jueves, 24 de septiembre de 2015

NOSOTROS



Son pocas las cosas que recuerdo antes de nosotros. Días de lluvia en la ciudad que me vio nacer. El sonido de los pájaros en las noches calientes. La sensación de caminar sin destino.

Pero lo que más recuerdo es mi último viaje. Sentado al lado de una ventana vi venir a un hombre que avanzaba despacio por el pasillo. Era tan grande que parecía abarcar toda la cabina. Pensé que no cabría en el asiento, pero alcanzó completo a mi lado. Había cierta dulzura en sus movimientos, como si tuviese miedo de aplastar los débiles cuerpos que poblaban el avión.

Intercambiamos miradas y no pude evitar sentirlo cercano, como si lo conociera de toda la vida. Me lo imaginé protegiéndome de las voces de burla de mis compañeros de escuela, aconsejándome en mis paseos solitarios en el parque de mi adolescencia. 

Después de una breve charla sobre el clima, me dijo que en Guatemala lo esperaba el camión que llevaría a Tecún, cinco horas de camino a base de café y nervios. Me mostró la herida que le hicieron una noche en El Salvador, donde pasó quince días en coma y me habló de las veces que había comido quesillo en Nagarote.

Cuando aterrizamos nos quedamos atrás de los que apuraban el paso hacia las ventanillas de migración. Nos despedimos con afecto, prometiendo encontrarnos de nuevo. Me fui alejando sin voltear a ver, pero no pude seguir y deshice mis pasos  para abrazarlo. Sentí toda la suavidad del mundo en el rostro y en mis brazos.  Después, como si estuviese entrando en una plastilina gigante, fui absorbido por su cuerpo, despacio, despacio… En el piso quedó mi maleta, y con ella todo lo que ya no me haría falta. 

Cinco horas después en Tecún, ya había empezado a olvidar mi antiguo cuerpo. Al regreso pasamos por Nagarote porque nos gusta comer quesillo con mucha crema y viajar por la carretera, sintiendo el viento que baña los poros de nuestra extensa piel.

Alberto Sánchez Argüello
Managua Nicaragua septiembre 2015