lunes, 8 de septiembre de 2014

MÚLTIPLE



En un patético intento de sabotear la cita tomé las rutas más largas y perdí todo el tiempo que me fue posible. Pero al final –a pesar de todos mis esfuerzos- estuve a la hora exacta frente a la puerta del lugar. Le dije mi nombre a la recepcionista y ella me indicó amablemente una de las sillas de la sala de espera.

No había revistas ni periódicos y a mí se me olvidó traer el último libro de Millas, casi mil páginas de textos, tan fantásticos que leo cada uno al menos tres veces y por eso nunca avanzo. Sin nada que leer me puse a recorrer cada grieta de la pared y analice los detalles del empapelado victoriano con sus esquinas rancias de humedad y me fui por el rodapié hasta llegar a los bordes de las paredes que parecían doblarse sobre mí.

En algún momento me quedé dormido y tuve el mismo sueño de los últimos seis años: estar en un cuarto de paredes de madera, cada pared llena de puertas  y por cada puerta un sonido de alguien golpeando con insistencia para entrar. En el sueño siempre me quedo quieto hasta que cesa el golpeteo, pero esta vez me levanté y abrí todas las puertas, pero no había nadie.

Al despertar me dolía mucho la cabeza, como si las venas de mis sienes quisieran estallar. Enfocando mi vista en la sala me di cuenta que estaba llena. Una variedad de pacientes me acompañaban en la espera: había una mujer en sus veintes, vestida de negro, piel pálida y cabellos largos quebradizos, a su lado dos hombres mayores, muy parecidos entre si, de barbas grises y ropas azules, parecían uniformes de fábrica. Más al fondo había un hombre con un aspecto de tener unos cuarenta, sin afeitar, casi calvo y sentado a su derecha un niño delgado, vestido de overall. Todos miraban hacia el piso con una especie de resignación o rabia contenida, sólo el niño me miraba con tristeza.

El silencio de esa gente me dio escalofríos y la mirada del niño parecía pedir algo de mí. ¿Quiénes eran ellos? ¿Qué clase de problemas los habían traído aquí? Estaban inmóviles, sus rostros inexpresivos sin hablar ni tocarse entre ellos.

Ya empezaba a desesperarme,  a punto de largarme del lugar cuando se abrió la puerta del Doctor Fernández y una señora con un anticuado vestido azul salió sin decir nada. Él me hizo señales de pasar y yo me levanté mareado de dolor. Con esfuerzo le ordené a mis piernas avanzar y caminé despacio hacia el interior del consultorio. Mientras pasaba el umbral de la puerta me percaté –con horror- que todos los demás venían caminando detrás de mí.

Alberto Sánchez Argüello


Managua Septiembre 2014 

Imagen: http://www.artelista.com/