martes, 22 de febrero de 2011

LA MEMORIA


La memoria es un asunto curioso. La mayoría la damos por sentada, guardamos unas cosas, perdemos otras, pero contamos siempre con saber quiénes somos y más o menos desde donde venimos. Yo no.

Mi primer recuerdo es de hace un año atrás. Abrí los ojos y estaba tirado en una montaña de periódicos en el fondo de un cauce. Me dolía todo el cuerpo y vestía ropas harapientas. Por el olor de mi aliento y demás, daba la impresión de estar alcoholizado y con varias semanas sin bañarme.

Intenté incorporarme, pero una de mis piernas estaba rota sin duda y cuando me tantié la cabeza, sentí algo pegajoso, era mi sangre. Parece que unos chavalos avisaron a un canal de televisión y al poco tiempo llegaron las noticias, los bomberos y una ambulancia. En la tarde aparecí en los medios. Entre un macheteado de Malpaisillo y dos abusos en Ocotal, estaba la noticia del viejito caído en un cauce cerca del puente el Edén, con la memoria perdida y sin señales de familia o conocidos.

Nadie supo cómo me caí. Gente de los barrios afirmaron que yo era conocido en la zona, que desde hacia algunos meses había aparecido por ahí, pero que nadie sabía mi nombre ni origen. Decían que sobrevivía a base de limosnas y caridad pública. Yo sentí algo así como pena ajena, porque era como si hablasen de otra persona, “ese no soy yo” me repetía. No me sentía ni limosnero ni viejo. Pero los testimonios públicos y la imagen de los espejos me mostraba lo contrario.

Pérdida brusca de la memoria a largo plazo de manera permanente, fue el diagnóstico que extendió el sistema de salud. Después de una larga estancia en varios hospitales, comprobaron que podía hablar normalmente y conducirme sin problemas, así que me mandaron a uno de los pocos ancianatos sostenidos por el sistema de seguridad social. Los años dorados se llama acá. Tres enfermeras y un médico achacoso son nuestros carceleros, pero en realidad nadie tiene a donde ir, así que no hay para que escapar.

Vivir sin memoria tiene sus ventajas. En este año no he sentido culpa por nada ni he extrañado a nadie. He comido todos los días mis tres tiempos, he contado con una hora de ejercicio y varias siestas. Pero cuando llegaba la noche y estaba solo en mi catre, sudando en la noche sofocante de Managua, sentía un vacío en el estómago que se convertía en un punzón agudo en el corazón.

Hace dos semanas ya tenía un plan para matarme. La enfermera Sánchez siempre dejaba las Sinogan y otros tranquilizantes en el vestíbulo, mientras estábamos haciendo la siesta de la tarde. Era solo cosa de tomar unos cuantos frascos y tragarme a la medianoche todas las cápsulas que pudiera, para pasar de viaje.

Ya era el día fijado para mi plan cuando llegó Alfredo.

Era un hombre como de unos setenta años, de complexión fuerte y grandes entradas en un cabello plateado que contrastaba con su piel morena. Yo me le acerqué como hacía con todos los nuevos, talvez con un deseo no expresado de que alguien me reconociera. Pero igual nunca pasaba, ya me había echo a la idea que de mi lápida estaría en blanco, igual que mi memoria.

Pero ese día pasó lo más improbable: Alfredo me reconoció…

-¡Sos vos hijodelagranputa!- me dijo apenas me vio y las enfermeras se sobresaltaron –¡Yo te conozco cabrón! Hace veinte años que no te veo, pero seguís teniendo la misma jeta de hijueputa, la misma que me miró a los ojos mientras torturabas a mi mujer en el hormiguero- siguió gritando Alfredo y ya lo estaban agarrando porque se me quería abalanzar para darme de bastonazos. Yo no supe que responder, me quedé mudo de la impresión. Una mezcla de alegría de saber algo de mí mismo, junto con un rechazo total a lo que estaba diciendo de mí.

-Me está confundiendo- alcancé a decir, pero Alfredo ya no estaba ahí, se lo habían llevado a la sala de enfermería, para sedarlo. Me fui a sentar a una mecedora de mimbre que estaba en el salón de descanso, más convencido que nunca que esa misma noche terminaría con todo.

