La jubilación no le sentó bien a mi
padre. Se plantó frente al televisor rodeado de meneítos y tortillitas.
Nosotros tratamos de animarlo, pero todo fue inútil. El hombre sólo gruñía a
manera de respuesta, mientras seguía agotando sus neuronas con la telebasura de
los realitys.
Con el tiempo fue ganando tallas, una
por mes. En casa no hablábamos del tema, pasábamos en silencio por la sala, entre
la comida chatarra que tapizaba el piso y el voluminoso cuerpo de mi padre que llegaba
hasta las paredes. Incapaz de seguir tolerando tanta desidia, me conseguí un trabajo en otro país.
Por un tiempo llamaba cada mes para
escuchar llorar a mi madre, mientras me contaba cosas absurdas sobre pequeños muebles
que flotaban alrededor de mi padre. Al final dejé de llamar para no seguir
sufriendo aquel horror.
Un año después me enteré por las
noticias que la casa había implosionado ante un extraño fenómeno
gravitacional, definido por algunos físicos teóricos como un pequeño agujero
negro.
Varias décadas de terapia después había
dejado de pensar en aquella tragedia, hasta esta tarde en que mi madre me visitó
en el asilo de ancianos. Mis nietos se acababan de ir cuando ella entró. Me
dijo que finalmente había logrado dejar a mi padre y que se iba en un crucero
por el mundo. Se miraba muy rejuvenecida.
Alberto Sánchez Argüello
Managua Noviembre 2014
Imagen: escultura de Ron Mueck


No hay comentarios:
Publicar un comentario