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lunes, 20 de noviembre de 2017

LOS INCONVENIENTES DE LA ASOCIACIÓN LIBRE


El psiquiatra pronuncia la primera palabra, con la entonación más fría posible. El paciente la descompone en fonemas, se los traga y los devuelve convertidos en un escena en la que una mujer da el pecho a un bebé violeta que suelta el pezón para reírse tan fuerte, que salta el vidrio de las ventanas del consultorio, activando las alarmas de los autos del vecindario. El ruido asusta al paciente, que se transforma en una parvada de palomas que huyen hacia el cielo, sin dar las gracias y sin pagar la cita.

Alberto Sánchez Argüello
Noviembre 2017

Imagen: Fajar P. Domingo aka Ohfajar "A beautiful Mind"

miércoles, 15 de noviembre de 2017

EL ESPACIO VACÍO



Me levanto a la medianoche. Me parece que alguien tocó la puerta del cuarto, pero toda la casa está en silencio. Siento la garganta seca y me decido a bajar por agua. Al pasar al lado del cuarto de mi hija me sobresalto pensando en Isabel. La imagino dormida, en el lado de la cama que mi hija siempre dejaba vacío.

Isabel nunca la acompañaba a la escuela. La esperaba para jugar en el patio y pasaban horas hablando solas. "Es cosa de su edad, ya se la pasará" me decía mi padre y yo trataba de no mostrarme incómodo con aquellos juegos. Le busqué amigas. Invitaba a los papás de la escuela a la casa para que trajesen a sus niñas. Mi hija siempre las recibía en silencio y se molestaba si alguna de ellas se quería sentar en la silla de Isabel. Con el tiempo dejé de intentarlo.

Ahora siento el aire fresco que entra por una ventana. Regreso sobre mis pasos y abro la puerta del cuarto de mi hija. Saco una sábana de su closet. Con suavidad la despliego sobre la cama vacía y me voy. Mientras bajo las escaleras, pienso en Isabel. Seguramente extraña a mi hija, yo también.

Alberto Sánchez Argüello
Managua, Noviembre 2017

Imagen:  At Home on the Beach Torn Paper Collage More (artalthea.com)

lunes, 13 de noviembre de 2017

EL SALVADOR DEL MUNDO



Siempre evité incursionar en la política. Sé que habría terminado en la oficina oval, con el botón rojo a mi alcance, listo para destruir el planeta en mi primer período. También decidí no habitar en casa alguna, y me mantengo alejado de lugares públicos, así prevengo accidentes químicos o piquetes mutantes que podrían transformarme en un monstruo capaz de destruir ciudades enteras. Tampoco me permito hacer amigos que se dejen llevar por mi labia maléfica y terminen creando una secta alrededor mío, que lleve al exterminio de toda la especie humana. Por eso vivo así, sin techo y sin amigos, como un nómada de la basura, para poder salvar al mundo de mí mismo.

Alberto Sánchez Argüello

Managua, Noviembre 2017

Imagen: Collage by Sara Shakeel


lunes, 30 de octubre de 2017

BAILAR BAJO LA LLUVIA


En las tardes de lluvia extraño a mi Yaya. Nos encerrábamos en su cuarto y su voz suave me arrullaba al ritmo de las gotas. Me contaba tantas historias maravillosas. La del gigantesco pez que creó el mundo con un bostezo, la de los gatos que se comían las sombras, la de los monos que mancharon la luna.

Pero la que más me gustaba era la de las muñecas que querían ser humanas. "Contámela de nuevo Yaya", le decía, "pero con voz fuerte porque me duermo". Ella me sonreía y me aseguraba que en el inframundo hablan y caminan las muñecas que hemos perdido, y que algunas desean regresar. Me contaba como subían por las raíces del gran árbol, escalando a través de los mil mundos, hasta llegar a este. Cuando les da el sol, me decía, su piel se vuelve de carne. Pueden vivir entre nosotros, pero sin mojarse la cara, eso todas lo saben, agregaba con seriedad.

Ahora que estoy sola puedo escuchar su voz bajo la tormenta. El cielo está cerrado y algunas bandadas de pájaros luchan contra el viento. Ella me habría prohibido salir pero yo siempre quise bailar bajo la lluvia. 

Giro y siento sus abrazos, mientras el reflejo de los charcos me muestra mi rostro, completamente borrado.