Estaba tan concentrado en un recuento de los pocos recuerdos que tenía de mi mismo en un año entre ancianos, que no me percaté cuando Alfredo se sentó a mi lado. – Alzheimer- me dijo con una voz serena y antes que yo le pudiera responder siguió –Y algo de demencia senil también. Pero no te preocupés hermano, esos diagnósticos son pendejadas que inventan para sacarle plata a uno. Vos y yo sabemos que estoy bien y que en menos de tres días vamos a irnos a recorrer senderos por las montañas de Jinotega. ¿Y mis sobrinos como van? La Teresita y Domingo, ya deben estar grandes- el me quedó viendo con un cariño que me dejó aún más confundido y una enfermera ya venía para llevárselo, pero yo le hice un gesto de que no pasaba nada.

-Están bien, ambos, siempre creciendo- le respondí después de dudar un poco. Él se sonrió con gusto, y respiró profundamente antes de volver a hablar –Siempre tuvistes madera para papá, desde pequeño mi mama decía que eras el más responsable de todos nosotros y nunca nos dejastes de cuidar- yo lo escuchaba mientras sentía en el cuerpo un calor que me hizo temer un derrame, y luego sentí mojado el rostro. Eran lágrimas.

Desde entonces Alfredo es mi hermano, mi cuñado, mi hijo, mi padre, mi enemigo, mi alumno y profesor. Dependiendo del día y el recuerdo que caprichosamente halla encontrado lugar en su mente. Yo dejé mi plan. Ya no siento el vacío en las noches, nos hemos adoptado mutuamente en nuestros olvidos y nuestras memorias.

Imágen: "Viejo Anonimo I" Eduardo Naranjo

Alberto Sánchez Argüello

22 Febrero 2011

viernes, 18 de febrero de 2011

EL CALLEJON


En el mero centro del mercado Oriental, cerca de la venta de chicha y los tramos de electrodomésticos, existe un callejón donde habita el corazón negro del universo, apenas sostenido por las manos temblorosas de Don Fabián Buitrago.

Yo lo vi una vez. Fue en abril, una semana antes de irme a trabajar a San José. Mi mama me mandó a comprar una tela a la casa de los encajes, pero yo me entretuve en la zona de video juegos y luego me dieron ganas de orinar.

Me metí rapidito a un callejón que no conocía. Era un lugar muy estrecho, con costo se alcanzaba de costado. Las paredes eran largas, manchadas de grasa y contil. Un olor penetrante a orín emanaba del espacio y el piso era de asfalto, muestra de una de tantas calles consumidas por el avance del mercado.

Como andaba reventando me puse a regar la pared nomás entré. Me tomé mi tiempo, aunque sentía algo raro, como que no estaba solo. A pesar de la sensación terminé tranquilo con mi urgencia. En lo que me estaba sacudiendo, ya para salir, me fijé que al fondo, en la oscuridad, se distinguía una silueta.

Mi curiosidad me impulsó hacia la figura. Me fui acercando quedito y empecé a sudar ¿Qué estoy haciendo? Me pregunté, bien podría ser un ladrón o un huelepega y yo acabaría tendido en ese callejón. Pero ya no había marcha atrás, estaba demasiado cerca para alejarme. Ya casi estando en el fondo del callejón me pude serenar. Era un viejito, del tamaño de un niño. Barba blanca espesa, moreno y con un par de ojos brillantes y negros como carbones. Su espalda estaba apoyada en la pared de la derecha y con sus dos brazos parecía sostener la pared que tenía enfrente.

-¿Te vas a quedar viendo o me vas a ayudar?- me dijo sin verme. Yo sin saber muy bien que hacer me acerqué y me coloqué igual que él: con mis manos en la pared. Apenas había puesto las palmas contra el cemento, sentí como un hormigueo en todo el cuerpo. Esto está raro pensé, cuidado y me quiere hacer este algo este viejo. –No te voy a hacer nada chavalo, toda mi energía la tengo invertida en detener este muro- me dijo como si adivinara lo que estaba pensando.

