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viernes, 14 de enero de 2011

EL BARCO NEGRO


Dicen que Julian tenía la frente ancha como su abuelo y los brazos y piernas largas como su mama, era el más chigüín de la casa, a sus 17 años ya cazaba guardatinajas y pescaba como el mejor.

Vivía con su familia en la ladera del río coco, algo alejado de Musawas, la capital de mundo mayagna. Cuando iba a las ciudades, su piel morena ceniza le mostraba a los miskitos, mestizos y españoles que él era uno de los originarios: los primeros exploradores de Managua y matiguas.

“Ya están peleando otra vez los españoles” oyó contar cuando fueron a comprar aceite y gasolina junto con su hermano mayor. En la ferretería de Josué Briton en Bonanza. escuchó hablar de difiriendos o deferendos entre Nicaragua y Costa Rica, algo sobre el río San Juan y pláticas sobre elecciones presidenciales y fraudes electorales.

Estas cosas no tenían sentido para Julián, a él se le iban los ojos en las nuevas lanchitas que vendían cerca del puerto. Le atraía la vida del buzo que cazaba a mano las langostas en el fondo marino. Su mamá le decía que eso era peligroso porque se podía hallar a la liwa mairen, pero Julián quería vivir otra cosa, conocer otros lugares.

“Mañana va a ser primera luna llena de verano, mala cosa, el barco negro pasa” dijo Elías, su hermano mayor, mientras le señalaba que ya era hora de volver. A Julian, que estaba sudando con los grandes potes de aceite a cuestas, le dio un vuelco el corazón. Su mente voló hacia los recuerdos aún frescos de la abuela Yaritza, cuando contaba sus historias en las noches estrelladas.

La abuela Yaritza le había enseñado a hablar. Eran diez hermanos y todos en la casa estaban ocupados, solo ella lo atendía. Usaba historias para que aprendiera la lengua y las costumbres mayagnas y al cumplir los 15, lo sentó junto a ella para contarle una historia diferente que le marcó para siempre:

“Dicen que esto ocurrió hace cinco años, río arriba. Una comunidad mayagna recibió la visita de unos hombres armados que venían en un barco grande con lujos. Eran vendedores de polvo blanco y le ofrecieron a la comunidad dinero y armas a cambio de que les ayudaran. La comunidad accedió y por un tiempo todo fue paz y provecho. La gente de la comunidad fue teniendo dinero y aparecía en las ciudades comprando ropa, víveres y hasta motores. Los españoles sospecharon, así que un día atraparon a unos chavalos y les sacaron la verdad, luego dieron con una lancha de los vendedores. La comunidad tuvo miedo de lo que podía pasar y se escondieron en los bosques. Pero los hombres los encontraron y los mataron a todos. Una abuela sukia muriendo al lado del río, maldijo a los hombres y su barco. Dicen que un niño que había logrado esconderse, la oyó decir que el río se les cerraría y que nunca saldrían de su cauce. Desde entonces vagan eternamente en el río y a veces, en verano, cuando hace luna llena algunos lo han visto, todo negro por la suciedad y los hombres flacos y en harapos. Piden ayudan y ofrecen su cargamento de polvo blanco, pero ahí nomas se los lleva el viento y no los vuelven a ver”

La abuela había muerto poco después y de todas las historias aquella era la que había quedado más impregnada en la mente de Julian. Uno de sus primos afirmaba haber visto el barco y se decía de gente que había conseguido “pesca blanca” en el río en noches de luna llena, seguramente parte del cargamento del barco fantasmal.

La noche del siguiente día cuentan que Julián se escapó de su casa, algunos dicen que lo  acompañó el primo, otros que se fue solo, el caso fue que nadie supo de él.

Años después, cuentan que Elías, ya con sus propios hijos, estaba solo en una panga en la ribera, con la luna llena sobre su cabeza, y un viento fuerte sopló desde el norte. Entonces divisó una barcaza negra y mohosa  en el horizonte: en su proa, unos hombres barbudos transparentes y entre ellos, un muchacho con el rostro gris que le saludó al pasar, era Julián y antes que su hermano mayor pudiera reaccionar, el barco se evaporó en una niebla oscura.

Desde entonces su familia le ha intentado encontrar, varios sukias quisieron rescatarlo, pero el que se sube al barco negro no puede regresar, las almas están encerradas en el río, con los hombres del polvo blanco, sin ningún puerto al que llegar.

Alberto Sánchez Arguello
14 enero 2011

domingo, 1 de agosto de 2010

LOS DUHINDUS



Dicen que esta historia es cierta, que aconteció iniciando el invierno del dos mil nueve, poco antes del golpe de Estado a Honduras; en un campamento mestizo entre Puerto Cabezas y Kambla, donde desaparecieron en una sola noche ocho bebes sin dejar rastro.

De la comisaría de la mujer mandaron una comisión investigadora a pedido urgente de los mestizos que habitaban el campamento; la mayoría desmovilizados de la resistencia, que después de haber trabajado en las minas de Siuna por años, habían obtenido títulos dudosos para las tierras cercanas a territorio miskito.

La teniente Teresa Sandino fue asignada como responsable de la comisión y se presentaron un viernes al improvisado emplazamiento de plástico negro y troncos rollizos, ubicado en un claro despalado a punta de machete por sus habitantes.

