miércoles, 19 de febrero de 2014

GREGORIO


A Manuel Membreño y su Flojera

Seis meses después de su despido por ajustes presupuestarios, estaba dispuesto a tomar cualquier trabajo. Ya no buscaba más aquellos que le permitiesen cultivar su creatividad, ni siquiera le importaba si pagaban más de mil dólares el mes. Era hora de tomar lo que fuera, incluso cobranza.

Así fue como dio con una empresa relativamente nueva, de esas que aparecen un día en los diarios y saturan la ciudad con vallas que las describen como enormes familias que te ayudarán a crecer y ser feliz. Aplicó apenas vio el anuncio que hablaba de una tercera ola de reclutas; para su alegría lo contactaron una semana después.

Su semana de entrenamiento fue más fácil de lo que había imaginado, tomando en cuenta que jamás se había enfrentado al mundo de los cobradores. Basados en su currículum le dieron un ascenso automático de field agent a office retriever, que eran los eufemismos en inglés que diferenciaban a los cobradores casa por casa de los que jodían desde interminables hileras de cubículos dotados de teléfonos y computadoras.

El día que le asignaron la suya, le dijeron que tendrìa de vecino al mejor “recuperador” de la empresa, un chico que se había convertido en una leyenda como agente de campo, con un record impecable de cobros en tiempo y forma. Sentado frente a su computadora esperó que llegara el ánimo para comenzar aquella árida labor de perseguir morosos, buscando perder el tiempo, se asomó a su derecha y vio a un tipo flaco que estaba dormido en su silla reclinable, no le dio la impresión de ser un cobrador exitoso. Al inclinarse a su izquierda se quedó helado. Cerró los ojos creyendo que su imaginación le estaba jugando una mala pasada, pero al abrirlos aquella cucaracha blanca gigante seguía sentada ahí, tecleando rápido y con la placa de “Gregorio” en letras doradas en una esquina de su escritorio pulcramente ordenado. El enorme insecto -sintiéndose observado- se volteó, y en un gesto que denotaba gran educación, le acercó una de sus patas con pelillos blancuzcos. El se tragó los gritos horribles que querían estallar desde su garganta y le dio la mano. Terminado el breve gesto de cordialidad, Gregorio volvió a su teclado y él se dispuso a como pudo a trabajar.

El asco y la repugnancia que sentía fueron bajando con el tiempo, en gran parte gracias a la solidaridad y camaradería del mejor empleado de la oficina. Además, todos querían ser como Gregorio, por eso, con el tiempo no fue nada extraño ver a otros colegas convertirse lentamente en enormes blatodeos albinos, hasta que él mismo se fue achatando, ante el regocijo de sus jefes.

Alberto Sánchez Agüello
Managua Febrero 2014