Hasta ese momento no me había detenido a pensar en lo extraño de toda la situación. Parecía un sueño, de aquellos en que uno vuela y el mundo está patas para arriba, pero a uno le parece todo de lo más normal. Estaba en estas reflexiones cuando el viejito me tomó del brazo y me jaló despacio hacia él. Yo me acerqué y ya estando lado a lado pude distinguir que andaba vestido de camisa y pantalón de algodón blanco, igual que las imágenes de los indígenas Matagalpa que aparecen en los libros de historia. En las muñecas de sus manos portaba unas pulseras echas de conchitas marinas y en los pies calzaba unos caites que aparentaban contar con la edad de su dueño

-Me llaman Fabián Buitrago, aunque mi verdadero nombre no es ese, pero es impronunciable en la lengua de los españoles- me dijo el viejito mientras seguía sostenido a mi brazo –Soy el último tlamatinime del calmecalt del norte. Me vine a Managua por la cobardía de no querer enfrentar la muerte del olvido. Hace diez años ya, en un sueño profundo Xochipilli, el príncipe flor, me dio la misión de resguardar el corazón negro del universo, oculto entre las sombras de este callejón- Yo que no sabía, si este hombre era un loco o un borracho delirante, empecé a moverme lentamente hacia la salida, pero Don Fabián no me soltó y por primera vez me miró a los ojos – Te voy a enseñar- me dijo y todo a mí alrededor se hizo oscuridad.

Lo primero que experimenté fue un sensación profunda de vértigo y luego un horror intenso al no poder sentir ni mis brazos ni mis piernas. Lo más parecido a aquel estado me había pasado al despertar de una operación. En aquella ocasión trataba de ordenar a mis extremidades que se movieran, pero no lo hacían, se quedaban quietas como si no fueran mías.

Miré a mí alrededor y me encontré flotando en una inmensidad oscura en la que titilaba a lo lejos un punto luminoso, como una tenue llama flotante. De repente la luz se hizo más y más pequeña hasta convertirse en un punto, que sin previo aviso estalló, desatando una luminosidad tan fuerte que quedé ciego por un tiempo que yo calculé como varios días. En ese lapso, traté de entender como era que no experimentaba hambre, ni frío o calor, y más aún, no respiraba. Imaginé que el viejo me habría matado allá en el callejón y ya no había necesidad de temer o preocuparme.

Cuando finalmente fui recuperando mi vista, el entorno había cambiado mucho. Incontables partículas luminosas se movían en espirales concéntricas a mí alrededor, chocaban entre sí y se expandían hasta conformar nuevas espirales. Entre ellas se movía en soledad una partícula oscura, tanto, que parecía un agujero flotante en medio de la oscuridad, era difícil detectarla entre tanto movimiento. En algún momento dejé de interesarme en aquella partícula y me perdí en aquellos bailes, sin darme cuenta en que momento el ritmo se hizo frenético. Por lo poco que había visto en las materias de física y química del colegio, entendí que estaba siendo testigo de los inicios del universo.

Las espirales se hicieron gigantescas y nacieron ante mí miles de soles, que se fueron tornando blancos, rojos y amarillos, hasta morir en gigantescas explosiones de las que surgieron nuevos bailes de polvo y luz que se fueron condensando dando origen a planetas, que giraban alrededor de nuevos soles, los cuales volvían a explotar. Este ciclo se repitió muchas veces, hasta que nació un planeta en particular que se fue haciendo azul y entendí que era el mío.

Sin saber como, me encontré flotando en la atmósfera de la tierra, contemplando el surgimiento de los volcanes, los mares y los bosques. Todo se movía tan rápido que casi no me percaté de aquella partícula oscura, que sigilosamente se hundió en el fondo del mar.

