viernes, 29 de julio de 2011

LINEA


Una línea apenas
entre ella y yo
inconsciente del frágil andar
transcurriendo sin tiempo
horizonte claro ni visión

Bordeando un abismo
de inconmensurables olvidos
jugando a lo eterno
siendo apenas instante
suspiro de memoria

Una línea pues
delgada y muy clara
la que me separa
de mi muerte.

Alberto Sánchez Arguello
29 Julio 2011

miércoles, 13 de julio de 2011

LA CEIBA DE MI JARDIN

Nació sin que nadie la hubiese traído
desapercibida, casi la mato de pura ignorancia
fueron sus espinas alzadas las que la delataron
la imaginé como una torre
emergiendo desde mi patio
prosperando más allá de nuestra presencia
a eso se redujeron los bosques en esta ciudad
florcillas y árboles de bonsai
mi ceiba creció hasta donde la dejó mi casero
pero un clon accidental sobrevivió en la esquina
vive con ganas de ser más alta
un garrobo sirve de jardinero
podando en el desayuno las ramas
que diario miran al cielo.

Alberto Sánchez Arguello
2011

martes, 12 de julio de 2011

ZOO


Algo reptante y siniestro

paciente bajo la cama

Sombra diluida de corredor

Apenas dibujada siempre detrás

Bulto salvaje de lobo mandril

Columpiándose denso en las acacias

Cuerpo sin color

En el cuarto del fondo

Ojos plateados, rostro de cera

Mi fauna de temores

mi zoológico infantil

Alberto Sánchez Arguello 2011

PD: ilustración de Alice Seghetti

miércoles, 23 de marzo de 2011

LA SOMBRA DE MI MADRE

Conduciendo sola por la carretera sebaco matagalpa en el destartalado pickup de mi marido, me entregué a la lánguida observación de las tierras que me recibían y despedían con su aridez. El sol en el rostro y las sombras proyectadas de las cuatro de la tarde me trajeron el recuerdo de mi madre, posiblemente el último pensamiento necesario para disparar en mí un irrefrenable impulso a salirme con todo y vehículo de la carretera, cosa que hice al instante.

Es algo curioso lo rápido que una voluntad ciega puede romper el orden de la realidad y el tiempo, antes apremiante y fugaz, se alarga hasta parecer detenido, regalando la belleza de los detalles que uno no aprecia en los estados normales de conciencia.

Mis ojos abrieron dos mundos ante mí; uno el escenario móvil de matorrales y arbustos impactando la camioneta, el otro hecho de instantáneas de mi madre en diversas edades y momentos. Yo me perdí en el último, abandonando mi cuerpo al azar.

Sentí el calorcito de la sonrisa de ella, su mirada tierna cuando me llamaba su niña y compartíamos bromas sobre mi padre. Volví a recordar en forma de eco su rostro desconsolado cuando le anunciaron el cáncer y la ví bailando en medio de una de sus crisis en la playa del tránsito, cuando supo que su hermano se había suicidado de un balazo en la garganta.

Mi madre había sido mi mejor amiga y mi peor pesadilla, una fuerza sofocante de cariño natural. En mi infancia fue fuerte y sagaz, con múltiples trabajos ejecutivos y hablar elocuente. Luego, abrumada por sus demonios emocionales y las pastillas recetadas, se había marchitado ante mis ojos, volviéndose ella pequeña y yo una gigante que debía cuidarla de la vida.

La camioneta dio un giro violento y me golpee la cabeza contra el vidrio, la sangre me tapó un ojo y terminé soltando el timón para recibir a mi madre en mi mente sin mayores preocupaciones por los avatares del camino.

En mi juventud, ella se convirtió en un ama de casa, lejos de sus trabajos y retos de mujer, como un mueble más, pulcra y ajena a la vida pública, con alguno que otro tic y problema de sueño. Se hizo frágil y predecible, valoraba la rutina como el único aliciente a una ansiedad que la devoraba. Fue entonces cuando su sombra empezó a desesperarse.

