sábado, 26 de diciembre de 2009

CAPITULO FINAL - DECIMO CAPITULO CHICO LARGO Y CHARCO VERDE: La Red de la vida


“Te estábamos esperando” le dijo la mujer, Miguel finalmente pudo responder “Pero, ¿como?... ¿Quien sos vos?” ella lo miró con dulzura y lo invitó a sentarse en la hierba, ambos lo hicieron y ella empezó a hablar “Yo soy Xochipilli, príncipe flor, energía de la danza y la fiesta, señor y señora de las flores, y esta es una de mis moradas, un centro de poder que tus ancestros visitaron hace muchas lunas, también vinieron del Norte y del Sur hasta la isla de los dos volcanes, el centro sagrado ceremonial, custodiado por los venados azules y chico largo como le dicen por tus tierras”

Miguel siempre curioso la interrumpió “¿Quién es Chico Largo, es un Demonio o un Fantasma?” Xochipilli se sonrío y pasando la mano por la frente de Miguel le respondió “No Miguel, los hombres y las mujeres han perdido los ojos para ver lo sagrado y los oídos para escuchar al Universo, primero olvidaron que las Ceguas eran mujeres sabias que conocían la magia de la noche; luego convirtieron a Tezcatlipoca en un perro de leyenda; le tienen miedo y terror a la carreta sagrada, y han convertido las energías de este gran santuario en cuentos de espantos y aparecidos”

Miguel volvió a interrumpir un poco molesto “Pero yo encontré a una cegua y me quería lastimar” Xochipilli le tapó la boca con suavidad y siguió hablando “Ella se defendió de un muchacho que le lanzó granos de mostaza y que le quería robar el alma, si vos le hubieras pedido con suavidad su ayuda ella te la habría dado, tu abuela es una mujer sabia Miguel pero hay cosas que ella nunca supo. Chico Largo no es un demonio ni un fantasma, es la energía de todos los árboles, plantas, animales y piedras que viven en esta isla y yo soy parte de esa energía también, y vos, y tu familia, y cada uno de los seres y las cosas, todos somos la red de la vida”

Miguel se quedó un tiempo en silencio sin saber que decir y Xochipilli volvió a hablar: “Hace siete años tu papá irrespetó este lugar, clavó metal en esta tierra sagrada en busca de oro y joyas, a como hicieron los hombres barbados que vinieron de otro continente hace quinientos años, pero la idea de darle el oro a cambio de su luz fue una idea mía, porque en el río del tiempo que avanza y retrocede en espiral yo te ví, y supe que podrías llegar a ser luminoso, así que preparamos tu camino hacia nosotros, y aquí estás ahora”

Miguel empezó a entender todo y se sintió muy enojado “Así que todo esto ha sido un engaño, una trampa para que hiciera este recorrido hasta aquí, una mentira de Chombo y tuya?” Xochipilli se puso seria y le respondió con fuerza pero con tranquilidad “No hay mentiras, tu papá podía haberse quedado aquí hace siete años, pero lo dejamos volver con la esperanza de que vos vinieras a nosotros. Cuando tenías siete años me transformé en un zanate y vos me salvaste, demostraste entonces tu valor, tu amor por la red de la vida”

Miguel entendió todo entonces, los regalos, como Chombo sabía quien era él, su llegada hasta el Encanto, solo necesitaba saber una cosa “¿Y el alma de mi papá? Podré llevarla conmigo?” Xochipilli volvió a sonreír y respondió: “Si Miguel, solo tenés que usar tu corazón para encontrarla, está en un bosque cercano en un jardín de orquídeas, una de ellas es la luz de tu papá, si la encontrás podrás llevarla con vos, nadie te detendrá”

