Mi
hermana desapareció. Llevaba varias noches de paseos hasta la madrugada, pero
esta vez no volvió. Le dije a mi madre que llamara a sus amigas de la escuela,
pero a ella sólo le importa el hacha de papá. Se pasa todo el día sacando brillo al metal, mirándose a sí misma en el reflejo de su hoja. Creo
que su mente está tan mal como la mía.
Yo
tuve que ponerme guantes para olvidarme del payaso, aunque permanece la
sensación pegajosa de sangre entre mis dedos. No he bajado al sótano. No quiero
confirmar que su cabeza sigue ahí. Mi padre parece que también desapareció.
Desde que se fue no volvió a llamar.
Sólo me queda Lucía, mi mejor amiga de la escuela. Aunque se puso muy extraña desde la muerte de su hermano. Incluso
me contó de una vaca que le enseñó a construir una pequeña máquina. Al comienzo
no quería ayudarla a armarla, pero me
fue convenciendo un poco cada día. Así que fuimos reuniendo las piezas y decidimos
guardarla bajo mi cama. Ahora Lucía está enferma en casa y sólo quedo yo para
activarla. Cuando lo haga, la máquina producirá una onda expansiva que me borrará a mí, luego a
mí madre, los vecinos, el resto de departamentos, a Lucía y su madre, la
escuela, mis compañeros y profesores, el ministerio, los bomberos, los
policías, los perros, los gatos, los árboles del parque, los niños sin casa, la
heladería, todos los chocolates, el resto de ciudades, el agua, la tierra, mi
padre…
Sólo
tengo que acercar mi mano, apretar el diminuto botón rojo y desear en el último
segundo que el mundo vuelva a nacer, con otras ciudades, con otros
departamentos y en uno de ellos mi familia, a como fuimos, a como pudimos ser.
Mi
madre algún día lo entenderá…
Alberto Sánchez
Argüello
Managua Noviembre
2015
#Wordvember DÍA 26

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