Todo
esto empezó con el matrimonio impulsivo de mis padres. Él se declaró en la
tercera cita y cuatro meses después, ya se sentían predestinados el uno para el
otro. Hicieron caso omiso a los buenos consejos de amigos y familiares. Se
casaron un jueves de verano, entre damas de honor sudadas y granos de arroz
importado. Empezaron de inmediato a ser infelices, pero en vez de tramitar el
divorcio, pensaron que un hijo lo resolvería todo. Así nací yo, su primer bebé
imaginario con diez libras y un par de mejillas sonrosadas. Tan ferviente era
la imaginación de mis padres, que los vecinos creían verme en la carriola que
mamá paseaba con orgullo todas las tardes.
Aquella
felicidad les duró poco. Mamá se sentía fea, sin atención de mi padre, esclavizada
a los cuidados imaginarios de un niño que ya podía caminar. Pensaron –sin mayor
uso de la lógica- que otro bebé renovaría su amor. Nació entonces mi hermana y contrataron
una nana que hacía como que nos cuidaba, pero que se la pasaba llamando a sus
amigas para decirles lo locos que estaban mis padres. Y así se nos fue la vida,
entre paseos imaginarios, pubertad imaginaria, enfermedades imaginarias, notas escolares
imaginarias, amigos y novias imaginarias y hasta graduaciones imaginarias que
nos permitieron buscar empleos imaginarios con salarios imaginarios para ayudar
en la casa.
Finalmente,
confrontamos a nuestros padres y los llevamos a rastras a una clínica mental.
Las primeras consultas iban la mar de bien, hasta se habían comprometido a
reconocer que no éramos reales. Pero todo se fue a la mierda cuando mi hermana
y el psiquiatra se enamoraron.
Ahora
mi hermana habla de casarse y tener hijos. Yo la escucho y espero que mis
padres se vayan a dormir y sueñen con sus nietos imaginarios, los juguetes imaginarios que les regalarán, las navidades imaginarias juntos, y otras tantas ficciones que jamás pasarán.
Alberto Sánchez
Argüello
Managua 9 Febrero 2015


No hay comentarios:
Publicar un comentario