Mostrando entradas con la etiqueta Cuento. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cuento. Mostrar todas las entradas

miércoles, 23 de marzo de 2011

LA SOMBRA DE MI MADRE

Conduciendo sola por la carretera sebaco matagalpa en el destartalado pickup de mi marido, me entregué a la lánguida observación de las tierras que me recibían y despedían con su aridez. El sol en el rostro y las sombras proyectadas de las cuatro de la tarde me trajeron el recuerdo de mi madre, posiblemente el último pensamiento necesario para disparar en mí un irrefrenable impulso a salirme con todo y vehículo de la carretera, cosa que hice al instante.

Es algo curioso lo rápido que una voluntad ciega puede romper el orden de la realidad y el tiempo, antes apremiante y fugaz, se alarga hasta parecer detenido, regalando la belleza de los detalles que uno no aprecia en los estados normales de conciencia.

Mis ojos abrieron dos mundos ante mí; uno el escenario móvil de matorrales y arbustos impactando la camioneta, el otro hecho de instantáneas de mi madre en diversas edades y momentos. Yo me perdí en el último, abandonando mi cuerpo al azar.

Sentí el calorcito de la sonrisa de ella, su mirada tierna cuando me llamaba su niña y compartíamos bromas sobre mi padre. Volví a recordar en forma de eco su rostro desconsolado cuando le anunciaron el cáncer y la ví bailando en medio de una de sus crisis en la playa del tránsito, cuando supo que su hermano se había suicidado de un balazo en la garganta.

Mi madre había sido mi mejor amiga y mi peor pesadilla, una fuerza sofocante de cariño natural. En mi infancia fue fuerte y sagaz, con múltiples trabajos ejecutivos y hablar elocuente. Luego, abrumada por sus demonios emocionales y las pastillas recetadas, se había marchitado ante mis ojos, volviéndose ella pequeña y yo una gigante que debía cuidarla de la vida.

La camioneta dio un giro violento y me golpee la cabeza contra el vidrio, la sangre me tapó un ojo y terminé soltando el timón para recibir a mi madre en mi mente sin mayores preocupaciones por los avatares del camino.

En mi juventud, ella se convirtió en un ama de casa, lejos de sus trabajos y retos de mujer, como un mueble más, pulcra y ajena a la vida pública, con alguno que otro tic y problema de sueño. Se hizo frágil y predecible, valoraba la rutina como el único aliciente a una ansiedad que la devoraba. Fue entonces cuando su sombra empezó a desesperarse.

Proyectada en las paredes de la casa yo fui la primera en descubrir que la sombra de mi madre vagabundeaba sin su permiso. Intenté ponerla en orden varias ocasiones, pero se escabullía debajo de los muebles o hasta en mi propia sombra. Mi madre le restaba importancia. Había empezado a beber por las tardes, sentada en el traspatio. Me decía que eso eran chochadas, “las sombras siempre vuelven” me repetía.

Pero un día la sombra no volvió…

Un brinco de la camioneta me disparó hacia atrás y como si fuera una bestia encabritada la pickup cayó en picada hacia un abismo que se abrió en medio del llano. El tiempo se hizo aún más lento en la caída y los vidrios rotos flotaron como pequeñas perlas alrededor mío.

Volví a mi madre, a su rostro preocupado y sus manos temblorosas, encerrada en casa por vergüenza a ser vista sin su sombra. En aquellos tiempos aquello era algo bastante mal visto, perder la propia sombra era sinónimo de irresponsabilidad. Mi madre desarrolló úlceras en su mortificación, le nacieron fobias pronunciadas a caminar en espacios abiertos y a bañarse con agua del grifo.

Ya nunca más fue la misma. Su cuerpo se fue deformando. Su vientre hinchado y un pelo seco y quebrado reflejaban un alma vencida por el tiempo. Nadie hacía comentarios cuando la luz la tocaba sin proyectar nada hacia muebles y paredes. Mi padre le sonreía como si nada, en un intento inútil de recuperarla.

Abrí por un momento el ojo sin sangre y vi el fondo del abismo. Todo se detuvo. Escuché el sonido de las ruedas aún en movimiento, la radio que sonaba una instrumental que hasta ahora percibía. Cerré el ojo, no necesitaba ver más.

Al entierro llegaron unos pocos familiares y fui acosada durante meses por la idea recurrente de verla encerrada en la caja mientras su cuerpo cambiaba de colores. Cuando visitaba el cementerio creí ver su sombra recorriendo las lápidas solitarias, pero nunca tuve el coraje de cerciorarme, prefería mirar hacia otro lado

Algunos días después desperté en un hospital, mi esposo y mis hijos atentos y llorosos al lado de mi cama. Yo sin sentimiento para ellos, les sonreí con la sonrisa aprendida de mi padre, ellos agradecieron el esfuerzo y aceptaron la mentira de mi accidente.

……….

La silla de ruedas proyecta una larga silueta hacia la pared del psiquiátrico, aquí la sombra de mi madre siempre me acompaña, viene todos los días, ella nunca me dejará.

Alberto Sánchez Arguello 16 marzo 2011

miércoles, 2 de marzo de 2011

LA NIÑA Y EL GENERAL


Imelda Vélez, su familia y amigos, fueron condenados a fusilamiento público un tres de septiembre. El anuncio de la condena lo hizo la primera consejera desde cada radio y pantalla del país. Todos habían sido acusados de traicionar a la patria y su ejecución tuvo lugar en la plaza de la reforma.

Un año antes, el General había muerto. Con ochenta y seis años cumplidos, luego de cuarenta de liderar la nación, una embolia cerebral lo fulminó. Su muerte dejó un vacío de poder, que conmovió las bases del partido reformista, generando sismas diversos a lo interno de sus estructuras.

Cuando parecía que la república sería consumida por una guerra civil, resultado del choque entre las facciones del único partido legal, la primera dama juntó todas las tendencias con una idea: El General seguiría gobernando a través de consulta espiritista.

Al principio, la ciudadanía se tomó un poco a broma a la viuda. Los diarios la acusaron de querer construir una dinastía que perpetuara la dictadura del general con métodos que rayaban en el absurdo. Pero el partido reformista cerró filas alrededor de ella. La juventud del partido marchó por las calles diseminando las consignas que proclamaban santo y eterno el espíritu del General y que los ciudadanos y ciudadanas merecían seguir siendo liderados y protegidos por el gran reformista.

Una nueva constitución fue rápidamente votada, dando lugar al gobierno espiritual. La primera dama pasó a ocupar la recién creada figura de primera consejera, única persona facultada para invocar al General y comunicar sus designios. Las sesiones del ejecutivo se convirtieron en sesiones espiritistas, en las que la viuda mística, como le llamaba la oposición, utilizaba una tabla para formar palabras y frases del líder muerto, mismas que eran mecanografiadas por tres secretarios, asegurando su correcta comprensión y registro.

Las voces de los críticos eran rápidamente descalificadas como producto evidente de almas sin fe, anti reformistas. Y así, sin mayor espacio para el diálogo y debate racional, la reforma siguió su curso en la nación.

Imelda Vélez tenía once años cuando el General murió. Había nacido en la comunidad rural de puerto viejo, alejada de los entramados políticos de la gran reforma, ignorante de las luchas que siguieron a su deceso y el nuevo gobierno espiritual que se había instituido. Hija de padres iletrados no conocía más que aspectos rudimentarios del lenguaje y sus capacidades se reducían a la cocina del fogón y otras tareas domésticas. La niña probablemente habría tenido la misma vida que todas las mujeres anteriores a ella: arrejuntada a los catorce, con tres o cuatro hijos a los diez y ocho, olvidada a los cuarenta. Pero en lugar de eso, fue poseída a los doce años por el espíritu del General.

