jueves, 30 de enero de 2014

FRIO


Como todas las noches siempre soy el último en entrar al cuarto. Me quedo en la sala dando vueltas como animal encerrado, enllavando la puerta, guardando juguetes, cepillándome los dientes, agotando los últimos minutos del día antes de irme a acostar.

Apagué las luces y me fuí caminando en la oscuridad, haciendo un esfuerzo por no imaginar que un ser largo de ojos como monedas de plata, con piel pálida, enferma de venas azules, me mira desde la mecedora que ha ocupado, ahora que lo hemos dejado de estorbar.

Atravesé el umbral de la puerta que da a la cocina y los cuartos, fingiendo para mí mismo que no quería correr a refugiarme en la cama, como hacía cuando era niño, pero un sonido me detuvo: un crujir de madera.

Deshice mis pasos, obligando a mis piernas a caminar hacia la silueta que estaba sentada en la oscuridad. Mientras mi mente se llenaba de gritos de terror, me di cuenta que no era ningún monstruo de mi niñez, era sólo mi madre que me miraba con ojos cansados.

Me dijo que dónde estaba tenía mucho frío, que prefería dormir aquí, si a mí no me molestaba. Yo no le dije nada y me quedé inmóvil, apenas conteniendo las lágrimas. Me despedí en silencio y cerré la puerta tras de mí, no tuve el valor de pedirle que regresara a su tumba, donde ya nadie la puede abrazar.

Alberto Sánchez Argüello
Managua Nicaragua Enero 2014
Twitter: @7tojil


Imagen: Detalle de ilustración de Laurie Lipton