Don Julián Ramírez hombre mayor, de salud precaria, originario de Chinandega y antiguo compañero de armas del comandante “Yahob”, fue el primero en dar su parte: “El Lunes pasado todos los hombres nos fuimos a Bilwi para comprar insumos agrícolas para las parceles que vamos ganándole a la selva; cuando volvimos ya era noche cerrada y encontramos a las mujeres llorando, gritando amontonadas en el claro al pie de la Ceiba; estaban junto con los niños más grandes y nos dijeron que las criaturas habían desaparecido, que nadie sabía nada, solo que cuando se acostaron todo fue que apagaran los candiles para que escucharan como unos siteos, así como “ssttt, ssstt” y luego un silencio completo, como si todos los grillos y los animales del monte se hubieran metido bajo tierra, nos dijeron que se asustaron y cuando prendieron los candiles los bebés ya no estaban, los ocho chateles entre dos y catorce meses de las doce familias que somos”

La Teniente Sandino se entrevistó con todas las familias y lo poco que sacó en claro fue que todos afirmaban que la desaparición había coincidido con un fuerte aroma a jazmin, impregnado en las cunas y en los moisés. Por eso algunos mencionaron que hacía un mes uno de los chavalos de la María Juárez se había ido a buscar leña por la ribera del río y lo habían estado siteando a su regreso. El chavalo decía que se había molestado pensando que era su primo jochándolo y le tiró piedras a los árboles y más bien se la habían devuelto y que cuando se fijó bien miró un hombrecito con un sombrero puntiagudo y una cotona roja, ¡eran los duendes! dijeron las señoras mayores y que se habían llevado a los bebés al monte para convertirlos en criaturas iguales a ellos.

Para la Teniente aquellos eran disparates copiados de los cuentos de la comunidad miskita de Kambla; sin embargó visitó las tiendas y pudo sentir el aroma intenso a Jazmín en los lugares donde habían acostado por última vez a los bebes desaparecidos.

El hermano mayor de uno de los bebés, José Ferrufino, le dijo a la teniente que habían sido los miskitos los que se habían llevado a los bebés, para hacerles brujerías como castigo por estar en sus tierras, y tuvieron que amenazarlo con echarlo preso, porque quiso levantar a la comunidad para ir a Kambla a buscar a la bruja que él suponía estaba allá y sacarle la verdad a la fuerza.

La comisión pasó tres días en sus investigaciones y ya estaban por retornar a puerto cabezas cuando desde la ribera del río llegaron tres hombres del campamento, gritando que ya tenían a la bruja culpable. La Teniente y su gente corrieron anticipando una desgracia por la desesperación de aquella gente.

Cuando llegaron a la ribera se encontraron con seis hombres de pie mirando a José Ferrufino patear a una mujer anciana cubierta de sangre y arena; Ferrufino les gritó que la habían hallado merodeando por el campamento y que luego huyó al verlos, que de seguro era la bruja miskita y que había que hacer justicia. Rápidamente lo detuvieron y la Teniente pidió que la dejaran con la mujer.

Solo la Teniente sabe exactamente lo que dijo la anciana, pero algunos de los policías alcanzaron a escuchar las últimas palabras de la miskita. Dicen que la Teniente le preguntó como se sentía y la anciana la tomó de los brazos y mirándola le dijo con lo que quedaba de voz:

“tinki palé, muchas gracias muchacha, estos hombres ladinos me mataron sin tener culpa, Saura, Saura, malos, malos ellos que golpeaban a sus bebes, que los violaban y hasta los mataban, por eso los duhindus vinieron y se llevaron a los más pequeños, porque a ellos les dolía lo que no les dolía a sus madres. Los duhindus se apiadaron del llanto de las criaturas en la noche, de sus gritos ahogados por el puño de los hombres. Los bebes no volverán, ahora serán duhindus también cuando crezcan, mejor vida para ellos; Saura, Saura ladinos, no deberían estar aquí, Saura, Saura…

Y dicen que la anciana se murió ahí, desangrada en la tierra, sin que nadie pudiera hacer nada. La Teniente quedó impresionada con lo que había escuchado y volvió al campamento, esta vez para interrogar a las mujeres y después de mucha insistencia descubrió los secretos que guardaban: los maltratos, las humillaciones, los niños y niñas violados por sus papás y padrastros y la ubicación de los cadáveres dos bebés enterrados, muertos por desgarre anal.

La comisión volvió a puerto con varios culpables: los hombres agresores y asesinos del campamento, los parricidas. Pero de los bebés nunca se supo más nada; los cuerpos encontrados no correspondían a ninguno de los desaparecidos y por mucho tiempo se hicieron búsquedas en las tierras aledañas al campamento, pero no se hallaron otros cadáveres.

La Teniente Sandino siempre expresó a sus superiores su certeza de que aquellos bebés habían sido asesinados también, pero los que la conocen dicen que aún puede sentir aquel olor intenso a jazmín y las palabras de la anciana moribunda aún le oprimen el corazón, formando en su mente la imagen de los duhindus en la oscuridad de la selva, atentos a los bebés, cuidándolos como nosotros hemos olvidado hacerlo.


Alberto Sanchez Arguello
1 Agosto 2010

domingo, 18 de julio de 2010

LA CEGUA


Viernes a la media noche en Managua, los hijos de empresarios y políticos compiten con motos modificadas en carretera Masaya. La zona Hipos se infla de comensales que engullen varios salarios mínimos entre cócteles y boquitas; en las gasolineras circulan los que peregrinan entre bares y fiestas, hacen filas para sus recargas telefónicas y se llevan una que otra lata de cerveza para la jornada de desvelo que les espera.

En la subida de la loma, agotando las cunetas con sus tacones, los travestis y las prostitutas hacen sus recorridos conocidos. Precios variables inversos a la experiencia, tal vez una de las pocas transacciones en que la juventud encarece el precio.

Y eso es lo que busca Fernando, recién vuelto de sus negocios en Guatemala, ya quiere probar la nueva mercadería. Pero él sabe donde encontrar lo que busca y pasa de lejos plaza inter acelerando hacia el Lago en su Lexus sin placas.

El no quiere lo usado, su nariz busca el olor de lo nuevo, apenas recién salido a la calle, de lo que solo se encuentra por el Malecón. No será la primera vez que hace este recorrido, si hasta tiene su marchanta que le avisa por encargo cuando una niña va a estrenarse. En los barrios del Lago saben que paga buenos dólares, pero solo la primera vez, por eso le llaman el “Rompedor”

El Lexus azul de vidrios oscuros aparece moviéndose despacio frente a la concha acústica y la seño Yamileth se lo queda viendo desde la plaza Juan Pablo II, ya se lo tiene medido el carro y llama por celular a las chavalas para avisar.