Miguel ya se iba retirar en busca del bosque pero se detuvo “¿Y porqué querían que viniera hasta aquí?” Xochipilli se levantó y le invitó a hacer lo mismo y mientras lo tomaba de las manos le dijo: “Los seres de luz como vos tienen que ser nutridos, cuidados. El mundo de los hombres y las mujeres se irá oscureciendo cada vez más, la sordera y ceguera de muchos que ya no ven su propia luz ni la de los demás seres y cosas, crecerá más. Queremos nutrirte y cuidarte, Chombo quiere compartir el conocimiento de la serpiente emplumada, Tezcatlipoca quiere enseñarte el arte de la adivinación y yo te mostraré las danzas de la luz. Necesitamos que seas luz para los tiempos de oscuridad” Miguel sintió su respiración fuerte y a través de sus manos podía ver pequeñas luces que iban y venían entre él y Xochipilli “Seré luz entonces” respondió Miguel y Xochipilli lo abrazó con fuerza y se convirtió en una lluvia de flores que cayó encima de Miguel.

Cuentan que Miguel entró al bosque y encontró el jardín de orquídeas, habían tantas que su olor flotaba como incienso en medio del lugar y todo tipo de insectos volaban con alegría. Miguel siguió su corazón y encontró una orquídea blanca florecida y supo que era la luz de su papá, la tomó entre sus manos, sacó su tercer regalo, lo apretó contra su pecho y mientras se acostaba en la hierba, pidió regresar.

Dicen que cuando abrió los ojos era de mañana y estaba nuevamente en su casa, había vuelto a ser un muchacho de doce años y tenía entre sus manos la hermosa orquídea, así que corrió hacia el cuarto de su papá y la colocó cerca de su nariz para que respirara su fragancia y don José lentamente despertó con lágrimas en los ojos.

La orquídea aún crece en un jardín de la casa y Miguel tuvo muchas aventuras en los mundos custodiados por los venados azules, pero esas son otras historias que tal vez otro día te pueda contar.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

NOVENO CAPITULO CHICO LARGO Y CHARCO VERDE: La Finca del Encanto


La carreta siguió su camino y al rato entró a una cueva grande que se abrió en medio de la oscuridad, estaba llena de raíces de árboles y se miraban todo tipo de seres colgando de las paredes, a veces parecían monos, otras veces parecían ardillas grandes, pero todos guardaban silencio cuando pasaba la carreta. Los bueyes hacían mucho ruido al caminar, sonaba como si quebraran madera o como si muchas piedras cayeran desde una cima.

Finalmente cuando Miguel pensó que nunca llegaría la hora de bajarse, salieron de la cueva y entraron a un bosque de árboles de acacia y supo que estaban llegando cerca de la Finca del Encanto, así que volvió a contener la respiración y saltó por encima de la carreta con la buena suerte de aterrizar en medio de un espacio abierto lleno de hojas secas.

Al voltearse para ver como se iba la carreta, vio como la carretonera se volteaba hacia él y desde la oscuridad de su chal le decía “Tu turno también llegará” y Miguel sintió un poco de hielo en el corazón, y agradeció a las energías del Universo por haber podido bajar de la carreta sagrada.

Puesto ahí se dio cuenta que no sabía hacia donde ir ni que hacer, había logrado finalmente llegar a su destino pero estaba congelado pensando en que seguía después de ahí, entonces se escuchó una gran bulla por el camino y Miguel se escondió rápidamente detrás de los árboles.


Por el camino apareció una gran cantidad de ganado, eran vacas de todos colores y variedades, al lado iban dos hombres que las iban arreando, o al menos eso parecían de lejos, porque cuando ya estaban cerca, Miguel se dio cuenta que no tenían cabezas humanas. Uno de ellos tenía cabeza de chancho, rosada con un gran hocico y orejas caídas, ese estaba vestido como campesino con sombrero de yute, camisa y pantalón de tela blanca y caites en los pies, el otro tenía la cabeza de una gallina de guinea y era muy corpulento, iba vestido como capataz, con cincho y botas de cuero de esas que llegan hasta las rodillas.