Proyectada en las paredes de la casa yo fui la primera en descubrir que la sombra de mi madre vagabundeaba sin su permiso. Intenté ponerla en orden varias ocasiones, pero se escabullía debajo de los muebles o hasta en mi propia sombra. Mi madre le restaba importancia. Había empezado a beber por las tardes, sentada en el traspatio. Me decía que eso eran chochadas, “las sombras siempre vuelven” me repetía.

Pero un día la sombra no volvió…

Un brinco de la camioneta me disparó hacia atrás y como si fuera una bestia encabritada la pickup cayó en picada hacia un abismo que se abrió en medio del llano. El tiempo se hizo aún más lento en la caída y los vidrios rotos flotaron como pequeñas perlas alrededor mío.

Volví a mi madre, a su rostro preocupado y sus manos temblorosas, encerrada en casa por vergüenza a ser vista sin su sombra. En aquellos tiempos aquello era algo bastante mal visto, perder la propia sombra era sinónimo de irresponsabilidad. Mi madre desarrolló úlceras en su mortificación, le nacieron fobias pronunciadas a caminar en espacios abiertos y a bañarse con agua del grifo.

Ya nunca más fue la misma. Su cuerpo se fue deformando. Su vientre hinchado y un pelo seco y quebrado reflejaban un alma vencida por el tiempo. Nadie hacía comentarios cuando la luz la tocaba sin proyectar nada hacia muebles y paredes. Mi padre le sonreía como si nada, en un intento inútil de recuperarla.

Abrí por un momento el ojo sin sangre y vi el fondo del abismo. Todo se detuvo. Escuché el sonido de las ruedas aún en movimiento, la radio que sonaba una instrumental que hasta ahora percibía. Cerré el ojo, no necesitaba ver más.

Al entierro llegaron unos pocos familiares y fui acosada durante meses por la idea recurrente de verla encerrada en la caja mientras su cuerpo cambiaba de colores. Cuando visitaba el cementerio creí ver su sombra recorriendo las lápidas solitarias, pero nunca tuve el coraje de cerciorarme, prefería mirar hacia otro lado

Algunos días después desperté en un hospital, mi esposo y mis hijos atentos y llorosos al lado de mi cama. Yo sin sentimiento para ellos, les sonreí con la sonrisa aprendida de mi padre, ellos agradecieron el esfuerzo y aceptaron la mentira de mi accidente.

……….

La silla de ruedas proyecta una larga silueta hacia la pared del psiquiátrico, aquí la sombra de mi madre siempre me acompaña, viene todos los días, ella nunca me dejará.

Alberto Sánchez Arguello 16 marzo 2011

miércoles, 2 de marzo de 2011

LA NIÑA Y EL GENERAL


Imelda Vélez, su familia y amigos, fueron condenados a fusilamiento público un tres de septiembre. El anuncio de la condena lo hizo la primera consejera desde cada radio y pantalla del país. Todos habían sido acusados de traicionar a la patria y su ejecución tuvo lugar en la plaza de la reforma.

Un año antes, el General había muerto. Con ochenta y seis años cumplidos, luego de cuarenta de liderar la nación, una embolia cerebral lo fulminó. Su muerte dejó un vacío de poder, que conmovió las bases del partido reformista, generando sismas diversos a lo interno de sus estructuras.

Cuando parecía que la república sería consumida por una guerra civil, resultado del choque entre las facciones del único partido legal, la primera dama juntó todas las tendencias con una idea: El General seguiría gobernando a través de consulta espiritista.

Al principio, la ciudadanía se tomó un poco a broma a la viuda. Los diarios la acusaron de querer construir una dinastía que perpetuara la dictadura del general con métodos que rayaban en el absurdo. Pero el partido reformista cerró filas alrededor de ella. La juventud del partido marchó por las calles diseminando las consignas que proclamaban santo y eterno el espíritu del General y que los ciudadanos y ciudadanas merecían seguir siendo liderados y protegidos por el gran reformista.

Una nueva constitución fue rápidamente votada, dando lugar al gobierno espiritual. La primera dama pasó a ocupar la recién creada figura de primera consejera, única persona facultada para invocar al General y comunicar sus designios. Las sesiones del ejecutivo se convirtieron en sesiones espiritistas, en las que la viuda mística, como le llamaba la oposición, utilizaba una tabla para formar palabras y frases del líder muerto, mismas que eran mecanografiadas por tres secretarios, asegurando su correcta comprensión y registro.