Alberto Sánchez Argüello

Managua Octubre 2017

martes, 24 de octubre de 2017

LA PERSISTENCIA DE LA MEMORIA



Todos los sábados caminaba sola en el parque. Me gustaba sentir la corteza de los árboles, el césped acariciando las plantas de mis pies, el reflejo del sol en mis párpados.  Pero eso era antes, cuatro primaveras atrás, antes de las desapariciones.

Un lunes las mujeres se fueron a sus trabajos en sus autos, en buses, a pie. Nunca regresaron. Nadie se preguntó qué pasó con ellas. No hubo cobertura noticiosa, ni búsquedas oficiales. Cada vez que preguntaba por mamá, mi padre me miraba extrañado, como si nunca hubiese existido. 

Luego tocó el turno a las abuelas. Ellas desaparecieron una mañana de sábado. Quedaron sus cuartos vacíos, las camas desocupadas. Finalmente desaparecieron las niñas. Las bebes en sus cunas, compañeras de escuela, mis vecinitas. No se las volvió a ver. Me quedé sola, preguntándome porque no desaparecí junto con ellas.

Ahora vivo en un mundo poblado por hombres. Camino entre ellos sin que me vean. Andan distraídos, somnolientos, como si les faltara algo. Mi padre pasa horas sentado frente a la pared, sin comer, sin dormir. 

Por las tardes me siento en la acera, para ver la brisa que mueve los árboles. En el viento escucho el arrullo de mi madre, las letanías de mi abuela, las risas de mis amigas. Me pongo a cantar suavecito, para que el aire les lleve mi voz.

Alberto Sánchez Argüello

Managua 24 Octubre 2017

Imagen: collage de Fajar P. Domingo



viernes, 20 de octubre de 2017

LO QUE CALLAMOS LOS PAPÁS



Entre tecleo y tecleo, me vuelve la ansiedad. Es como un escarabajo que recorre despacio mi estómago. Empiezo a morderme los dedos y los labios. Todo se detiene cuando entra una llamada. La pantalla del celular me muestra el nombre de la profesora de mi hija. Su tono de voz me confirma que llegó el día. Hace un esfuerzo por calmarse, pero no lo logra. Entre gritos me narra atropelladamente los hechos de las últimas cuatro horas.

Me describe el incidente inicial, el pleito en el aula, los regaños, la reacción fuerte de mi hija, su llamado a la rebelión, el corre y corre de profesores, las barricadas de las niñas, mi hija levitando del enojo, la mal lograda negociación de la directora, los incendios en los baños, la cisterna vacía de los bomberos, la evacuación de las casas vecinas, el intento desesperado por salvar el edificio del consulado ruso, los vítores de los niños desde los techos, el llanto de las profesoras y mi hija, ojos encendidos, gesto fatal, caminando entre las ruinas del colegio.

Un poco más calmada, me dice que me están esperando los directivos, el consejo de padres, el jefe de bomberos, la señora alcaldesa, el embajador ruso, el señor Obispo, tres canales de televisión y un comisionado de la policía nacional.  

Cuelgo, me sirvo un café y pido a recursos humanos permiso para ausentarme. Mientras camino hacia la salida, me siento en paz. Ya no más ansiedades, no más preocupaciones, no mas escarabajos estomacales. Mi hija finalmente destruyó su escuela, ya me puedo relajar.

Alberto Sánchez Argüello
Managua Octubre 2017

Imagen: pintura de Van Der Heyden

jueves, 12 de octubre de 2017

EL ATENTADO



Los primeros rumores sobre un intento de asesinato al presidente de la república nos llegaron una navidad. Un grupo radical se infiltraría en una conferencia de prensa, con la cooperación de un diario opositor. Cancelamos todas las comparecencias públicas del presidente, e iniciamos una investigación. La falta de cooperación nos obligó a cerrar diarios y encarcelar editores y reporteros. Luego, nuestros espías en las fronteras nos informaron que los radicales se habían aliado con gobiernos vecinos. Construimos muros, cavamos fosas, cerramos el aeropuerto y prohibimos la entrada a cualquier extranjero. Hubo algunos inconformes que hicieron piquetes en las calles y los grandes productores protestaron en el campo. Procedimos a implementar de manera permanente el toque de queda y la ley marcial. A treinta años de aquella navidad, seguimos esperando el atentado.