“Ya vino” dice con cierto entusiasmo por la comisión que le viene y se mueve hacia la cuneta por el lado del teatro para recibirlo. El vehículo se acerca y el vidrio del copiloto baja lo suficiente para dejar escapar la voz del conductor “¿me tiene algo fresquito?” pregunta con tono ansioso y la seño le guiña el ojo desde afuera mientras le señala hacia el parque de la revolución “allá están para que las conozca, ya saben que va para allá”

Fernando no se hace esperar y mueve el vehículo en la trayectoria precisa hacia su destino. Al llegar no se baja, sino que abre su ventana y mira hacia afuera como se acercan las siluetas de tres chavalas. Dos de ellas lo miran con miedo, sus rostros, a pesar de la máscara de maquillaje, no logran ocultar su verdadera edad y sus cuerpecitos apenas sostienen los vestidos plateados que una mano con mal gusto corto para aquella ocasión.

La tercera tiene un pelo negro que casi le cubre el rostro, pero aún debajo de la espesa cabellera Fernando puede ver el brillo de una mirada que lo fulmina y trastorna a la vez. Casi no tiene maquillaje y su vestido negro de una sola pieza se ajusta como echo a la medida.

“Esa” dice Fernando sin notar que está salivando. La seño Yamileth que ya está ahí se asusta al ver a la tercera chavala y se acerca al cliente “Don Fernando, esa no es mía, nadie la había visto nunca” el hombre casi no le escucha, su mirada está perdida en la lujuria que lo consume “No me importa, esa quiero” repite y la seño se siente consternada ante la situación. Por un momento intenta tomar a la intrusa de la muñeca para correrla, pero al tocarla su mano queda agarrotada con un dolor helado que le clava agujas en la articulación. Se tapa la boca para sofocar el grito de dolor y no se mueve mas mientras mira a la chavala entrar en el Lexus. “Ese ya no es mí problema” piensa, a la vez que se lamenta de perder tan buen cliente, “Porque ese ya no volverá” dice en voz baja y se va con las niñas.

Fernando no se ha dado cuenta de nada, solo maneja frenético hacia carretera Masaya, con su presa bien arrellanada en el asiento de al lado. Sus fosas nasales están invadidas por el sutil aroma de la piel de esa chavala extraña, que no conoce pero que pronto poseerá.

En la entrada del Motel le ven pasar, cliente conocido de años, mandan a preparar los jugos de naranja y los camarones antes que él los pida. Fernando se mueve despacio, quiere degustar la noche con todos los placeres que le esperan. Él le abre la puerta y le muestra el acceso al cuarto especial, antro con fuentes de cemento y camas de fantasía, ella camina con lentitud mientras su cabellera nunca acaba de mostrar su rostro.

El se mete al baño y se prepara para el festín, aún sin percatarse del ominoso silencio y mortal tranquilidad de la chavala. A Fernando le preocupa más su barba mal cortada y el mal olor de su boca, así que se toma su tiempo para afeitarse y darse un baño completo, aumentando aún más su ansiedad por tenerla.

Al salir del baño el vapor de la ducha se confunde con la oscuridad helada de la habitación, con torpeza avanza en la oscuridad y se tropieza con una tela tirada en el piso, al levantarla descubre que es el vestido negro de una pieza, se lo pega a su nariz y lo aspira varias veces hasta casi marearse.

Fernando se despoja rápidamente de las pocas ropas que aún lo cubren y avanza en la oscuridad, apenas herida por la luz vertical que surge del cuarto de baño atrás de él “¿Donde estas amorcito?” pregunta con palabras dulces mientras se imagina tomándola de la cabellera, pero no hay ninguna respuesta.

Al hombre le gusta el juego, pero después de golpearse con la fuente empieza a perder la paciencia y su ansiedad se ha vuelto insoportable “¿Qué te hicistes jodida?” dice en una voz que no oculta su enojo y esta vez si hay una respuesta, una risita jocosa a su izquierda, como revelando el final del juego de las escondidillas.

Fernando se vuelve a animar y se voltea hacia la risita y sus pies sienten algo suave, lo levanta pensando si será la ropa interior de su platillo principal y al aspirarlo se extraña del olor a cirio quemado, cuando lo alza más hacia el reflejo de la luz se percata horrorizado que es piel humana, como un traje, desde los pies hasta la cara y una cabellera negra pegada al cuero cabelludo. En la espalda como cremallera, una abertura sanguinolenta muestra el lugar de salida, ¿pero de que? Fernando corre hacia el baño para encerrarse, pero el suelo está mojado por sus propios pasos y resbala pegando su cabeza con la parte baja de una de las camas….

Medio inconsciente por el dolor del golpe, ve una figura que se arrastra hacia él, un fuerte olor a sangre y monte se mueven con ella. Ya cerca puede distinguir en medio de aquella masa informe de carne, pelo y sangre, unos ojos negros que le queman su mente, sus gritos se ahogan entre la masa que se le mete entre su garganta, el silencio lo cubre todo.

Cuando llaman a la ambulancia cuatro horas después, es muy tarde para Fernando, sus ojos están perdidos, una baba desconocida le cubre todo el cuerpo y a pesar de no encontrar herida o golpe, el hombre no responde a ningún estimulo, “si hasta parece jugado de Cegua” dice uno de los camilleros, mientras se lo llevan al área privada del hospital psiquiátrico.


Alberto Sánchez Arguello
18 Julio 2010

miércoles, 7 de julio de 2010

EL DIKUTNA


Han pasado siete días desde la última inundación en Musawas, la capital del mundo mayagna. Las pocas familias que no fueron evacuadas por las crecidas de los ríos se juntan por las noches ante las hogueras, para rememorar tiempos anteriores bajo la mirada atenta de los sukias, los chamanes de la comunidad.

Todos esperan algo, una señal que les muestre si deben volverse invisibles como los ancestros que escaparon de la guerra de los diez años, que es la manera como se llama en la historia mayagna a los enfrentamientos entre la contra y los sandinistas.

