La
mujer sostiene la mirada del pelotón. Altiva grita a todo pulmón que sólo
estaban cumpliendo ordenes y que aman a la gran patria. El sargento da la señal
y los disparos perforan su cuerpo y el de treinta mujeres y hombres, clones
igual que ella, que le acompañan en el paredón. El pueblo, compuesto de clones,
aplaude en silencio y se llevan a sus niños lejos de la plaza mayor, donde
pronto los conserjes municipales, clones de menor categoría, limpiarán la
sangre que ya tiene curtida la calle.
El
único humano original, el dictador, mira desde el palco a su ejército de copias
y al pueblo que es también copia de los que yacen en millares de prisiones y
campos de concentración por todo el país. El grito de la mujer ha plantado una
duda en su mente: ¿habrá ido muy lejos? ¿Su operación de sustitución de
ministros, policías, maestros, opositores, activistas y gente común por
replicas de laboratorio habrá sido excesiva? Al fin de cuentas –piensa- ella
tenía razón: sólo estaba cumpliendo con su rol programado de protestar. Pero
las dudas son difíciles de sostener a los ciento cincuenta años de edad y pide
que lo retiren en su silla de ruedas, mientras se pregunta si ya irá siendo
hora de clonar a todos los científicos y hacer que los originales abonen el
cementerio de la capital.
Alberto
Sánchez Argüello
Managua
Nicaragua Septiembre 2013


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