Alberto Sánchez Argüello
Managua Octubre 2017

viernes, 6 de octubre de 2017

VOTOS MATRIMONIALES



Ahí va la pobrecita de Josefina para afuera. Ya son tres veces que sale del restaurante para ver si Germán está bien. Que si necesita el paraguas, que si tiene frío, que si mejor la espera en el café de enfrente. 

Los veo disimulada a través de la ventana que da a la calle. Ella intenta tomarle la mano y Germán ni se percata, sólo está ahí, de pie, mirando hacia la nada. 

Les dije a las chicas que este no era un buen lugar para reunirnos, demasiado lujo, demasiadas restricciones. Pero ellas querían celebrar el octogésimo cumpleaños de Josefina en un lugar nuevo. En la crepería de Don Santiago se come bien y siempre dejan pasar a Germán, pero no hubo manera de convencerlas. 

Ahora estoy aquí, pensando si cuando yo sea viuda pasaré mis días como Josefina, pendiente de mi fantasma.

Alberto Sánchez Argüello

Managua Octubre 2017

miércoles, 4 de octubre de 2017

ZAMANTA



Lejos de las cuadrillas de paramédicos, las tropas especiales de la policía, los batallones diezmados de militares, los edificios destruidos, la refinería en llamas, los miles de cuerpos tirados en las calles y el gigantesco reptil que sigue destruyendo la ciudad mientras escribe en las paredes un nombre dentro de corazones, Samanta observa el pandemónium con un par de binoculares. Al poco tiempo se aburre, maldice su suerte y llama a un taxi que la lleve al aeropuerto. Mientras prepara sus maletas, se consuela pensando que al menos aquel monstruo analfabeta nunca pudo escribir bien su nombre.

Alberto Sánchez Argüello
Octubre 2017

jueves, 24 de agosto de 2017

SOMOS LO QUE RECORDAMOS



Mi abuela siempre toma las mismas callejuelas sucias. A pesar de la insistencia de mi madre de cambiar su ruta diaria y cruzar por el parque para acortar la distancia a la pulpería. Es tozuda. Prefiere pasar saludando a medio barrio camino a comprar el pan y la leche.

Me mandan a que la siga, me dicen que me apure, pero hace mucho sol y recorro despacio las cuadras, con ese sueño pegajoso de los domingos por la mañana. Hasta me parece que sigo soñando cuando le paso al lado a un carruaje amarillo idéntico al que tuvo mi bisabuelo, cuando era cochero en Granada. Por ir viendo aquello, me escapo de tropezar con una monja que parece salida del retrato escolar del internado de mi abuela, la misma que les picaba la cabeza con un lápiz afilado si se portaban mal. Me restriego los ojos y miro hacia adelante un reguero de ropa vieja, ángeles de latón, libros tirados y un señor vestido de frac que sentado en la acera, contempla con tristeza un sobre cerrado que sostiene en su mano.

Apresuro el paso, pero voy de subida y las chinelas me jalan. Las vecinas están asomadas en los umbrales, tratando de entender lo que está pasando. Yo no me detengo, sólo evito pegarme contra una lancha encallada en el asfalto y un caballito de madera que se mece con la brisa matinal.

Mi abuela me espera sonriente, mientras acaricia el gato de la señora de la venta. Yo pido agua y se la paso junto a la pastilla diaria que olvidó tomar. Pero ya es tarde. Mi abuela ahora es una niña y de su boca caen sus primeras letras que se dispersan por el piso, ruedan hacia la acera y descienden lentamente por la calle, para acompañar al resto de sus recuerdos.     


Alberto Sánchez Argüello
Managua 24 agosto 2017

miércoles, 28 de septiembre de 2016

HOGAR



Después de siete horas en la fábrica, el hombre regresó a casa. Colocó cinco monedas en la ranura de la entrada y la puerta se deslizó suavemente hacia la derecha.

Adentro una niña jugaba en la sala y una mujer terminaba de servir la mesa. El hombre entró despacio, queriendo apreciar la escena sin que lo notaran, pero la niña alzó la mirada y le sonrió.

