jueves, 5 de diciembre de 2013

EL PISO INFERIOR



Después de trescientas aplicaciones y decenas de entrevistas, finalmente conseguí trabajo. El primer día llegué temprano para impresionar. Al pie del edificio me quedé un tiempo mirando hacia arriba, tratando de ver el último piso, pero se perdía más allá de las nubes y me dio tanto vértigo que casi doy contra el piso.

Café en mano entré. Le pasé al lado a una recepcionista que estaba leyendo los obituarios de la semana; no me pidió documentos, ni me dio orientaciones, así que entré directo al ascensor. Ya dentro, me quedé perplejo al encontrar que sólo había una pequeña pantalla y un teclado al lado de la puerta: no había botones de piso. Mientras trataba de descifrar aquello, se metió un joven con unas enormes alas saliendo desde atrás de su americana. El alado tecleó 7,777,777 y el ascensor empezó a subir a una velocidad vertiginosa.

A partir de ese momento no supe cuánto tiempo pasó: mi reloj se detuvo a las ocho aeme. El costado transparente del ascensor fue mostrando la ciudad cada vez más lejana, hasta que todo el mundo parecía sólo una maqueta llena de hormigas diligentes. Luego aparecieron las nubes pastando plácidas en un cielo azul infinito que se fue tornando más oscuro hasta quedar sólo un negro profundo, poblado de estrellas dispersas.

Después de una eternidad de silencio llegamos al piso superior. Se abrió la puerta y pude ver un espacio sin puertas ni ventanas, lleno de jóvenes alados, de saco y corbata, todos idénticos a mi acompañante, caminando en todas direcciones. –Pase buenos días- me dijo y salió.

De nuevo solo, recordé la única orientación del email que me habían mandado y puse “0” en el teclado. Esta vez vi la ciudad hundirse y las diferentes capas de tierra y piedra hasta llegar a una zona llena de lava volcánica y humo.

Cuando se abrió la puerta noté que el reloj se había puesto de nuevo en movimiento mostrando las ocho aeme y un minuto.

Apareció ante mí otro espacio ilimitado sin puertas ni ventanas, lleno de jóvenes idénticos a los del piso superior. Uno de ellos se me acercó –Bienvenido señor gerente - me dijo sonriendo y me entregó un tridente antes de conducirme a mi oficina.

Alberto Sánchez Argüello

Managua Diciembre 2013

Imagen: internet