domingo, 17 de octubre de 2010

NO ME LLAMO


Nací un Domingo de pascua, en un país que no me recuerda. Dicen que ese día una nube de libélulas tapó el sol y todas las vecinas salieron con ollas y cucharas para espantar con una bulla aquello que les parecía un presagio ominoso.

Podría haber sido un niño mas entre tantos otros, pero a nadie pasó desapercibido que ya desde el vientre no habían logrado acordar un nombre; madre, padre, tíos, abuelos y hasta amigos abrían la boca para articular alguna propuesta, pero solo sonidos dispersos bailaban en sus lenguas. La vieja bruja de aquel pueblo, no necesitó mucho más para vomitar su conclusión: “no se le podrá llamar”

En la capital, diez y seis horas de parto y varios litros de sangre, antecedieron mi primer llanto. Los doctores y las enfermeras ni siquiera pudieron escribir el apellido de mi madre en mi etiqueta, así que pasé el frio de la cámara de neonatos en anonimato, el mismo que me ha acompañado desde entonces.

Algunos meses después, atrasados por el intenso papeleo que deja un niño al que no se le puede llamar, regresamos al pueblo. Un matrimonio, por momentos vacío y tedioso, se había vuelto tenso como una cuerda de guitarra. Mi padre medía el día por la víspera, anunciando los sinsabores y desgracias que traería mi problema; un día la cuerda se rompió y aquel hombre se perdió por esos caminos de Dios, a mi me dejó al menos la vida, ya que de haber sido un poco mas supersticioso bien podría haberme quemado bajo sospecha de ser hijo de incubo.

Fuí creciendo en medio de silencios; la incomodidad de no poder llamarme hacia estragos en los afectos. Mi madre consumida por una culpa imaginaria y mis abuelos imaginando las culpas de mis padres, me dejaron solo, jugando con los gatos y las gallinas que no necesitaban saber mí nombre para acompañarme.

Me consta que atrasaron mi acceso a la educación, los parvularios asustaban a mi familia por la vergüenza que anticipaban. Pero, como no hay nada secreto entre cielo y tierra, más pronto que tarde llovieron las sospechas sobre la casa: se habló de maltrato, negligencia y hasta de abuso y las repetidas negativas de mi madre precipitaron la acción estatal. Cuando me di cuenta me vi rodeado de niños en una institución de paredes de cemento: el orfanato público.

Ahí, nuevos papeleos y movidas burocráticas, me atraparon, como si pendiera sobre mí una condena de reclusión. Algún científico y estudiante intentaron explicarme como un fenómeno; creyentes fervorosos de la ciencia occidental me midieron, me cortaron, me inyectaron, me entrevistaron y redactaron en varias resmas de papel sus hallazgos, es decir: nada.

Yo mientras tanto, me ocupé en crecer, manteniendo una mínima interacción con aquellos que me miraban como una extrañeza que camina; desconfiados de mí, como si mi humanidad no pudiera ser demostrada.

Al final los documentos de la investigación tuvieron algún uso: despertó el interés del dictador de turno; en su mente se gestó la idea de un asesino anónimo, y ya entrada mi adolescencia me llevaron al ejército. A tiempo me sacaron del orfanato, donde a falta de nombre me pasaban de un año a otro en mi educación, sin una nota. Su única preocupación era lidiar con lo que no entendían, haciendo funcionar el sistema que conocían.

Mis instructores militares también desconfiaban de mí, el no poder llamarme les dificultaba el placer esencial del insulto y la humillación, así que me golpeaban y pateaban con la mayor frecuencia que les era posible. La repetida soledad y el insistente maltrato me dejaron una impresión de distancia hacia la humanidad, condición que facilitó enormemente la tarea de matar a los que se llamaban.

Mis estudios superiores fueron pues en tortura, genocidio y desaparición, siempre sin nota ni reportes, ya que yo mismo era tan inexistente como los que interrogábamos en las cámaras subterráneas. Fue en presencia de aquellos y aquellas que habían perdido su identidad, que por primera vez me sentí cómodo, ahí mi nombre no importaba.

A pesar de la desconfianza que persistía sobre mí, nadie dudaba de mi vocación. Pasaba días enteros dedicado a aquella labor, vinculado por vez primera con hombres y mujeres, con algo que podría haberse asemejado al cariño si no hubiese sido por las tenazas y los cables.

Un día, como suele suceder, llegó la revolución, la que fue invariablemente sofocada por nosotros. Se multiplicó mi trabajo y decidieron enviarme a las montañas, a hacer visitas domiciliares. Fue así como regresé a mi pueblo y un cierto gozo, que nunca había experimentando, me invadió cuando me encargaron a varias vecinas y autoridades de aquel lugar. Mi familia sin embargo había migrado una década atrás sin dejar huella o señal alguna de su paradero, yo me decepcioné un poco al no poder vincularme con ellos en la manera que ahora conocía.

