viernes, 26 de febrero de 2016

HIJO ÚNICO



Desde pequeño siempre quise impresionar a papá. Mientras mi madre me felicitaba sólo por existir, él mantenía una mirada fría ante mis dibujos y textos. Un “está bueno” era el epítome de su crítica. Yo esperaba la emoción en su rostro, el orgullo en sus palabras, pero era como estar ante un muro de granito o un árbol, daba igual. 

En secundaria traté de llamar su atención con mis notas y volví a intentarlo con mis promedios universitarios, con idénticos resultados. Ya graduado trabajé con muchas organizaciones, amado por mis jefes y compañeros de labores, fui empleado del mes, colaborador del año, profesional notable. Él se limitaba a darme palmadas en el hombro. 

Cuando murió mi madre, mi duelo me llevó a mudarme de país y obsesionarme con las redes sociales. Creé blogs, grupos y múltiples proyectos digitales. Todos los días me llovían miles de likes y seguidores. Mi padre no se enteraba, nunca entendió el mundo de las pantallas. Decidí imprimir un millón de pulgares y mandarlos a la dirección postal de mi padre, tratando de hacerle entender lo mucho que me apreciaban en el mundo digital. Meses después supe que los usó para irse al "raid" por el mundo. 

Ahora me manda postales desde cada país que visita. En la última escribió que estaba orgulloso de su unigénito, pero que no se lo dijera a nadie, porque no quiere un hijo vanidoso. 

Alberto Sánchez Argüello
Managua Febrero 2016

martes, 9 de febrero de 2016

PARRICIDIO JUSTIFICADO


Todo esto empezó con el matrimonio impulsivo de mis padres. Él se declaró en la tercera cita y cuatro meses después, ya se sentían predestinados el uno para el otro. Hicieron caso omiso a los buenos consejos de amigos y familiares. Se casaron un jueves de verano, entre damas de honor sudadas y granos de arroz importado. Empezaron de inmediato a ser infelices, pero en vez de tramitar el divorcio, pensaron que un hijo lo resolvería todo. Así nací yo, su primer bebé imaginario con diez libras y un par de mejillas sonrosadas. Tan ferviente era la imaginación de mis padres, que los vecinos creían verme en la carriola que mamá paseaba con orgullo todas las tardes.

Aquella felicidad les duró poco. Mamá se sentía fea, sin atención de mi padre, esclavizada a los cuidados imaginarios de un niño que ya podía caminar. Pensaron –sin mayor uso de la lógica- que otro bebé renovaría su amor. Nació entonces mi hermana y contrataron una nana que hacía como que nos cuidaba, pero que se la pasaba llamando a sus amigas para decirles lo locos que estaban mis padres. Y así se nos fue la vida, entre paseos imaginarios, pubertad imaginaria, enfermedades imaginarias, notas escolares imaginarias, amigos y novias imaginarias y hasta graduaciones imaginarias que nos permitieron buscar empleos imaginarios con salarios imaginarios para ayudar en la casa.

Finalmente, confrontamos a nuestros padres y los llevamos a rastras a una clínica mental. Las primeras consultas iban la mar de bien, hasta se habían comprometido a reconocer que no éramos reales. Pero todo se fue a la mierda cuando mi hermana y el psiquiatra se enamoraron.

Ahora mi hermana habla de casarse y tener hijos. Yo la escucho y espero que mis padres se vayan a dormir y sueñen con sus nietos imaginarios, los juguetes imaginarios que les regalarán, las navidades imaginarias juntos, y otras tantas ficciones que jamás pasarán.

Alberto Sánchez Argüello

Managua 9 Febrero 2015

miércoles, 3 de febrero de 2016

NOCHES DE BASEBALL



Esta noche no fuimos a jugar en el claro del bosque. Iván nos convenció de ir a espiar al nuevo guardia del cementerio. Nos dijo que estaba totalmente convencido de que esta vez sí era un vampiro. Me pareció un desperdicio de luna llena, pero los demás estaban muy emocionados y no les quise quitar la ilusión. Llegamos cerca de la caseta de madera y nos escondimos tras unos matorrales. El viejo no se percató de nuestra presencia, parecía un poco perdido con su uniforme gris lleno de manchas de café. Encendió un cigarro, pero no se lo terminó, una tos seca se lo impidió. Pasó un rato sintonizando estaciones en una radio inter y finalmente se quedó escuchando un partido de baseball. El viejo cerraba los ojos y parecía imaginar las carreras y atrapadas, de vez en cuando esbozaba una sonrisa entre sus labios arrugados y suspiraba. Los muchachos ya se querían ir, pero yo los detuve. Iván estaba desilusionado, pero a mí no me importaba que este hombre no tuviese colmillos, me daba gusto verlo así, gozando el juego en su imaginación, en paz. Cuando se quedó dormido me puse a pensar en mi padre y las veces que intentó enseñarme a batear, él con su paciencia, yo con mi torpeza. Luego los muchachos se levantaron y nos despedimos sin mirarnos, cada uno de vuelta a su lápida.

Alberto Sánchez Argüello

Managua Febrero 2016