“¡Muévanse, más rápido, que ya estamos por llegar a la entrada del Encanto!” decía el ser con cabeza de chancho, mientras el cabeza de gallina miraba para todos lados “Huelo como a persona por aquí” dijo de repente y Miguel se pegó a la tierra pidiendo a todas las energías que no lo encontraran, pero la comitiva siguió de largo y él se puso a seguirlos, cuidando de dejar siempre un trecho largo entre ellos.

Al rato vio como llegaban al final de bosque y comenzaba una extensión de tierra tan grande que se perdía hasta donde la vista alcanzaba, eran tierras cultivadas con ríos y trochas por todos lados; la comitiva se metió por uno de los caminos y Miguel se fue tras ellos.

Pasó algún tiempo de caminar en medio de aquellas enormes extensiones, y Miguel se detenía de vez en cuando tratando de encontrar de donde venía la luz del cielo que era de un color naranja claro, no se veía el sol por ninguna parte y tampoco había una sola nube o pájaros.

Finalmente llegaron a la casa hacienda, era un sitio enorme con grandes edificios blancos, de adobe con teja, al lado pastoreaban más cabezas de ganado que las que tenía don José Castellón y al fondo del lugar se podía distinguir un gran lago de colores verdosos. Miguel se imaginó que debía ser charco verde, pero no entendía como podía estar ahí si se suponía que estaban debajo de él. Se alejo de la comitiva y se acercó al charco y el asombro fue mayor cuando divisó pastando en sus orillas cuatro venados con bellas cornamentas y de color azul oscuro.

Miguel recordó de repente donde estaba y se echó para atrás temiendo ser descubierto y fue entonces que vio sus propias manos y las miró pequeñas, igual vio el resto de su cuerpo, se tocó el rostro y se vio en el reflejo del agua para confirmar que había vuelto a tener el cuerpo de cuando tenía cinco años, ¡era un niño otra vez!

Fue entonces cuando escuchó una voz de mujer a su espalda: “Chombo tiene razón, tenés que ser más atento, cualquiera puede estar a tu espalda y no te das cuenta” Miguel se volteó alarmado y se encontró con el rostro de una mujer joven, con el pelo largo azul marino, con muchas florecillas enredadas en su cabellera y un huipil largo de muchos colores. Iba descalza y en las muñecas de sus manos tenía varios tipos de pulseras echas de conchas marinas y hierbas del campo, ella le sonrió y le habló con suavidad: “Bienvenido Miguel”

viernes, 18 de diciembre de 2009

OCTAVO CAPITULO CHICO LARGO Y CHARCO VERDE: La carreta sagrada


Miguel solo miraba oscuridad, cerrada, absoluta, pero no tuvo miedo, su abuela siempre le había dicho que no era necesario temer a la oscuridad, lo importante era sentir la luz interna y estar en paz con los seres y las cosas, así que se incorporó y trato de moverse en medio de aquella nada oscura y silenciosa, caminó sin sentir nada bajo sus pies y movía las manos pero nada tocaba, era como caminar en el aire.

De repente a lo lejos vio como una lucecita, al comienzo era apenas visible como una estrella lejana, pero se fue haciendo más y más fuerte hasta que se vio que eran varias, eran los cuatro candiles que colgaban de la carreta sagrada.

La carreta era muy larga, la jalaban tres bueyes enormes, casi tan grandes como el cadejo, había uno rojo, otro amarillo y uno verde y la carretonera los guiaba con fuerza, ella estaba vestida con un chal negro que cubría su rostro. Adentro de la carreta iban varias personas en medio de las sombras, en silencio.