Estando allá, unos soldados empezaron a rafagear las gallinas del lugar y yo, que antes no había sabido que era sentir ira, experimenté un calor en la cara y sin pensar mucho tomé el rifle y les llené las espaldas de plomo. El pueblo, sin entender demasiado mi acto, me ayudó a escapar y yo me perdí entre el monte profundo.

Eso ocurrió hace ochenta años y aún me escondo, más por costumbre que por necesidad. El dictador lleva muerto más de lo que la gente recuerda y el pueblo desapareció bajo un alud de barro. Pero yo persisto, en mi acostumbrada soledad, en una pequeña finca de gallinas, lo único que me queda es preguntarme si la muerte me encontrará al no poder llamarme.


imagen René Magritte, Retrato de Edward James (La Reproduction Interdite), 1937

Alberto Sánchez Arguello
15 Octubre 2010

miércoles, 4 de agosto de 2010

HECHOS DE MUERTE (2)


Me lo mataron hace seis meses, Mario era mi único hijo, tenía 16 apenas cumplidos y se iba a bachillerar, si ese hijueputa no lo hubiera matado. Mi hijo tenía trabajo en la noche como repartidor de comida; Un día estaba saliendo de su trabajo y se le acercaron unos mareros, lo pegaron a una pared y lo estaban asaltando, cuando de una esquina se vino un hombre en una moto y disparó hacia ellos,los mareros se capearon y el balazo le entró en el ojo derecho a mi hijo. Se murió ahí, en la calle, los mareros corrieron y él de la moto se escapó. Dicen que ese hijueputa anda matando mareros por los barrios de guate, cada cierto tiempo. Yo tengo cinco meses de recorrer a pie los barrios matando motorizados, en una de esas mato al desgraciado, en una de esas me mata a mí.

Alberto Sánchez Arguello
4 agosto 2010

martes, 3 de agosto de 2010

HECHOS DE MUERTE (1)


Me lo mataron hace un año, Santiago era mi único hijo, ya habría cumplido 22, si esos hijueputas no lo hubieran matado. Mi hijo acababa de conseguir trabajo de cobrador de bus y tenía el último turno; ya casi cerrando se subieron dos mareros y quisieron que les dieran el pago, él que era nuevo y más grande que ellos les reventó la boca y los sacó a patadas. Al día siguiente subieron de nuevo y le dejaron ir dos balazos a la cabeza, bañaron de su sangre el bus. Yo nunca supe quienes fueron esos dos mareros, pero ya tengo seis meses de salir con mi moto cada ocho o quince días, con mi pistola bien pegadita al cuerpo, me llego por los barrios de ciudad Guatemala y le meto bala a un marero cada vez, en una de esas mato a los desgraciados, en una de esas me matan a mí.

Alberto Sánchez Arguello
3 agosto 2010

domingo, 1 de agosto de 2010

LOS DUHINDUS



Dicen que esta historia es cierta, que aconteció iniciando el invierno del dos mil nueve, poco antes del golpe de Estado a Honduras; en un campamento mestizo entre Puerto Cabezas y Kambla, donde desaparecieron en una sola noche ocho bebes sin dejar rastro.

De la comisaría de la mujer mandaron una comisión investigadora a pedido urgente de los mestizos que habitaban el campamento; la mayoría desmovilizados de la resistencia, que después de haber trabajado en las minas de Siuna por años, habían obtenido títulos dudosos para las tierras cercanas a territorio miskito.

La teniente Teresa Sandino fue asignada como responsable de la comisión y se presentaron un viernes al improvisado emplazamiento de plástico negro y troncos rollizos, ubicado en un claro despalado a punta de machete por sus habitantes.

Don Julián Ramírez hombre mayor, de salud precaria, originario de Chinandega y antiguo compañero de armas del comandante “Yahob”, fue el primero en dar su parte: “El Lunes pasado todos los hombres nos fuimos a Bilwi para comprar insumos agrícolas para las parceles que vamos ganándole a la selva; cuando volvimos ya era noche cerrada y encontramos a las mujeres llorando, gritando amontonadas en el claro al pie de la Ceiba; estaban junto con los niños más grandes y nos dijeron que las criaturas habían desaparecido, que nadie sabía nada, solo que cuando se acostaron todo fue que apagaran los candiles para que escucharan como unos siteos, así como “ssttt, ssstt” y luego un silencio completo, como si todos los grillos y los animales del monte se hubieran metido bajo tierra, nos dijeron que se asustaron y cuando prendieron los candiles los bebés ya no estaban, los ocho chateles entre dos y catorce meses de las doce familias que somos”

La Teniente Sandino se entrevistó con todas las familias y lo poco que sacó en claro fue que todos afirmaban que la desaparición había coincidido con un fuerte aroma a jazmin, impregnado en las cunas y en los moisés. Por eso algunos mencionaron que hacía un mes uno de los chavalos de la María Juárez se había ido a buscar leña por la ribera del río y lo habían estado siteando a su regreso. El chavalo decía que se había molestado pensando que era su primo jochándolo y le tiró piedras a los árboles y más bien se la habían devuelto y que cuando se fijó bien miró un hombrecito con un sombrero puntiagudo y una cotona roja, ¡eran los duendes! dijeron las señoras mayores y que se habían llevado a los bebés al monte para convertirlos en criaturas iguales a ellos.

