, pero ya no estaba ahí, pero sí experimenté una intensa sensación de que alguien me miraba desde la ventana trasera que da a la calle: podía sentir un ojo gigante que esperaba que yo me volteara. Yo apagué la máquina y me fui despacio sin voltear a ver, hasta que llegué a mi cuarto.

A salvo entre las sabanas me tomé tres pastillas y me prometí no volver a dejarme llevar por las ganas de escribir cuando no tengo una premisa, eso de estar ante la página en blanco es algo realmente peligroso.

Alberto Sánchez Argüello

Managua Febrero 2014

Imagen: fotograma película "Nothing" 2003 49th Parallel Productions