Las voces de los críticos eran rápidamente descalificadas como producto evidente de almas sin fe, anti reformistas. Y así, sin mayor espacio para el diálogo y debate racional, la reforma siguió su curso en la nación.

Imelda Vélez tenía once años cuando el General murió. Había nacido en la comunidad rural de puerto viejo, alejada de los entramados políticos de la gran reforma, ignorante de las luchas que siguieron a su deceso y el nuevo gobierno espiritual que se había instituido. Hija de padres iletrados no conocía más que aspectos rudimentarios del lenguaje y sus capacidades se reducían a la cocina del fogón y otras tareas domésticas. La niña probablemente habría tenido la misma vida que todas las mujeres anteriores a ella: arrejuntada a los catorce, con tres o cuatro hijos a los diez y ocho, olvidada a los cuarenta. Pero en lugar de eso, fue poseída a los doce años por el espíritu del General.

No se tiene información exacta de cómo pasó. La mayor parte de los testimonios grabados por el ministerio de gobernación fueron destruidos junto con los archivos de los periódicos. Sin embargo, la tradición oral de puerto viejo, recoge que la niña había mostrado conductas extrañas después de bañarse sola en una quebrada. Perdió el habla y el apetito y por cinco días pasó acostada en su catre. Cuando sus padres ya estaban por llevarla al centro de salud, que estaba a dos días de camino, la niña habló.

Cuentan que se escuchó un retumbar en la casa, seguido de un alarido estremecedor desde el cuarto de Imelda. Cuando sus padres y hermanos entraron corriendo, la encontraron sentada en el catre, con una mirada dura y los puños crispados –¡Llamen a mis ministros!- dijo con voz fuerte – ¡Ya es hora de que esa puta me deje de usar!- agregó y la madre de Imelda se persignó.

Tomó varias semanas para que el caso llegara a oídos del gobierno. Fue la prensa amarillista la primera en reportarlo, pero el tono satírico que utilizó, restó credibilidad a la noticia. No obstante, los testimonios se fueron acumulando y cuando Imelda apareció acompañada por sus asustados padres, en la casa de gobierno, exigiendo una cita con la primera consejera, el caso se hizo público.

El partido volvió a tambalearse. Una niña campesina trasmutada en receptáculo del espíritu del líder no era asunto menor. La oposición difundió la noticia al país y al mundo. Muchos ciudadanos y ciudadanos creyeron en el milagro. Al final se convirtió en un asunto de fe. Se debatía en las universidades quien tenía la autoridad espiritual para determinar si la niña en efecto se había convertido en la voz del General y la oposición exigía un referéndum para que Imelda asumiera la primera magistratura.

En la única entrevista a Imelda, de la que se conserva un fragmento en la biblioteca de la asamblea, se le puede ver pálida y rígida afirmando con voz grave que ella era el General y que estaba cansado de ser manipulado después de muerto, que le dejaran en paz, dicho lo cual se le oye expresar todo tipo de improperios contra la primera consejera, ministros y oposición en un lenguaje tan soez que el entrevistador se mira notablemente ruborizado.


Dicha entrevista causó un gran revuelo y la primera consejera no pudo seguir ignorando a la niña. Se organizaron piquetes espontáneos y una gran marcha organizada por la oposición llenó la avenida principal, exigiendo la renuncia de los funcionarios del gobierno espiritual y la convocatoria inmediata a elecciones con libre participación.

Durante la noche, en el bunker del gobierno, se llevó a cabo una sesión especial del ejecutivo y al día siguiente mandaron a apresar a Imelda y todos sus allegados. Treinta personas en total fueran arrestadas y de acuerdo al hablar popular, torturadas bajo sospecha de conspiración junto a la oposición.

Los opositores que alzaron la voz contra lo que denominaron un nuevo atropello a la razón y atentado contra los derechos humanos, desaparecieron sin dejar rastro.

La última vez que los ciudadanos y ciudadanos vieron a Imelda fue ante un pelotón de fusilamiento en la plaza mayor. En el último minuto pareció recobrar el sentido y lágrimas de confusión salieron de sus ojos mientras las balas recorrían los pocos metros que las separaban de su cuerpo.

