El
príncipe Thorvald cabalgó sobre Sleipnir, durante
siete días y siete noches, hasta dar con una muralla de espinas que parecía
tocar el cielo.
Había
alcanzado la frontera del país de los sueños, tierra maldita por la Völva más poderosa del norte.
El
príncipe amarró el caballo a uno de los árboles sin hojas y se despojó de ropas
y armas para ser digno del reto de despertar a la doncella durmiente.
Hirió
su piel con las duras espinas y escapó sangrante de las garras afiladas de los
dragones encadenados en la zanja putrefacta detrás de la muralla.
Caminó
entre los pobladores dormidos de la ciudad y alcanzó la torre blanca de la que
hablan los cantares legendarios.
Mientras
subía los cuatrocientos escalones que llevan al único aposento de la torre, Thorvald pensaba en la dote que estaba a punto de obtener: un reino de inmensos tesoros, una doncella casta y pura que le daría hijos rubios de frente altiva, que junto a él conquistarían tantas tierras cómo alcanza la vista en el
horizonte.
Todo
esto ocupaba la mente del noble Thorvald, cuando finalmente atravesó la puerta de
madera y sus ojos contemplaron la magnífica belleza de una mujer desnuda de cabellos dorados que reposaba inánime en una
cama de piedra.
Ávido
de tocar aquel cuerpo para hacerlo suyo junto con el reino de súbditos leales,
se acercó y besó con fuerza sus labios fríos.
…
Horas
después la mujer lamía las últimas gotas de sangre de sus hermosos labios.
Con su estómago lleno de vísceras, carne y hueso sólo restaba volver a dormir plácidamente.
Alberto
Sánchez Argüello
Managua
Septiembre 2014
Imagen: internet


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