No se tiene información exacta de cómo pasó. La mayor parte de los testimonios grabados por el ministerio de gobernación fueron destruidos junto con los archivos de los periódicos. Sin embargo, la tradición oral de puerto viejo, recoge que la niña había mostrado conductas extrañas después de bañarse sola en una quebrada. Perdió el habla y el apetito y por cinco días pasó acostada en su catre. Cuando sus padres ya estaban por llevarla al centro de salud, que estaba a dos días de camino, la niña habló.

Cuentan que se escuchó un retumbar en la casa, seguido de un alarido estremecedor desde el cuarto de Imelda. Cuando sus padres y hermanos entraron corriendo, la encontraron sentada en el catre, con una mirada dura y los puños crispados –¡Llamen a mis ministros!- dijo con voz fuerte – ¡Ya es hora de que esa puta me deje de usar!- agregó y la madre de Imelda se persignó.

Tomó varias semanas para que el caso llegara a oídos del gobierno. Fue la prensa amarillista la primera en reportarlo, pero el tono satírico que utilizó, restó credibilidad a la noticia. No obstante, los testimonios se fueron acumulando y cuando Imelda apareció acompañada por sus asustados padres, en la casa de gobierno, exigiendo una cita con la primera consejera, el caso se hizo público.

El partido volvió a tambalearse. Una niña campesina trasmutada en receptáculo del espíritu del líder no era asunto menor. La oposición difundió la noticia al país y al mundo. Muchos ciudadanos y ciudadanos creyeron en el milagro. Al final se convirtió en un asunto de fe. Se debatía en las universidades quien tenía la autoridad espiritual para determinar si la niña en efecto se había convertido en la voz del General y la oposición exigía un referéndum para que Imelda asumiera la primera magistratura.

En la única entrevista a Imelda, de la que se conserva un fragmento en la biblioteca de la asamblea, se le puede ver pálida y rígida afirmando con voz grave que ella era el General y que estaba cansado de ser manipulado después de muerto, que le dejaran en paz, dicho lo cual se le oye expresar todo tipo de improperios contra la primera consejera, ministros y oposición en un lenguaje tan soez que el entrevistador se mira notablemente ruborizado.


Dicha entrevista causó un gran revuelo y la primera consejera no pudo seguir ignorando a la niña. Se organizaron piquetes espontáneos y una gran marcha organizada por la oposición llenó la avenida principal, exigiendo la renuncia de los funcionarios del gobierno espiritual y la convocatoria inmediata a elecciones con libre participación.

Durante la noche, en el bunker del gobierno, se llevó a cabo una sesión especial del ejecutivo y al día siguiente mandaron a apresar a Imelda y todos sus allegados. Treinta personas en total fueran arrestadas y de acuerdo al hablar popular, torturadas bajo sospecha de conspiración junto a la oposición.

Los opositores que alzaron la voz contra lo que denominaron un nuevo atropello a la razón y atentado contra los derechos humanos, desaparecieron sin dejar rastro.

La última vez que los ciudadanos y ciudadanos vieron a Imelda fue ante un pelotón de fusilamiento en la plaza mayor. En el último minuto pareció recobrar el sentido y lágrimas de confusión salieron de sus ojos mientras las balas recorrían los pocos metros que las separaban de su cuerpo.

La imagen de la niña acribillada a balazos, recostada sobre un charco de sangre, se colocó en vallas gigantes en puntos claves de la capital. Debajo de la imagen se podía leer “La traidora ha muerto, la verdadera fe vive, ¡viva la reforma!”

Los treinta cuerpos fueron enterrados en una fosa común en un lugar secreto y sus nombres prohibidos por un decreto especial. Un toque de queda fue declarado durante sesenta días y toda persona o grupo, sospechosa siquiera de un intento de manifestación, fue rápidamente reprimida por la fuerza y condenada a varios meses de cárcel y servicio comunitario.

Ahora que la primera consejera ha muerto y el partido reformista creó comisiones de la verdad, con el fin de restaurar su imagen ante la opinión internacional, se ha decretado un día de duelo por las víctimas del gobierno espiritual.

Hoy tres de septiembre se develó la estatua de Imelda y una placa con los nombres de los treinta en la plaza mayor.

Nunca se supo si en verdad la niña fue poseída por el espíritu del general.

Los ciudadanos y ciudadanas aún se preguntan cómo fue posible todo aquello, cómo es que pudo pasar tanta ignominia. Yo también me lo pregunto…

Imagen "Masacre en Corea" Pablo Picasso

Alberto Sánchez Arguello
2 Marzo 2011

lunes, 28 de febrero de 2011

LA REINA DURMIENTE


El sol se estaba ocultando en el mar, cuando Ana Sofía regresó sola a su cuarto. Según su plan casi perfecto, quedaban dos horas exactas para dejar todo en orden, antes de tomarse las pastillas que le servirían para matarse.

Sus diarios personales, publicados en entregas en una revista de sociedad, nos mostraron una vida marcada por tánatos. En primaria el uso de anteojos gruesos para corregir una miopía y un cuerpo largo y estirado le valieron ser el centro de burlas de sus coetáneos. El pensar continuamente en la muerte, había sido un aliciente para los días de humillación pública. Morir era como un abrigo cálido que la confortaba y le daba cierta sensación de control sobre sí misma.

Cuando llegó la secundaria su cuerpo se transformó. Largos cabellos castaños, bustos desarrollados, caderas firmes y piernas largas, la convirtieron en la envidia de las chavalas y en el objeto continuo de deseo de los varones que la asediaban todo el día. Aprendió a disfrutar de su popularidad y se hizo ávida de las miradas y suspiros que suscitaba al caminar.

Con el tiempo, el cuidado por su cuerpo y apariencia se fue haciendo obsesivo. Dedicaba horas enteras a ritos privados de limpieza y acicalamiento, antes de salir al mundo. Revisaba cada pestaña y cada cutícula previniendo imperfecciones. El acné o cualquier erupción dérmica se convertían en potenciales tragedias humanas. El maquillaje, ropa y accesorios eran objeto de planificación concienzuda, basados en tono de piel, complexión y moda. Hábitos y compras eran posibles gracias a la complicidad de un par de padres pudientes, que no sentían más que orgullo por la naciente feminidad de su única hija

Fue electa reina de un festival en tercer año de secundaria y el periódico escolar publicó sus fotos triunfales en blanco y negro. El premio recibido y el reconocimiento público de aquella ocasión, fue el primero de muchos, tantos que se volvió adicta a ellos.

Fue en la noche de su promoción cuando su plan fue concebido. Había pasado mucho tiempo sin pensar en la muerte como escape, el tiempo dedicado a su belleza y las maneras de maximizarla a los ojos de hombres y mujeres, no daba espacio a esos pensamientos. Sin embargo, al estar sola, embelezada con su propia imagen en el espejo del baño, rememorando la insistencia de los chavalos que preguntaban a que universidad asistiría para seguirla hasta allá, tuvo la visión más horrible de sus diez y ocho de vida: un cabello plateado.

Se tapó la boca con las manos para contener un alarido. Se arrancó la cana sin vacilar y al tenerla en sus manos, se imaginó a si misma vieja: arrugadas las manos y el rostro, el cabello blanco y reseco, empequeñecida por la edad, con una dentadura postiza y unas piernas cubiertas de varices azules y resaltadas. Se fijó entonces una meta: ser electa la reina de belleza de su país y luego morir, así le ganaría a la vejez y la fealdad, sería eternamente bella.

Seis años habían pasado desde entonces. La corona de miss Nicaragua descansaba en la cama de su cuarto del hotel Montelimar y el diploma de diplomacia y relaciones internacionales estaba caído cerca del walking closet. Ana Sofía había logrado su plan.