Miguel se fue acercando por detrás, siguiendo las instrucciones de Chombo, y cuando estuvo muy cerca dejó de respirar y se impulsó con ambos pies flexionándolos y salió volando por encima de la carreta y logró entrar con las completas en la parte más trasera de la carreta entre los hombres y las mujeres silenciosos. Nadie lo vio ni le habló, todos tenían la mirada perdida en la oscuridad, y sus rostros no tenían ninguna expresión, eso le dio un poco de miedo a Miguel pero igual se sintió contento con haber logrado entrar y se mantuvo ahí agachado, a la espera de su bajada.


viernes, 4 de diciembre de 2009

SEPTIMO CAPITULO CHICO LARGO Y CHARCO VERDE: El hermano Nagual


Al atardecer Miguel se encontró con la Ceiba más grande que había visto en su vida, era tan gruesa que cincuenta hombres tomados de las manos no podrían abrazarla. Arriba de ella, cerca de la cumbre vio una hamaca colgada, no podía entender como alguien podía acostarse allá sin caer y mientras miraba para arriba una voz le habló desde la espalda: “Deberías ser más atento muchacho, cualquiera puede estar a tu espalda y no te das cuenta”

Miguel se volteó y miró a un hombre de baja estatura, moreno, vestido con cuero de animal y el pelo largo. En una de sus manos tenía un bastón de bambú y en la otra varias hierbas que parecían recién arrancadas. “Me llamo…” empezó a decir Miguel pero el hombre lo interrumpió “Sé quien sos y a qué venistes, si no lo supiera el camino nunca habría vuelto a abrirse y los seres de la montaña no habrían dejado que pasaras hasta el corazón del Quilambé, soy Chombo, el hermano Nagual” Miguel se quedó asustado pero luego no se tragó la curiosidad y le preguntó “¿Qué es el Nagual?” el hombre se sonrío y le respondió “El Nagual es nuestro hermanito animal; cada ser tiene una lucecita y nosotros los humanos también. Cada luz tiene una luz hermanita; algunos tienen como hermanitos de luz los monos, los jaguares, los colibríes, para otros son las piedras, los hongos de la tierra. Nuestros hermanitos de luz nos ayudan a entender el lenguaje del Universo… pero esa es otra historia Miguel es hora de que yo te ayude a salvar la luz de tu papá, vení”

Los dos se sentaron bajo la sombra de la Ceiba gigante y Miguel vio como Chombo sacaba de una alforja en su espalda un montón de ramitas y polvitos metidos en atados de hojas de platanal, todo lo colocó encima de una tela de colores rojos, amarillos, negros y blancos que había puesto encima de la tierra. “Vamos a compartir un ritual vos y yo, la única manera de que vos llegues hasta las tierras de Chico Largo es que viajes sin cuerpo, en eso yo te puedo ayudar, pero sin cuerpo vos no vas a poder viajar solo hasta ese lugar, te perderías, solo nosotros, los tlamatinimes, los herederos de Quetzalcóalt, podemos viajar sin cuerpo sin perdernos, así que vas a tener que viajar en la carreta sagrada, la que algunos llaman la carreta nagua, la que transporta almas, yo te diré como”

Y así inició el ritual de Chombo y Miguel, ambos saludaron al Norte, al Sur, al Este y al Oeste, encendieron velas para las cuatro esquinas del Universo y Miguel se hizo en el centro de la tela de colores. Chombo tomó un tambor de cuero de venado y empezó a sonarlo al ritmo de palabras que se metían y salían por el cuerpo de Miguel, cada vez más rápido y más rápido; en medio de los cantos y el ritmo del tambor, Chombo explicó a Miguel como entrar en la carreta sagrada sin que la carretonera se diera cuenta y donde debía bajarse para poder llegar hasta la tierra de Chico Largo.