Para la Teniente aquellos eran disparates copiados de los cuentos de la comunidad miskita de Kambla; sin embargó visitó las tiendas y pudo sentir el aroma intenso a Jazmín en los lugares donde habían acostado por última vez a los bebes desaparecidos.

El hermano mayor de uno de los bebés, José Ferrufino, le dijo a la teniente que habían sido los miskitos los que se habían llevado a los bebés, para hacerles brujerías como castigo por estar en sus tierras, y tuvieron que amenazarlo con echarlo preso, porque quiso levantar a la comunidad para ir a Kambla a buscar a la bruja que él suponía estaba allá y sacarle la verdad a la fuerza.

La comisión pasó tres días en sus investigaciones y ya estaban por retornar a puerto cabezas cuando desde la ribera del río llegaron tres hombres del campamento, gritando que ya tenían a la bruja culpable. La Teniente y su gente corrieron anticipando una desgracia por la desesperación de aquella gente.

Cuando llegaron a la ribera se encontraron con seis hombres de pie mirando a José Ferrufino patear a una mujer anciana cubierta de sangre y arena; Ferrufino les gritó que la habían hallado merodeando por el campamento y que luego huyó al verlos, que de seguro era la bruja miskita y que había que hacer justicia. Rápidamente lo detuvieron y la Teniente pidió que la dejaran con la mujer.

Solo la Teniente sabe exactamente lo que dijo la anciana, pero algunos de los policías alcanzaron a escuchar las últimas palabras de la miskita. Dicen que la Teniente le preguntó como se sentía y la anciana la tomó de los brazos y mirándola le dijo con lo que quedaba de voz:

“tinki palé, muchas gracias muchacha, estos hombres ladinos me mataron sin tener culpa, Saura, Saura, malos, malos ellos que golpeaban a sus bebes, que los violaban y hasta los mataban, por eso los duhindus vinieron y se llevaron a los más pequeños, porque a ellos les dolía lo que no les dolía a sus madres. Los duhindus se apiadaron del llanto de las criaturas en la noche, de sus gritos ahogados por el puño de los hombres. Los bebes no volverán, ahora serán duhindus también cuando crezcan, mejor vida para ellos; Saura, Saura ladinos, no deberían estar aquí, Saura, Saura…

Y dicen que la anciana se murió ahí, desangrada en la tierra, sin que nadie pudiera hacer nada. La Teniente quedó impresionada con lo que había escuchado y volvió al campamento, esta vez para interrogar a las mujeres y después de mucha insistencia descubrió los secretos que guardaban: los maltratos, las humillaciones, los niños y niñas violados por sus papás y padrastros y la ubicación de los cadáveres dos bebés enterrados, muertos por desgarre anal.

La comisión volvió a puerto con varios culpables: los hombres agresores y asesinos del campamento, los parricidas. Pero de los bebés nunca se supo más nada; los cuerpos encontrados no correspondían a ninguno de los desaparecidos y por mucho tiempo se hicieron búsquedas en las tierras aledañas al campamento, pero no se hallaron otros cadáveres.

La Teniente Sandino siempre expresó a sus superiores su certeza de que aquellos bebés habían sido asesinados también, pero los que la conocen dicen que aún puede sentir aquel olor intenso a jazmín y las palabras de la anciana moribunda aún le oprimen el corazón, formando en su mente la imagen de los duhindus en la oscuridad de la selva, atentos a los bebés, cuidándolos como nosotros hemos olvidado hacerlo.


Alberto Sanchez Arguello
1 Agosto 2010

domingo, 18 de julio de 2010

LA CEGUA


Viernes a la media noche en Managua, los hijos de empresarios y políticos compiten con motos modificadas en carretera Masaya. La zona Hipos se infla de comensales que engullen varios salarios mínimos entre cócteles y boquitas; en las gasolineras circulan los que peregrinan entre bares y fiestas, hacen filas para sus recargas telefónicas y se llevan una que otra lata de cerveza para la jornada de desvelo que les espera.

En la subida de la loma, agotando las cunetas con sus tacones, los travestis y las prostitutas hacen sus recorridos conocidos. Precios variables inversos a la experiencia, tal vez una de las pocas transacciones en que la juventud encarece el precio.