Una ruta trazada a través de pasantías en Naciones Unidas, el apoyo de la embajada americana y una sólida barra de apoyo desde Miami le había traído el cetro. De paso había concluido sus estudios universitarios para satisfacer a sus padres, logrando así que se mantuvieran tranquilos, sin sospechar nada de sus verdaderas intenciones.

Una hora antes se había despedido de sus amigos y amigas en la playa, excusándose por sentirse cansada, no sin antes citarse en el restaurante del hotel a las nueve en punto para la cena. Rafael, que dos días antes le había confesado que la amaba desde el primer año de la universidad, la vio irse desconsolado, ya que aún no recibía respuesta alguna. Algunos hasta murmuraban que debía ser lesbiana porque jamás se le había conocido pareja, pero él sabía que Ana Sofía estaba esperando a su verdadero amor.

La realidad era que la reina ni siquiera recordaba la confesión de Rafael. Su plan era lo único que había ocupado su mente y corazón, en ellos no había espacio para el amor, solo para la muerte perfecta. Ya había escrito la carta de despedida a sus padres, en la que pedía dijeran que había muerto de un infarto, resultado de una condición cardiaca nunca antes revelada a la prensa. Especificó muy claramente su deseo de ser cremada y sus cenizas lanzadas al mar. Así como le horrorizaba envejecer, también le aterraba la idea de que su cuerpo sufriera un proceso lento de descomposición.

Se bañó con agua caliente, y se tomó su tiempo para encremar su cuerpo y maquillarse para la ocasión. Finalmente sacó el vestido de noche con el que alcanzó el reinado y se lo colocó despacio, sintiendo las fibras de la tela como si la abrazaran toda.

Se sentó en la cama y se tomó las pastillas una a una, saboreando su acidez. Cuando acabó con todas, se tomó un trago de vodka y se acostó acomodando bien el vestido, no quería que hubiese ninguna arruga. Sus ojos se fueron cerrando con una pesadez creciente de los párpados y sentía un mareo que le hacía experimentar como si el cuarto se moviese en espiral. A lo lejos escuchó el teléfono sonar, cada vez más distante, pensó que todo estaba funcionando de acuerdo al plan: sus amigos le llamaban para ver porque no había llegado, cuando finalmente entraran a su cuarto ella estaría muerta y a tiempo para iniciar los ritos funerarios con su cuerpo aún fresco.

Las llamadas cesaron y Ana Sofía empezó a experimentar ahogos y arritmia. Cuando Rafael entró sigilosamente, la reina estaba profundamente dormida, en camino a no despertar jamás. El sonrió maravillado ante la belleza de su amada y celebró en silencio su idea de sobornar al conserje para conseguir la llave maestra. Se desnudó completamente y tambaleante por los litros de licor que recorrían sus venas, se acurrucó a su lado. Empezó a acariciarla lentamente y con cuidado, pero el olor de sus cabellos y la tersura de su piel le estimularon al punto máximo de su deseo. Sin más preámbulo desgarró su vestido y se montó encima de ella, sin percatarse del cambio sutil en la temperatura corporal de ella.

La violación ocurrió sin gritos ni forcejeos. Para cuando Rafael alcanzó el clímax embobado por el alcohol, Ana Sofía llevaba varios minutos muerta. Cayó sobre ella, respirándole encima los vapores de su aliento y besó su cuello profundamente hasta quedarse dormido.

Al día siguiente estalló la bomba en los medios; todo tipo de versiones confusas fueron difundidas. Suicidio, homicidio y violación iban y venían entre bocas de abogados, periodistas y familiares. Medicina legal impidió la cremación, y las fotos furtivas de la autopsia que circularon por internet, fueron objeto de procesos de demanda legal que duraron años.

Finalmente Ana Sofía fue enterrada en un funeral privado con muy pocos asistentes. Contra sus deseos su cuerpo fue entregado a la descomposición final.

El plan de la reina durmiente fue casi perfecto... casi.

Imagen “Ofelia”, John Everett Millais

Alberto Sánchez

28 Febrero 2011

jueves, 24 de febrero de 2011

EL CUADRO


Ayer encontraron el cuadro de los hermanos Mayorga. Apareció en uno de los sótanos del Banco Central, oculto entre varios retratos nunca vistos de Arnoldo Alemán. El horror que produjo en los conserjes que lo descubrieron, se tradujo rápidamente en noticias en medios escritos y radiales.

Cuando me enteré se me vino de golpe, como una presentación rápida de imágenes, el recuerdo del caso de aquellos hermanos.

Habían nacido del mismo vientre, con un minuto de diferencia. El Berta Calderón los vio nacer pero fueron las ruinas del terremoto del 72, enfrente del edificio de Gobernación, las que los vieron crecer. Ezequiel y Jeremías eran sus nombres, pero todos los conocían como los gemelos del diablo, porque el mayor siempre sabía lo que estaba pensando el menor.

Estaban chigüines cuando comenzaron a hacer rumbitos en el mercado oriental. Con costo alzaban un palmo, pero se cargaban sacos de naranjas y plátanos y les quedaban energía para limpiar vidrios en el gancho de caminos. Cuando sus padres quisieron mandarlos a la escuela solo Ezequiel se dejó. El menor creció en la calle.

Jeremías creció delgado y con una gran melena. Tenía una mirada profunda y unas largas pestañas con las que les jalaba el ojo a las chavalas que atendían los tramos y a uno que otro chavalo también. Ezequiel se hizo más bien robusto y se pelaba al ras para evitar los piojos. A él le tocaba estar oyendo en su mente, todo el día, los pensamientos de su gemelo. Por eso caminaba siempre en silencio, esforzándose en escucharse así mismo entre los monólogos y fantasías sexuales de Jeremías.

El menor era el suertero. Siempre ganaba a las cartas y jalaba con las chavalas más bonitas. Cuando había robos en los tramos, Ezequiel siempre acababa preso, sin importar que estuviera cerca o no del lugar donde había ocurrido el ilícito. Jeremías no sabía lo que era el interior de una celda. Cuando los misioneros evangelistas entraban al mercado, regalando ropa y comida, el gemelo menor recibía una parte todas las veces, mientras al mayor lo miraban de largo.

El colmo de todo esto, era que el mayor no podía evitar recibir los ecos de la felicidad y placer de su hermano. Hora tras hora, día a día, le llegaban los pensamientos más limpios y más sucios a la vez. Debía de ser algo infernal.

Como era de esperarse, Ezequiel odiaba al Jeremías. Una profunda envidia le carcomía el corazón, tanto que había desarrollado una gastritis crónica que le ocasionaba una acidez constante.

El único consuelo de Ezequiel era el dibujo. Pasaba horas con hojas de envolver y papel periódico, trazando con carbón y tiza en los callejones. Dibujaba retratos imaginarios, aves muertas, flores y una infinidad de formas abstractas que le servían de escape al constante murmullo mental de la voz de Jeremías.

Un día, uno de los funcionarios del Instituto de Cultura tomó de ayudante a Ezequiel para llevar unos sacos de compra a su vehículo. En el trayecto alcanzó a ver algunas hojas dobladas en el pantalón del gemelo mayor. Le pidió que se las mostrara, adivinando el trazo oculto. Al tenerlas frente así le dijo que llegara a la academia de bellas artes, que tenía talento y le darían una beca completa.

Ezequiel no cabía en sí mismo de felicidad. Por primera vez la voz de su hermano casi enmudeció dentro de él y se apresuró a contárselo a Don Miguel, un carnicero del mercado. Aquel había sido el único amigo del gemelo mayor, él sería el que daría cuenta de los sufrimientos y rencores que le habían sido confesados.

Las clases de dibujo y pintura comenzaron una semana después y Ezequiel era sin duda el mejor. Sus maestros le auguraban un futuro brillante y por un tiempo todo fue paz. Luego Jeremías se apuntó a las clases también.

