Mi hijo me arrancó la cabeza
sin querer. Exasperado por alguna palabra me tomó del cuello y mi cráneo salió
cuesta abajo, por las calles de la ciudad. En vez de desesperarme, disfruté el
viaje, entre gatos hambrientos y caminantes que me esquivaban con asco. Un par
de semanas después terminé en objetos perdidos. Me colocaron en una vitrina junto a zapatos gastados y llaves de diversos tamaños. Por las tardes veo pasar a mi hijo, de la mano de mi
cuerpo. Se ven felices.
Alberto Sánchez Argüello
Managua Marzo 2016


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