La imagen de la niña acribillada a balazos, recostada sobre un charco de sangre, se colocó en vallas gigantes en puntos claves de la capital. Debajo de la imagen se podía leer “La traidora ha muerto, la verdadera fe vive, ¡viva la reforma!”

Los treinta cuerpos fueron enterrados en una fosa común en un lugar secreto y sus nombres prohibidos por un decreto especial. Un toque de queda fue declarado durante sesenta días y toda persona o grupo, sospechosa siquiera de un intento de manifestación, fue rápidamente reprimida por la fuerza y condenada a varios meses de cárcel y servicio comunitario.

Ahora que la primera consejera ha muerto y el partido reformista creó comisiones de la verdad, con el fin de restaurar su imagen ante la opinión internacional, se ha decretado un día de duelo por las víctimas del gobierno espiritual.

Hoy tres de septiembre se develó la estatua de Imelda y una placa con los nombres de los treinta en la plaza mayor.

Nunca se supo si en verdad la niña fue poseída por el espíritu del general.

Los ciudadanos y ciudadanas aún se preguntan cómo fue posible todo aquello, cómo es que pudo pasar tanta ignominia. Yo también me lo pregunto…

Imagen "Masacre en Corea" Pablo Picasso

Alberto Sánchez Arguello
2 Marzo 2011

lunes, 28 de febrero de 2011

LA REINA DURMIENTE


El sol se estaba ocultando en el mar, cuando Ana Sofía regresó sola a su cuarto. Según su plan casi perfecto, quedaban dos horas exactas para dejar todo en orden, antes de tomarse las pastillas que le servirían para matarse.

Sus diarios personales, publicados en entregas en una revista de sociedad, nos mostraron una vida marcada por tánatos. En primaria el uso de anteojos gruesos para corregir una miopía y un cuerpo largo y estirado le valieron ser el centro de burlas de sus coetáneos. El pensar continuamente en la muerte, había sido un aliciente para los días de humillación pública. Morir era como un abrigo cálido que la confortaba y le daba cierta sensación de control sobre sí misma.

Cuando llegó la secundaria su cuerpo se transformó. Largos cabellos castaños, bustos desarrollados, caderas firmes y piernas largas, la convirtieron en la envidia de las chavalas y en el objeto continuo de deseo de los varones que la asediaban todo el día. Aprendió a disfrutar de su popularidad y se hizo ávida de las miradas y suspiros que suscitaba al caminar.

Con el tiempo, el cuidado por su cuerpo y apariencia se fue haciendo obsesivo. Dedicaba horas enteras a ritos privados de limpieza y acicalamiento, antes de salir al mundo. Revisaba cada pestaña y cada cutícula previniendo imperfecciones. El acné o cualquier erupción dérmica se convertían en potenciales tragedias humanas. El maquillaje, ropa y accesorios eran objeto de planificación concienzuda, basados en tono de piel, complexión y moda. Hábitos y compras eran posibles gracias a la complicidad de un par de padres pudientes, que no sentían más que orgullo por la naciente feminidad de su única hija

Fue electa reina de un festival en tercer año de secundaria y el periódico escolar publicó sus fotos triunfales en blanco y negro. El premio recibido y el reconocimiento público de aquella ocasión, fue el primero de muchos, tantos que se volvió adicta a ellos.

Fue en la noche de su promoción cuando su plan fue concebido. Había pasado mucho tiempo sin pensar en la muerte como escape, el tiempo dedicado a su belleza y las maneras de maximizarla a los ojos de hombres y mujeres, no daba espacio a esos pensamientos. Sin embargo, al estar sola, embelezada con su propia imagen en el espejo del baño, rememorando la insistencia de los chavalos que preguntaban a que universidad asistiría para seguirla hasta allá, tuvo la visión más horrible de sus diez y ocho de vida: un cabello plateado.

Se tapó la boca con las manos para contener un alarido. Se arrancó la cana sin vacilar y al tenerla en sus manos, se imaginó a si misma vieja: arrugadas las manos y el rostro, el cabello blanco y reseco, empequeñecida por la edad, con una dentadura postiza y unas piernas cubiertas de varices azules y resaltadas. Se fijó entonces una meta: ser electa la reina de belleza de su país y luego morir, así le ganaría a la vejez y la fealdad, sería eternamente bella.