Durante aquellos diez años algunos habían echo un pacto con Asangba el antiguo Dios, desobedecido por los abuelos y abuelas mayagna; le pidieron que los volviera invisibles ante los ojos de los españoles, a ellos, sus familias, bienes y animales. El Dios les había concedido su deseo y ahora en aquellas comunidades solo rocas y madera eran visibles ante la mirada de los que venían del Pacífico; ellos habían logrado escapar de la desdicha de las balas, de la destrucción de sus casas, porque mucho había sufrido el pueblo mayagna a manos de los miskitos, los ingleses, los españoles, Pedrón, la Contra y los gobiernos de la llamada Nicaragua.

Una vez más la historia mayagna volvía a ser de desgracia y la gente no sabe decidir su propio camino, así que miran en el fuego buscando entender en su movimiento el mensaje oculto del Universo, alguna señal que les diga que hacer, hacia donde ir. Pero el fuego no quiere hablar, solo la mirada inescrutable de los sukias parece entender algo en medio de aquel fastuoso baile ígneo.

Abelino se puso de pie y todos hicieron silencio, era el abuelo mayor, el sukia mas antiguo descendiente de aquellos pocos que habían luchado contra los miskitos cuando fueron expulsados por ellos hacia el interior de la selva. Su rostro, surcado por mil arrugas, mostraba la preocupación de un hombre que siente la carga de su pueblo en la espalda.

Abelino tomo una vara de granadillo y empezó a hablar despacio moviéndose alrededor del fuego:

“Los primeros hermanos dieron existencia a las montañas, a las lagunas, a los bosques, los ríos y sabanas; entonces los dos hermanos, creadores del mundo Mayagna, remaron sobre un río en un pipante pequeño. Pero una correntada del río los volcó y cayeron al agua y tuvieron que nadar hacia la orilla para salvarse. Sintiendo frío buscaron las piedras Ki Pau y con ellas encendieron un fuego, chocándolas para producir chispas y tomar un pedazo de tuno para así prender el fuego. Los hermanos tenían hambre así que se metieron al monte donde hallaron maíz, que cortaron y tostaron para llenarse. Luego echaron las mazorcas de maíz en distintos lugares, las mazorcas que echaron en el suelo de inmediato se transformaron en animales y corrieron en todas las direcciones, las que echaron en el río se transformaron en peces y las demás se transformaron en pájaros y salieron volando. Asombrados por aquella vida creada y sorprendidos por la forma extraña que mostraba, los hermanos se durmieron. Lueg, en lo más profundo de la noche, Papang, el hermano mayor despertó cuando sintió que el fuego de la hoguera lo había alcanzado. Cuando este empezó a estar ardiendo en llamas se desprendió de la tierra y subió hacia lo más alto, hasta que su hermano menor solamente logró mirarlo como punto grande, redondo y ardiente en lo más alto del cielo, fue así como llegó a ser el Sol”.

Los más jóvenes que por primera vez escuchaban la historia de la creación, se preguntaban en silencio si sería cierta, después de todo aquellas narraciones mágicas y misteriosas parecían fantasmas grises que se desvanecían cada ves mas cuando se enfrentaban ante el avance de los ladinos en las tierras ancestrales, ninguna divinidad, ni siquiera el propio Papang, parecían capaces de parar la tala del bosque y el robo de las tierras.

Abelino sintió las dudas que carcomían los corazones de los jóvenes y volvió a hablar mientras su rostro era esculpido entre sombras y luces por el fuego:

“Ahora es el momento de actuar nosotros. Hemos sido responsabilizados por los hermanos para cuidar del río, la tierra, el danto y la Ceiba; allá en la oscuridad se mueven las armas de metal de los hombres ciegos, ellos vienen quitando y matando lo que no les pertenece, nuestra magia aún está intacta, usaremos El Dikutna”

Las últimas palabras tuvieron un efecto impactante en el grupo, adultos y niños repetían el término casi olvidado. “Dikutna” decían, separando las silabas, saboreando la sensación de vocalizar la palabra que evocaba imágenes de muerte, una esperanza oscura reservada para los momentos más terribles de la historia mayagna.

Los abuelos más viejos recordaban aún lo que sus abuelas les contaban de las guerras entre miskitos y mayagnas. Mucho tiempo habían resistido el embate de los miskitos hasta que los ingleses proporcionaron armas y machetes a sus enemigos; los mayagnas se tuvieron que esconder en las montañas, en los pantanos, pero algunos de ellos habían juntado sus saberes y construyeron la bomba de los sumus: El Dikutna.

El poder del Dikutna provenía del sukia, quien se relacionaba con los espíritus de la montaña, de los ríos, del cielo. Aquel era el poder último de los sukias, que se alimentaba del miedo de los enemigos.

Abelino mandó a traer el líquido del árbol de chicle, el Malaktah, recogido en horas tempranas. Hizo un agujero en la tierra con sus manos y dibujó con una rama a la orilla del agujero figuras cóncavas del lagarto, el tigre, la tortuga y el congo.

La comunidad se había reunido toda alrededor de Abelino; en un gran círculo miraban con detenimiento como el sukia mayor revelaba la magia antigua, echando el líquido del chicle en los dibujos de la tierra; algunas horas después en medio de cantos el líquido se había secado, aquello era El Dikutna.

Entonces Abelino pidió silencio y empezó a hacer vibrar su garganta, haciendo sonidos guturales, a veces parecía un congo, otras sonaba a danto. En el monte se escuchaba el sonido de los animales respondiendo, pero nadie se movió, sabían que en el ritual del Dikutna no se podía cazar, estaba vedado matar.

Algunos animales aparecieron a las espaldas de Abelino, un Ocelote, un congo y varias serpientes se fueron acomodando cerca del Sukia sin temer a la gente ni al fuego. El abuelo mayor tomó entonces una rama de ocote y prendió fuego a las figuras de chicle y el entró rápidamente a la hoguera como si fuera Udu, el primer sukia, mediador del pueblo mayagna ante Papang, el que acompaña a los espíritus de los muertos hacia su nueva existencia.

Abelino era lamido por las lenguas de fuego sin sufrir daño, mientras bailaba y entonaba los cánticos del Dikutna. Entonces los animales de chicle empezaron a flotar, como pequeños globos de aire caliente y la hoguera se volvió más y más fuerte hasta convertirse en una columna visible desde los montes más lejanos.

