lunes, 8 de diciembre de 2014

SINGULARIDAD



La jubilación no le sentó bien a mi padre. Se plantó frente al televisor rodeado de meneítos y tortillitas. Nosotros tratamos de animarlo, pero todo fue inútil. El hombre sólo gruñía a manera de respuesta, mientras seguía agotando sus neuronas con la telebasura de los realitys.

Con el tiempo fue ganando tallas, una por mes. En casa no hablábamos del tema, pasábamos en silencio por la sala, entre la comida chatarra que tapizaba el piso y el voluminoso cuerpo de mi padre que llegaba hasta las paredes. Incapaz de seguir tolerando tanta desidia, me conseguí un trabajo en otro país.

Por un tiempo llamaba cada mes para escuchar llorar a mi madre, mientras me contaba cosas absurdas sobre pequeños muebles que flotaban alrededor de mi padre. Al final dejé de llamar para no seguir sufriendo aquel horror.

Un año después me enteré por las noticias que la casa había implosionado ante un extraño fenómeno gravitacional, definido por algunos físicos teóricos como un pequeño agujero negro.

Varias décadas de terapia después había dejado de pensar en aquella tragedia, hasta esta tarde en que mi madre me visitó en el asilo de ancianos. Mis nietos se acababan de ir cuando ella entró. Me dijo que finalmente había logrado dejar a mi padre y que se iba en un crucero por el mundo. Se miraba muy rejuvenecida.

Alberto Sánchez Argüello

Managua Noviembre 2014

Imagen: escultura de Ron Mueck