Miguel estaba entre dormido y despierto y empezó a ver todo tipo de colores y formas encima de él, escuchaba cada vez más lejos la voz de Chombo y el tambor. Sentía como si se iba, como que iba cayendo despacio hacia abajo, bajo la tela, bajo la tierra, bajo las raíces de la Ceiba y hacia arriba miraba su cuerpo encima de la tela y a chombo sentado al lado, cada vez más lejos, lejos, hasta que se hizo oscuridad.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

SEXTO CAPITULO CHICO LARGO Y CHARCO VERDE:La Montaña Mágica


Miguel se despertó al sentir la luz del sol picándole los ojos, se dio cuenta que estaba acostado en medio del monte y se incorporó para quitarse semillas y ramas que tenía adheridas en toda la ropa, miró a su alrededor, estaba en un bosque de árboles gigantes y frente a él estaba una montaña imponente que parecía llegar hasta el cielo, “Ese debe ser el Quilambé” pensó. No había rastros del Cadejo y en silencio agradeció al señor del espejo ahumado y al gran Zanate por haberlo llevado hasta ahí.

Empezó a caminar hacia la montaña y sintió el cuerpo muy adolorido, debía ser el resultado del viaje a lomos del Cadejo, tenía la sensación de haber viajado toda la noche y el olor del ser aún estaba impregnado en su ropa.

Cuando el sol llegó cerca del medio del cielo, Miguel ya estaba subiendo por la montaña, tenía mucha hambre pero el recuerdo de su papá en cama lo hacía seguir sin detenerse. En la subida se iba encontrando con todo tipo de plantitas extrañas que nunca había visto antes, y de vez en cuando miraba pequeñas cuevitas y tenía la impresión de que alguien o algo lo miraba desde adentro pero suponía que solo sería su imaginación y continuaba el difícil ascenso.

Ya pasado mediodía, Miguel logró llegar a la cumbre y para sus ojos acostumbrados a la vida de campo fue fácil encontrar un caminito apenas visible entre los matorrales y los arbustos, y así fue siguiendo las largas espirales que conducían hacia adentro de aquella gran montaña.

Al tiempo se encontró unos frutos de zarzamora en medio de unos espinales, y se acercó a ellos con hambre, se detuvo un momento recordando que su abuela una vez le había dicho que en las montañas era mejor no comer ni dañar nada de la naturaleza porque los caminos se podían cerrar. Miguel dudaba si comer o no, pero el hambre era demasiada así que tomó un puño de zarzamoras, pero lo hizo tan apresurado que se rasguñó la mano con las filosas espinas.

Miró su mano ensangrentada y se la limpió un poco, luego se comió las zarzamoras y quedó un tiempo ahí, saboreando lo amarguito y dulce de la fruta. Cuando ya había terminado quiso reanudar su búsqueda y ya no supo por donde seguir, no había rastros de camino por ninguna parte, ni para atrás, ni para adelante

Caminó muchas horas pero no hubo manera de encontrar el camino de nuevo. Miguel se desplomó cansado, con hambre y con sed, arrepentido de haber comido las frutas y después de mucho pensar sacó la segunda piedra de la alforja y abrió un hoyo en la tierra con sus propias manos; enterró ahí la piedra negra como ofrenda a la montaña y así pagar por las frutas que había tomado, pidiendo que se abriera el camino para poder encontrar a Chombo.

Después de haber hecho su ofrenda, la tierra tembló y el camino fue visible de nuevo. Miguel se inclinó ante los cuatro puntos cardinales y agradeció en voz alta por el regalo. Así que siguió el camino nuevamente con el corazón liguero, mientras se decía a sí mismo que debía cuidar lo que hacía porque solo se le quedaba un regalo más.

martes, 10 de noviembre de 2009

QUINTO CAPITULO CHICO LARGO Y CHARCO VERDE: El Señor del espejo ahumado


Al amanecer Miguel se sentó a desayunar en un claro de aquel monte espeso, el suelo estaba totalmente cubierto de hojas secas y los árboles eran tan altos que mareaba ver hacia arriba de ellos. Si lo escuchabas con atención parecían emitir un sonido sordo como si una enorme energía saliese de ellos, “era la fuerza de la vida” le había explicado un día su papá, “en el trópico seco los árboles necesitan mucha fuerza para crecer tan alto y si te acercás a ellos la podés sentir”

Miguel sacó la comida de la alforja y se puso a comer tratando de reconstruir en su mente los eventos de los últimos días, tenía que descubrir quien era Chombo y donde encontrarlo, ya no sabía hacia donde ir y se sentía agotado por el desvelo de la noche anterior así que se fue quedando dormido hasta que se acostó en las hojas secas con la comida al lado.