Y eso es lo que busca Fernando, recién vuelto de sus negocios en Guatemala, ya quiere probar la nueva mercadería. Pero él sabe donde encontrar lo que busca y pasa de lejos plaza inter acelerando hacia el Lago en su Lexus sin placas.

El no quiere lo usado, su nariz busca el olor de lo nuevo, apenas recién salido a la calle, de lo que solo se encuentra por el Malecón. No será la primera vez que hace este recorrido, si hasta tiene su marchanta que le avisa por encargo cuando una niña va a estrenarse. En los barrios del Lago saben que paga buenos dólares, pero solo la primera vez, por eso le llaman el “Rompedor”

El Lexus azul de vidrios oscuros aparece moviéndose despacio frente a la concha acústica y la seño Yamileth se lo queda viendo desde la plaza Juan Pablo II, ya se lo tiene medido el carro y llama por celular a las chavalas para avisar.

“Ya vino” dice con cierto entusiasmo por la comisión que le viene y se mueve hacia la cuneta por el lado del teatro para recibirlo. El vehículo se acerca y el vidrio del copiloto baja lo suficiente para dejar escapar la voz del conductor “¿me tiene algo fresquito?” pregunta con tono ansioso y la seño le guiña el ojo desde afuera mientras le señala hacia el parque de la revolución “allá están para que las conozca, ya saben que va para allá”

Fernando no se hace esperar y mueve el vehículo en la trayectoria precisa hacia su destino. Al llegar no se baja, sino que abre su ventana y mira hacia afuera como se acercan las siluetas de tres chavalas. Dos de ellas lo miran con miedo, sus rostros, a pesar de la máscara de maquillaje, no logran ocultar su verdadera edad y sus cuerpecitos apenas sostienen los vestidos plateados que una mano con mal gusto corto para aquella ocasión.

La tercera tiene un pelo negro que casi le cubre el rostro, pero aún debajo de la espesa cabellera Fernando puede ver el brillo de una mirada que lo fulmina y trastorna a la vez. Casi no tiene maquillaje y su vestido negro de una sola pieza se ajusta como echo a la medida.

“Esa” dice Fernando sin notar que está salivando. La seño Yamileth que ya está ahí se asusta al ver a la tercera chavala y se acerca al cliente “Don Fernando, esa no es mía, nadie la había visto nunca” el hombre casi no le escucha, su mirada está perdida en la lujuria que lo consume “No me importa, esa quiero” repite y la seño se siente consternada ante la situación. Por un momento intenta tomar a la intrusa de la muñeca para correrla, pero al tocarla su mano queda agarrotada con un dolor helado que le clava agujas en la articulación. Se tapa la boca para sofocar el grito de dolor y no se mueve mas mientras mira a la chavala entrar en el Lexus. “Ese ya no es mí problema” piensa, a la vez que se lamenta de perder tan buen cliente, “Porque ese ya no volverá” dice en voz baja y se va con las niñas.

Fernando no se ha dado cuenta de nada, solo maneja frenético hacia carretera Masaya, con su presa bien arrellanada en el asiento de al lado. Sus fosas nasales están invadidas por el sutil aroma de la piel de esa chavala extraña, que no conoce pero que pronto poseerá.

En la entrada del Motel le ven pasar, cliente conocido de años, mandan a preparar los jugos de naranja y los camarones antes que él los pida. Fernando se mueve despacio, quiere degustar la noche con todos los placeres que le esperan. Él le abre la puerta y le muestra el acceso al cuarto especial, antro con fuentes de cemento y camas de fantasía, ella camina con lentitud mientras su cabellera nunca acaba de mostrar su rostro.

El se mete al baño y se prepara para el festín, aún sin percatarse del ominoso silencio y mortal tranquilidad de la chavala. A Fernando le preocupa más su barba mal cortada y el mal olor de su boca, así que se toma su tiempo para afeitarse y darse un baño completo, aumentando aún más su ansiedad por tenerla.

Al salir del baño el vapor de la ducha se confunde con la oscuridad helada de la habitación, con torpeza avanza en la oscuridad y se tropieza con una tela tirada en el piso, al levantarla descubre que es el vestido negro de una pieza, se lo pega a su nariz y lo aspira varias veces hasta casi marearse.

Fernando se despoja rápidamente de las pocas ropas que aún lo cubren y avanza en la oscuridad, apenas herida por la luz vertical que surge del cuarto de baño atrás de él “¿Donde estas amorcito?” pregunta con palabras dulces mientras se imagina tomándola de la cabellera, pero no hay ninguna respuesta.

Al hombre le gusta el juego, pero después de golpearse con la fuente empieza a perder la paciencia y su ansiedad se ha vuelto insoportable “¿Qué te hicistes jodida?” dice en una voz que no oculta su enojo y esta vez si hay una respuesta, una risita jocosa a su izquierda, como revelando el final del juego de las escondidillas.