Movido por la curiosidad de los rumores que había escuchado en el mercado, se dejó caer un día para ver el arte de su hermano. Cuando el gemelo menor miró las esculturas de los estudiantes avanzados, se enamoró del oficio y rápidamente se trasladó a la academia, dispuesto a profundizar en su vocación. Unas cuantas sonrisas le bastaron para conseguir una beca. Ezequiel se quería morir.

Los maestros tuvieron un nuevo favorito. Todos en la academia empezaron a hablar del talento nato escultórico del joven melenudo. Ezequiel siguió trabajando en sus cuadros, en tonos cada vez más oscuros. Sin hablar entraba temprano y salía tarde, sin voltear a ver a nadie, menos aún a su hermano y su tropa de seguidores.

Llegó Abril y se anunció el concurso anual de arte de la academia, con exposiciones individuales y jurados internacionales. Los maestros escogieron El David del mercado, realizado por Jeremías, como la muestra más fina de la academia. La representación artística de la voluptuosidad de un vendedor frutas, contaría con un puesto especial entre las exposiciones. El resto de obras serían develadas ese día sin mayor preámbulo. Ezequiel siguió pintando sin mostrar mayor interés en los éxitos de su hermano. Cuentan que le miraban enflaquecido, cubierto de pintura y absorto en sus cuadros, como si sus ojos atravesaran los lienzos. Se colocaba al fondo del taller, con su caballete y algunos libros. Nadie pudo ver nunca lo que estaba pintando, aunque les llamó la atención el repentino interés del gemelo mayor sobre lecturas de medicina y química.

Llegó el día de la exposición y toda la comunidad artística nacional se reunió en la academia. Ahí estaban los Peñalba, los morales, los Palma, los Calvet, los Barberena, las Belli y los Agudelo. El sitio estaba abarrotado y todos rodeaban el David. Poetas y periodistas tomaban nota para dedicar sonetos y artículos a la escultura. Sin embargo Jeremías no estaba, le buscaron en todo el recinto pero nada. Su hermano tampoco estaba para poder preguntarle por él.

Finalmente llegó la hora de develar el resto de obras concursantes. Una a una hicieron su debut y los jóvenes artistas recibían las críticas más variadas. Cuando la última obra fue mostrada, un silencio absoluto se cernió sobre la academia. Dicen que se podía escuchar la respiración trabajosa de los maestros más ancianos. Era la pintura de Ezequiel, descrita por los que asistieron, como una muestra de postmodernidad brutal con un collage que deconstruía la esencia misma del ser humano.

Inmediatamente la aclamaron todos. Se convirtió en el tema de plática y debate, algunos mencionando las influencias de Bacon y el Bosco, otros haciendo referencias a Lovecraft y Sade. Fue hasta que algunos de los alumnos se acercaron a la pintura, que los detalles mostraron la verdadera profundidad de la obra. El rojo predominante les llamó la atención, un dedo incrustado dio la pista, pero fueron los cabellos largos pegajosos y los jirones de cuero con un tatuaje conocido, los que revelaron la horrorosa verdad.

Uno de los estudiantes cayó desmayado, otro empezó a reírse a carcajadas y finalmente uno gritó hasta quedarse mudo. Los otros asistentes al darse cuenta huyeron despavoridos entre vómitos y sollozos, aunque no faltó más de alguno que alcanzó a tomarle fotos antes que la policía lo decomisara como evidencia del parricidio.

Los restos de Jeremías nunca fueron encontrados. Del cuadro, los maestros de la academia dijeron que había sido enterrado en un funeral privado. La verdad, ahora conocida, era que pasó de mano en mano entre coleccionistas privados hasta llegar, no se sabe muy bien como, al sótano del Banco Central. Sin embargo, se puede aventurar la teoría de que el deterioro orgánico de la obra, a pesar del uso de formaldehído y barniz, más la inevitable decoloración de los fluidos corporales utilizados como pintura, hallan sido las causantes del destino final.

A Ezequiel dicen que lo mataron las maras cuando intentaba cruzar hacia México. Otros afirman que vive en Panamá con un nombre falso, haciendo retratos a los turistas europeos. Lo único que sabemos a ciencia cierta, aunque muy pocos seamos capaces de afirmarlo en público, es que nunca ha habido ningún cuadro tan horriblemente perfecto como el de los hermanos Mayorga.

Imagen "La Ansiedad" Francis Bacon

Alberto Sánchez Arguello

24 Febrero 2011

martes, 22 de febrero de 2011

LA MEMORIA


La memoria es un asunto curioso. La mayoría la damos por sentada, guardamos unas cosas, perdemos otras, pero contamos siempre con saber quiénes somos y más o menos desde donde venimos. Yo no.

Mi primer recuerdo es de hace un año atrás. Abrí los ojos y estaba tirado en una montaña de periódicos en el fondo de un cauce. Me dolía todo el cuerpo y vestía ropas harapientas. Por el olor de mi aliento y demás, daba la impresión de estar alcoholizado y con varias semanas sin bañarme.

Intenté incorporarme, pero una de mis piernas estaba rota sin duda y cuando me tantié la cabeza, sentí algo pegajoso, era mi sangre. Parece que unos chavalos avisaron a un canal de televisión y al poco tiempo llegaron las noticias, los bomberos y una ambulancia. En la tarde aparecí en los medios. Entre un macheteado de Malpaisillo y dos abusos en Ocotal, estaba la noticia del viejito caído en un cauce cerca del puente el Edén, con la memoria perdida y sin señales de familia o conocidos.

Nadie supo cómo me caí. Gente de los barrios afirmaron que yo era conocido en la zona, que desde hacia algunos meses había aparecido por ahí, pero que nadie sabía mi nombre ni origen. Decían que sobrevivía a base de limosnas y caridad pública. Yo sentí algo así como pena ajena, porque era como si hablasen de otra persona, “ese no soy yo” me repetía. No me sentía ni limosnero ni viejo. Pero los testimonios públicos y la imagen de los espejos me mostraba lo contrario.

Pérdida brusca de la memoria a largo plazo de manera permanente, fue el diagnóstico que extendió el sistema de salud. Después de una larga estancia en varios hospitales, comprobaron que podía hablar normalmente y conducirme sin problemas, así que me mandaron a uno de los pocos ancianatos sostenidos por el sistema de seguridad social. Los años dorados se llama acá. Tres enfermeras y un médico achacoso son nuestros carceleros, pero en realidad nadie tiene a donde ir, así que no hay para que escapar.

Vivir sin memoria tiene sus ventajas. En este año no he sentido culpa por nada ni he extrañado a nadie. He comido todos los días mis tres tiempos, he contado con una hora de ejercicio y varias siestas. Pero cuando llegaba la noche y estaba solo en mi catre, sudando en la noche sofocante de Managua, sentía un vacío en el estómago que se convertía en un punzón agudo en el corazón.

Hace dos semanas ya tenía un plan para matarme. La enfermera Sánchez siempre dejaba las Sinogan y otros tranquilizantes en el vestíbulo, mientras estábamos haciendo la siesta de la tarde. Era solo cosa de tomar unos cuantos frascos y tragarme a la medianoche todas las cápsulas que pudiera, para pasar de viaje.

Ya era el día fijado para mi plan cuando llegó Alfredo.

Era un hombre como de unos setenta años, de complexión fuerte y grandes entradas en un cabello plateado que contrastaba con su piel morena. Yo me le acerqué como hacía con todos los nuevos, talvez con un deseo no expresado de que alguien me reconociera. Pero igual nunca pasaba, ya me había echo a la idea que de mi lápida estaría en blanco, igual que mi memoria.