Al mediodía se despertó, el sol le hería los ojos desde arriba y la comida se la había llevado algún animal del bosque. Se incorporó y sintió el corazón oprimido, estaba descansado pero no habían respuestas y gritó con fuerza hacia los árboles “¡¡Chombooo!!” pero sólo el sonido de las ramas movidas por el viento le respondió, se incorporó un poco y miró que una de las piedras negras se había salido de la alforja, se dijo a sí mismo que aún no era el momento para usar sus regalos, que antes podía preguntar a las personas que se encontrasen cerca y así lo hizo.


Miguel se fue casa por casa en la zona en la que estaba, y a todos preguntaba por Chombo pero nadie le decía lo que necesitaba. En una casa de adobe rojo una señora grande con tres niños le dijo que el pulpero del pueblo se llamaba Jerónimo y que tenía fama de hierbero, pero cuando llegó a ver al hombre, este le dijo que no sabía nada de Chico Largo ni de Ometepe, así que Miguel siguió su búsqueda por los caseríos hasta que cayó la tarde y la luna volvió a asomarse para ver al muchacho que ya tenía las piernas cansadas de tanto ir y venir sin ningún resultado.

Finalmente se agotó su paciencia y las casas también, ya no había nadie a quien preguntar y Miguel se encontró solo de nuevo al caer la noche. Así que, con las últimas esperanzas, metió su mano en la alforja y acarició en su mano una de las piedras negras. La sacó despacito y murmurando una antigua plegaria que le había enseñado su abuela; la lanzó lo más fuerte que pudo hacia el Este, y Míguel no estuvo seguro de lo que pasó a continuación. Entre el cansancio y el desvelo creyó ver que la piedra en lo que avanzaba se hacia cada más grande y viajaba más y más rápido hasta que fue a dar a un enorme montículo de tierra y al pegar con él este pasó de ser gris a transformarse lentamente a un color blanco, que bañado por la luz de la luna parecía hasta brillar.

Miguel vio entonces algo aún más sorprendente: el montículo blanco brillante empezó a moverse en dirección hacia él. Respiró profundamente y se encomendó a las energías de la naturaleza mientras más se acercaba aquella presencia enorme.

Finalmente lo tuvo totalmente de frente, tenía el tamaño de una casa de dos pisos y toda la figura de un coyote pero más grueso, como si fuera un enorme buey con cabeza y garras de coyote. Aquel ser extraño lo miró con ojos brillantes como brasas y le habló en una voz ronca pero suave: “Soy Tezcatlipoca, señor del espejo ahumado, protector de los chamanes, pero por estas tierras he recibido otros nombres, me llaman Cadejo porque estoy en todos lados a la vez”

Miguel había escuchado del Cadejo, decían que había uno negro malo que atacaba a los caminantes en la noche y uno blanco bueno, que los acompañaba y protegía. Se inclinó un poco hacia el ser en señal de respeto y se presentó: “Yo soy Miguel Castellón y estoy buscando la manera de rescatar el alma de mi padre del reino de Chico Largo y una Cegua me ha dicho que Chombo sabe como, pero yo no sé donde está, ¿me puede ayudar?”

