Mi abuela siempre toma las mismas callejuelas sucias. A pesar de la insistencia de mi madre de cambiar su ruta diaria y cruzar por el parque para acortar la distancia a la pulpería. Es tozuda. Prefiere pasar saludando a medio barrio camino a comprar el pan y la leche.
Me mandan a que la siga, me
dicen que me apure, pero hace mucho sol y recorro despacio las cuadras, con ese
sueño pegajoso de los domingos por la mañana. Hasta me parece que sigo soñando
cuando le paso al lado a un carruaje amarillo idéntico al que tuvo mi bisabuelo,
cuando era cochero en Granada. Por ir viendo aquello, me escapo de tropezar con
una monja que parece salida del retrato escolar del internado de mi abuela, la
misma que les picaba la cabeza con un lápiz afilado si se portaban mal. Me
restriego los ojos y miro hacia adelante un reguero de ropa vieja, ángeles de
latón, libros tirados y un señor vestido de frac que sentado en la acera,
contempla con tristeza un sobre cerrado que sostiene en su mano.
Apresuro el paso, pero voy
de subida y las chinelas me jalan. Las vecinas están asomadas en los umbrales,
tratando de entender lo que está pasando. Yo no me detengo, sólo evito pegarme
contra una lancha encallada en el asfalto y un caballito de madera que se mece
con la brisa matinal.
Mi abuela me espera
sonriente, mientras acaricia el gato de la señora de la venta. Yo pido agua y
se la paso junto a la pastilla diaria que olvidó tomar. Pero ya es tarde. Mi
abuela ahora es una niña y de su boca caen sus primeras letras que se dispersan
por el piso, ruedan hacia la acera y descienden lentamente por la calle, para
acompañar al resto de sus recuerdos.
Alberto
Sánchez Argüello
Managua 24 agosto 2017


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