Miré los primeros organismos en el agua, las algas, los peces, los anfibios, enormes dinosaurios y finalmente los primeros seres humanos. Vi nacer la agricultura y los primeros pueblos. Miles de años de historia, fluyeron como las aguas rápidas de un río y súbitamente las grandes ciudades habían nacido y solo bastó pensar en mi país para trasladarme a Managua. Presencié entonces el desastre de sus dos terremotos y el nacimiento y desarrollo del mercado donde suponía que yo había muerto. Avancé con rapidez hacia el interior del Oriental hasta entrar al callejón y sentí que el corazón se me salía cuando me miré a mí mismo de pie, sosteniendo la pared.

-¿Lo vistes?- me preguntó Don Fabián mientras me soltaba, y yo con un hilo de voz, porque aún estaba tratando de recuperarme, le respondí –¿Ver qué?- el se sonrió con un gesto de maestro experimentado – El corazón negro del Universo, esa partícula oscura que te llamó la atención- Entonces entendí, las imágenes aún aparecían y desaparecían en mi memoria, pero todo cobró sentido. –Pero había caído en el mar- le dije con un poco más fuerza. Don Fabián dejó de sonreír y colocando de nuevos sus dos manos en el muro me habló sin verme – En vísperas de la llegada del sexto sol, el corazón negro del universo, trasmutado por los eones de su reposo en el fondo marino de esta nuestra tierra, se ha convertido en un tragamundos, atrapado entre dos dimensiones-Yo me sentía mareado, quería irme lejos de ahí y no escuchar más la voz del viejo.

-¿Y qué pasa si suelta la pared?- le pregunté sin entender bien porque había dicho eso. Don Fabián guardó silencio, sus manos temblaban y se podía notar el cansancio de su cuerpo – La pared se rompería y la división de los mundos con ella. Muerte y vida serían lo mismo, la luz y la oscuridad se abrazarían sin posibilidad de separarlas. Los mil seres y las mil cosas se fundirían entre sí hasta ser tragados por el corazón negro del universo, por siempre- volvió a callar un momento y por última vez me miró – ¿Me ayudarás?

Yo me fui. Salí corriendo despavorido por el mercado, no compré la tela ni miré para atrás ni un momento. A la semana ya estaba en Costa Rica, trabajando en el taller de mecánica de mi tío Carlos, lo más lejos que pude alejarme de aquel lugar.

Al terminar el día, mientras me limpio la grasa y el aceite, pienso en el callejón, recuerdo al viejito que sostiene al corazón negro del universo y mi estómago se siente como hielo. Quiero pensar que él seguirá sosteniéndolo, pero cuando estoy acostado, me termino durmiendo con la duda de cuanto tiempo más resistirá.

Alberto Sánchez Arguello 18 Febrero 2011

Cuento realizado en el marco del Taller Creación Narrativa impartido por Isolda Rodríguez Rosales ANIDE 5 y 12 Febrero 2011

domingo, 13 de febrero de 2011

EL EXTRAÑO CASO DE BENJAMIN RAMIREZ


Antes que Benjamín Ramírez estremeciera al país por sus actos aberrados, no era más que un chavalo moreno y larguirucho, de rostro fino y ojos tristes, uno más entre tantos otros que se ganaba sus realitos pescando descalzo en las orillas del lago de Managua.


Se mantenía cerca del asentamiento convertido en barrio de Los Martínez, sitio donde había vivido quince años en compañía de su madre María Arguello, una mujer flaca y encorvada, tuerta del ojo izquierdo. La señora tenía problemas para hablar y un reumatismo que cada día agotaba más sus posibilidades de subsistir, a base de elaborar las tortillas, que Benjamín vendía en Las Brisas, Linda Vista y Los Arcos.

El papá de Benjamín había sido un campesino venido de Jinotega, que entre borrachera y borrachera, apareció muerto un día por el parque Las Piedrecitas, cuando Benjamín comenzaba a gatear. Doña María era nacida en León. Se había venido a Managua, con la idea de montar una costurería, pero el destino le había dado muchos tumbos y terminó dedicando las horas en recuperarse del dolor de los reumas, para coser alguna camisa que le habían dado a reparar, antes de amasar las tortillas.

