Rebeca despierta sobresaltada. Están golpeando a la
puerta. Se levanta adolorida después de horas dormida en el piso del baño.
Asustada, se deshace de la prueba de embarazo que compró en el mercado negro,
una que aseguraron era irrastreable.
Mientras camina hacia la sala, raya su plan para la tarde:
salir a donde su amiga de la farmacia que tiene un amigo que tiene una amiga
que sabe donde se pueden conseguir las pastillas. Puede aprovechar para tomarse unas vacaciones y completar el tratamiento sin
testigos en una cabaña de playa, lejos de su familia, lejos de los ojos y oídos
de la ciudad.
Cuando mira por la ventana de la entrada siente que se
desmaya: un funcionario acompañado por dos enfermeras le sonríe mientras le
saluda. Rebeca se queda un tiempo pensando que puede ser
una casualidad, tal vez equivocaron la dirección y es la vecina a la que
buscan. Confiada los deja entrar y les
ofrece agua. Ellos se acomodan y le piden sus datos, para entonces ya es muy
tarde, no queda más remedio que cooperar.
El funcionario cierra el expediente y felicita a Rebeca
mientras le coloca el brazalete localizador en el tobillo derecho. El hombre le
recuerda que el aparato enviará señales del bebé a la estación
central de salud familiar, agrega con una sonrisa que su libertad depende del
cuidado que tenga en su embarazo.
Ellos salen dejando varios trípticos con información de la
gestación y el parto, todos con el lema gubernamental “¡Ciudadana gestar hijos
es hacer patria!” Rebeca tira los textos a la basura y se queda viendo la calle
desde la ventana: las primeras hojas de otoño ya tapizan el asfalto y las
aceras. Por un momento piensa en advertir a sus amigas sobre las supuestas
pruebas irrastreables del mercado negro, pero pierde la voluntad “que se jodan
-piensa- ya verán estos la patria que haré” minutos después toma el cuchillo
más largo de la cocina y regresa al baño.
Alberto Sánchez Argüello
Managua Nicaragua Julio 2013
Imagen: pintura de Frida Kahlo


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