Pero ese día pasó lo más improbable: Alfredo me reconoció…

-¡Sos vos hijodelagranputa!- me dijo apenas me vio y las enfermeras se sobresaltaron –¡Yo te conozco cabrón! Hace veinte años que no te veo, pero seguís teniendo la misma jeta de hijueputa, la misma que me miró a los ojos mientras torturabas a mi mujer en el hormiguero- siguió gritando Alfredo y ya lo estaban agarrando porque se me quería abalanzar para darme de bastonazos. Yo no supe que responder, me quedé mudo de la impresión. Una mezcla de alegría de saber algo de mí mismo, junto con un rechazo total a lo que estaba diciendo de mí.

-Me está confundiendo- alcancé a decir, pero Alfredo ya no estaba ahí, se lo habían llevado a la sala de enfermería, para sedarlo. Me fui a sentar a una mecedora de mimbre que estaba en el salón de descanso, más convencido que nunca que esa misma noche terminaría con todo.

Estaba tan concentrado en un recuento de los pocos recuerdos que tenía de mi mismo en un año entre ancianos, que no me percaté cuando Alfredo se sentó a mi lado. – Alzheimer- me dijo con una voz serena y antes que yo le pudiera responder siguió –Y algo de demencia senil también. Pero no te preocupés hermano, esos diagnósticos son pendejadas que inventan para sacarle plata a uno. Vos y yo sabemos que estoy bien y que en menos de tres días vamos a irnos a recorrer senderos por las montañas de Jinotega. ¿Y mis sobrinos como van? La Teresita y Domingo, ya deben estar grandes- el me quedó viendo con un cariño que me dejó aún más confundido y una enfermera ya venía para llevárselo, pero yo le hice un gesto de que no pasaba nada.

-Están bien, ambos, siempre creciendo- le respondí después de dudar un poco. Él se sonrió con gusto, y respiró profundamente antes de volver a hablar –Siempre tuvistes madera para papá, desde pequeño mi mama decía que eras el más responsable de todos nosotros y nunca nos dejastes de cuidar- yo lo escuchaba mientras sentía en el cuerpo un calor que me hizo temer un derrame, y luego sentí mojado el rostro. Eran lágrimas.

Desde entonces Alfredo es mi hermano, mi cuñado, mi hijo, mi padre, mi enemigo, mi alumno y profesor. Dependiendo del día y el recuerdo que caprichosamente halla encontrado lugar en su mente. Yo dejé mi plan. Ya no siento el vacío en las noches, nos hemos adoptado mutuamente en nuestros olvidos y nuestras memorias.

Imágen: "Viejo Anonimo I" Eduardo Naranjo

Alberto Sánchez Argüello

22 Febrero 2011

viernes, 18 de febrero de 2011

EL CALLEJON


En el mero centro del mercado Oriental, cerca de la venta de chicha y los tramos de electrodomésticos, existe un callejón donde habita el corazón negro del universo, apenas sostenido por las manos temblorosas de Don Fabián Buitrago.

Yo lo vi una vez. Fue en abril, una semana antes de irme a trabajar a San José. Mi mama me mandó a comprar una tela a la casa de los encajes, pero yo me entretuve en la zona de video juegos y luego me dieron ganas de orinar.

Me metí rapidito a un callejón que no conocía. Era un lugar muy estrecho, con costo se alcanzaba de costado. Las paredes eran largas, manchadas de grasa y contil. Un olor penetrante a orín emanaba del espacio y el piso era de asfalto, muestra de una de tantas calles consumidas por el avance del mercado.

Como andaba reventando me puse a regar la pared nomás entré. Me tomé mi tiempo, aunque sentía algo raro, como que no estaba solo. A pesar de la sensación terminé tranquilo con mi urgencia. En lo que me estaba sacudiendo, ya para salir, me fijé que al fondo, en la oscuridad, se distinguía una silueta.

Mi curiosidad me impulsó hacia la figura. Me fui acercando quedito y empecé a sudar ¿Qué estoy haciendo? Me pregunté, bien podría ser un ladrón o un huelepega y yo acabaría tendido en ese callejón. Pero ya no había marcha atrás, estaba demasiado cerca para alejarme. Ya casi estando en el fondo del callejón me pude serenar. Era un viejito, del tamaño de un niño. Barba blanca espesa, moreno y con un par de ojos brillantes y negros como carbones. Su espalda estaba apoyada en la pared de la derecha y con sus dos brazos parecía sostener la pared que tenía enfrente.

-¿Te vas a quedar viendo o me vas a ayudar?- me dijo sin verme. Yo sin saber muy bien que hacer me acerqué y me coloqué igual que él: con mis manos en la pared. Apenas había puesto las palmas contra el cemento, sentí como un hormigueo en todo el cuerpo. Esto está raro pensé, cuidado y me quiere hacer este algo este viejo. –No te voy a hacer nada chavalo, toda mi energía la tengo invertida en detener este muro- me dijo como si adivinara lo que estaba pensando.

Hasta ese momento no me había detenido a pensar en lo extraño de toda la situación. Parecía un sueño, de aquellos en que uno vuela y el mundo está patas para arriba, pero a uno le parece todo de lo más normal. Estaba en estas reflexiones cuando el viejito me tomó del brazo y me jaló despacio hacia él. Yo me acerqué y ya estando lado a lado pude distinguir que andaba vestido de camisa y pantalón de algodón blanco, igual que las imágenes de los indígenas Matagalpa que aparecen en los libros de historia. En las muñecas de sus manos portaba unas pulseras echas de conchitas marinas y en los pies calzaba unos caites que aparentaban contar con la edad de su dueño

-Me llaman Fabián Buitrago, aunque mi verdadero nombre no es ese, pero es impronunciable en la lengua de los españoles- me dijo el viejito mientras seguía sostenido a mi brazo –Soy el último tlamatinime del calmecalt del norte. Me vine a Managua por la cobardía de no querer enfrentar la muerte del olvido. Hace diez años ya, en un sueño profundo Xochipilli, el príncipe flor, me dio la misión de resguardar el corazón negro del universo, oculto entre las sombras de este callejón- Yo que no sabía, si este hombre era un loco o un borracho delirante, empecé a moverme lentamente hacia la salida, pero Don Fabián no me soltó y por primera vez me miró a los ojos – Te voy a enseñar- me dijo y todo a mí alrededor se hizo oscuridad.

Lo primero que experimenté fue un sensación profunda de vértigo y luego un horror intenso al no poder sentir ni mis brazos ni mis piernas. Lo más parecido a aquel estado me había pasado al despertar de una operación. En aquella ocasión trataba de ordenar a mis extremidades que se movieran, pero no lo hacían, se quedaban quietas como si no fueran mías.

Miré a mí alrededor y me encontré flotando en una inmensidad oscura en la que titilaba a lo lejos un punto luminoso, como una tenue llama flotante. De repente la luz se hizo más y más pequeña hasta convertirse en un punto, que sin previo aviso estalló, desatando una luminosidad tan fuerte que quedé ciego por un tiempo que yo calculé como varios días. En ese lapso, traté de entender como era que no experimentaba hambre, ni frío o calor, y más aún, no respiraba. Imaginé que el viejo me habría matado allá en el callejón y ya no había necesidad de temer o preocuparme.

Cuando finalmente fui recuperando mi vista, el entorno había cambiado mucho. Incontables partículas luminosas se movían en espirales concéntricas a mí alrededor, chocaban entre sí y se expandían hasta conformar nuevas espirales. Entre ellas se movía en soledad una partícula oscura, tanto, que parecía un agujero flotante en medio de la oscuridad, era difícil detectarla entre tanto movimiento. En algún momento dejé de interesarme en aquella partícula y me perdí en aquellos bailes, sin darme cuenta en que momento el ritmo se hizo frenético. Por lo poco que había visto en las materias de física y química del colegio, entendí que estaba siendo testigo de los inicios del universo.