Fernando se vuelve a animar y se voltea hacia la risita y sus pies sienten algo suave, lo levanta pensando si será la ropa interior de su platillo principal y al aspirarlo se extraña del olor a cirio quemado, cuando lo alza más hacia el reflejo de la luz se percata horrorizado que es piel humana, como un traje, desde los pies hasta la cara y una cabellera negra pegada al cuero cabelludo. En la espalda como cremallera, una abertura sanguinolenta muestra el lugar de salida, ¿pero de que? Fernando corre hacia el baño para encerrarse, pero el suelo está mojado por sus propios pasos y resbala pegando su cabeza con la parte baja de una de las camas….

Medio inconsciente por el dolor del golpe, ve una figura que se arrastra hacia él, un fuerte olor a sangre y monte se mueven con ella. Ya cerca puede distinguir en medio de aquella masa informe de carne, pelo y sangre, unos ojos negros que le queman su mente, sus gritos se ahogan entre la masa que se le mete entre su garganta, el silencio lo cubre todo.

Cuando llaman a la ambulancia cuatro horas después, es muy tarde para Fernando, sus ojos están perdidos, una baba desconocida le cubre todo el cuerpo y a pesar de no encontrar herida o golpe, el hombre no responde a ningún estimulo, “si hasta parece jugado de Cegua” dice uno de los camilleros, mientras se lo llevan al área privada del hospital psiquiátrico.


Alberto Sánchez Arguello
18 Julio 2010

miércoles, 7 de julio de 2010

EL DIKUTNA


Han pasado siete días desde la última inundación en Musawas, la capital del mundo mayagna. Las pocas familias que no fueron evacuadas por las crecidas de los ríos se juntan por las noches ante las hogueras, para rememorar tiempos anteriores bajo la mirada atenta de los sukias, los chamanes de la comunidad.

Todos esperan algo, una señal que les muestre si deben volverse invisibles como los ancestros que escaparon de la guerra de los diez años, que es la manera como se llama en la historia mayagna a los enfrentamientos entre la contra y los sandinistas.

Durante aquellos diez años algunos habían echo un pacto con Asangba el antiguo Dios, desobedecido por los abuelos y abuelas mayagna; le pidieron que los volviera invisibles ante los ojos de los españoles, a ellos, sus familias, bienes y animales. El Dios les había concedido su deseo y ahora en aquellas comunidades solo rocas y madera eran visibles ante la mirada de los que venían del Pacífico; ellos habían logrado escapar de la desdicha de las balas, de la destrucción de sus casas, porque mucho había sufrido el pueblo mayagna a manos de los miskitos, los ingleses, los españoles, Pedrón, la Contra y los gobiernos de la llamada Nicaragua.

Una vez más la historia mayagna volvía a ser de desgracia y la gente no sabe decidir su propio camino, así que miran en el fuego buscando entender en su movimiento el mensaje oculto del Universo, alguna señal que les diga que hacer, hacia donde ir. Pero el fuego no quiere hablar, solo la mirada inescrutable de los sukias parece entender algo en medio de aquel fastuoso baile ígneo.

Abelino se puso de pie y todos hicieron silencio, era el abuelo mayor, el sukia mas antiguo descendiente de aquellos pocos que habían luchado contra los miskitos cuando fueron expulsados por ellos hacia el interior de la selva. Su rostro, surcado por mil arrugas, mostraba la preocupación de un hombre que siente la carga de su pueblo en la espalda.

Abelino tomo una vara de granadillo y empezó a hablar despacio moviéndose alrededor del fuego:

“Los primeros hermanos dieron existencia a las montañas, a las lagunas, a los bosques, los ríos y sabanas; entonces los dos hermanos, creadores del mundo Mayagna, remaron sobre un río en un pipante pequeño. Pero una correntada del río los volcó y cayeron al agua y tuvieron que nadar hacia la orilla para salvarse. Sintiendo frío buscaron las piedras Ki Pau y con ellas encendieron un fuego, chocándolas para producir chispas y tomar un pedazo de tuno para así prender el fuego. Los hermanos tenían hambre así que se metieron al monte donde hallaron maíz, que cortaron y tostaron para llenarse. Luego echaron las mazorcas de maíz en distintos lugares, las mazorcas que echaron en el suelo de inmediato se transformaron en animales y corrieron en todas las direcciones, las que echaron en el río se transformaron en peces y las demás se transformaron en pájaros y salieron volando. Asombrados por aquella vida creada y sorprendidos por la forma extraña que mostraba, los hermanos se durmieron. Lueg, en lo más profundo de la noche, Papang, el hermano mayor despertó cuando sintió que el fuego de la hoguera lo había alcanzado. Cuando este empezó a estar ardiendo en llamas se desprendió de la tierra y subió hacia lo más alto, hasta que su hermano menor solamente logró mirarlo como punto grande, redondo y ardiente en lo más alto del cielo, fue así como llegó a ser el Sol”.

