viernes, 18 de febrero de 2011

EL CALLEJON


En el mero centro del mercado Oriental, cerca de la venta de chicha y los tramos de electrodomésticos, existe un callejón donde habita el corazón negro del universo, apenas sostenido por las manos temblorosas de Don Fabián Buitrago.

Yo lo vi una vez. Fue en abril, una semana antes de irme a trabajar a San José. Mi mama me mandó a comprar una tela a la casa de los encajes, pero yo me entretuve en la zona de video juegos y luego me dieron ganas de orinar.

Me metí rapidito a un callejón que no conocía. Era un lugar muy estrecho, con costo se alcanzaba de costado. Las paredes eran largas, manchadas de grasa y contil. Un olor penetrante a orín emanaba del espacio y el piso era de asfalto, muestra de una de tantas calles consumidas por el avance del mercado.

Como andaba reventando me puse a regar la pared nomás entré. Me tomé mi tiempo, aunque sentía algo raro, como que no estaba solo. A pesar de la sensación terminé tranquilo con mi urgencia. En lo que me estaba sacudiendo, ya para salir, me fijé que al fondo, en la oscuridad, se distinguía una silueta.

Mi curiosidad me impulsó hacia la figura. Me fui acercando quedito y empecé a sudar ¿Qué estoy haciendo? Me pregunté, bien podría ser un ladrón o un huelepega y yo acabaría tendido en ese callejón. Pero ya no había marcha atrás, estaba demasiado cerca para alejarme. Ya casi estando en el fondo del callejón me pude serenar. Era un viejito, del tamaño de un niño. Barba blanca espesa, moreno y con un par de ojos brillantes y negros como carbones. Su espalda estaba apoyada en la pared de la derecha y con sus dos brazos parecía sostener la pared que tenía enfrente.

-¿Te vas a quedar viendo o me vas a ayudar?- me dijo sin verme. Yo sin saber muy bien que hacer me acerqué y me coloqué igual que él: con mis manos en la pared. Apenas había puesto las palmas contra el cemento, sentí como un hormigueo en todo el cuerpo. Esto está raro pensé, cuidado y me quiere hacer este algo este viejo. –No te voy a hacer nada chavalo, toda mi energía la tengo invertida en detener este muro- me dijo como si adivinara lo que estaba pensando.

Hasta ese momento no me había detenido a pensar en lo extraño de toda la situación. Parecía un sueño, de aquellos en que uno vuela y el mundo está patas para arriba, pero a uno le parece todo de lo más normal. Estaba en estas reflexiones cuando el viejito me tomó del brazo y me jaló despacio hacia él. Yo me acerqué y ya estando lado a lado pude distinguir que andaba vestido de camisa y pantalón de algodón blanco, igual que las imágenes de los indígenas Matagalpa que aparecen en los libros de historia. En las muñecas de sus manos portaba unas pulseras echas de conchitas marinas y en los pies calzaba unos caites que aparentaban contar con la edad de su dueño

-Me llaman Fabián Buitrago, aunque mi verdadero nombre no es ese, pero es impronunciable en la lengua de los españoles- me dijo el viejito mientras seguía sostenido a mi brazo –Soy el último tlamatinime del calmecalt del norte. Me vine a Managua por la cobardía de no querer enfrentar la muerte del olvido. Hace diez años ya, en un sueño profundo Xochipilli, el príncipe flor, me dio la misión de resguardar el corazón negro del universo, oculto entre las sombras de este callejón- Yo que no sabía, si este hombre era un loco o un borracho delirante, empecé a moverme lentamente hacia la salida, pero Don Fabián no me soltó y por primera vez me miró a los ojos – Te voy a enseñar- me dijo y todo a mí alrededor se hizo oscuridad.

Lo primero que experimenté fue un sensación profunda de vértigo y luego un horror intenso al no poder sentir ni mis brazos ni mis piernas. Lo más parecido a aquel estado me había pasado al despertar de una operación. En aquella ocasión trataba de ordenar a mis extremidades que se movieran, pero no lo hacían, se quedaban quietas como si no fueran mías.

Miré a mí alrededor y me encontré flotando en una inmensidad oscura en la que titilaba a lo lejos un punto luminoso, como una tenue llama flotante. De repente la luz se hizo más y más pequeña hasta convertirse en un punto, que sin previo aviso estalló, desatando una luminosidad tan fuerte que quedé ciego por un tiempo que yo calculé como varios días. En ese lapso, traté de entender como era que no experimentaba hambre, ni frío o calor, y más aún, no respiraba. Imaginé que el viejo me habría matado allá en el callejón y ya no había necesidad de temer o preocuparme.