Las espirales se hicieron gigantescas y nacieron ante mí miles de soles, que se fueron tornando blancos, rojos y amarillos, hasta morir en gigantescas explosiones de las que surgieron nuevos bailes de polvo y luz que se fueron condensando dando origen a planetas, que giraban alrededor de nuevos soles, los cuales volvían a explotar. Este ciclo se repitió muchas veces, hasta que nació un planeta en particular que se fue haciendo azul y entendí que era el mío.

Sin saber como, me encontré flotando en la atmósfera de la tierra, contemplando el surgimiento de los volcanes, los mares y los bosques. Todo se movía tan rápido que casi no me percaté de aquella partícula oscura, que sigilosamente se hundió en el fondo del mar.

Miré los primeros organismos en el agua, las algas, los peces, los anfibios, enormes dinosaurios y finalmente los primeros seres humanos. Vi nacer la agricultura y los primeros pueblos. Miles de años de historia, fluyeron como las aguas rápidas de un río y súbitamente las grandes ciudades habían nacido y solo bastó pensar en mi país para trasladarme a Managua. Presencié entonces el desastre de sus dos terremotos y el nacimiento y desarrollo del mercado donde suponía que yo había muerto. Avancé con rapidez hacia el interior del Oriental hasta entrar al callejón y sentí que el corazón se me salía cuando me miré a mí mismo de pie, sosteniendo la pared.

-¿Lo vistes?- me preguntó Don Fabián mientras me soltaba, y yo con un hilo de voz, porque aún estaba tratando de recuperarme, le respondí –¿Ver qué?- el se sonrió con un gesto de maestro experimentado – El corazón negro del Universo, esa partícula oscura que te llamó la atención- Entonces entendí, las imágenes aún aparecían y desaparecían en mi memoria, pero todo cobró sentido. –Pero había caído en el mar- le dije con un poco más fuerza. Don Fabián dejó de sonreír y colocando de nuevos sus dos manos en el muro me habló sin verme – En vísperas de la llegada del sexto sol, el corazón negro del universo, trasmutado por los eones de su reposo en el fondo marino de esta nuestra tierra, se ha convertido en un tragamundos, atrapado entre dos dimensiones-Yo me sentía mareado, quería irme lejos de ahí y no escuchar más la voz del viejo.

-¿Y qué pasa si suelta la pared?- le pregunté sin entender bien porque había dicho eso. Don Fabián guardó silencio, sus manos temblaban y se podía notar el cansancio de su cuerpo – La pared se rompería y la división de los mundos con ella. Muerte y vida serían lo mismo, la luz y la oscuridad se abrazarían sin posibilidad de separarlas. Los mil seres y las mil cosas se fundirían entre sí hasta ser tragados por el corazón negro del universo, por siempre- volvió a callar un momento y por última vez me miró – ¿Me ayudarás?

Yo me fui. Salí corriendo despavorido por el mercado, no compré la tela ni miré para atrás ni un momento. A la semana ya estaba en Costa Rica, trabajando en el taller de mecánica de mi tío Carlos, lo más lejos que pude alejarme de aquel lugar.

Al terminar el día, mientras me limpio la grasa y el aceite, pienso en el callejón, recuerdo al viejito que sostiene al corazón negro del universo y mi estómago se siente como hielo. Quiero pensar que él seguirá sosteniéndolo, pero cuando estoy acostado, me termino durmiendo con la duda de cuanto tiempo más resistirá.

Alberto Sánchez Arguello 18 Febrero 2011

Cuento realizado en el marco del Taller Creación Narrativa impartido por Isolda Rodríguez Rosales ANIDE 5 y 12 Febrero 2011

domingo, 13 de febrero de 2011

EL EXTRAÑO CASO DE BENJAMIN RAMIREZ


Antes que Benjamín Ramírez estremeciera al país por sus actos aberrados, no era más que un chavalo moreno y larguirucho, de rostro fino y ojos tristes, uno más entre tantos otros que se ganaba sus realitos pescando descalzo en las orillas del lago de Managua.


Se mantenía cerca del asentamiento convertido en barrio de Los Martínez, sitio donde había vivido quince años en compañía de su madre María Arguello, una mujer flaca y encorvada, tuerta del ojo izquierdo. La señora tenía problemas para hablar y un reumatismo que cada día agotaba más sus posibilidades de subsistir, a base de elaborar las tortillas, que Benjamín vendía en Las Brisas, Linda Vista y Los Arcos.

El papá de Benjamín había sido un campesino venido de Jinotega, que entre borrachera y borrachera, apareció muerto un día por el parque Las Piedrecitas, cuando Benjamín comenzaba a gatear. Doña María era nacida en León. Se había venido a Managua, con la idea de montar una costurería, pero el destino le había dado muchos tumbos y terminó dedicando las horas en recuperarse del dolor de los reumas, para coser alguna camisa que le habían dado a reparar, antes de amasar las tortillas.

Dicen los vecinos que los dos vivían solos en una choza de plástico negro y latón oxidado. Adentro, solo contaban con una hamaca vieja de tela en la que dormían los dos, una mesita de plástico, un televisor cubano y algunos trastes de aluminio, para el fogón echo de barro. De Benjamín nadie tenía quejas, aunque dicen que era arisco como gato de monte, no había forma de meterle plática. Cuando pescaba no hablaba con nadie y si era a la hora de vender las tortillas, solo las entregaba y extendía la mano mientras decía el precio, nada más.

La gente hasta había llegado a pensar que era sordo, pero luego lo miraban con su mamá y se daban cuenta que alrededor de ella, el muchacho era otro. Solo hablaba con ella, aunque en una voz tan bajita que nadie más podía escuchar.

Los investigadores de los diarios reportan, que unos meses antes del asesinato de doña María, ella se tuvo que ausentar una semana para ayudar a una hermana que estaba muy enferma en Chichigalpa. Benjamín quedó solo por primera vez.

Parece ser que en esos días el muchacho anduvo desolado por las calles de tierra de los Martínez y que un grupo de chavalos mayores que él, le dieron a probar piedra y aprovecharon para violarlo en el sueño de la droga. Benjamín no volvió a ser el mismo. Se volvió aún más huraño y agresivo. Se manejaba por las esquinas mordiendo a quien se le acercara y fue el retorno de Doña María lo que evitó que se lo llevaran preso.

Raquel Huerta, la vende nacatamales de los Martínez, narra que los dos se desaparecieron de las calles por una semana, nadie los miraba y la gente se empezó a preocupar. Un día, el pastor del culto local entró en la mañana a la choza y se encontró con el cuadro grotesco de doña María, muerta de días, en el piso, desnuda de la cintura para abajo y encima de ella, Benjamín, penetrándola con rapidez.

El caso estalló en todos los medios, la comisaría de la mujer, a partir de la insistencia de la gente, hizo pública la única declaración del parricida: “Mi mamá no quería darme un hermanito para que me acompañara, así que la maté para tener uno”

Nicaragua tuvo un nuevo monstruo al que examinar. Corrieron todo tipo de opiniones científicas y moralistas. Al final, en medio de complicaciones legales por el código de la niñez y la adolescencia, Benjamín fue trasladado al hospital psiquiátrico con un peregrino diagnóstico de esquizofrenia.

En aquella cárcel para enfermos mentales, Benjamín pasó las peores noches. De acuerdo a los enfermeros, no podía dormir pensando obsesivamente en el cuerpo de su madre, descomponiéndose lentamente en un féretro de madera, aprisionado entre tierra infecta de gusanos y cucarachas. Tuvieron que amarrarle a la cama para que dejara de salirse al patio a lanzarse contra las mallas, en su desesperado intento de marchar hacia el cementerio, con intenciones no del todo expresadas.

