A Manuel Membreño y su Flojera
Seis meses después de su despido por ajustes presupuestarios, estaba dispuesto a tomar cualquier trabajo. Ya no buscaba más aquellos que le permitiesen cultivar su creatividad, ni siquiera le importaba si pagaban más de mil dólares el mes. Era hora de tomar lo que fuera, incluso cobranza.
Así
fue como dio con una empresa relativamente nueva, de esas que aparecen un día
en los diarios y saturan la ciudad con vallas que las describen como enormes
familias que te ayudarán a crecer y ser feliz. Aplicó apenas vio el anuncio que
hablaba de una tercera ola de reclutas; para su alegría lo contactaron una semana después.
Su semana de entrenamiento fue más
fácil de lo que había imaginado, tomando en cuenta que jamás se había
enfrentado al mundo de los cobradores. Basados en su currículum le dieron un
ascenso automático de field agent a office retriever, que eran los eufemismos
en inglés que diferenciaban a los cobradores casa por casa de los que jodían
desde interminables hileras de cubículos dotados de teléfonos y computadoras.
El
día que le asignaron la suya, le dijeron que tendrìa de vecino
al mejor “recuperador” de la empresa,
un chico que se había convertido en una leyenda como agente de campo, con un record impecable de cobros en
tiempo y forma. Sentado frente a su computadora esperó que llegara el ánimo para comenzar aquella árida labor de perseguir morosos, buscando perder el tiempo, se asomó a su derecha y vio a un tipo flaco que estaba
dormido en su silla reclinable, no le dio la impresión de ser un cobrador
exitoso. Al inclinarse a su izquierda se quedó helado. Cerró los ojos creyendo
que su imaginación le estaba jugando una mala pasada, pero al abrirlos aquella
cucaracha blanca gigante seguía sentada ahí, tecleando rápido y con la placa de
“Gregorio” en letras doradas en una esquina de su escritorio pulcramente
ordenado. El enorme insecto -sintiéndose observado- se volteó, y en un gesto
que denotaba gran educación, le acercó una de sus patas con pelillos blancuzcos.
El se tragó los gritos horribles que querían estallar desde su garganta y le
dio la mano. Terminado el breve gesto de cordialidad, Gregorio volvió a su
teclado y él se dispuso a como pudo a trabajar.
El
asco y la repugnancia que sentía fueron bajando con el tiempo, en gran parte gracias
a la solidaridad y camaradería del mejor empleado de la oficina. Además, todos querían
ser como Gregorio, por eso, con el tiempo no fue nada extraño ver a otros
colegas convertirse lentamente en enormes blatodeos albinos, hasta que él
mismo se fue achatando, ante el regocijo de sus jefes.
Alberto Sánchez Agüello
Managua Febrero 2014


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