El Dikutna ya estaba volando, dirigiéndose hacia los cuatro puntos cardinales, hacia las casas de los ladinos que ocupaban el territorio mayagna, listo para estallar y propagar enfermedades mortales entre ellos.

La comunidad entera miraba hacia el cielo estrellado cuando se escucharon pasos desde el monte. Al inicio, tan concentrados como estaban en el vuelo del Dikutna, atribuyeron los sonidos que eran otros animales que acudían al llamado del sukia, pero no tardaron en descubrir su error cuando entre las sombras aparecieron las figuras de veinte hombres armados con Akas y machetes, y a pesar de que nadie los conocía todos sabían quienes eran.

Uno de ellos, un hombre moreno, alto y delgado, vestido de pantalón militar y camisa manga larga señaló a Abelino y le gritó con desprecio: “Vos brujo ¿no ves que eso no nos asusta?, ya se deberían haber ido de aquí, el único poder que existe es el de nuestras armas y nuestro dinero”

La comunidad guardó silencio, sabían que estaban solos, Bosawas entera era tierra de nadie, allá en Managua, la capital de los españoles, diputados y madereros por igual ya se habían distribuido la propiedad de la selva ancestral mayagna.

“Váyanse ahora indios de mierda, esta tierra ya fue comprada, váyanse con sus brujerías del infierno”

Pero nadie se movió, Abelino vio debajo de las sombras que proyectaban las gorras de algunos de los armados, el brillo del temor al ver El Dikutna volar en lo alto, pero su reacción de cambiar la trayectoria de los animales de chicle tardó más que los pocos segundos del movimiento de veinte dedos que activaron las armas hacia hombres, mujeres, niños, niñas y animales.

Las ráfagas segaron toda la vida que se hallaba a su paso, repitiendo la historia de las guerras con los miskitos, los asesinatos de Pedrón, las matanzas de la contra, los niños que murieron en la evacuación de Tasba Pri; una y otra vez muertos por los otros, una y otra vez expulsados a sangre de sus propias tierras.

Abelino con siete descargas de plomo entre sus piernas y su pecho, fue el que más tardó en morir, usó la energía que le quedaba para grabar las últimas imágenes de la comunidad muerta: los armados registrando los cuerpos en busca de algo de valor, algunos escupiéndolos al no hallar nada, otros persignándose al ver El Dikutna alejarse a lo lejos brillando en el cielo, los niños ojos abiertos cara en la tierra, los hombres aún aferrados a varas y piedras en un intento desesperado de defenderse.

Siete días desde la última inundación, en Musawas la capital del mundo mayagna, las pocas familias que no fueron evacuadas por las crecidas de los ríos están juntas alrededor de una hoguera, sus cuerpos están dispersos en charcos negros de sangre y en el cielo, su legado el último Dikutna, busca su destino en la insondable oscuridad.



Alberto Sánchez Arguello
7 Julio 2010
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Imagen cuadro de Augusto Silva


Denuncian venta ilegal de áreas boscosas de reserva nicaragüense de Bosawás

Blanca Molina, asesora legal de las comunidades indígenas que viajaron a Managua la capital nicaragüense para realizar la denuncia ante la prensa, afirmó que las áreas de bosque húmedo amenazadas de ser taladas en enero próximo pertenecen a la comunidad de Sikilta, en Bosawás, la reserva de la biosfera más grande de Centroamérica.

Precisó que estas áreas amenazadas se hallan a orillas de los ríos Uly, Wasma y Puput, y están declaradas zonas de reserva forestal por la Asamblea Nacional, pero han sido invadidas y colonizadas por 37 familias ajenas a las comunidades indígenas.

La zona amenazada abarca 39.069 hectáreas de la Reserva de la Biosfera de la Unesco en la región limítrofe de Siuna, Bonanza y la provincia de Jinotega, ésta última fronteriza con Honduras, dijo Molina.

Los líderes indígenas formularon un llamamiento a las autoridades del Gobierno central y al Ejército de Nicaragua para que visiten la zona y constaten la veracidad de la denuncia y evitar así la devastación de esa inmensa zona boscosa de manera ilegal.

Camilo Lara, directivo de una organización ambientalista no gubernamental, aseguró que en los sectores de los ríos Wasma y Puput ya se pueden observar aserraderos.

Bosawás corre peligro por los planes para talar su corazón boscoso, donde se están vendiendo terrenos y dividiendo parcelas con documentos de propiedad falsificados, denunció.

"Si este bosque llega a ser talado, estaríamos poniendo en la lista roja una serie de especies en peligro de extinción que todavía preservamos en la zona de Boasawás", advirtió.

Según Lara, en esta venta de parcelas que se realiza en parte del núcleo de la reserva, donde está prohibido habitar, "hay una mafia forestal organizada y confirmada", aunque no dio ningún nombre.

EFE
29 Diciembre 2009

domingo, 2 de mayo de 2010

Los Ahuizotes


La lluvia hace estragos en el callejón de la muerte del mercado mas grande de Centroamérica, el coloso del Oriental, lleno de vericuetos y laberintos, mas de diez mil personas moviéndose como hormigas, una de ellas se llama Daniel e inicia su mañana en la parte mas oscura del callejón, entre charcos de lodo y basura, levantándose del suelo cubierto de periódicos usados y plástico negro, con hambre desde ayer y con la misma ropa desde hace mas de un año.

Son las seis y media de la mañana y el muchacho de doce años comienza su día con el último resto de pega que le queda en el tarrito de vidrio, se lo acerca a la nariz y se cubre con una bolsita para atrapar hasta el último vapor antes que se le agote, quiere olvidar las pesadillas, ya son siete noches que tiene de sentir que le jalan los pies en la oscuridad y oye gemidos por los callejones.

Estando todavía en el alucín llegan los otros tres miembros de la pandilla de las hormigas tambochas, los más infames “huelepegas” del mercado, conocidos por sus robos violentos y sus múltiples violaciones a las niñitas inhalantes que se pasean por el gancho de camino.


