Manuel
siempre volvía a casa a las seis menos cuarto. Dirigía un gruñido a sus hijos y
un manotazo a las nalgas de su esposa, mas por costumbre que por deseo. Al
final de la noche permanecía absorto ante el televisor hasta que sólo se mostraba
estática, apenas consciente de la cena aceitosa que aún se licuaba en sus
intestinos y las quejas constantes de su familia.
Posiblemente
por eso no llegó a notar los silencios cada vez más continuos y las ausencias progresivas:
su esposa atrapada por las telenovelas, su hija chateando infinitas conversaciones
y su hijo devorando los víveres de la casa.
Un
día, después de varias cenas en solitario, exploró la casa y se encontró con
dos celulares en el cuarto de su hija, un refrigerador desconocido en el de su
hijo y un televisor nuevo en la cama, del lado de su esposa.
Sin
mayor interés en entender lo que había pasado, se apresuró a vender los
aparatos, dejó el trabajo y gastó toda su liquidación en cerveza. Se dedicó entonces
al sueño de su vida: beber y mirar televisión hasta morir.
Alberto
Sánchez Argüello
Managua
Diciembre 2013
Imagen:
Laurie Lipton


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