Los más jóvenes que por primera vez escuchaban la historia de la creación, se preguntaban en silencio si sería cierta, después de todo aquellas narraciones mágicas y misteriosas parecían fantasmas grises que se desvanecían cada ves mas cuando se enfrentaban ante el avance de los ladinos en las tierras ancestrales, ninguna divinidad, ni siquiera el propio Papang, parecían capaces de parar la tala del bosque y el robo de las tierras.

Abelino sintió las dudas que carcomían los corazones de los jóvenes y volvió a hablar mientras su rostro era esculpido entre sombras y luces por el fuego:

“Ahora es el momento de actuar nosotros. Hemos sido responsabilizados por los hermanos para cuidar del río, la tierra, el danto y la Ceiba; allá en la oscuridad se mueven las armas de metal de los hombres ciegos, ellos vienen quitando y matando lo que no les pertenece, nuestra magia aún está intacta, usaremos El Dikutna”

Las últimas palabras tuvieron un efecto impactante en el grupo, adultos y niños repetían el término casi olvidado. “Dikutna” decían, separando las silabas, saboreando la sensación de vocalizar la palabra que evocaba imágenes de muerte, una esperanza oscura reservada para los momentos más terribles de la historia mayagna.

Los abuelos más viejos recordaban aún lo que sus abuelas les contaban de las guerras entre miskitos y mayagnas. Mucho tiempo habían resistido el embate de los miskitos hasta que los ingleses proporcionaron armas y machetes a sus enemigos; los mayagnas se tuvieron que esconder en las montañas, en los pantanos, pero algunos de ellos habían juntado sus saberes y construyeron la bomba de los sumus: El Dikutna.

El poder del Dikutna provenía del sukia, quien se relacionaba con los espíritus de la montaña, de los ríos, del cielo. Aquel era el poder último de los sukias, que se alimentaba del miedo de los enemigos.

Abelino mandó a traer el líquido del árbol de chicle, el Malaktah, recogido en horas tempranas. Hizo un agujero en la tierra con sus manos y dibujó con una rama a la orilla del agujero figuras cóncavas del lagarto, el tigre, la tortuga y el congo.

La comunidad se había reunido toda alrededor de Abelino; en un gran círculo miraban con detenimiento como el sukia mayor revelaba la magia antigua, echando el líquido del chicle en los dibujos de la tierra; algunas horas después en medio de cantos el líquido se había secado, aquello era El Dikutna.

Entonces Abelino pidió silencio y empezó a hacer vibrar su garganta, haciendo sonidos guturales, a veces parecía un congo, otras sonaba a danto. En el monte se escuchaba el sonido de los animales respondiendo, pero nadie se movió, sabían que en el ritual del Dikutna no se podía cazar, estaba vedado matar.

Algunos animales aparecieron a las espaldas de Abelino, un Ocelote, un congo y varias serpientes se fueron acomodando cerca del Sukia sin temer a la gente ni al fuego. El abuelo mayor tomó entonces una rama de ocote y prendió fuego a las figuras de chicle y el entró rápidamente a la hoguera como si fuera Udu, el primer sukia, mediador del pueblo mayagna ante Papang, el que acompaña a los espíritus de los muertos hacia su nueva existencia.

Abelino era lamido por las lenguas de fuego sin sufrir daño, mientras bailaba y entonaba los cánticos del Dikutna. Entonces los animales de chicle empezaron a flotar, como pequeños globos de aire caliente y la hoguera se volvió más y más fuerte hasta convertirse en una columna visible desde los montes más lejanos.

El Dikutna ya estaba volando, dirigiéndose hacia los cuatro puntos cardinales, hacia las casas de los ladinos que ocupaban el territorio mayagna, listo para estallar y propagar enfermedades mortales entre ellos.

La comunidad entera miraba hacia el cielo estrellado cuando se escucharon pasos desde el monte. Al inicio, tan concentrados como estaban en el vuelo del Dikutna, atribuyeron los sonidos que eran otros animales que acudían al llamado del sukia, pero no tardaron en descubrir su error cuando entre las sombras aparecieron las figuras de veinte hombres armados con Akas y machetes, y a pesar de que nadie los conocía todos sabían quienes eran.

Uno de ellos, un hombre moreno, alto y delgado, vestido de pantalón militar y camisa manga larga señaló a Abelino y le gritó con desprecio: “Vos brujo ¿no ves que eso no nos asusta?, ya se deberían haber ido de aquí, el único poder que existe es el de nuestras armas y nuestro dinero”

La comunidad guardó silencio, sabían que estaban solos, Bosawas entera era tierra de nadie, allá en Managua, la capital de los españoles, diputados y madereros por igual ya se habían distribuido la propiedad de la selva ancestral mayagna.

