De una idea robada a Solange Rodríguez
Pappe
Él
nunca había escalado una montaña o explorado una selva virgen, menos aún
batallado en alguna guerra o siquiera discutido con vehemencia con su jefe o su
compañera de treinta años de matrimonio católico apostólico y romano; tampoco
había asesinado a nadie a sangre fría, fuera en la vida real en su barrio se
suburbios o en su imaginación de contador público jubilado. Eso sí, iba a misa
todos los domingos con el alma compungida por no haber dado mas limosna a los
borrachines que lo increpaban cuando paseaba por el parque; se cepillaba los
dientes tres veces al día y pagaba sus facturas antes de tiempo un lunes antes
de las diez de la mañana.
Hasta
que quiso la suerte que su mujer se ganase un cuarto de la lotería de la ciudad
y se fueran de viaje al campo, buscando escapar del infierno del verano. El
viaje resultó no tener nada de memorable a excepción de las garrapatas que los
atacaron impunemente en el hostal y el sueño recurrente que desde entonces lo
acompañó.
Para
él, que siempre soñaba con grandes hileras de funcionarios saludando de la mano
a otros funcionarios o interminables jardines de rosas blancas en los que
complacido leía la sección económica del diario, el ser lanzado a un laberinto
donde un minotauro destrozaba su cuerpo y lo arrojaba para ser devorado por
cuervos gigantes que luego lo regurgitaban convertido en una estatua de fuego
que se iba por el mundo incendiado a hombres y mujeres desnudos, resultaba
particularmente sobrecogedor.
Pronto
su rutina se fue quebrando ante los efectos diurnos de aquel sueño. Amanecía
con una sensación de individualidad que jamás había experimentado, al inicio
algo incomoda, pero poco a poco más familiar, hasta que dejó de ir a misa a
pesar de los reclamos de su esposa y abandonó la práctica del pago adelantado
de las facturas y el obsequiar limosnas a los borrachos obscenos que intentaban
detener su paso.
Y
hasta le dio por escribir y su libro “El héroe de fuego: metáfora onírica de un
hombre común que se vuelve extraordinario” se volvió un bestseller y todos los talk show querían que narrara su sueño,
el cual fue variando en detalles hasta abarcar todos los mitos posibles de la
humanidad en sus infinitos matices jungianos.
Pero
el sueño lo estaba matando: su persistencia le ocasionaba taquicardias y una
constante sensación de vértigo que derivaba en alucinaciones asesinas e
impulsos sexuales inconfesables. Así que fue a ver a un psiquiatra.
En
consulta se sentó y describió el sueño mismo, lo más fiel que pudo a la versión
original. El galeno meditó un poco mientras se mesaba su barba –muy necesaria
en esta profesión- y luego de indagar un poco sobre su madre, le dijo que aquel
sueño no era suyo, que se le había pegado en el hostal –no lavan tan seguido la
ropa de cama- que seguramente lo había dejado olvidado algún huésped.
Él
agradeció el brillante diagnóstico y volvió a tener sueños de hileras de
funcionarios que dan la mano a otros funcionarios y jardines de rosas blancas
en los que lee diarios en la sección económica, a salvo, sin la fama ni gloria
que tanto estorban a un hombre común.
Alberto
Sánchez Argüello
Managua
Febrero 2014
Imagen: "El hijo del hombre" de René Magritte


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