
Dicen que esta historia es cierta, que aconteció iniciando el invierno del dos mil nueve, poco antes del golpe de Estado a Honduras; en un campamento mestizo entre Puerto Cabezas y Kambla, donde desaparecieron en una sola noche ocho bebes sin dejar rastro.
De la comisaría de la mujer mandaron una comisión investigadora a pedido urgente de los mestizos que habitaban el campamento; la mayoría desmovilizados de la resistencia, que después de haber trabajado en las minas de Siuna por años, habían obtenido títulos dudosos para las tierras cercanas a territorio miskito.
La teniente Teresa Sandino fue asignada como responsable de la comisión y se presentaron un viernes al improvisado emplazamiento de plástico negro y troncos rollizos, ubicado en un claro despalado a punta de machete por sus habitantes.
Don Julián Ramírez hombre mayor, de salud precaria, originario de Chinandega y antiguo compañero de armas del comandante “Yahob”, fue el primero en dar su parte: “El Lunes pasado todos los hombres nos fuimos a Bilwi para comprar insumos agrícolas para las parceles que vamos ganándole a la selva; cuando volvimos ya era noche cerrada y encontramos a las mujeres llorando, gritando amontonadas en el claro al pie de
La Teniente Sandino se entrevistó con todas las familias y lo poco que sacó en claro fue que todos afirmaban que la desaparición había coincidido con un fuerte aroma a jazmin, impregnado en las cunas y en los moisés. Por eso algunos mencionaron que hacía un mes uno de los chavalos de
Para
El hermano mayor de uno de los bebés, José Ferrufino, le dijo a la teniente que habían sido los miskitos los que se habían llevado a los bebés, para hacerles brujerías como castigo por estar en sus tierras, y tuvieron que amenazarlo con echarlo preso, porque quiso levantar a la comunidad para ir a Kambla a buscar a la bruja que él suponía estaba allá y sacarle la verdad a la fuerza.
La comisión pasó tres días en sus investigaciones y ya estaban por retornar a puerto cabezas cuando desde la ribera del río llegaron tres hombres del campamento, gritando que ya tenían a la bruja culpable.
Cuando llegaron a la ribera se encontraron con seis hombres de pie mirando a José Ferrufino patear a una mujer anciana cubierta de sangre y arena; Ferrufino les gritó que la habían hallado merodeando por el campamento y que luego huyó al verlos, que de seguro era la bruja miskita y que había que hacer justicia. Rápidamente lo detuvieron y
Solo
“tinki palé, muchas gracias muchacha, estos hombres ladinos me mataron sin tener culpa, Saura, Saura, malos, malos ellos que golpeaban a sus bebes, que los violaban y hasta los mataban, por eso los duhindus vinieron y se llevaron a los más pequeños, porque a ellos les dolía lo que no les dolía a sus madres. Los duhindus se apiadaron del llanto de las criaturas en la noche, de sus gritos ahogados por el puño de los hombres. Los bebes no volverán, ahora serán duhindus también cuando crezcan, mejor vida para ellos; Saura, Saura ladinos, no deberían estar aquí, Saura, Saura…
Y dicen que la anciana se murió ahí, desangrada en la tierra, sin que nadie pudiera hacer nada.
La comisión volvió a puerto con varios culpables: los hombres agresores y asesinos del campamento, los parricidas. Pero de los bebés nunca se supo más nada; los cuerpos encontrados no correspondían a ninguno de los desaparecidos y por mucho tiempo se hicieron búsquedas en las tierras aledañas al campamento, pero no se hallaron otros cadáveres.
Alberto Sanchez Arguello
1 Agosto 2010

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