“Apuráte chavalo que ya abrieron el chante de la Luciana y están moviendo mercadería por la lluvia, vamos a ver que le sacamos” le dice Juan el mayor, pero Daniel esta todavía volando y lo único que le interrumpe es la picazón que le carcome las piernas. Martin el bizco, le hace un gesto a los otros dos y lo cargan a patadas para que los atienda, Daniel se deja un rato, le rompen el tarro y le aplastan los testículos dos veces, pero finalmente se levanta y le rompe la boca a Josué el más chiquito.

Ya más calmados los chateles rodean el mercado por zonas donde nadie les haga caso, evitando las miradas de comerciantes que llevan meses buscándolos para mandarlos al distrito cuatro de la Policía. La Luciana, una octogenaria originaria de Jinotega se vuelve a apiadar de ellos y les da algunas naranjas golpeadas y unos maduros que la pandillita se come vorazmente no dejando ni las cascaras.

Ya son las diez de la mañana cuando Juan señala hacia un vendedor nuevo que está trasegando ropa, se le acercan por detrás pero Daniel ya esta tembloroso y hace muecas con la cara que hacen reír descontroladamente a Josué, el vendedor se alarma y descubre a los ladrones, grita por ayuda mientras lanza golpes a los mas cercanos, Martin recibe la peor parte y lo agarra la "pesca" del mercado mientras los otros toman lo que puedan y salen corriendo por los callejones.

La carrera es desenfrenada, botan todo lo que se encuentran, los charcos que explotan bajo sus pies y los "hijuepuetazos" que les lanzan los vendedores al pasar hacen reír a los niños, lo sienten como un juego, como si fuera el pegue o las escondidillas, al final se separan en distintas direcciones entre carcajadas y brincos.

Daniel está solo de nuevo, pero está bien, camina lejos del mercado, sintiendo el fuego del asfalto mientras baja hacia el Lago, pegado a su corazón un nuevo tarro de pega y en los bolsillos de su pantalón roto algunas monedas que le sobraron de la venta de lo robado.


Cuando pasa al lado del campamento del Nemagón le parece mirar a los viejos y viejas enterrados en sus hamacas y ante sus ojos se transforman en muertos que se derriten como candelas al calor de la capital, y de repente se asusta cuando le parece ver unas sombras largas que se le acercan desde los eucaliptos. Daniel se restriega los ojos y casi se le cae el tarro pero no hay nada ahí más que las casuchas de plástico negro”, así que sigue su camino.

El Lago de Managua es un lugar hermoso para Daniel, le recuerda una de las pocas cosas bellas de su vida, las visitas a la laguna de Apoyo con su abuela, la única persona que lo abrazó alguna vez. Por eso, siempre que puede se va para allá, pasando el Teatro Nacional los bares del malecón, hasta llegar al parque frente al Xolotlán y bajar a la orilla, sentarse en la arena para sentir la brisa y mirar hacia el horizonte de agua que cubre toda su visión.

Ahí Daniel se siente seguro, no hay nadie cerca y saca el tarrito para volver a volar, inhala hasta que la nariz le duele y la picazón se vuelve casi insoportable, los sonidos del agua y del viento se intensifican y mira colores brillantes en las copas de los árboles y en las nubes.


Después de varias horas absorto en el movimiento de los pájaros, Daniel tiene la sensación de no estar sólo, la piel se le pone de gallina y un temor le invade el cuerpo como si estuviera haciendo frío en su estómago, al poner el tarrito en la arena escucha gemidos que vienen desde el agua, un escalofrío le recorre la espalda cuando mira sombras con el rabo del ojo, son varias figuras como echas de humo.

El sabe quienes son y mientras está petrificado sintiendo los movimientos a su alrededor, recuerda a su abuela, contándole de los Ahuizotes, los espinosos, los que se encuentran cerca del agua, apariciones sin consistencia recordadas desde siempre por los pueblos de Monimbó, el mundo indígena de Masaya.

Los mira moverse a su lado, escucha movimiento en las ramas de los árboles y por momentos parece que la sombra de una mujer larga se refleja en el agua y pasos se dibujan en la arena frente a él.

Las sombras murmuran su nombre, y Daniel ha comenzando a temblar de nuevo y hacer muecas raras con su cara, pero entre los rictus faciales efecto del tóxico inhalado, sonríe y hasta empieza a reír mientras se levanta para moverse junto con los espíritus, y con el sol ya cayendo en el lago, baila con los Ahuizotes, sintiendo sus toques helados en sus brazos y piernas, sus murmullos y gemidos que le arrullan con suavidad, en esta noche en Managua, Daniel ya no volverá a estar solo.


Alberto Sánchez Arguello
2 Mayo 2010

domingo, 18 de abril de 2010

La Carreta Nagua


Managua tiene fiebre, ya alcanzó los cuarenta grados y aunque ya han pasado más de siete horas desde la puesta del sol, parece que el frescor de la noche no va a llegar nunca, es Abril del dos mil diez y las lluvias aún se harán esperar. La ciudad está inquieta en su cama, en los barrios y los asentamientos, la gente se remueve en sus cuartos, mojados de sudor, entre ellos Doña Marta Espinales. A sus sesenta años, a pesar de estar acostumbrada al infierno de Chinandega, la capital no la deja de sorprender ingratamente Doña Marta cada día, y su cuerpo, de por si envenenado de agroquímicos, se retuerce por el sopor.

Doña Marta se levanta de su hamaca, jadea quedito por falta de aire, obligando a sus pulmones a responderle, mientras se tranquiliza mira hacia los lados reconociendo los plásticos negros que sirven de casa para ella y su marido en la ciudadela del Nemagón, refugio olvidado de campesinos, hombres y mujeres que trabajaron y vivieron en bananeras en occidente en los años 70 y 80, cuando las irrigaciones del Fumazone se hacían desde las mismas tuberías de agua potable, cuando por las noches las bananeras usaban las tuberías para el riego del veneno sobre las plantas y de día, de las mismas tuberías, los trabajadores bebían agua, cocinaban y se bañaban en veneno.

Doña Marta, al igual que miles de otras mujeres había sufrido un aborto por el veneno y un cáncer de útero junto con un hígado enfermo y sus articulaciones duelen tanto que por días pasa sin poder moverse.

