sábado, 12 de marzo de 2016

LA BELLEZA DEL SILENCIO


Mi hijo me arrancó la cabeza sin querer. Exasperado por alguna palabra me tomó del cuello y mi cráneo salió cuesta abajo, por las calles de la ciudad. En vez de desesperarme, disfruté el viaje, entre gatos hambrientos y caminantes que me esquivaban con asco. Un par de semanas después terminé en objetos perdidos. Me colocaron en una vitrina junto a zapatos gastados y llaves de diversos tamaños. Por las tardes veo pasar a mi hijo, de la mano de mi cuerpo. Se ven felices.

Alberto Sánchez Argüello
Managua Marzo 2016