Se sentaron los tres. El hombre les contó su día entre máquinas y vapor. Les habló de la soledad que lo invadía en sus turnos, la presión de sus superiores, la ansiedad por escuchar la sirena que anunciaba el cierre de la jornada. Les describió su regreso, entre masas de hombres grises que caminaban sin hablar. Ellas lo escucharon atentas, la niña acariciando su brazo por momentos.

El hombre se levantó. Recogió los trastes y cubiertos para lavarlos. Desde la cocina miró a la niña acurrucarse con la mujer en el sillón frente al televisor. Al terminar, el hombre se acercó para abrazarlas, pero ellas se disiparon en el aire, como si estuviesen hechas de niebla. El hombre bajó la cabeza y arrastró los pies hacia la entrada, deslizó la puerta y sacó del bolsillo de su pantalón otras cinco monedas.


Alberto Sánchez Argüello
Managua Septiembre 2016  

sábado, 27 de agosto de 2016

ETERNO RETORNO


Para Borges y para vos Germán

Estas dunas están preñadas de olvido. Camino entre sus arenas sin rumbo, para volver siempre al mismo lugar. Me engaño pensando que regreso por los alacranes que lo habitan, pero en algún eco de mi memoria reconozco que aquí la brisa es más seca y que un montículo asoma bajo mis pies. Repito entonces el ciclo que luego olvidaré, alimentando mi cuerpo con pinzas suculentas para perderme después en la tarea imposible de desenterrar lo que permanece oculto. Soles y lunas se posan sobre mi cabeza, mientras mis dedos se reducen a muñones y mis brazos en huesos cubiertos de piel. Hasta que un día concluyo mi labor y la gigantesca efigie se revela ante mí. Centurias pasadas iluminan mi mente y vuelvo a recordar mi intento vano de convocar al innombrable en ausencia de mar, mi llamado a la muerte, sin humanidad que ofrendar. Me alejo entonces, esperando que la arena vuelva a cubrir la estatua maldita, deseando olvidar que soy inmortal.

Alberto Sánchez Argüello

Managua Agosto 2016

sábado, 20 de agosto de 2016

LOS OTROS



Madre siempre nos prohibió entrar al bosque. Nos enseñó a buscar entre los edificios abandonados lo que necesitábamos y a guardar silencio por las noches. Los otros duermen más allá de los árboles nos decía, no los debemos despertar.

Los mayores fueron los primeros en abandonar los restos de la ciudad. Dijeron que buscarían otros sobrevivientes y se internaron entre las ceibas para nunca regresar. Luego se fueron mis hermanas. Pensaban encontrar escorpiones o serpientes, cualquier cosa comestible que nos pudiese salvar. Las esperé durante meses, pero ellas tampoco volvieron.

Soporté el tiempo que pude comiendo termitas, muriendo un poco cada día bajo la lluvia negra. Una noche, con mis últimas fuerzas, me arrastré hacia el campo de cruces y saqué lo que quedaba de madre. Esa noche, mientras desgarraba carne y huesos, más allá de las tierras yermas, en la oscuridad de la foresta, despertaron los otros.


Alberto Sánchez Argüello

Agosto 2016

sábado, 6 de agosto de 2016

SABOR A OLVIDO


Hoy hace demasiado calor para jugar. Todos se fueron a sus casas, a excepción de Sara y Josué. La primera vez que los vi en el parque le pregunté sus nombres, ella respondió sin mirarme y eso fue todo, no quiso que jugáramos. Se la pasan apartados, Josué lanzando patadas mientras intenta subirse a los juegos más peligrosos y Sara que lo pellizca y empuja cuando cree que nadie los mira. 

Ahora podría acercarme y ayudarla a mecer a Josué, que está dormitando por el sopor, pero ella está como ida, moviendo su mano sin darse cuenta. Decido levantarme y buscar refugio en la glorieta, pero me detengo al darme cuenta que Sara me mira. En el tiempo que me toma decidir si debo saludar, ella toma el columpio de su hermano y lo lanza con la fuerza suficiente para que el cuerpo de Josué vuele hacia el asfalto. Cierro los ojos, no quiero ver la caída. 

Cuando los abro, Sara no está y el cuerpo de su hermanito está boca abajo en la calle. Su cabeza parece una tetera de porcelana quebrada. Tiene un agujero del que empiezan a salir mariposas negras. Se posan en los toboganes y columpios, en los árboles y las alcantarillas. Hay una que se coloca en mi boca, mueve sus alas despacio e intenta entrar, estoy demasiado mareado para evitarlo, así que la dejo.

