Alberto Sánchez A.@7tojildomingo, 29 de diciembre de 2013
jueves, 12 de diciembre de 2013
METAMORFOSIS
Manuel
siempre volvía a casa a las seis menos cuarto. Dirigía un gruñido a sus hijos y
un manotazo a las nalgas de su esposa, mas por costumbre que por deseo. Al
final de la noche permanecía absorto ante el televisor hasta que sólo se mostraba
estática, apenas consciente de la cena aceitosa que aún se licuaba en sus
intestinos y las quejas constantes de su familia.
Posiblemente
por eso no llegó a notar los silencios cada vez más continuos y las ausencias progresivas:
su esposa atrapada por las telenovelas, su hija chateando infinitas conversaciones
y su hijo devorando los víveres de la casa.
Un
día, después de varias cenas en solitario, exploró la casa y se encontró con
dos celulares en el cuarto de su hija, un refrigerador desconocido en el de su
hijo y un televisor nuevo en la cama, del lado de su esposa.
Sin
mayor interés en entender lo que había pasado, se apresuró a vender los
aparatos, dejó el trabajo y gastó toda su liquidación en cerveza. Se dedicó entonces
al sueño de su vida: beber y mirar televisión hasta morir.
Alberto
Sánchez Argüello
Managua
Diciembre 2013
Imagen:
Laurie Lipton
jueves, 5 de diciembre de 2013
EL PISO INFERIOR
Después
de trescientas aplicaciones y decenas de entrevistas, finalmente conseguí
trabajo. El primer día llegué temprano para impresionar. Al pie del edificio me
quedé un tiempo mirando hacia arriba, tratando de ver el último piso, pero se perdía
más allá de las nubes y me dio tanto vértigo que casi doy contra el piso.
Café
en mano entré. Le pasé al lado a una recepcionista que estaba leyendo los
obituarios de la semana; no me pidió documentos, ni me dio orientaciones, así
que entré directo al ascensor. Ya dentro, me quedé perplejo al encontrar que
sólo había una pequeña pantalla y un teclado al lado de la puerta: no había
botones de piso. Mientras trataba de descifrar aquello, se metió un joven
con unas enormes alas saliendo desde atrás de su americana. El alado tecleó
7,777,777 y el ascensor empezó a subir a una velocidad vertiginosa.
A
partir de ese momento no supe cuánto tiempo pasó: mi reloj se detuvo a las ocho
aeme. El costado transparente del ascensor fue mostrando la ciudad cada vez más lejana,
hasta que todo el mundo parecía sólo una maqueta llena de hormigas diligentes.
Luego aparecieron las nubes pastando plácidas en un cielo azul infinito que se
fue tornando más oscuro hasta quedar sólo un negro profundo, poblado de
estrellas dispersas.
Después
de una eternidad de silencio llegamos al piso superior. Se abrió la puerta y pude
ver un espacio sin puertas ni ventanas, lleno de jóvenes alados, de saco y
corbata, todos idénticos a mi acompañante, caminando en todas direcciones. –Pase
buenos días- me dijo y salió.
De
nuevo solo, recordé la única orientación del email que me habían mandado y puse
“0” en el teclado. Esta vez vi la ciudad hundirse y las diferentes capas de
tierra y piedra hasta llegar a una zona llena de lava volcánica y humo.
Cuando
se abrió la puerta noté que el reloj se había puesto de nuevo en movimiento
mostrando las ocho aeme y un minuto.
Apareció
ante mí otro espacio ilimitado sin puertas ni ventanas, lleno de jóvenes
idénticos a los del piso superior. Uno de ellos se me acercó –Bienvenido señor
gerente - me dijo sonriendo y me entregó un tridente antes de conducirme a mi
oficina.
Alberto
Sánchez Argüello
Managua
Diciembre 2013
Imagen: internet
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