viernes, 9 de abril de 2010

El Cadejo



Fabián caminaba en las calles, descalzo con piernas flacas como fideos, con un ligero renqueo en una de ellas, un jeans que ya parecía pescador, camisa de harapos apenas unidos en una mezcolanza de rojos y grises desteñidos. Las llagas en sus muslos y brazos eran las marcas de una historia bajo el sol de Managua y su rostro, iluminado por una sonrisa amplia y cristalina, con sus barbas y bigote negro descuidado, mostraban una edad indefinida, tal vez veinte o treinta, subía y bajaba en años según el calor irradiado por sus ojos oscuros, que a veces parecían incendiar su paso y otras soplaban gélidos pensamientos inconfesables.


Sus pies llenos de costras, recorrían sin rumbo monseñor Lezcano, Altamira, Bello Horizonte, Las Brisas, Belmonte, La Centroamérica … Nunca descansaba y nadie sabía a donde iba, ni de donde venía, solo le veían caminando con grandes zancadas y movimientos amplios de los brazos, deteniéndose solo para dar una vuelta sobre si mismo, cual si fuera un planeta, como los derviches que entran en trances cósmicos. Al girar, sus ojos se cerraban y su boca se expandía mostrando un éxtasis como ningún Managua había visto jamás en otro loco de su ciudad.

Algunos viejitos jubilados, de los que venden lotería por el parque Las Piedrecitas, dicen que Fabián había vivido más de diez años internado en el kilómetro cinco, en el Hospital Psicosocial José Dolores Fletes, el psiquiátrico como lo conocen los managuas. Dicen que una viejita vino de León en taxi con un muchacho amarrado con una cuerda de cabuya gruesa; decían que se llamaba Fabio Martínez Leiva y que le habían diagnosticado Esquizofrenia a los dos días de internado; al inicio era tan violento que lo habían electrocutado hasta dos veces a la semana como forma de terapia, hasta que se fue calmando y pasaba horas quieto en las verjas de la entrada al hospital, extendiendo la mano hacia los transeúntes por cigarros y tortillitas. Uno de los vende lotería decía que durante el primer año la viejita venía cada mes con mudadas nuevas pero que ya luego nadie la volvió a ver y el muchacho se convirtió en un paciente sin visitas ni futuro, un nombre perdido en un expediente, hasta que un día se escapó por una malla y nadie lo fue a buscar.

Al comienzo lo veían subiendo y bajando la cuesta de la empresa aguadora hacia Las Piedrecitas, siempre con sus giros características. Ya después apareció por el siete sur y el Banco Central, hasta que se fue haciendo normal verlo recorrer Managua, otro loco perdido en el escenario caótico de la capital.

Un día dicen que Fabián murió, pero algunos creen que eso no es cierto, que se fue a Costa Rica para seguir caminando en el parque de la merced, entre las estatuas Deheredia, por las calles de San José y Alajuela; solo Chico Martínez de Monseñor Lezcano afirma saber exactamente lo que fue de aquel caminante sin rumbo.

Chico limpia vidrios en los semáforos de Rubenia y le cuenta a todo el que se deja la historia de Fabián; una vez entrando a Managua desde Estelí en el viejo Land Rover año 72 de mi abuelo, escuché su cuento en medio de una caravana de veinte buses repletos de niños venidos de somotillo, Matagalpa y Jinotega con destino al Parque de las Niñas y Niños Felices, una instalación temporal del gobierno para las navidades del dos mil nueve, un parque con una alucinante mezcla de una pista de patinaje de hielo y exposiciones de armas militares. Ahí en medio de la algarabía de los chiguines, que por primera vez conocían la capital, Chico recitó desde el asfalto caliente su historia:

“Y ese loco siempre andaba por todos lados, si hasta parecía el judío errante con sus patas hinchadas de tanta calle. La gente se le corría pero no hacía nada, solo dar vueltas como trompo, así, mire, así mismito. Y fíjese que un día estoy ahí en la parada de los busitos de la UCA, era un sábado como a las nueve de la noche, yo me había venido de Diriamba de un rumbito y estaba con mis traguitos, un buen guarón, pero nada de estar bolo, si viera que yo aguanto como animal, parecen varas. Pero le decía pues, que me arrecuesto en la banca de las paradas jodidas esas que dejó Herty y veo venir al loco del lado de la rotonda en media calle, con esos ojos brillantes que solo él tenía y va a venir una busito de los de granada arreado, el chofer viendo al icaco o quien sabe que mierda. La cosa es que el loco da un giro y se lanza frente al busito y lo estampó todito, salió como pelota el pobrecito si hasta se escuchó el madre turcazo y yo ahí viendo todo. Y la cosa es que el bus se para medio abollado ahí adelante, así que el chofer se baja todo asustado y él yo buscamos al maje y ¿va a creer que nada hallamos?, si es que buscamos hasta en radio Ya, por la UCA, en las paradas, nada, nada, ni rastro; ¿se habrá echo polvo el hijueputa? decía yo, hasta que en la cuneta bajo el puente vimos unos trapos revueltos y era la camisa hedionda y el pantalón del loco, pero nada más. El chofer aprovechó y pegó la guinda, solo yo quedé con la duda, ¿adonde se fue en bola y cachimbeado?. Pero ese no es el cuento, no, fíjese que al día siguiente, domingo sin luna, noche cerrada pues, yo que voy caminando en esa pasada que hay desde la universidad de ingeniería hasta la laguna Tiscapa, y estando ya por la entrada de Villa Tiscapa, ahí por el chamanse empiezan a escuchar perros aullando por todos lados y como que algo grande se movía en el monte por el lado del cauce, y se me deja venir un animal en la oscuridad. Era un perro casi de mi tamaño, negro, tan negro que se confundía con la noche, menos los ojos brillantes y rojos como fuego y yo me quedé de palo, casi me cago del susto, pero cual es mi sorpresa cuando se me pone al lado, se que me queda viendo y yo que empiezo a caminar y él que me acompaña, yo con el culo fruncido y cerrando las piernas para que no se pudiera meter debajo y me llevara al infierno, pero él tranquilo, quedito, como si fuera mío. Yo seguí pues y cuando llegamos al cruce se dio la vuelta y se regresó hacia la oscuridad, ahí me fijé que renqueaba de la pata izquierda y que giraba como trompo cada tres o cuatro pasos y ahí si me quedé helado, porque ese era Fabián, por esta que era él, yo me persigné tres veces y salí papeleado hacía la loma”

Los buses por fin pasaron y le pasé diez pesos a Chico y me fui pensando en aquella historia, revisando camino a casa los cajellones y los cauces imaginando si aquel perro negro estaría caminando entre los árboles y las casas de metal y plástico de los asentamientos. Pensaba que Fabián nunca había dejado de caminar y que seguro nadie como el conocía mejor la monstruosidad urbana de Managua. Yo volví a ver varias veces a Chico, siempre limpiando vidrios en Rubenia, o con cartones con anteojos oscuros y alguno que otro accesorio para celular. Siempre afirmaba haber visto aquel perro negro y que otros también lo habían visto en el oriental una noche o en carretera norte cuando ya no había vendedores.

Yo nunca lo he visto, pero ahora me fijo más en todos los alucinados que recorren mi ciudad, hombres y mujeres que duermen y viven solos entre el asfalto y la buena voluntad de algunos; haciendo suyas las esquinas de los parques y las sombras de los monumentos, invisibles a los ojos de la mayoría, igual que los perros vagabundos. No conocemos sus historias y nos muestran la cara amarga de esta ciudad, la locura que camina, entre ellos Fabián, el Cadejo.


Imagen: Xilografia Cadejo Robert Barberena

Alberto Sánchez Arguello
24 Julio 2010