Cuando finalmente fui recuperando mi vista, el entorno había cambiado mucho. Incontables partículas luminosas se movían en espirales concéntricas a mí alrededor, chocaban entre sí y se expandían hasta conformar nuevas espirales. Entre ellas se movía en soledad una partícula oscura, tanto, que parecía un agujero flotante en medio de la oscuridad, era difícil detectarla entre tanto movimiento. En algún momento dejé de interesarme en aquella partícula y me perdí en aquellos bailes, sin darme cuenta en que momento el ritmo se hizo frenético. Por lo poco que había visto en las materias de física y química del colegio, entendí que estaba siendo testigo de los inicios del universo.

Las espirales se hicieron gigantescas y nacieron ante mí miles de soles, que se fueron tornando blancos, rojos y amarillos, hasta morir en gigantescas explosiones de las que surgieron nuevos bailes de polvo y luz que se fueron condensando dando origen a planetas, que giraban alrededor de nuevos soles, los cuales volvían a explotar. Este ciclo se repitió muchas veces, hasta que nació un planeta en particular que se fue haciendo azul y entendí que era el mío.

Sin saber como, me encontré flotando en la atmósfera de la tierra, contemplando el surgimiento de los volcanes, los mares y los bosques. Todo se movía tan rápido que casi no me percaté de aquella partícula oscura, que sigilosamente se hundió en el fondo del mar.

Miré los primeros organismos en el agua, las algas, los peces, los anfibios, enormes dinosaurios y finalmente los primeros seres humanos. Vi nacer la agricultura y los primeros pueblos. Miles de años de historia, fluyeron como las aguas rápidas de un río y súbitamente las grandes ciudades habían nacido y solo bastó pensar en mi país para trasladarme a Managua. Presencié entonces el desastre de sus dos terremotos y el nacimiento y desarrollo del mercado donde suponía que yo había muerto. Avancé con rapidez hacia el interior del Oriental hasta entrar al callejón y sentí que el corazón se me salía cuando me miré a mí mismo de pie, sosteniendo la pared.

-¿Lo vistes?- me preguntó Don Fabián mientras me soltaba, y yo con un hilo de voz, porque aún estaba tratando de recuperarme, le respondí –¿Ver qué?- el se sonrió con un gesto de maestro experimentado – El corazón negro del Universo, esa partícula oscura que te llamó la atención- Entonces entendí, las imágenes aún aparecían y desaparecían en mi memoria, pero todo cobró sentido. –Pero había caído en el mar- le dije con un poco más fuerza. Don Fabián dejó de sonreír y colocando de nuevos sus dos manos en el muro me habló sin verme – En vísperas de la llegada del sexto sol, el corazón negro del universo, trasmutado por los eones de su reposo en el fondo marino de esta nuestra tierra, se ha convertido en un tragamundos, atrapado entre dos dimensiones-Yo me sentía mareado, quería irme lejos de ahí y no escuchar más la voz del viejo.

-¿Y qué pasa si suelta la pared?- le pregunté sin entender bien porque había dicho eso. Don Fabián guardó silencio, sus manos temblaban y se podía notar el cansancio de su cuerpo – La pared se rompería y la división de los mundos con ella. Muerte y vida serían lo mismo, la luz y la oscuridad se abrazarían sin posibilidad de separarlas. Los mil seres y las mil cosas se fundirían entre sí hasta ser tragados por el corazón negro del universo, por siempre- volvió a callar un momento y por última vez me miró – ¿Me ayudarás?

Yo me fui. Salí corriendo despavorido por el mercado, no compré la tela ni miré para atrás ni un momento. A la semana ya estaba en Costa Rica, trabajando en el taller de mecánica de mi tío Carlos, lo más lejos que pude alejarme de aquel lugar.

Al terminar el día, mientras me limpio la grasa y el aceite, pienso en el callejón, recuerdo al viejito que sostiene al corazón negro del universo y mi estómago se siente como hielo. Quiero pensar que él seguirá sosteniéndolo, pero cuando estoy acostado, me termino durmiendo con la duda de cuanto tiempo más resistirá.

Alberto Sánchez Arguello 18 Febrero 2011

Cuento realizado en el marco del Taller Creación Narrativa impartido por Isolda Rodríguez Rosales ANIDE 5 y 12 Febrero 2011