Fue sometido a punta de duchas heladas y psicofármacos y poco a poco, su delirio fue mermando. Meses después solo presentaba un afán inofensivo de respirar en exceso cada dos horas, con la idea fija de aspirar las partículas de polvo de su madre, que irían subiendo desde las profundidades de su tumba.

Algunos años después, el país se olvidó de él, ya no era noticia. En algún punto entre el bajo presupuesto y el aspecto anodino de Benjamín, no se dieron cuenta de que un día no estaba ya, se había escapado, como tantos otros.

Pocos días después, lo encontraron en el cementerio. Al momento del hallazgo, estaba hundido en la tierra con el féretro de su madre abierto y el celador nocturno en la superficie, muerto de una pedrada en el cráneo. Para ese momento, ya había terminado de comerse los restos óseos de su progenitora.

No opuso resistencia alguna a la policía y se le miraba plácido y tranquilo durante el juicio que finalmente le condujo por treinta años a la cárcel modelo en Tipitapa. Ahora ya era mayor de edad y los argumentos de locura de parte de la defensa no estuvieron a la altura del asco y repugnancia popular que los medios habían fomentado.

Cuando alguien le preguntó en su celda porque lo hizo, Benjamín Ramírez con una sonrisa se limitó a responder: “para no estar solo”

Alberto Sánchez Arguello
9 Febrero 2011
Cuento realizado en el marco del Taller Creación Narrativa impartido por Isolda Rodríguez Rosales ANIDE 5 y 12 Febrero 2011

sábado, 12 de febrero de 2011

LA CIUDAD MUERTA


Quince minutos después del terremoto, Managua yace destruida por tercera vez en su historia. Desparramadas están sus casas y edificios, heridos de muerte por un 9.5 que echó por tierra la caótica ciudad. Un sol rojo sangre, contempla la masiva destrucción y el cielo está parchado de densas estelas de humo que suben dispersas desde los escombros de cemento y metal. Filas de carros abandonados, se agolpan en los semáforos y rotondas. Esperas el retorno de los dueños que no alcanzaron a escapar más que unos pocos metros, en medio del vaivén cataclísmico.

En el que fuera el nuevo centro de Managua, entre comercio, bancos y hoteles, rajaduras como ríos, recorren sus vías de norte a sur y de este a oeste, evidencias de nuevas fallas surgidas del impactante sismo.

La sucursal de Alke muestra sus puertas y vitrinas destruidas, con toda su vajilla congelada en una ola que se esparce hacia la calle. El resto de edificios no son más que un conjunto de metal retorcido. Sus techos parecen cartones apiñados en desorden. Solo el Hilton sobrevive, parcialmente derrumbado, mostrando sus interiores como si se desnudara a los ojos del Alexis, que inclinado, aún se sostiene lo suficiente para contemplar el desastre.

Solo un hombre camina entre el asfalto y los cadáveres aplastados. Es alto y robusto, de tez morena quemada. Tiene el pelo grasoso, negrísimo como plumas de cuervo, una quijada prominente y cuadrada y entre su frente ancha y unos ojos profundos, las cejas son gruesas y voluminosas. Usa una camiseta rota y sucia con la cara de Obama y un jeans lleno de parches que le queda como pescador. Sus pies descalzos son testigos mudos de las caminatas infernales de su trabajo como limpiavidrios y una que otra carrera para robar lo que le permita comprar pega.

Chepe Bolas es como le conocen los habitantes de la plaza de las victorias, aunque ya nadie recuerda a ciencia cierta el origen de su apodo.

Por primera vez, desde su venida desde el Caribe, unos quince años atrás, se permite una sonrisa, que deja pronto al descubierto sus dientes irregulares y sus muelas podridas. El vidrio roto, que raya sus pies llenos de costras, no le incomoda. Chepe está más interesado en revisar los cuerpos, en busca de alguna prenda de valor, dinero inclusive, este es su día de suerte, nadie le negará un peso.

Desde los escombros de lo que fue el Hiper Unión, le contemplan unos pocos vende lentes y accesorios telefónicos. Aún están recuperando lentamente la conciencia en sus cuerpos golpeados y confunden a Chepe con un espectro, cuando le miran inmerso en su macabra labor de voltear y registrar los cuerpos aplastados.

Chepe se conoce bien la zona. Sus buenos años de dormir en los campos de catedral, en el terreno de los circos y en todo recoveco y callejuela de los alrededores le ha dejado un entendimiento del terreno como nadie más posee. Pero ahora todo ha cambiado, parece un sueño dentro de un sueño. Se mira que sigue atontado por los vapores del pegamento y sin saber bien como logró sobrevivir, obliga a sus ojos a aceptar que lo que mira no es el alucín del último tarrito. El olor metálico de la sangre de sus pies y de las vísceras de los muertos le permite conectarse con la realidad del momento.


Chepe Bolas se carga los bolsillos rotos de relojes, celulares y billeteras, hasta que levanta la mirada y se detiene absorto ante la contemplación del estómago abierto del Hilton. En su centro desbaratado se yergue aún, en tenue equilibrio, una habitación con su cama en perfecto estado. Después de un tiempo en silencio, se abalanza raudo hacia el que fuera un suntuoso hotel, dejando atrás todo interés por el botín funerario que venía de recolectar.

Los vendedores, ya más repuestos, intentan gritar para advertirle el peligro, pero de sus gargantas solo surgen graznidos rotos y roncos estertores que no comunican más que el dolor de costillas rotas y espaldas lastimadas. Chepe de todas maneras parece estar más allá de sonidos o advertencias. Con una agilidad renovada, se encarama en columnas y pisos desnivelados hasta alcanzar el cuarto, milagrosamente intocado. Se sienta despacio en la cama, con una expresión de gozo que distiende su rostro hasta hacerlo ver casi en paz.

Por un momento los vendedores olvidan sus dolores ante la visión irreal que les llega desde lejos. El hombre tosco y brutal que han conocido en los semáforos, acostado como un bebé y arropándose a sí mismo para un descanso que posiblemente nunca había experimentado.

Luego sobrevino lo inevitable…

La caída de los pisos del Hilton, se anunció con un zumbido corto seguido de una serie de pequeños estruendos que asemejaban explosiones, y los vendedores tuvieron el tiempo de contemplar a Chepe que seguía acostado, sin inmutarse ni un poco por la caída de aquellas masas descomunales sobre su cuerpo. Nunca se despertó.

Luego, todo fue quietud. Solo una columna de polvo evidenciaba que el último gran edificio del centro, había sucumbido finalmente. Los vendedores, ya en pie, se ayudaron entre sí para buscar un refugio. Empezaron a andar sin rumbo cierto, bajando hacia la rotonda. En su caminar lastimero y silencioso, les acompañaba la imagen de Chepe, dormido en medio de la caída del coloso. Más de alguno diría después, que pensó si no sería mejor dormir así, para siempre, antes que enfrentar el rostro de la ciudad muerta, pero igual siguieron caminando, el impulso del instinto pudo más.

Alberto Sánchez Arguello

8 Febrero 2011

Cuento realizado en el marco del Taller Creación Narrativa impartido por Isolda Rodríguez Rosales ANIDE 5 y 12 Febrero 2011

lunes, 1 de noviembre de 2010

ESTELA NO ESTA



A Bertolt Brecht

Estela está sentada tomando café. El viejo reloj cucú de madera no ha dado las doce y ella ha desempolvado su apartamentito tres veces desde que se levantó. La acidez le hierve el estómago, pero ella se bebe su café igual, con una pausa ocasional para acariciar la cola de Matías, su gato.