Alberto Sánchez Argüello
Managua Agosto 2016

sábado, 12 de marzo de 2016

LA BELLEZA DEL SILENCIO


Mi hijo me arrancó la cabeza sin querer. Exasperado por alguna palabra me tomó del cuello y mi cráneo salió cuesta abajo, por las calles de la ciudad. En vez de desesperarme, disfruté el viaje, entre gatos hambrientos y caminantes que me esquivaban con asco. Un par de semanas después terminé en objetos perdidos. Me colocaron en una vitrina junto a zapatos gastados y llaves de diversos tamaños. Por las tardes veo pasar a mi hijo, de la mano de mi cuerpo. Se ven felices.

Alberto Sánchez Argüello
Managua Marzo 2016






viernes, 26 de febrero de 2016

HIJO ÚNICO



Desde pequeño siempre quise impresionar a papá. Mientras mi madre me felicitaba sólo por existir, él mantenía una mirada fría ante mis dibujos y textos. Un “está bueno” era el epítome de su crítica. Yo esperaba la emoción en su rostro, el orgullo en sus palabras, pero era como estar ante un muro de granito o un árbol, daba igual. 

En secundaria traté de llamar su atención con mis notas y volví a intentarlo con mis promedios universitarios, con idénticos resultados. Ya graduado trabajé con muchas organizaciones, amado por mis jefes y compañeros de labores, fui empleado del mes, colaborador del año, profesional notable. Él se limitaba a darme palmadas en el hombro. 

Cuando murió mi madre, mi duelo me llevó a mudarme de país y obsesionarme con las redes sociales. Creé blogs, grupos y múltiples proyectos digitales. Todos los días me llovían miles de likes y seguidores. Mi padre no se enteraba, nunca entendió el mundo de las pantallas. Decidí imprimir un millón de pulgares y mandarlos a la dirección postal de mi padre, tratando de hacerle entender lo mucho que me apreciaban en el mundo digital. Meses después supe que los usó para irse al "raid" por el mundo. 

Ahora me manda postales desde cada país que visita. En la última escribió que estaba orgulloso de su unigénito, pero que no se lo dijera a nadie, porque no quiere un hijo vanidoso. 

Alberto Sánchez Argüello
Managua Febrero 2016

miércoles, 3 de febrero de 2016

NOCHES DE BASEBALL



Esta noche no fuimos a jugar en el claro del bosque. Iván nos convenció de ir a espiar al nuevo guardia del cementerio. Nos dijo que estaba totalmente convencido de que esta vez sí era un vampiro. Me pareció un desperdicio de luna llena, pero los demás estaban muy emocionados y no les quise quitar la ilusión. Llegamos cerca de la caseta de madera y nos escondimos tras unos matorrales. El viejo no se percató de nuestra presencia, parecía un poco perdido con su uniforme gris lleno de manchas de café. Encendió un cigarro, pero no se lo terminó, una tos seca se lo impidió. Pasó un rato sintonizando estaciones en una radio inter y finalmente se quedó escuchando un partido de baseball. El viejo cerraba los ojos y parecía imaginar las carreras y atrapadas, de vez en cuando esbozaba una sonrisa entre sus labios arrugados y suspiraba. Los muchachos ya se querían ir, pero yo los detuve. Iván estaba desilusionado, pero a mí no me importaba que este hombre no tuviese colmillos, me daba gusto verlo así, gozando el juego en su imaginación, en paz. Cuando se quedó dormido me puse a pensar en mi padre y las veces que intentó enseñarme a batear, él con su paciencia, yo con mi torpeza. Luego los muchachos se levantaron y nos despedimos sin mirarnos, cada uno de vuelta a su lápida.

Alberto Sánchez Argüello

Managua Febrero 2016 

miércoles, 27 de enero de 2016

LA CORREDORA




Ella se amarra las zapatillas y empieza su caminata. Mientras su corazón anticipa la explosión de sangre que se avecina, su mente silencia los silbidos que la persiguen por las esquinas. Entonces estalla, como una bala, a través de aceras y calles irregulares. La ciudad se vuelve difusa, como una foto borrosa de incontables tonalidades de gris. Por un instante siente un fuerte empujón a su izquierda, pero no pierde el ritmo. No piensa en ello, solo importa correr, ahora mas libre y ligera, como si nunca más tuviese que parar, menos aún voltear a ver su cuerpo, que yace destrozado en el asfalto.