El Cadejo resopló primero y luego se sentó apoyándose entre sus patas delanteras como lo hacen los gatos, aún así la cabeza del animal quedaba mucho más arriba que la de Miguel “Si te puedo ayudar, Chombo es nuestro hermanito nagual, es el único hombre que todavía recuerda las danzas de la luz y puede hablar con las lucecitas de los seres y las cosas, yo te llevaré a la montaña del Quilambé donde todavía vive, así que subite a mi lomo y sujetate bien porque el viaje será duro”

Y así pasó que en medio de la noche, sin más testigos que la luna y los grillos que hacían sonar la música que habían aprendido de sus abuelos, Miguel se subió al lomo del cadejo escalando a través de su espesa cabellera blanca. Aún se preguntaba como había pasado todo aquello, pero luego se dijo así mismo que ese era el regalo y que era mejor no hacerse muchas preguntas. Una vez arriba, el Cadejo se levantó y corrió y corrió como el viento y poco a poco Miguel se fue quedando dormido encima del ser que olía a monte y sudor.


IMAGEN: "Cadejo", Roberto Ossaye (1927-1954)

martes, 3 de noviembre de 2009

CUARTO CAPITULO CHICO LARGO Y CHARCO VERDE: Granos de Mostaza



En los tiempos antiguos las Ceguas salían por las noches en los caminos polvosos, se transformaban en animales, a veces en monos otras en chanchos, eran mujeres que embrujaban a los hombres vagos y sabían los secretos de la noche, pero a Miguel no le dio miedo, pensaba en su papá y estaba dispuesto a atrapar a una Cegua para saber como salvarlo.

La abuelita Castellón le dio varias recomendaciones y lo mandó a buscar granos de mostaza a la cocina y llevar varias alforjas con agua y comida para su viaje, “Ahora sólo te falta el bastón de tu abuelo y tus tres regalos” le dijo ya en la salida de la casa y Miguel recordó por primera vez en años el sueño con el zanate, corrió al cuarto y recogió todo aquello “¿Dónde están las ceguas?” preguntó con firmeza, “Caminá hacia el sol y cuando anochezca, no importa donde estés, subite a un árbol y espera sin dormirte, cuando aparezca ya sabés que hacer” Miguel le quiso dar un abrazo pero la abuelita lo detuvo, “A tu regreso ya no me verás, este es el adiós nieto mío” al muchacho le salieron las lágrimas y le beso la mano, pero ya no estaba ahí, no había nada, sólo unas palabras que parecían murmurar el viento “Ahora te vas niño, mañana volverás hombre”

Comenzó a caminar en dirección al mismo bosque en el que se encontró a los chavalos y el zanate años atrás, siempre de cara al sol, con el bordón en la mano y las alforjas al hombro, iba a pie porque su abuelita le había dicho que no podía usar un caballo en aquella aventura, tenía que ir sólo, sintiendo la tierra a cada paso.


Atravesó el pueblo de lado a lado y se metió a los montes donde aún cazaban venados los militares liberales; al anochecer estaba en medio del monte, en un bosque de guanacastes y ceibas gigantes, tan espeso que a veces tenía que caminar en cuatro patas para poder pasar.

Cuando al fin salió la luna supo que era el momento de parar y se subió a un guanacaste alto y ahí se dispuso a esperar. En la noche todo tipo de ruidos lo sobresaltaron, parecía que había un mundo de animales cruzando debajo de sus pies. El, acostado en una rama, espiaba hacia abajo pero sólo se veían sombras rápidas a pesar de ser noche de luna llena.

Horas más tarde sus ojos se cerraban del sueño y cuando estaba a punto de dormirse un chasquido lo despertó, alguien caminaba abajo y el lo podía sentir. Desde arriba distinguió la figura de una muchacha con una cabellera espesa negra azabache, vestida con una cotona gris que le llegaba hasta el ojo del pie, en sus manos traía un guacal y lo puso en el piso, la muchacha miró para todos lados como si esperase que alguien la hubiese seguido y cuando se sintió segura miró hacia la luna, Miguel también lo hizo, estaba exactamente en el centro del firmamento, debía ser la medianoche.

