Cuando éramos niños siempre pasábamos por el parque central para escuchar al viejo vendedor de perfume. Era
un septuagenario que se sentaba en un banquito de madera con una pana llena de
botellitas de colores. A todo el que se acercaba le contaba que destilaba sus
perfumes con los olores de la vida: el fuerte aroma al éxito en los negocios,
el penetrante olor a la sexualidad incandescente, la sutil fragancia del amor incondicional…
Nosotros nos burlábamos de él gritándole
que era un viejo ladrón, pero él sólo nos espantaba con las manos como si fuéramos
moscas, mientras le ofrecía su maravillosa mercancía a alguna viuda de ojos
tristes o un desempleado hambriento de dinero.
Un día el espacio que ocupaba cerca de la glorieta estaba lleno de palomas y un olor a lavanda que acariciaba la nariz. El viejo se había ido. Nosotros fuimos creciendo y con el tiempo todos mis amigos también se fueron.
Ahora que estoy jubilado, visito el parque por las
tardes, acompañado de mi bastón y mis botellitas de colores.
Alberto Sánchez Argüello
Imagen: pintura de Picasso


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