Dicen los vecinos que los dos vivían solos en una choza de plástico negro y latón oxidado. Adentro, solo contaban con una hamaca vieja de tela en la que dormían los dos, una mesita de plástico, un televisor cubano y algunos trastes de aluminio, para el fogón echo de barro. De Benjamín nadie tenía quejas, aunque dicen que era arisco como gato de monte, no había forma de meterle plática. Cuando pescaba no hablaba con nadie y si era a la hora de vender las tortillas, solo las entregaba y extendía la mano mientras decía el precio, nada más.

La gente hasta había llegado a pensar que era sordo, pero luego lo miraban con su mamá y se daban cuenta que alrededor de ella, el muchacho era otro. Solo hablaba con ella, aunque en una voz tan bajita que nadie más podía escuchar.

Los investigadores de los diarios reportan, que unos meses antes del asesinato de doña María, ella se tuvo que ausentar una semana para ayudar a una hermana que estaba muy enferma en Chichigalpa. Benjamín quedó solo por primera vez.

Parece ser que en esos días el muchacho anduvo desolado por las calles de tierra de los Martínez y que un grupo de chavalos mayores que él, le dieron a probar piedra y aprovecharon para violarlo en el sueño de la droga. Benjamín no volvió a ser el mismo. Se volvió aún más huraño y agresivo. Se manejaba por las esquinas mordiendo a quien se le acercara y fue el retorno de Doña María lo que evitó que se lo llevaran preso.

Raquel Huerta, la vende nacatamales de los Martínez, narra que los dos se desaparecieron de las calles por una semana, nadie los miraba y la gente se empezó a preocupar. Un día, el pastor del culto local entró en la mañana a la choza y se encontró con el cuadro grotesco de doña María, muerta de días, en el piso, desnuda de la cintura para abajo y encima de ella, Benjamín, penetrándola con rapidez.

El caso estalló en todos los medios, la comisaría de la mujer, a partir de la insistencia de la gente, hizo pública la única declaración del parricida: “Mi mamá no quería darme un hermanito para que me acompañara, así que la maté para tener uno”

Nicaragua tuvo un nuevo monstruo al que examinar. Corrieron todo tipo de opiniones científicas y moralistas. Al final, en medio de complicaciones legales por el código de la niñez y la adolescencia, Benjamín fue trasladado al hospital psiquiátrico con un peregrino diagnóstico de esquizofrenia.

En aquella cárcel para enfermos mentales, Benjamín pasó las peores noches. De acuerdo a los enfermeros, no podía dormir pensando obsesivamente en el cuerpo de su madre, descomponiéndose lentamente en un féretro de madera, aprisionado entre tierra infecta de gusanos y cucarachas. Tuvieron que amarrarle a la cama para que dejara de salirse al patio a lanzarse contra las mallas, en su desesperado intento de marchar hacia el cementerio, con intenciones no del todo expresadas.

Fue sometido a punta de duchas heladas y psicofármacos y poco a poco, su delirio fue mermando. Meses después solo presentaba un afán inofensivo de respirar en exceso cada dos horas, con la idea fija de aspirar las partículas de polvo de su madre, que irían subiendo desde las profundidades de su tumba.

Algunos años después, el país se olvidó de él, ya no era noticia. En algún punto entre el bajo presupuesto y el aspecto anodino de Benjamín, no se dieron cuenta de que un día no estaba ya, se había escapado, como tantos otros.

Pocos días después, lo encontraron en el cementerio. Al momento del hallazgo, estaba hundido en la tierra con el féretro de su madre abierto y el celador nocturno en la superficie, muerto de una pedrada en el cráneo. Para ese momento, ya había terminado de comerse los restos óseos de su progenitora.

No opuso resistencia alguna a la policía y se le miraba plácido y tranquilo durante el juicio que finalmente le condujo por treinta años a la cárcel modelo en Tipitapa. Ahora ya era mayor de edad y los argumentos de locura de parte de la defensa no estuvieron a la altura del asco y repugnancia popular que los medios habían fomentado.