“Váyanse ahora indios de mierda, esta tierra ya fue comprada, váyanse con sus brujerías del infierno”

Pero nadie se movió, Abelino vio debajo de las sombras que proyectaban las gorras de algunos de los armados, el brillo del temor al ver El Dikutna volar en lo alto, pero su reacción de cambiar la trayectoria de los animales de chicle tardó más que los pocos segundos del movimiento de veinte dedos que activaron las armas hacia hombres, mujeres, niños, niñas y animales.

Las ráfagas segaron toda la vida que se hallaba a su paso, repitiendo la historia de las guerras con los miskitos, los asesinatos de Pedrón, las matanzas de la contra, los niños que murieron en la evacuación de Tasba Pri; una y otra vez muertos por los otros, una y otra vez expulsados a sangre de sus propias tierras.

Abelino con siete descargas de plomo entre sus piernas y su pecho, fue el que más tardó en morir, usó la energía que le quedaba para grabar las últimas imágenes de la comunidad muerta: los armados registrando los cuerpos en busca de algo de valor, algunos escupiéndolos al no hallar nada, otros persignándose al ver El Dikutna alejarse a lo lejos brillando en el cielo, los niños ojos abiertos cara en la tierra, los hombres aún aferrados a varas y piedras en un intento desesperado de defenderse.

Siete días desde la última inundación, en Musawas la capital del mundo mayagna, las pocas familias que no fueron evacuadas por las crecidas de los ríos están juntas alrededor de una hoguera, sus cuerpos están dispersos en charcos negros de sangre y en el cielo, su legado el último Dikutna, busca su destino en la insondable oscuridad.



Alberto Sánchez Arguello
7 Julio 2010
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Imagen cuadro de Augusto Silva


Denuncian venta ilegal de áreas boscosas de reserva nicaragüense de Bosawás

Blanca Molina, asesora legal de las comunidades indígenas que viajaron a Managua la capital nicaragüense para realizar la denuncia ante la prensa, afirmó que las áreas de bosque húmedo amenazadas de ser taladas en enero próximo pertenecen a la comunidad de Sikilta, en Bosawás, la reserva de la biosfera más grande de Centroamérica.

Precisó que estas áreas amenazadas se hallan a orillas de los ríos Uly, Wasma y Puput, y están declaradas zonas de reserva forestal por la Asamblea Nacional, pero han sido invadidas y colonizadas por 37 familias ajenas a las comunidades indígenas.

La zona amenazada abarca 39.069 hectáreas de la Reserva de la Biosfera de la Unesco en la región limítrofe de Siuna, Bonanza y la provincia de Jinotega, ésta última fronteriza con Honduras, dijo Molina.

Los líderes indígenas formularon un llamamiento a las autoridades del Gobierno central y al Ejército de Nicaragua para que visiten la zona y constaten la veracidad de la denuncia y evitar así la devastación de esa inmensa zona boscosa de manera ilegal.

Camilo Lara, directivo de una organización ambientalista no gubernamental, aseguró que en los sectores de los ríos Wasma y Puput ya se pueden observar aserraderos.

Bosawás corre peligro por los planes para talar su corazón boscoso, donde se están vendiendo terrenos y dividiendo parcelas con documentos de propiedad falsificados, denunció.

"Si este bosque llega a ser talado, estaríamos poniendo en la lista roja una serie de especies en peligro de extinción que todavía preservamos en la zona de Boasawás", advirtió.

Según Lara, en esta venta de parcelas que se realiza en parte del núcleo de la reserva, donde está prohibido habitar, "hay una mafia forestal organizada y confirmada", aunque no dio ningún nombre.

EFE
29 Diciembre 2009

domingo, 2 de mayo de 2010

Los Ahuizotes


La lluvia hace estragos en el callejón de la muerte del mercado mas grande de Centroamérica, el coloso del Oriental, lleno de vericuetos y laberintos, mas de diez mil personas moviéndose como hormigas, una de ellas se llama Daniel e inicia su mañana en la parte mas oscura del callejón, entre charcos de lodo y basura, levantándose del suelo cubierto de periódicos usados y plástico negro, con hambre desde ayer y con la misma ropa desde hace mas de un año.

Son las seis y media de la mañana y el muchacho de doce años comienza su día con el último resto de pega que le queda en el tarrito de vidrio, se lo acerca a la nariz y se cubre con una bolsita para atrapar hasta el último vapor antes que se le agote, quiere olvidar las pesadillas, ya son siete noches que tiene de sentir que le jalan los pies en la oscuridad y oye gemidos por los callejones.

Estando todavía en el alucín llegan los otros tres miembros de la pandilla de las hormigas tambochas, los más infames “huelepegas” del mercado, conocidos por sus robos violentos y sus múltiples violaciones a las niñitas inhalantes que se pasean por el gancho de camino.


