lunes, 25 de octubre de 2010

EL CENTURION


Apenas asomaba su ígnea faz el sol, cuando el centurión Ragnomac ya estaba de guardia en los linderos del reino subterráneo. A lo lejos se divisaban los impertérritos soldados, en perfecta formación, a la espera del cambio de turno, mientras los exploradores regresaban de sus rondas nocturnas por los vastos terrenos ignotos.

Ragnomac meditaba, como todas las mañanas, contemplando las llanuras de los bosques áureos. Su esplendida mente languidecía en los soporíferos brazos de una paz no deseada. Agotados estaban los flamígeros días de guerra, cuando el reino era una promesa y apenas existían como hordas sedientas de conquista.

Hermosos fueron aquellos tiempos, en los que se cultivaron los héroes de leyenda. Habían pasado para dejar lugar al vacío profundo de la rutina militar, despojando a Ragnomac de un justo lugar en la historia del reino.

Ensimismado en sus pensamientos el centurión fue súbitamente interrumpido por Estorgan, el decurión más joven del regimiento

-Mi centurión, el explorador que ha vuelto de los valles de la muerte, ha divisado hacia el sur la presa más grande que sus ojos hayan podido admirar, está herida y no puede moverse, se necesitará toda la centuria para traerla al reino- El centurión, más que molesto por la interrupción, sintió una súbita emoción ante semejante tesoro encontrado – ¡Por la gran pisada! Informa a todos los decuriones, que se formen los soldados en la raíz del gran limonario, diles que la partida es inminente- ordenó.

La recompensa era excelsa pero grandes eran los peligros. La ubicación de la presa estaba en tierras prohibidas, donde habitaban los Dioses gigantes, los que oscurecen el cielo y destruyen todo a su paso. Muchos habían perecido ya por atreverse a invadir aquellos territorios y la reina no aprobaba tales riesgos innecesarios. Pero Ragnomac era ambicioso, ya desde su niñez, en los insondables túneles laberínticos del reino subterráneo, se había imaginado a si mismo como el favorito de la soberana y esta osada empresa se le presentaba como la oportunidad que había esperado durante diez solsticios, era el momento de reclamar su puesto en la historia.

Ya reunida la tropa, Ragnomac se instaló entre algunas hojas de limón, calmó los ánimos con un gesto firme y les arengó, como si aquellas fuesen sus últimas palabras –Legión, fieles soldados del reino subterráneo. Tenemos ante nosotros la inminente llegada del cruel invierno, el monzón nos acecha como mil arañas en sus redes de cristal. De nosotros depende la supervivencia de los ciudadanos y ciudadanas del reino. Un valiente explorador nos informa de una enorme presa hacia el sur, en las tierras malditas, el riesgo es grande pero la victoria nos pertenece porque somos los más rápidos y los más fuertes. Nuestra victoria dará provisiones para los jardines reales y todos comerán y brindarán en nuestro honor… nadie los olvidará, sereis inmortales- los vítores y epítetos de exaltación que siguieron colmarían todas las páginas de esta modesta historia, baste decir que algunos juraron morir por el centurión si aquello fuese necesario y todos se aprestaron a marchar ciegamente sin temor, a una muerte que a otros habría parecido segura.

La larga travesía que siguió cuenta ya con un lugar de honor en las tradiciones orales del reino subterráneo. Destacan a manera de anécdotas imprecisas, las coplas improvisadas por Brugambir el viejo, al que solo le restaban dos lunas para su retiro y el cruento enfrentamiento con dos escarabajos gigantes en el que murió Estorgan, vaticinando un final funesto, que fue desestimado por el Centurión.

Cuando el sol ocupaba su trono en la mitad del cielo, flagelando las espaldas de los valientes soldados, la tropa ya divisaba el monumental ser, herido de muerte, pero aún moviendo unas gigantescas patas hacia el cielo, como invocando la ira de los Dioses. Los decuriones rápidamente formaron a los soldados para rodear la presa y a la voz del centurión lograron levantarla entre vaivén y vaivén, hasta que pudieron estabilizarse para retornar seguros a casa.

Entre las piedras gigantes del valle de la muerte, la tropa fue capeando los cañones rectilíneos que obstaculizaban su paso, cambiando de posición y escapando de morir bajo el peso de la enorme presa. El retorno era desesperado, bajo la constante amenaza de los Dioses. El centurión enviaba soldados a la retaguardia para asegurar que no hubiese ninguno a la vista.

Un ominoso silencio antecedió la tragedia, el único sobreviviente relataría después para asombro de las multitudes, que los cantos de los pájaros y los zumbidos de las abejas cesaron en perfecta sincronía.

Uno de los soldados retornó corriendo para comunicar lo temido – ¡Un Dios se acerca desde el Este!- los decuriones miraron aterrorizados al Centurión, pero Ragnomac estaba enceguecido por un poder que ya sentía suyo –¡Vamos!- ordenó –estamos a un paso de lograr esta magnifica victoria, ya están visibles las grandes murallas de barro- en efecto, el valle ya terminaba y los soldados obedientes a su líder no se dispersaron, más bien redoblaron el paso con sus últimas energías.

De pronto el sol se oscureció, una sombra cubrió a los soldados y el tiempo se detuvo. Los decuriones tuvieron tiempo de maldecir al Centurión y los soldados intentaron una carrera imposible, luego todo fue silencio.

Ragnomac yacía destrozado en el valle de piedra. Con enorme dolor volteó hacia atrás para contemplar los cuerpos sin vida de toda la legión, la presa destrozada cubría la mayoría de ellos, como un inmenso manto funerario. En su mente, imaginó la estatua que le sería erigida en la sala de los héroes, ensalzando justamente su coraje y bravura y mientras el último halito de vida se le escapaba, alcanzó a oír, como un trueno, las palabras ininteligibles del Dios que los había matado:

– ¡Inés! ¿Cuántas veces te he dicho que cuando barras no dejés las cucarachas muertas en el patio? ¿No ves que luego las hormigas las andan paseando? ¡Me enturca esta mierda!


Alberto Sánchez Arguello
25 Octubre 2010