Cuando alguien le preguntó en su celda porque lo hizo, Benjamín Ramírez con una sonrisa se limitó a responder: “para no estar solo”

Alberto Sánchez Arguello
9 Febrero 2011
Cuento realizado en el marco del Taller Creación Narrativa impartido por Isolda Rodríguez Rosales ANIDE 5 y 12 Febrero 2011

sábado, 12 de febrero de 2011

LA CIUDAD MUERTA


Quince minutos después del terremoto, Managua yace destruida por tercera vez en su historia. Desparramadas están sus casas y edificios, heridos de muerte por un 9.5 que echó por tierra la caótica ciudad. Un sol rojo sangre, contempla la masiva destrucción y el cielo está parchado de densas estelas de humo que suben dispersas desde los escombros de cemento y metal. Filas de carros abandonados, se agolpan en los semáforos y rotondas. Esperas el retorno de los dueños que no alcanzaron a escapar más que unos pocos metros, en medio del vaivén cataclísmico.

En el que fuera el nuevo centro de Managua, entre comercio, bancos y hoteles, rajaduras como ríos, recorren sus vías de norte a sur y de este a oeste, evidencias de nuevas fallas surgidas del impactante sismo.

La sucursal de Alke muestra sus puertas y vitrinas destruidas, con toda su vajilla congelada en una ola que se esparce hacia la calle. El resto de edificios no son más que un conjunto de metal retorcido. Sus techos parecen cartones apiñados en desorden. Solo el Hilton sobrevive, parcialmente derrumbado, mostrando sus interiores como si se desnudara a los ojos del Alexis, que inclinado, aún se sostiene lo suficiente para contemplar el desastre.

Solo un hombre camina entre el asfalto y los cadáveres aplastados. Es alto y robusto, de tez morena quemada. Tiene el pelo grasoso, negrísimo como plumas de cuervo, una quijada prominente y cuadrada y entre su frente ancha y unos ojos profundos, las cejas son gruesas y voluminosas. Usa una camiseta rota y sucia con la cara de Obama y un jeans lleno de parches que le queda como pescador. Sus pies descalzos son testigos mudos de las caminatas infernales de su trabajo como limpiavidrios y una que otra carrera para robar lo que le permita comprar pega.

Chepe Bolas es como le conocen los habitantes de la plaza de las victorias, aunque ya nadie recuerda a ciencia cierta el origen de su apodo.

Por primera vez, desde su venida desde el Caribe, unos quince años atrás, se permite una sonrisa, que deja pronto al descubierto sus dientes irregulares y sus muelas podridas. El vidrio roto, que raya sus pies llenos de costras, no le incomoda. Chepe está más interesado en revisar los cuerpos, en busca de alguna prenda de valor, dinero inclusive, este es su día de suerte, nadie le negará un peso.

Desde los escombros de lo que fue el Hiper Unión, le contemplan unos pocos vende lentes y accesorios telefónicos. Aún están recuperando lentamente la conciencia en sus cuerpos golpeados y confunden a Chepe con un espectro, cuando le miran inmerso en su macabra labor de voltear y registrar los cuerpos aplastados.

Chepe se conoce bien la zona. Sus buenos años de dormir en los campos de catedral, en el terreno de los circos y en todo recoveco y callejuela de los alrededores le ha dejado un entendimiento del terreno como nadie más posee. Pero ahora todo ha cambiado, parece un sueño dentro de un sueño. Se mira que sigue atontado por los vapores del pegamento y sin saber bien como logró sobrevivir, obliga a sus ojos a aceptar que lo que mira no es el alucín del último tarrito. El olor metálico de la sangre de sus pies y de las vísceras de los muertos le permite conectarse con la realidad del momento.


Chepe Bolas se carga los bolsillos rotos de relojes, celulares y billeteras, hasta que levanta la mirada y se detiene absorto ante la contemplación del estómago abierto del Hilton. En su centro desbaratado se yergue aún, en tenue equilibrio, una habitación con su cama en perfecto estado. Después de un tiempo en silencio, se abalanza raudo hacia el que fuera un suntuoso hotel, dejando atrás todo interés por el botín funerario que venía de recolectar.