La muchacha se puso de rodillas delante del guacal y se inclinó con la cabeza hacia abajo, Miguel escuchó como que escupía y luego vio que se iluminaba desde abajo, cuando la muchacho se levantó pudo ver lo que era: ahora había una lucecita dentro del guacal, parecía como un algodón quemándose pero su color era blanco intenso. “Es su alma” pensó Miguel, porque su abuelita le había explicado que las muchachas se transformaban en Ceguas vomitando su alma en un guacal y que luego podían transformarse en animales. Y así pasó, abajo la muchacha se encogió y su vestido se convirtió en una piel peluda hasta que quedó transformada en una mona gris, una mica bruja y salió dando brincos y chillidos monte abajo hacia el camino.

Miguel tenía las manos heladas al bajar del árbol, escondió el guacal con la lucecita y se puso a esperar con los granos de mostaza en la mano. La noche se le hizo eterna, mientras estuvo ahí vio pasar formas de animales que nunca había visto, algunos peludos y largos, otros con los ojos brillantes como el fuego, parecía que se acercaban con curiosidad pero luego escapaban cuando se daban cuenta que era un ser humano.

Al fin se empezó a escuchar el barullo que armaba la mica bruja a su regreso, el muchacho estaba tan tieso que le dolía el cuello y la mica se puso igual de tensa al verlo, sus ojos se volvieron como dos carbones prendidos y empezó a correr hacia él. Cuando estaba a dos metros Miguel le lanzó los granos de mostaza y la mica bruja se paró, aquello era la debilidad de las Ceguas, por una antigua maldición tenían que recoger los granos de mostaza que encontrasen en su camino, no importaba cuan pequeños fueran.

Mientras recogía los granos, la Cegua convertida en Mica Bruja le habló “Qué querés?” le preguntó con dulzura y Miguel le respondió mientras tiraba más granos de mostaza “Quiero saber como se puede rescatar un alma comprada por Chico Largo” la Cegua se detuvo y le hizo una mueca de burla, “No me interesa decírtelo, además cuando acabe de recoger estos granos me voy a divertir con vos muchachito” pero a Miguel no lo asustó “Si no me ayudás no te daré tu guacal y al amanecer te quedarás convertida en una mona para toda tu vida” la Cegua dejó caer los granos que había recogido y se puso de rodillas hacia él “No me hagás eso, te ayudo, te ayudo”

Y así dicen que en medio de aquel monte espeso, bajo la luna llena, la Cegua le contó a Miguel de la ciudad bajo la laguna verde de Ometepe, la finca del Encanto, un lugar donde los animales salvajes son mansitos y las almas compradas por Chico Largo se convierten en ganado para vendérselas a dioses antiguos venidos de otras tierras, “ Y cómo lo saco de ahí” le preguntaba Miguel, pero la Cegua sólo le contaba de las reses con ojos humanos que se vendían en el pueblo de Moyogalpa o los vendedores ambulantes que decían haber vendido telas en el Encanto y así le narraba las leyendas mientras recogía los granos de mostaza hasta que los primeros rayos del sol empezaron a salir desde atrás de la montaña y la Cegua había recogido todos los granos, entonces Miguel sacó el guacal del escondite y preguntó por última vez “Y cómo lo saco de ahí?” y la Cegua le respondió con furia en sus ojos “Tenés que viajar sin cuerpo hasta la finca del Encanto y ahí buscar el alma que querés encontrar” los primeros rayos empezaban a tocar las copas de los árboles pero a Miguel le quedaba una pregunta “Y cómo puedo viajar sin cuerpo?” dijo mientras miraba hacia el cielo y la Cegua se abalanzó hacia él y mientras forcejeaban le respondió “buscá a Chombo” y salió corriendo con el guacal.


NOTA: IMAGEN EN ESTE CAPITULO ES "CEGUA" BY NOMAD 81, LINK ORIGINAL EN http://nomad81.deviantart.com/art/Cegua-94980804