Como
todas las mañanas se levantó con pesadez y se fue directo al patio para orinar,
tratando de no pringar demasiado las plantas. Se bañó con pana, mientras
repasaba los problemas que le cargaban la espalda y luego se puso unos jeans
tiesos para irse donde la Chena.
No
mas salir del andén el humito a fritanga se le metió por la nariz y empezó a
salivar sin darse cuenta. A su lado pasaron las chavalas que van a la escuela
con faldas azules y largas calcetas blancas, a las que siempre chifla y morbosea,
pero que esta vez se le adelantaron saludándolo con un abanico de dedos
anulares sin darle tiempo a reaccionar.
Ya
en la comidería, tardó un tiempo en acomodar totalmente su cuerpo voluminoso
entre los pequeños muebles de plástico ubicados en la acera quebrada. Cuando la
Chena vio que ya estaba listo, le sirvió su respectivo nacatamal con Coca Cola.
Cada
bocado estalló como fuegos artificiales en su paladar, y por un momento nada
más importó: ni las deudas acumuladas con la Curacao y el Gallo, ni el embarazo
de la chinita del tramo vecino que le jura que es de él, ni siquiera la
denuncia por robo que le puso el Hueleapedo Jiménez.
De
repente el éxtasis fue interrumpido: algo extraño terminó triturado entre sus
muelas. Escupió en el plato y descubrió
con horror que era un dedo, la tercera falange con su uña intacta, bien
cortadita. Estuvo a punto de vomitar,
pero se tomó un buen trago de gaseosa para evitarlo. En medio de un incipiente
dolor de cabeza, pensó en tirar el plato al piso y gritarle horrores a La Chena,
pero se imaginó que de seguro se iban a aparecer los hijueputas gusanos de la
radio Ya y quien sabe cuántos otros medios, sólo para cagarse en él y
convertirlo en el chiste de Managua. Se le vinieron a la mente los titulares: “Gordo
tragón que hasta dedos se harta” “A vendedor del oriental le dan su natacamal
con dedo” y así hasta que la risa del barrio no lo dejara dormir y tuviera que
irse a Masaya a trabajar de cobrador de bus o de carga verduras en el mercado.
Decidido,
agarró el tuco de dedo y se lo lanzó a uno de los perros flacos que lo miraba
lánguido desde un extremo de la acera. Luego se levantó sin despedirse y se fue
rápido a esperar la ciento uno.
Un
asco permanente no lo dejó comer por varios días y cuando las chavalas le
mostraban el anular casi lo hacían vomitar. Pero como todo pasa en esta vida,
terminó volviendo a sus desayunos donde La Chena, pensando que así como se
encontró un dedo, se podría encontrar un anillo, de esos de compromiso o de
bachillerato, nunca se sabe.
Alberto Sánchez Argüello
Managua Febrero 2014
Imagen: internet


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