“Apuráte chavalo que ya abrieron el chante de la Luciana y están moviendo mercadería por la lluvia, vamos a ver que le sacamos” le dice Juan el mayor, pero Daniel esta todavía volando y lo único que le interrumpe es la picazón que le carcome las piernas. Martin el bizco, le hace un gesto a los otros dos y lo cargan a patadas para que los atienda, Daniel se deja un rato, le rompen el tarro y le aplastan los testículos dos veces, pero finalmente se levanta y le rompe la boca a Josué el más chiquito.

Ya más calmados los chateles rodean el mercado por zonas donde nadie les haga caso, evitando las miradas de comerciantes que llevan meses buscándolos para mandarlos al distrito cuatro de la Policía. La Luciana, una octogenaria originaria de Jinotega se vuelve a apiadar de ellos y les da algunas naranjas golpeadas y unos maduros que la pandillita se come vorazmente no dejando ni las cascaras.

Ya son las diez de la mañana cuando Juan señala hacia un vendedor nuevo que está trasegando ropa, se le acercan por detrás pero Daniel ya esta tembloroso y hace muecas con la cara que hacen reír descontroladamente a Josué, el vendedor se alarma y descubre a los ladrones, grita por ayuda mientras lanza golpes a los mas cercanos, Martin recibe la peor parte y lo agarra la "pesca" del mercado mientras los otros toman lo que puedan y salen corriendo por los callejones.

La carrera es desenfrenada, botan todo lo que se encuentran, los charcos que explotan bajo sus pies y los "hijuepuetazos" que les lanzan los vendedores al pasar hacen reír a los niños, lo sienten como un juego, como si fuera el pegue o las escondidillas, al final se separan en distintas direcciones entre carcajadas y brincos.

Daniel está solo de nuevo, pero está bien, camina lejos del mercado, sintiendo el fuego del asfalto mientras baja hacia el Lago, pegado a su corazón un nuevo tarro de pega y en los bolsillos de su pantalón roto algunas monedas que le sobraron de la venta de lo robado.


Cuando pasa al lado del campamento del Nemagón le parece mirar a los viejos y viejas enterrados en sus hamacas y ante sus ojos se transforman en muertos que se derriten como candelas al calor de la capital, y de repente se asusta cuando le parece ver unas sombras largas que se le acercan desde los eucaliptos. Daniel se restriega los ojos y casi se le cae el tarro pero no hay nada ahí más que las casuchas de plástico negro”, así que sigue su camino.

El Lago de Managua es un lugar hermoso para Daniel, le recuerda una de las pocas cosas bellas de su vida, las visitas a la laguna de Apoyo con su abuela, la única persona que lo abrazó alguna vez. Por eso, siempre que puede se va para allá, pasando el Teatro Nacional los bares del malecón, hasta llegar al parque frente al Xolotlán y bajar a la orilla, sentarse en la arena para sentir la brisa y mirar hacia el horizonte de agua que cubre toda su visión.

Ahí Daniel se siente seguro, no hay nadie cerca y saca el tarrito para volver a volar, inhala hasta que la nariz le duele y la picazón se vuelve casi insoportable, los sonidos del agua y del viento se intensifican y mira colores brillantes en las copas de los árboles y en las nubes.


Después de varias horas absorto en el movimiento de los pájaros, Daniel tiene la sensación de no estar sólo, la piel se le pone de gallina y un temor le invade el cuerpo como si estuviera haciendo frío en su estómago, al poner el tarrito en la arena escucha gemidos que vienen desde el agua, un escalofrío le recorre la espalda cuando mira sombras con el rabo del ojo, son varias figuras como echas de humo.

El sabe quienes son y mientras está petrificado sintiendo los movimientos a su alrededor, recuerda a su abuela, contándole de los Ahuizotes, los espinosos, los que se encuentran cerca del agua, apariciones sin consistencia recordadas desde siempre por los pueblos de Monimbó, el mundo indígena de Masaya.

Los mira moverse a su lado, escucha movimiento en las ramas de los árboles y por momentos parece que la sombra de una mujer larga se refleja en el agua y pasos se dibujan en la arena frente a él.

Las sombras murmuran su nombre, y Daniel ha comenzando a temblar de nuevo y hacer muecas raras con su cara, pero entre los rictus faciales efecto del tóxico inhalado, sonríe y hasta empieza a reír mientras se levanta para moverse junto con los espíritus, y con el sol ya cayendo en el lago, baila con los Ahuizotes, sintiendo sus toques helados en sus brazos y piernas, sus murmullos y gemidos que le arrullan con suavidad, en esta noche en Managua, Daniel ya no volverá a estar solo.


Alberto Sánchez Arguello
2 Mayo 2010