Esta
noche no fuimos a jugar en el claro del bosque. Iván nos convenció de ir a
espiar al nuevo guardia del cementerio. Nos dijo que estaba totalmente
convencido de que esta vez sí era un vampiro. Me pareció un desperdicio de luna
llena, pero los demás estaban muy emocionados y no les quise quitar la ilusión.
Llegamos cerca de la caseta de madera y nos escondimos tras unos matorrales. El
viejo no se percató de nuestra presencia, parecía un poco perdido con su uniforme
gris lleno de manchas de café. Encendió un cigarro, pero no se lo terminó, una
tos seca se lo impidió. Pasó un rato sintonizando estaciones en una radio inter
y finalmente se quedó escuchando un partido de baseball. El viejo cerraba los
ojos y parecía imaginar las carreras y atrapadas, de vez en cuando esbozaba una
sonrisa entre sus labios arrugados y suspiraba. Los muchachos ya se querían ir,
pero yo los detuve. Iván estaba desilusionado, pero a mí no me importaba que
este hombre no tuviese colmillos, me daba gusto verlo así, gozando el juego en
su imaginación, en paz. Cuando se quedó dormido me puse a pensar en mi padre y
las veces que intentó enseñarme a batear, él con su paciencia, yo con mi
torpeza. Luego los muchachos se levantaron y nos despedimos sin mirarnos, cada
uno de vuelta a su lápida.
Alberto
Sánchez Argüello
Managua
Febrero 2016


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