En
un patético intento de sabotear la cita tomé las rutas más largas y perdí todo
el tiempo que me fue posible. Pero al final –a pesar de todos mis esfuerzos- estuve
a la hora exacta frente a la puerta del lugar. Le dije mi nombre a la
recepcionista y ella me indicó amablemente una de las sillas de la sala de
espera.
No
había revistas ni periódicos y a mí se me olvidó traer el último libro de
Millas, casi mil páginas de textos, tan fantásticos que leo cada uno al menos
tres veces y por eso nunca avanzo. Sin nada que leer me puse a recorrer cada
grieta de la pared y analice los detalles del empapelado victoriano con sus
esquinas rancias de humedad y me fui por el rodapié hasta llegar a los bordes
de las paredes que parecían doblarse sobre mí.
En
algún momento me quedé dormido y tuve el mismo sueño de los últimos seis años: estar
en un cuarto de paredes de madera, cada pared llena de puertas y por cada puerta un sonido de alguien
golpeando con insistencia para entrar. En el sueño siempre me quedo quieto
hasta que cesa el golpeteo, pero esta vez me levanté y abrí todas las puertas,
pero no había nadie.
Al
despertar me dolía mucho la cabeza, como si las venas de mis sienes quisieran
estallar. Enfocando mi vista en la sala me di cuenta que estaba llena. Una
variedad de pacientes me acompañaban en la espera: había una mujer en sus veintes, vestida de negro, piel pálida y cabellos largos quebradizos, a su lado dos hombres mayores, muy parecidos entre si, de barbas grises y ropas azules, parecían uniformes de fábrica. Más al fondo había un hombre con un aspecto de tener unos cuarenta, sin afeitar, casi calvo y sentado a su derecha un niño delgado, vestido de overall. Todos miraban hacia el piso
con una especie de resignación o rabia contenida, sólo el niño me miraba con
tristeza.
El
silencio de esa gente me dio escalofríos y la mirada del niño parecía pedir
algo de mí. ¿Quiénes eran ellos? ¿Qué clase de problemas los habían traído
aquí? Estaban inmóviles, sus rostros inexpresivos sin hablar ni tocarse entre
ellos.
Ya
empezaba a desesperarme, a punto de largarme
del lugar cuando se abrió la puerta del Doctor Fernández y una señora con un anticuado
vestido azul salió sin decir nada. Él me hizo señales de pasar y yo me levanté
mareado de dolor. Con esfuerzo le ordené a mis piernas avanzar y caminé
despacio hacia el interior del consultorio. Mientras pasaba el umbral de la
puerta me percaté –con horror- que todos los demás venían caminando detrás de
mí.
Alberto
Sánchez Argüello
Managua
Septiembre 2014
Imagen: http://www.artelista.com/


No hay comentarios:
Publicar un comentario