miércoles, 10 de septiembre de 2014

THORVALD



El príncipe Thorvald cabalgó sobre Sleipnir, durante siete días y siete noches, hasta dar con una muralla de espinas que parecía tocar el cielo.

Había alcanzado la frontera del país de los sueños, tierra maldita por la Völva más poderosa del norte.

El príncipe amarró el caballo a uno de los árboles sin hojas y se despojó de ropas y armas para ser digno del reto de despertar a la doncella durmiente.

Hirió su piel con las duras espinas y escapó sangrante de las garras afiladas de los dragones encadenados en la zanja putrefacta detrás de la muralla.

Caminó entre los pobladores dormidos de la ciudad y alcanzó la torre blanca de la que hablan los cantares legendarios.

Mientras subía los cuatrocientos escalones que llevan al único aposento de la torre, Thorvald pensaba en la dote que estaba a punto de obtener: un reino de inmensos tesoros, una doncella casta y pura que le daría hijos rubios de frente altiva, que junto a él conquistarían tantas tierras cómo alcanza la vista en el horizonte.

Todo esto ocupaba la mente  del noble Thorvald, cuando finalmente atravesó la puerta de madera y sus ojos contemplaron la magnífica belleza de una mujer desnuda de cabellos dorados que reposaba inánime en una cama de piedra.

Ávido de tocar aquel cuerpo para hacerlo suyo junto con el reino de súbditos leales, se acercó y besó con fuerza sus labios fríos.


Horas después la mujer lamía las últimas gotas de sangre de sus hermosos labios. Con su estómago lleno de vísceras, carne y hueso sólo restaba volver a dormir plácidamente.


Alberto Sánchez Argüello
Managua Septiembre 2014 

Imagen: internet