Alberto Sánchez Argüello
Managua Enero 2016

jueves, 26 de noviembre de 2015

LOS GARCÍA -26 DE NOVIEMBRE - FINAL



Mi hermana desapareció. Llevaba varias noches de paseos hasta la madrugada, pero esta vez no volvió. Le dije a mi madre que llamara a sus amigas de la escuela, pero a ella sólo le importa el hacha de papá. Se pasa todo el día sacando brillo al metal, mirándose a sí misma en el reflejo de su hoja. Creo que su mente está tan mal como la mía.

Yo tuve que ponerme guantes para olvidarme del payaso, aunque permanece la sensación pegajosa de sangre entre mis dedos. No he bajado al sótano. No quiero confirmar que su cabeza sigue ahí. Mi padre parece que también desapareció. Desde que se fue no volvió a llamar. 

Sólo me queda Lucía, mi mejor amiga de la escuela. Aunque se puso muy extraña desde la muerte de su hermano. Incluso me contó de una vaca que le enseñó a construir una pequeña máquina. Al comienzo no quería ayudarla a armarla, pero  me fue convenciendo un poco cada día. Así que fuimos reuniendo las piezas y decidimos guardarla bajo mi cama. Ahora Lucía está enferma en casa y sólo quedo yo para activarla. Cuando lo haga, la máquina producirá una onda expansiva que me borrará a mí, luego a mí madre, los vecinos, el resto de departamentos, a Lucía y su madre, la escuela, mis compañeros y profesores, el ministerio, los bomberos, los policías, los perros, los gatos, los árboles del parque, los niños sin casa, la heladería, todos los chocolates, el resto de ciudades, el agua, la tierra, mi padre…  

Sólo tengo que acercar mi mano, apretar el diminuto botón rojo y desear en el último segundo que el mundo vuelva a nacer, con otras ciudades, con otros departamentos y en uno de ellos mi familia, a como fuimos, a como pudimos ser.

Mi madre algún día lo entenderá…

Alberto Sánchez Argüello

Managua Noviembre 2015

#Wordvember DÍA 26

miércoles, 25 de noviembre de 2015

LOS GARCIA -25 DE NOVIEMBRE




Sentada en esta banca pienso en mi vida. Ya no queda nada de esa emoción inicial de flotar sobre los techos. Moverme por encima de los parques y esperar sentada en las copas de los árboles. Acechando a vagabundos y niños perdidos con sus tarritos de pegamento. El gusto de la cacería. La recompensa final.

En casa la carne cruda escasea. Mi madre ya no sale a hacer compras como antes, se la pasa todo el día sacándole brillo al hacha de papá. Mi hermano parece que tiene algo roto por dentro, lavándose siempre las manos hasta sacarse sangre de la piel, mirando las paredes como si quisiera hablar con nuestra abuela.   Ese sitio ya no es mi hogar.

En otras ciudades los vampiros adolescentes se mueven en manadas, bañando de sangre el asfalto nocturno de las ciudades. Yo amo mi soledad, pero a veces quisiera un acompañante, otro monstruo que mire la luna como yo la miro. Alguien con quien compartir la cacería. 

Por eso me acerqué a ese muchacho. Ese que tenía una mirada oscura, un brillo de demonio. Lo seguí por horas y me hice notar. Él me esperó en un callejón. Noté que tenía un bulto bajo su chaqueta. Me dije a mí misma que era una pistola, una navaja quizás. Me acerqué confiada de mis colmillos y cuerpo inexpugnable. Él me dejó acercarme y ofreció su cuello. Yo, consumida por la fantasía de un amante inmortal, me dejé llevar.

Tardé un tiempo en sentir la estaca rascando mi corazón. En un parpadeo desmembré al muchacho, pero el daño estaba hecho. En el fondo sabía lo que iba a pasar, siempre lo supe. Ahora la banca se alarga debajo de mí, como un mausoleo de granito. Allá arriba la luna se torna roja y yo siento frío, por última vez.

Alberto Sánchez Argüello

Managua Noviembre 2015

#Wordvember DÍA 25