Ella está cansada de esperar, marchó ciento cuarenta kilómetros de Chinandega a Managua junto a mas de cinco mil campesinos y campesinas en el dos mil cuatro, lleva cinco años junto a Casimiro, viviendo bajo plástico negro; ha visto a los hombres marchar en calzoncillos buscando la atención de los diputados, ayudó a poner cruces y hacer fosas en alguna ocasión y ella junto con los demás pasó la vergüenza de tener que esconderse para que pasara el “Carnaval por la vida” cuando Herty Lewites era alcalde y ellos afeaban la vía publica. Pero ella sabía que así era Managua y que ellos no eran más que una parte del paisaje, una postal que recordaba la miseria del país.


Doña Marta está acostumbrada a sentir como su cuerpo se consume cada día un poco mas, cada vez menos aire, cada vez menos energía para cocinar un plátano en el fogón y preparar el café para el día, pero en medio del silencio muerto de esta noche sin luna, siente algo distinto, como un peso en el vientre, un dolor agudo en el corazón, se ha dado cuenta que su tiempo ya está extinto y ha decidido que no va a luchar más, la verdad es que ya quiere descansar.

Entonces escucha los aullidos de los perros, un sonido largo y triste, se da cuenta de que a pesar de que no son más de la una de la mañana en viernes, no hay vehículos circulando ni nadie cruzando en las cunetas. Cierra los ojos para escuchar más allá y poco a poco llegan a sus oídos otros sonidos desde el lago, algo viejo, como a punto de quebrarse, una bulla como de huesos pegando con huesos, al poner sus pies en la tierra puede sentir un movimiento, lento, pesado, y mientras mas cerca está los aullidos se vuelven mas lastimeros, casi desesperados, hasta que no hay mas nada, solo el sentimiento claro de que algo viene subiendo por la antigua Roosevelt, la calle principal.

Doña Marta se incorpora de la hamaca, sus piernas flacas con costo le dan para caminar pero ya llegó el momento y siente una paz que en los tres años de estar en el campamento no ha experimentado.


Recuerda su infancia cuando escuchó aquel mismo sonido, en su comunidad de Chinandega, “llega la carreta” le había dicho su tata y ella se había quedado muda del espanto imaginando miles de esqueletos arrastrándose en la oscuridad; ahora ella no tiene miedo, ella conoce el verdadero horror, los niños nacidos sin cerebro, las “niñas de trapo” que no pueden hablar, ni caminar, ni agarrar, con huesos débiles y frágiles, ella conoce el espanto de los agroquímicos.

Ahora espera agradecida de que halla llegado hasta ahí por ella, es como recuperar un poco de dignidad en medio de tanta desgracia.

De pronto su cuerpo le responde como si tuviera veinte años menos, nadie se percata de aquel milagro, en aquella noche los únicos despiertos son ella y los grillos que habían enmudecido ante el espectro que estaba acercándose a la ciudadela.


Doña Marta respira el aire seco y besa la frente de su Casimiro, es hora de partir, camina descalza hacia la calle a tiempo de recibir la enorme carreta desvencijada que jalan un par de bueyes oscuros y flacos, arriba, la Quirina, una mujer de vestido blanco que le llega hasta los tobillos y largos cabellos negros le señala la parte de atrás y Doña Marta se monta, al hacerlo siente un cosquilleo por todo su cuerpo y es como si un sueño le entrara desde los pies hasta dejarla en un estado casi inconciente, intenta aún ver el rostro de la mujer pero la oscuridad de la noche y sus cabellos lo ocultan, a pesar de los postes de luz las sombras siempre parecen cubrirla.


La carreta empieza a moverse y parece haber otros con ella, pero solo reconoce siluetas como echas de humo a su alrededor, la marcha lenta pero segura continua hacia arriba, buscando la loma del Hospital Militar, afuera mira al guarda de king cuality dormido, totalmente derrotado por el calor, y más arriba los trasvetis durmiendo en las bancas, solo uno de ellos medio dormido mira la aparición y se pone tan blanco que parece papel de lino, Doña Marta sonríe.


Ya casi cerrando los ojos Doña Marta se da cuenta que la siguiente parada es la catedral, seguramente la carretonera tiene pasajeros pendientes entre los cañeros, algún riñón habrá fallado en la espera eterna del dialogo con la familia mas rica de Nicaragua, no importa, en la carreta hay espacio para todos, y con ese ultimo pensamiento cierra totalmente sus ojos.


NOTA: imagen foto de JAIME BUITRAGO GIL

Alberto Sánchez Arguello
18 Abril 2010

viernes, 9 de abril de 2010

El Cadejo



Fabián caminaba en las calles, descalzo con piernas flacas como fideos, con un ligero renqueo en una de ellas, un jeans que ya parecía pescador, camisa de harapos apenas unidos en una mezcolanza de rojos y grises desteñidos. Las llagas en sus muslos y brazos eran las marcas de una historia bajo el sol de Managua y su rostro, iluminado por una sonrisa amplia y cristalina, con sus barbas y bigote negro descuidado, mostraban una edad indefinida, tal vez veinte o treinta, subía y bajaba en años según el calor irradiado por sus ojos oscuros, que a veces parecían incendiar su paso y otras soplaban gélidos pensamientos inconfesables.


Sus pies llenos de costras, recorrían sin rumbo monseñor Lezcano, Altamira, Bello Horizonte, Las Brisas, Belmonte, La Centroamérica … Nunca descansaba y nadie sabía a donde iba, ni de donde venía, solo le veían caminando con grandes zancadas y movimientos amplios de los brazos, deteniéndose solo para dar una vuelta sobre si mismo, cual si fuera un planeta, como los derviches que entran en trances cósmicos. Al girar, sus ojos se cerraban y su boca se expandía mostrando un éxtasis como ningún Managua había visto jamás en otro loco de su ciudad.

