jueves, 13 de febrero de 2014

DIGITUS


Como todas las mañanas se levantó con pesadez y se fue directo al patio para orinar, tratando de no pringar demasiado las plantas. Se bañó con pana, mientras repasaba los problemas que le cargaban la espalda y luego se puso unos jeans tiesos para irse donde la Chena.

No mas salir del andén el humito a fritanga se le metió por la nariz y empezó a salivar sin darse cuenta. A su lado pasaron las chavalas que van a la escuela con faldas azules y largas calcetas blancas, a las que siempre chifla y morbosea, pero que esta vez se le adelantaron saludándolo con un abanico de dedos anulares sin darle tiempo a reaccionar.

Ya en la comidería, tardó un tiempo en acomodar totalmente su cuerpo voluminoso entre los pequeños muebles de plástico ubicados en la acera quebrada. Cuando la Chena vio que ya estaba listo, le sirvió su respectivo nacatamal con Coca Cola.

Cada bocado estalló como fuegos artificiales en su paladar, y por un momento nada más importó: ni las deudas acumuladas con la Curacao y el Gallo, ni el embarazo de la chinita del tramo vecino que le jura que es de él, ni siquiera la denuncia por robo que le puso el Hueleapedo Jiménez.

De repente el éxtasis fue interrumpido: algo extraño terminó triturado entre sus muelas.  Escupió en el plato y descubrió con horror que era un dedo, la tercera falange con su uña intacta, bien cortadita.  Estuvo a punto de vomitar, pero se tomó un buen trago de gaseosa para evitarlo. En medio de un incipiente dolor de cabeza, pensó en tirar el plato al piso y gritarle horrores a La Chena, pero se imaginó que de seguro se iban a aparecer los hijueputas gusanos de la radio Ya y quien sabe cuántos otros medios, sólo para cagarse en él y convertirlo en el chiste de Managua. Se le vinieron a la mente los titulares: “Gordo tragón que hasta dedos se harta” “A vendedor del oriental le dan su natacamal con dedo” y así hasta que la risa del barrio no lo dejara dormir y tuviera que irse a Masaya a trabajar de cobrador de bus o de carga verduras en el mercado.

Decidido, agarró el tuco de dedo y se lo lanzó a uno de los perros flacos que lo miraba lánguido desde un extremo de la acera. Luego se levantó sin despedirse y se fue rápido a esperar la ciento uno.

Un asco permanente no lo dejó comer por varios días y cuando las chavalas le mostraban el anular casi lo hacían vomitar. Pero como todo pasa en esta vida, terminó volviendo a sus desayunos donde La Chena, pensando que así como se encontró un dedo, se podría encontrar un anillo, de esos de compromiso o de bachillerato, nunca se sabe.

Alberto Sánchez Argüello

Managua Febrero 2014

Imagen: internet