Los
ojos de mi hijo ya no me miran. Su cuerpo viejo y agotado permanece casi todo
el día postrado en cama. Las pocas veces que sale de su cuarto, lo hace en una
vieja silla de ruedas. Yo no tengo fuerzas para poder llevarlo, así que me voy
detrás del enfermero de turno, vigilando que vaya despacio, como a él le gusta.
Dicen que ya no guarda recuerdos en su
mente, pero aún me llama a gritos por las noches. Mi único consuelo es saber que
pronto me hará compañía en la cripta familiar.
Alberto Sánchez
Argüello
Managua Diciembre
2015


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