Algunos viejitos jubilados, de los que venden lotería por el parque Las Piedrecitas, dicen que Fabián había vivido más de diez años internado en el kilómetro cinco, en el Hospital Psicosocial José Dolores Fletes, el psiquiátrico como lo conocen los managuas. Dicen que una viejita vino de León en taxi con un muchacho amarrado con una cuerda de cabuya gruesa; decían que se llamaba Fabio Martínez Leiva y que le habían diagnosticado Esquizofrenia a los dos días de internado; al inicio era tan violento que lo habían electrocutado hasta dos veces a la semana como forma de terapia, hasta que se fue calmando y pasaba horas quieto en las verjas de la entrada al hospital, extendiendo la mano hacia los transeúntes por cigarros y tortillitas. Uno de los vende lotería decía que durante el primer año la viejita venía cada mes con mudadas nuevas pero que ya luego nadie la volvió a ver y el muchacho se convirtió en un paciente sin visitas ni futuro, un nombre perdido en un expediente, hasta que un día se escapó por una malla y nadie lo fue a buscar.

Al comienzo lo veían subiendo y bajando la cuesta de la empresa aguadora hacia Las Piedrecitas, siempre con sus giros características. Ya después apareció por el siete sur y el Banco Central, hasta que se fue haciendo normal verlo recorrer Managua, otro loco perdido en el escenario caótico de la capital.

Un día dicen que Fabián murió, pero algunos creen que eso no es cierto, que se fue a Costa Rica para seguir caminando en el parque de la merced, entre las estatuas Deheredia, por las calles de San José y Alajuela; solo Chico Martínez de Monseñor Lezcano afirma saber exactamente lo que fue de aquel caminante sin rumbo.

Chico limpia vidrios en los semáforos de Rubenia y le cuenta a todo el que se deja la historia de Fabián; una vez entrando a Managua desde Estelí en el viejo Land Rover año 72 de mi abuelo, escuché su cuento en medio de una caravana de veinte buses repletos de niños venidos de somotillo, Matagalpa y Jinotega con destino al Parque de las Niñas y Niños Felices, una instalación temporal del gobierno para las navidades del dos mil nueve, un parque con una alucinante mezcla de una pista de patinaje de hielo y exposiciones de armas militares. Ahí en medio de la algarabía de los chiguines, que por primera vez conocían la capital, Chico recitó desde el asfalto caliente su historia:

“Y ese loco siempre andaba por todos lados, si hasta parecía el judío errante con sus patas hinchadas de tanta calle. La gente se le corría pero no hacía nada, solo dar vueltas como trompo, así, mire, así mismito. Y fíjese que un día estoy ahí en la parada de los busitos de la UCA, era un sábado como a las nueve de la noche, yo me había venido de Diriamba de un rumbito y estaba con mis traguitos, un buen guarón, pero nada de estar bolo, si viera que yo aguanto como animal, parecen varas. Pero le decía pues, que me arrecuesto en la banca de las paradas jodidas esas que dejó Herty y veo venir al loco del lado de la rotonda en media calle, con esos ojos brillantes que solo él tenía y va a venir una busito de los de granada arreado, el chofer viendo al icaco o quien sabe que mierda. La cosa es que el loco da un giro y se lanza frente al busito y lo estampó todito, salió como pelota el pobrecito si hasta se escuchó el madre turcazo y yo ahí viendo todo. Y la cosa es que el bus se para medio abollado ahí adelante, así que el chofer se baja todo asustado y él yo buscamos al maje y ¿va a creer que nada hallamos?, si es que buscamos hasta en radio Ya, por la UCA, en las paradas, nada, nada, ni rastro; ¿se habrá echo polvo el hijueputa? decía yo, hasta que en la cuneta bajo el puente vimos unos trapos revueltos y era la camisa hedionda y el pantalón del loco, pero nada más. El chofer aprovechó y pegó la guinda, solo yo quedé con la duda, ¿adonde se fue en bola y cachimbeado?. Pero ese no es el cuento, no, fíjese que al día siguiente, domingo sin luna, noche cerrada pues, yo que voy caminando en esa pasada que hay desde la universidad de ingeniería hasta la laguna Tiscapa, y estando ya por la entrada de Villa Tiscapa, ahí por el chamanse empiezan a escuchar perros aullando por todos lados y como que algo grande se movía en el monte por el lado del cauce, y se me deja venir un animal en la oscuridad. Era un perro casi de mi tamaño, negro, tan negro que se confundía con la noche, menos los ojos brillantes y rojos como fuego y yo me quedé de palo, casi me cago del susto, pero cual es mi sorpresa cuando se me pone al lado, se que me queda viendo y yo que empiezo a caminar y él que me acompaña, yo con el culo fruncido y cerrando las piernas para que no se pudiera meter debajo y me llevara al infierno, pero él tranquilo, quedito, como si fuera mío. Yo seguí pues y cuando llegamos al cruce se dio la vuelta y se regresó hacia la oscuridad, ahí me fijé que renqueaba de la pata izquierda y que giraba como trompo cada tres o cuatro pasos y ahí si me quedé helado, porque ese era Fabián, por esta que era él, yo me persigné tres veces y salí papeleado hacía la loma”

Los buses por fin pasaron y le pasé diez pesos a Chico y me fui pensando en aquella historia, revisando camino a casa los cajellones y los cauces imaginando si aquel perro negro estaría caminando entre los árboles y las casas de metal y plástico de los asentamientos. Pensaba que Fabián nunca había dejado de caminar y que seguro nadie como el conocía mejor la monstruosidad urbana de Managua. Yo volví a ver varias veces a Chico, siempre limpiando vidrios en Rubenia, o con cartones con anteojos oscuros y alguno que otro accesorio para celular. Siempre afirmaba haber visto aquel perro negro y que otros también lo habían visto en el oriental una noche o en carretera norte cuando ya no había vendedores.

Yo nunca lo he visto, pero ahora me fijo más en todos los alucinados que recorren mi ciudad, hombres y mujeres que duermen y viven solos entre el asfalto y la buena voluntad de algunos; haciendo suyas las esquinas de los parques y las sombras de los monumentos, invisibles a los ojos de la mayoría, igual que los perros vagabundos. No conocemos sus historias y nos muestran la cara amarga de esta ciudad, la locura que camina, entre ellos Fabián, el Cadejo.


Imagen: Xilografia Cadejo Robert Barberena

Alberto Sánchez Arguello
24 Julio 2010