Lleva seis meses prácticamente sin salir, no más que por comprar latas para ella y el felino. Ha sido un tiempo que le ha permitido construir nuevas rutinas que llenan la partida de Moisés, el único hombre que realmente conoció. Aún lleva el anillo de matrimonio, pero la viudez es visible en todo su ropero, donde las únicas prendas que han sobrevivido son negras.

El sueño la ataca, una pesadez que empieza por sus piernas y lentamente la llena de un hormigueo, hasta que sus parpados escapan a su control. El silencio es casi perfecto, solo se escucha el motor de la vieja refrigeradora Atlas, acompañado del ronroneo complacido de Matías.

De pronto se escuchan pasos, son rápidos y vienen desde la planta baja, alguien sube de prisa hacia el cuarto piso de los apartamentos. Estela se sobresalta y su cabeza duele por el súbito despertar. Afuera se escucha el chirriar de la puerta del apartamento vecino y un par de voces que susurran..

-Ya vienen, ya vienen-
-Cállate, te van a oír-
-No importa, que escuchen, deben huir todos-
-Espera, ¿oyes eso?..

Las voces callan y Estela casi bota el café de tan concentrada que estaba tratando de escuchar. A lo lejos se oye una sirena, pero pasa de largo. Ella no conoce a nadie en los apartamentos, se habían mudado un año atrás a la capital, convencidos de que los cuidados médicos del hospital central, detendrían el cáncer de Moisés. Había sido un tiempo perdido y ahora vive como una naufraga en medio de desconocidos.

Ya no se escucha nada en el pasillo, así que decide olvidar aquello, el mundo más allá de sus retrateras, porcelanas y Matías no es importante. Se prepara una sopa de arvejas y se dispone a su habitual repaso de los álbumes de fotos. Estela se perdía durante horas en los viajes de la memoria, manteniendo vivo su matrimonio a través de la repetición de diálogos y acciones en su mente. A veces se reía o lloraba a través de las instantáneas, eran su tesoro más preciado.

Cerca de las dos vuelven a oírse pasos, esta vez Estela cree distinguir al menos a cuatro personas, ella hace el mayor silencio posible para escuchar lo que dicen..

-Ya están en movimiento en todo el país, lo escuché por la radio-
-Si, yo también, han hecho redadas en varios barrios-
-Pero, nunca hicimos nada ilegal, solo hemos manifestado nuestras ideas-
-No según la nueva ley, ahora todo es ilegal, incluso esta conversación-
-Tenemos que escapar..
-Todas las fronteras están cerradas y también los aeropuertos…
-¿Qué haremos?
-Talves si pedimos ayuda a los vecinos, escondernos en otros apartamentos..

Al oír lo último Estela se agacha de forma instintiva, como si la pudieran ver desde afuera, cierra rápidamente la ventana del balcón y se mete al cuarto tomando al gato contra su pecho. Al rato tocan a la puerta despacito, y ella no contesta, vuelven a golpear con más insistencia y ella se tapa los oídos mientras se dice a sí misma que nadie debería obligarla a ayudar, menos aún sin son desconocidos para ella y para Moises, no es su asunto.

Abajo se vuelve a escuchar la sirena, pero esta vez se hace más y más fuerte, hasta asemejar un grito que se posa exactamente bajo la ventana del apartamento de Estela. Afuera se escuchan pasos de nuevo, y el sonido de alguien tocando otras puertas con insistencia, algunas se abren, otras no.

Vuelven a tocar la puerta de ella y Estela se acuesta en la cama con la almohada sobre la cabeza, mientras tararea una canción de cuna que su abuela le enseñó. Los golpes continuan durante un tiempo de manera frenética, hasta que se hace un silencio absoluto.

Estela se quita la almohada y se acerca lentamente a la sala, ya con la oreja pegada a la puerta de la entrada alcanza distinguir unos pasos diferentes, provenientes desde abajo. Escucha que se mueven con rapidez y de nuevo tocan de manera sistemática cada una de las puertas, hasta que llegan a la de ella. Esta vez no se esconde y pregunta con la voz entrecortada –¿Qué quiere?- del otro lado surge una voz fría y autoritaria –Este es el apartamento número14, ¿aquí viven Moisés y Estela Fernández?- Ella siente que el corazón se la hace chiquito antes de responder –Solo yo, ahora soy viuda, ¡ahora váyase!- Por un momento hay un silencio, escucha el movimiento de hojas y alguien que escribe con rapidez y antes que pase nada más, se oye un disparo y se escuchan carreras por todo el pasillo.

Durante una hora Estela se aferra aterrada a Matías, afuera se escuchan gritos, más disparos y las voces de las personas que subieron. Parece que han sacado a todos de sus apartamentos y nuevas sirenas se han ido sumando a la primera. Durante un tiempo se escucha el movimiento de mucha gente bajando y algunos sollozos inconsolables.

Finalmente todo vuelve a la calma y cuando ella ya respira con normalidad, nuevos golpes suenan a su puerta. Matías sale corriendo hacia el cuarto y Estela con mucha dificultad logra hablar –¿Qué quiere?- desde afuera la misma voz de antes le responde con cierto cansancio físico en el tono –Necesitamos hacerle algunas preguntas, ¡abra!- Estela siente que el alma se le va a los pies y con un esfuerzo responde con la voz más firme que puede –Soy una vieja viuda de setenta años, tengo asma y reumatismo, ¡por favor déjeme en paz!- afuera se hace un momento de silencio y luego se escucha un diálogo en voz baja.

-Esta vieja nunca sale, no creo que sepa nada
-¡Tenemos órdenes!
-Pregúntale desde acá, no perdamos tiempo

El hombre vuelve a hablar hacia la puerta –Tenemos una lista de nombres y necesitamos que nos diga si alguna vez vio, escuchó o supo que alguna de estas personas tuviese algún comportamiento sospechoso, ¿me escucha?- Ella siente una opresión en el pecho, lo único que quiere es que se vayan, que su mundo vuelva a reducirse a las cuatro paredes del apartamento, no se le ocurre nada más que responder –Dígame los nombres- afuera se vuelve a escuchar el sonido de papeles y la voz no tarda en hacerse oír –Roberto Fuentes, Marlene Rodríguez, Josué Alvarado, Jimmy Montes, Wilfredo Vargas, Mildred Leyton, Armando Rugama, Evert Duarte, Daniel Pulido, Dolores Jarquín, Camilo Navas, Doris Briceño, Mario Sánchez, Lidia Girón, Carlos Ibarra, Manuel Mathus, Arturo Buitrago… ahora responda, ¿alguna vez vio, escucho o supo que alguna de estas personas hubiese echo algo sospechoso?- Estela que no escuchó nada por el zumbido de la sangre que corre a mil por todo su cuerpo, responde sin pensar – ¡Todos!- afuera hay una pausa y se escucha un carraspeo - ¿Todos?- pregunta la voz y Estela no duda en repetir – Si, todos, ahora déjeme por favor- afuera se oyen murmullos que ella no logra entender y la voz se termina –Gracias por su colaboración, ha sido de mucha ayuda- y el sonido de pasos alejándose de la puerta y bajando las escaleras le indican a Estela que la pesadilla ha terminado.

Ya son casi las cinco, Estela se apresura a desempolvar una vez su más apartamentito. Al terminar, retoma el álbum mientras acaricia la cola de Matías. Solo falta una hora para la telenovela y está contenta porque le ha disminuido la acidez. Mira su anillo de bodas y lo besa, y piensa que será mejor volver a la provincia, ahí podrá vivir tranquila con sus recuerdos sin que nadie la venga a molestar.

Una hora después, cuando el cucú marca las seis, el apartamento está vacío. Matías maúlla en vano por comida, Estela no está, se la llevaron también.

Alberto Sánchez Arguello
1 Noviembre 2010

Imagen Cuadro "El llanto" de EVA MARIA VILLALBA VEGA 1996