Después de siete horas en la
fábrica, el hombre regresó a casa. Colocó cinco monedas en la ranura de la
entrada y la puerta se deslizó suavemente hacia la derecha.
Adentro una niña jugaba en la
sala y una mujer terminaba de servir la mesa. El hombre entró despacio,
queriendo apreciar la escena sin que lo notaran, pero la niña alzó la mirada y
le sonrió.
Se sentaron los tres. El
hombre les contó su día entre máquinas y vapor. Les habló de la soledad que lo
invadía en sus turnos, la presión de sus superiores, la ansiedad por escuchar
la sirena que anunciaba el cierre de la jornada. Les describió su regreso,
entre masas de hombres grises que caminaban sin hablar. Ellas lo escucharon
atentas, la niña acariciando su brazo por momentos.
El hombre se levantó. Recogió los trastes y cubiertos para lavarlos. Desde la cocina miró a la niña acurrucarse
con la mujer en el sillón frente al televisor. Al terminar, el hombre se acercó para
abrazarlas, pero ellas se disiparon en el aire, como si estuviesen hechas de
niebla. El hombre bajó la cabeza y arrastró los pies hacia la entrada, deslizó
la puerta y sacó del bolsillo de su pantalón otras cinco monedas.
Alberto Sánchez Argüello
Managua Septiembre 2016


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