martes, 10 de noviembre de 2009

QUINTO CAPITULO CHICO LARGO Y CHARCO VERDE: El Señor del espejo ahumado


Al amanecer Miguel se sentó a desayunar en un claro de aquel monte espeso, el suelo estaba totalmente cubierto de hojas secas y los árboles eran tan altos que mareaba ver hacia arriba de ellos. Si lo escuchabas con atención parecían emitir un sonido sordo como si una enorme energía saliese de ellos, “era la fuerza de la vida” le había explicado un día su papá, “en el trópico seco los árboles necesitan mucha fuerza para crecer tan alto y si te acercás a ellos la podés sentir”

Miguel sacó la comida de la alforja y se puso a comer tratando de reconstruir en su mente los eventos de los últimos días, tenía que descubrir quien era Chombo y donde encontrarlo, ya no sabía hacia donde ir y se sentía agotado por el desvelo de la noche anterior así que se fue quedando dormido hasta que se acostó en las hojas secas con la comida al lado.

Al mediodía se despertó, el sol le hería los ojos desde arriba y la comida se la había llevado algún animal del bosque. Se incorporó y sintió el corazón oprimido, estaba descansado pero no habían respuestas y gritó con fuerza hacia los árboles “¡¡Chombooo!!” pero sólo el sonido de las ramas movidas por el viento le respondió, se incorporó un poco y miró que una de las piedras negras se había salido de la alforja, se dijo a sí mismo que aún no era el momento para usar sus regalos, que antes podía preguntar a las personas que se encontrasen cerca y así lo hizo.


Miguel se fue casa por casa en la zona en la que estaba, y a todos preguntaba por Chombo pero nadie le decía lo que necesitaba. En una casa de adobe rojo una señora grande con tres niños le dijo que el pulpero del pueblo se llamaba Jerónimo y que tenía fama de hierbero, pero cuando llegó a ver al hombre, este le dijo que no sabía nada de Chico Largo ni de Ometepe, así que Miguel siguió su búsqueda por los caseríos hasta que cayó la tarde y la luna volvió a asomarse para ver al muchacho que ya tenía las piernas cansadas de tanto ir y venir sin ningún resultado.

Finalmente se agotó su paciencia y las casas también, ya no había nadie a quien preguntar y Miguel se encontró solo de nuevo al caer la noche. Así que, con las últimas esperanzas, metió su mano en la alforja y acarició en su mano una de las piedras negras. La sacó despacito y murmurando una antigua plegaria que le había enseñado su abuela; la lanzó lo más fuerte que pudo hacia el Este, y Míguel no estuvo seguro de lo que pasó a continuación. Entre el cansancio y el desvelo creyó ver que la piedra en lo que avanzaba se hacia cada más grande y viajaba más y más rápido hasta que fue a dar a un enorme montículo de tierra y al pegar con él este pasó de ser gris a transformarse lentamente a un color blanco, que bañado por la luz de la luna parecía hasta brillar.

Miguel vio entonces algo aún más sorprendente: el montículo blanco brillante empezó a moverse en dirección hacia él. Respiró profundamente y se encomendó a las energías de la naturaleza mientras más se acercaba aquella presencia enorme.

Finalmente lo tuvo totalmente de frente, tenía el tamaño de una casa de dos pisos y toda la figura de un coyote pero más grueso, como si fuera un enorme buey con cabeza y garras de coyote. Aquel ser extraño lo miró con ojos brillantes como brasas y le habló en una voz ronca pero suave: “Soy Tezcatlipoca, señor del espejo ahumado, protector de los chamanes, pero por estas tierras he recibido otros nombres, me llaman Cadejo porque estoy en todos lados a la vez”

Miguel había escuchado del Cadejo, decían que había uno negro malo que atacaba a los caminantes en la noche y uno blanco bueno, que los acompañaba y protegía. Se inclinó un poco hacia el ser en señal de respeto y se presentó: “Yo soy Miguel Castellón y estoy buscando la manera de rescatar el alma de mi padre del reino de Chico Largo y una Cegua me ha dicho que Chombo sabe como, pero yo no sé donde está, ¿me puede ayudar?”

El Cadejo resopló primero y luego se sentó apoyándose entre sus patas delanteras como lo hacen los gatos, aún así la cabeza del animal quedaba mucho más arriba que la de Miguel “Si te puedo ayudar, Chombo es nuestro hermanito nagual, es el único hombre que todavía recuerda las danzas de la luz y puede hablar con las lucecitas de los seres y las cosas, yo te llevaré a la montaña del Quilambé donde todavía vive, así que subite a mi lomo y sujetate bien porque el viaje será duro”

Y así pasó que en medio de la noche, sin más testigos que la luna y los grillos que hacían sonar la música que habían aprendido de sus abuelos, Miguel se subió al lomo del cadejo escalando a través de su espesa cabellera blanca. Aún se preguntaba como había pasado todo aquello, pero luego se dijo así mismo que ese era el regalo y que era mejor no hacerse muchas preguntas. Una vez arriba, el Cadejo se levantó y corrió y corrió como el viento y poco a poco Miguel se fue quedando dormido encima del ser que olía a monte y sudor.


IMAGEN: "Cadejo", Roberto Ossaye (1927-1954)