Los vendedores, ya más repuestos, intentan gritar para advertirle el peligro, pero de sus gargantas solo surgen graznidos rotos y roncos estertores que no comunican más que el dolor de costillas rotas y espaldas lastimadas. Chepe de todas maneras parece estar más allá de sonidos o advertencias. Con una agilidad renovada, se encarama en columnas y pisos desnivelados hasta alcanzar el cuarto, milagrosamente intocado. Se sienta despacio en la cama, con una expresión de gozo que distiende su rostro hasta hacerlo ver casi en paz.

Por un momento los vendedores olvidan sus dolores ante la visión irreal que les llega desde lejos. El hombre tosco y brutal que han conocido en los semáforos, acostado como un bebé y arropándose a sí mismo para un descanso que posiblemente nunca había experimentado.

Luego sobrevino lo inevitable…

La caída de los pisos del Hilton, se anunció con un zumbido corto seguido de una serie de pequeños estruendos que asemejaban explosiones, y los vendedores tuvieron el tiempo de contemplar a Chepe que seguía acostado, sin inmutarse ni un poco por la caída de aquellas masas descomunales sobre su cuerpo. Nunca se despertó.

Luego, todo fue quietud. Solo una columna de polvo evidenciaba que el último gran edificio del centro, había sucumbido finalmente. Los vendedores, ya en pie, se ayudaron entre sí para buscar un refugio. Empezaron a andar sin rumbo cierto, bajando hacia la rotonda. En su caminar lastimero y silencioso, les acompañaba la imagen de Chepe, dormido en medio de la caída del coloso. Más de alguno diría después, que pensó si no sería mejor dormir así, para siempre, antes que enfrentar el rostro de la ciudad muerta, pero igual siguieron caminando, el impulso del instinto pudo más.

Alberto Sánchez Arguello

8 Febrero 2011

Cuento realizado en el marco del Taller Creación Narrativa impartido por Isolda Rodríguez Rosales ANIDE 5 y 12 Febrero 2011

domingo, 6 de febrero de 2011

LA CASA


Casa desdichada

Casa olvidada

Cubierta de llanto ajeno

Pleno desorden

De lo que alguna vez fue pleno

De la que alguna vez vivió.


Ya no se escucharán sus pasos

Ya no temblará con el grito y su voz

Retumbando en la oreja sorda

El muro empedrado

Las sillas quebradas.


Siete días exactos

Siete contados para morir

una tras otra, otra tras una

relevo de sombras

apenas con tiempo

para poderlas sentir.


La casa se expande

Se traga a su dueño

Forzado a ser uno

En soledad recién nacida

Rodeado de extraños

Desorden de llanto

Olvido ajeno

De toda una vida

De trajinar muchos años.


Casa amada

Casa cerrada

Surgida del caos

Sin anclas ni encuadre

Abriendo sus puertas

rompiendo el espacio

En el patio, merodeando

el fantasma de mi madre


Alberto Sánchez Arguello

6 Febrero 2011

martes, 1 de febrero de 2011

ORIGEN


Entumecida, la que fue vibrante y sagaz

Arrimando los brazos al vientre

Hinchado y podrido de tiempo pausado

Ella, la que fue todo

Mi primera casa,

Mi origen


Contemplación de tragedia anunciada

Presentada a gotas

Dosificación de dolor que vomita

En arcadas vacías de horrible blancor


Ella muere y respira

Acompasada del hombre

El hombre estancado

El que la vio malvivir

El que malvivió a su lado


Se me atora la risa y el llanto

Arrojando los ecos de deseos pasados

Ya no hay rostros ocultos, ni feos ni malos

Solo el manto gris del silencio olvidado


No hay gloria, valor ni donaire

Ella está entumecida,

arrimada,

hinchada,

podrida,

Ella, ahora es nada

Se borra

Se pierde

Se va

ya…


Mi origen


Alberto Sánchez Arguello

1 Febrero 2011

viernes, 14 de enero de 2011

EL BARCO NEGRO


Dicen que Julian tenía la frente ancha como su abuelo y los brazos y piernas largas como su mama, era el más chigüín de la casa, a sus 17 años ya cazaba guardatinajas y pescaba como el mejor.

