domingo, 18 de abril de 2010

La Carreta Nagua


Managua tiene fiebre, ya alcanzó los cuarenta grados y aunque ya han pasado más de siete horas desde la puesta del sol, parece que el frescor de la noche no va a llegar nunca, es Abril del dos mil diez y las lluvias aún se harán esperar. La ciudad está inquieta en su cama, en los barrios y los asentamientos, la gente se remueve en sus cuartos, mojados de sudor, entre ellos Doña Marta Espinales. A sus sesenta años, a pesar de estar acostumbrada al infierno de Chinandega, la capital no la deja de sorprender ingratamente Doña Marta cada día, y su cuerpo, de por si envenenado de agroquímicos, se retuerce por el sopor.

Doña Marta se levanta de su hamaca, jadea quedito por falta de aire, obligando a sus pulmones a responderle, mientras se tranquiliza mira hacia los lados reconociendo los plásticos negros que sirven de casa para ella y su marido en la ciudadela del Nemagón, refugio olvidado de campesinos, hombres y mujeres que trabajaron y vivieron en bananeras en occidente en los años 70 y 80, cuando las irrigaciones del Fumazone se hacían desde las mismas tuberías de agua potable, cuando por las noches las bananeras usaban las tuberías para el riego del veneno sobre las plantas y de día, de las mismas tuberías, los trabajadores bebían agua, cocinaban y se bañaban en veneno.

Doña Marta, al igual que miles de otras mujeres había sufrido un aborto por el veneno y un cáncer de útero junto con un hígado enfermo y sus articulaciones duelen tanto que por días pasa sin poder moverse.

Ella está cansada de esperar, marchó ciento cuarenta kilómetros de Chinandega a Managua junto a mas de cinco mil campesinos y campesinas en el dos mil cuatro, lleva cinco años junto a Casimiro, viviendo bajo plástico negro; ha visto a los hombres marchar en calzoncillos buscando la atención de los diputados, ayudó a poner cruces y hacer fosas en alguna ocasión y ella junto con los demás pasó la vergüenza de tener que esconderse para que pasara el “Carnaval por la vida” cuando Herty Lewites era alcalde y ellos afeaban la vía publica. Pero ella sabía que así era Managua y que ellos no eran más que una parte del paisaje, una postal que recordaba la miseria del país.


Doña Marta está acostumbrada a sentir como su cuerpo se consume cada día un poco mas, cada vez menos aire, cada vez menos energía para cocinar un plátano en el fogón y preparar el café para el día, pero en medio del silencio muerto de esta noche sin luna, siente algo distinto, como un peso en el vientre, un dolor agudo en el corazón, se ha dado cuenta que su tiempo ya está extinto y ha decidido que no va a luchar más, la verdad es que ya quiere descansar.

Entonces escucha los aullidos de los perros, un sonido largo y triste, se da cuenta de que a pesar de que no son más de la una de la mañana en viernes, no hay vehículos circulando ni nadie cruzando en las cunetas. Cierra los ojos para escuchar más allá y poco a poco llegan a sus oídos otros sonidos desde el lago, algo viejo, como a punto de quebrarse, una bulla como de huesos pegando con huesos, al poner sus pies en la tierra puede sentir un movimiento, lento, pesado, y mientras mas cerca está los aullidos se vuelven mas lastimeros, casi desesperados, hasta que no hay mas nada, solo el sentimiento claro de que algo viene subiendo por la antigua Roosevelt, la calle principal.

Doña Marta se incorpora de la hamaca, sus piernas flacas con costo le dan para caminar pero ya llegó el momento y siente una paz que en los tres años de estar en el campamento no ha experimentado.


Recuerda su infancia cuando escuchó aquel mismo sonido, en su comunidad de Chinandega, “llega la carreta” le había dicho su tata y ella se había quedado muda del espanto imaginando miles de esqueletos arrastrándose en la oscuridad; ahora ella no tiene miedo, ella conoce el verdadero horror, los niños nacidos sin cerebro, las “niñas de trapo” que no pueden hablar, ni caminar, ni agarrar, con huesos débiles y frágiles, ella conoce el espanto de los agroquímicos.

Ahora espera agradecida de que halla llegado hasta ahí por ella, es como recuperar un poco de dignidad en medio de tanta desgracia.

De pronto su cuerpo le responde como si tuviera veinte años menos, nadie se percata de aquel milagro, en aquella noche los únicos despiertos son ella y los grillos que habían enmudecido ante el espectro que estaba acercándose a la ciudadela.


Doña Marta respira el aire seco y besa la frente de su Casimiro, es hora de partir, camina descalza hacia la calle a tiempo de recibir la enorme carreta desvencijada que jalan un par de bueyes oscuros y flacos, arriba, la Quirina, una mujer de vestido blanco que le llega hasta los tobillos y largos cabellos negros le señala la parte de atrás y Doña Marta se monta, al hacerlo siente un cosquilleo por todo su cuerpo y es como si un sueño le entrara desde los pies hasta dejarla en un estado casi inconciente, intenta aún ver el rostro de la mujer pero la oscuridad de la noche y sus cabellos lo ocultan, a pesar de los postes de luz las sombras siempre parecen cubrirla.


La carreta empieza a moverse y parece haber otros con ella, pero solo reconoce siluetas como echas de humo a su alrededor, la marcha lenta pero segura continua hacia arriba, buscando la loma del Hospital Militar, afuera mira al guarda de king cuality dormido, totalmente derrotado por el calor, y más arriba los trasvetis durmiendo en las bancas, solo uno de ellos medio dormido mira la aparición y se pone tan blanco que parece papel de lino, Doña Marta sonríe.


Ya casi cerrando los ojos Doña Marta se da cuenta que la siguiente parada es la catedral, seguramente la carretonera tiene pasajeros pendientes entre los cañeros, algún riñón habrá fallado en la espera eterna del dialogo con la familia mas rica de Nicaragua, no importa, en la carreta hay espacio para todos, y con ese ultimo pensamiento cierra totalmente sus ojos.


NOTA: imagen foto de JAIME BUITRAGO GIL

Alberto Sánchez Arguello
18 Abril 2010