martes, 13 de octubre de 2009

SEGUNDO CAPITULO CHICO LARGO Y CHARCO VERDE: Un Zanate y tres regalos


Don José se compró la finca más grande del pueblo y la llenó de vacas lecheras y aves de corral. Mandó a traer los mejores vestidos de la capital para Doña Chilo, su mujer y le pagó al sastre del parque central para que le confeccionara a él y a sus dos hijos mayores, trajes de lino blanco para lucir en las tardes de verano.

Don José y Doña Chilo tenían tres hijos varones y una hija mujer. Pedro y Mateo eran los mayores, uno tenía 17 y el otro tenía 20 años, eran los que ayudaban a su papá en las labores de la finca. María de los Ángeles era una niña morena de cabellos rizados, en aquel entonces tenía 10 años, era alta y bonita como su mamá. Luego estaba el más chiquito, el favorito de Don José, se llamaba Miguel y aunque sólo tenía 5 años se sabía los nombres de todos los árboles de la zona y llamaba a cada animal de la finca por el nombre que él les había puesto. Había una gallina que se llamaba Josefa, un pato pardo era Casimiro y una Vaquilla que venía corriendo cuando le decía Clotilde. Miguel quería a todos los animales como si fueran parte de su familia.

Con ellos vivía también la mamá de Don José, pero sólo Miguel la podía ver, los demás sólo escuchaban al niño hablar de ella. Lo extraño era que la señora había desaparecido una noche de luna llena en una inundación que había desbordado los ríos del pueblo, antes que Miguel naciera.

La casa de la hacienda era de madera, tenía cuatro cuartos y dos pisos. Una escalera con trece escalones iba de la sala a la planta superior donde estaban los cuartos, abajo estaba un viejo piano que nadie sabía tocar y varias sillas mecedoras alrededor de un tapete que la abuelita decía que había pertenecido a un rey persa siglos atrás, pero claro esto sólo Miguel lo sabía y nadie más.

Todas las mañanas María de los Ángeles y Miguel iban a la única escuelita del pueblo, salían de la hacienda después del ordeño y cruzaban un bosque de guiño cuabos y acacias secas que estaba siempre lleno de unas aves negras azuladas: los zanates.

Un día de verano María de los Ángeles se enfermó de varicela y tuvieron que traer una gran pana desde los establos de Don Santiago Herrera para meter a la niña en agua con manzanilla y así combatir las grandes fiebres que le trajo su enfermedad. Los niños dejaron de asistir a la escuelita hasta una mañana de Domingo en que Miguel entró tempranito al cuarto de sus padres y les dijo en voz alta que él ya estaba grandecito y que podía ir sólo a la escuela; sus padres se asustaron al comienzo pero luego se pusieron contentos con la madurez de su hijo menor.

Esa noche, antes de su primera salida solo, la abuelita Castellón estaba cociendo un pantalón con hilos tan finos que parecían de tela de araña, “Cuando vayas por el bosque mañana, recordá que toda vida es sagrada” le dijo al nieto y luego le extendió un bordón de madera de guanacaste, “Este era el bastón de tu abuelo, le ayudó a andar por caminos desconocidos” el niño lo tomó con dificultad y cuando quiso darle las gracias a la abuelita ya no estaba, sólo la mecedora moviéndose con el viento que entraba por las ventanas.

El Lunes, Miguel salió más temprano que de costumbre, con la emoción del viaje todo le parecía nuevo, se fijaba más en todos los detalles del camino: las flores silvestres multicolores, el movimiento suave de las ramas de las acacias y todas las formas mágicas de las nubes en el cielo matutino.

A mitad del camino se escuchó un alboroto, eran varios niños con tiradoras, Miguel se asustó y se escondió entre unos matorrales. Cuando llegaron a su lado no lo vieron, eran tres pero sólo se fijaban en las copas de los árboles. “Allá está” dijo un chavalo espigado como de diez años, Miguel miró hacia arriba desde su escondite y se quedó maravillado al ver un zanate inmenso, si hasta parecía águila; cuando el sol iluminaba su plumaje, parecía como si la luz hiciera una danza en sus colores negros azulados. Entonces los chavalos apedrearon al maravilloso pájaro, y dos piedras pasaron de largo pero una de ellas le dio en el centro del pecho, el ave cayó y los chavalos corrieron a rematarla.

Miguel se había tapado los ojos para no ver aquello, pero el sonido del zanate al caer se le había metido en los oídos como una abeja enojada. De repente el temor se convirtió en furia y el niño salió de entre los matorrales con el bordón arriba de su cabeza, aún tenía los ojos cerrados así que sólo escuchó una gritería y luego el ruido de gente corriendo, cuando al fin abrió los ojos estaba sólo y por más que buscó tampoco encontró al zanate, se sentó en la hierba y escuchó su corazón, sonaba alto como si se fuera a salir, así estuvo un rato hasta que se tranquilizó y partió de nuevo para la escuelita en carrera porque las sombras de los árboles le decían que ya era tarde.

En la escuelita la profesora Matilde le dio un besito por la alegría de volverlo a ver y lo mandó a sentar al lado de una niña nueva que venía de una ciudad lejana llamada Rivas; Miguel casi no ponía atención recordando la aventura y en recreo escuchó a unos chavalos mayores hablando sobre una pandilla de cipotes que temprano en la mañana habían sido atacados por un duende con una espada, Miguel se puso a reír pero no contó sui historia a nadie.

Esa tarde Miguel llegó contando todo sobre su viaje sólo a la escuela, pero no le dijo a sus padres lo que había pasado con el zanate, tenía miedo de que se asustaran y no lo volvieran a dejar salir sin compañía, sólo su abuelita supo la historia completa y se prometieron mutuamente que aquello sería su secreto.

A las ocho Miguel se fue a dormir y soñó con una isla de dos volcanes y un zanate inmenso como un águila que lo llevaba por los aires hasta la cima de uno de ellos, al llegar ahí el zanate se posaba delante de él y le picaba la mano y de su palma caían tres gotas de sangre a la tierra, entonces había un temblor y tres piedras negras emergían desde el suelo, entonces el zanate lo miraba con ojos humanos y le hablaba sin decir palabras “estos son tus regalos úsalos cuando tu corazón los necesite y ya no sepás que hacer” y entonces Miguel se despertó levantó el brazo izquierdo y al llevar la mano cerca de la cara vio una herida en el centro, luego sintió unos pesos en las piernas y encontró las tres piedras encima de su sábana, escuchó un crujir de madera al lado de la cama y volteó asustado, pero sólo era su abuelita tejiendo en su mecedora, ella le miró y le dijo sonriendo “Este también será nuestro secreto”