Vivía con su familia en la ladera del río coco, algo alejado de Musawas, la capital de mundo mayagna. Cuando iba a las ciudades, su piel morena ceniza le mostraba a los miskitos, mestizos y españoles que él era uno de los originarios: los primeros exploradores de Managua y matiguas.

“Ya están peleando otra vez los españoles” oyó contar cuando fueron a comprar aceite y gasolina junto con su hermano mayor. En la ferretería de Josué Briton en Bonanza. escuchó hablar de difiriendos o deferendos entre Nicaragua y Costa Rica, algo sobre el río San Juan y pláticas sobre elecciones presidenciales y fraudes electorales.

Estas cosas no tenían sentido para Julián, a él se le iban los ojos en las nuevas lanchitas que vendían cerca del puerto. Le atraía la vida del buzo que cazaba a mano las langostas en el fondo marino. Su mamá le decía que eso era peligroso porque se podía hallar a la liwa mairen, pero Julián quería vivir otra cosa, conocer otros lugares.

“Mañana va a ser primera luna llena de verano, mala cosa, el barco negro pasa” dijo Elías, su hermano mayor, mientras le señalaba que ya era hora de volver. A Julian, que estaba sudando con los grandes potes de aceite a cuestas, le dio un vuelco el corazón. Su mente voló hacia los recuerdos aún frescos de la abuela Yaritza, cuando contaba sus historias en las noches estrelladas.

La abuela Yaritza le había enseñado a hablar. Eran diez hermanos y todos en la casa estaban ocupados, solo ella lo atendía. Usaba historias para que aprendiera la lengua y las costumbres mayagnas y al cumplir los 15, lo sentó junto a ella para contarle una historia diferente que le marcó para siempre:

“Dicen que esto ocurrió hace cinco años, río arriba. Una comunidad mayagna recibió la visita de unos hombres armados que venían en un barco grande con lujos. Eran vendedores de polvo blanco y le ofrecieron a la comunidad dinero y armas a cambio de que les ayudaran. La comunidad accedió y por un tiempo todo fue paz y provecho. La gente de la comunidad fue teniendo dinero y aparecía en las ciudades comprando ropa, víveres y hasta motores. Los españoles sospecharon, así que un día atraparon a unos chavalos y les sacaron la verdad, luego dieron con una lancha de los vendedores. La comunidad tuvo miedo de lo que podía pasar y se escondieron en los bosques. Pero los hombres los encontraron y los mataron a todos. Una abuela sukia muriendo al lado del río, maldijo a los hombres y su barco. Dicen que un niño que había logrado esconderse, la oyó decir que el río se les cerraría y que nunca saldrían de su cauce. Desde entonces vagan eternamente en el río y a veces, en verano, cuando hace luna llena algunos lo han visto, todo negro por la suciedad y los hombres flacos y en harapos. Piden ayudan y ofrecen su cargamento de polvo blanco, pero ahí nomas se los lleva el viento y no los vuelven a ver”

La abuela había muerto poco después y de todas las historias aquella era la que había quedado más impregnada en la mente de Julian. Uno de sus primos afirmaba haber visto el barco y se decía de gente que había conseguido “pesca blanca” en el río en noches de luna llena, seguramente parte del cargamento del barco fantasmal.

La noche del siguiente día cuentan que Julián se escapó de su casa, algunos dicen que lo  acompañó el primo, otros que se fue solo, el caso fue que nadie supo de él.

Años después, cuentan que Elías, ya con sus propios hijos, estaba solo en una panga en la ribera, con la luna llena sobre su cabeza, y un viento fuerte sopló desde el norte. Entonces divisó una barcaza negra y mohosa  en el horizonte: en su proa, unos hombres barbudos transparentes y entre ellos, un muchacho con el rostro gris que le saludó al pasar, era Julián y antes que su hermano mayor pudiera reaccionar, el barco se evaporó en una niebla oscura.

Desde entonces su familia le ha intentado encontrar, varios sukias quisieron rescatarlo, pero el que se sube al barco negro no puede regresar, las almas están encerradas en el río, con los hombres del polvo blanco, sin ningún puerto al que llegar.

Alberto Sánchez Arguello
14 enero 2011