Seis años habían pasado desde entonces. La corona de miss Nicaragua descansaba en la cama de su cuarto del hotel Montelimar y el diploma de diplomacia y relaciones internacionales estaba caído cerca del walking closet. Ana Sofía había logrado su plan.

Una ruta trazada a través de pasantías en Naciones Unidas, el apoyo de la embajada americana y una sólida barra de apoyo desde Miami le había traído el cetro. De paso había concluido sus estudios universitarios para satisfacer a sus padres, logrando así que se mantuvieran tranquilos, sin sospechar nada de sus verdaderas intenciones.

Una hora antes se había despedido de sus amigos y amigas en la playa, excusándose por sentirse cansada, no sin antes citarse en el restaurante del hotel a las nueve en punto para la cena. Rafael, que dos días antes le había confesado que la amaba desde el primer año de la universidad, la vio irse desconsolado, ya que aún no recibía respuesta alguna. Algunos hasta murmuraban que debía ser lesbiana porque jamás se le había conocido pareja, pero él sabía que Ana Sofía estaba esperando a su verdadero amor.

La realidad era que la reina ni siquiera recordaba la confesión de Rafael. Su plan era lo único que había ocupado su mente y corazón, en ellos no había espacio para el amor, solo para la muerte perfecta. Ya había escrito la carta de despedida a sus padres, en la que pedía dijeran que había muerto de un infarto, resultado de una condición cardiaca nunca antes revelada a la prensa. Especificó muy claramente su deseo de ser cremada y sus cenizas lanzadas al mar. Así como le horrorizaba envejecer, también le aterraba la idea de que su cuerpo sufriera un proceso lento de descomposición.

Se bañó con agua caliente, y se tomó su tiempo para encremar su cuerpo y maquillarse para la ocasión. Finalmente sacó el vestido de noche con el que alcanzó el reinado y se lo colocó despacio, sintiendo las fibras de la tela como si la abrazaran toda.

Se sentó en la cama y se tomó las pastillas una a una, saboreando su acidez. Cuando acabó con todas, se tomó un trago de vodka y se acostó acomodando bien el vestido, no quería que hubiese ninguna arruga. Sus ojos se fueron cerrando con una pesadez creciente de los párpados y sentía un mareo que le hacía experimentar como si el cuarto se moviese en espiral. A lo lejos escuchó el teléfono sonar, cada vez más distante, pensó que todo estaba funcionando de acuerdo al plan: sus amigos le llamaban para ver porque no había llegado, cuando finalmente entraran a su cuarto ella estaría muerta y a tiempo para iniciar los ritos funerarios con su cuerpo aún fresco.

Las llamadas cesaron y Ana Sofía empezó a experimentar ahogos y arritmia. Cuando Rafael entró sigilosamente, la reina estaba profundamente dormida, en camino a no despertar jamás. El sonrió maravillado ante la belleza de su amada y celebró en silencio su idea de sobornar al conserje para conseguir la llave maestra. Se desnudó completamente y tambaleante por los litros de licor que recorrían sus venas, se acurrucó a su lado. Empezó a acariciarla lentamente y con cuidado, pero el olor de sus cabellos y la tersura de su piel le estimularon al punto máximo de su deseo. Sin más preámbulo desgarró su vestido y se montó encima de ella, sin percatarse del cambio sutil en la temperatura corporal de ella.

La violación ocurrió sin gritos ni forcejeos. Para cuando Rafael alcanzó el clímax embobado por el alcohol, Ana Sofía llevaba varios minutos muerta. Cayó sobre ella, respirándole encima los vapores de su aliento y besó su cuello profundamente hasta quedarse dormido.

Al día siguiente estalló la bomba en los medios; todo tipo de versiones confusas fueron difundidas. Suicidio, homicidio y violación iban y venían entre bocas de abogados, periodistas y familiares. Medicina legal impidió la cremación, y las fotos furtivas de la autopsia que circularon por internet, fueron objeto de procesos de demanda legal que duraron años.

Finalmente Ana Sofía fue enterrada en un funeral privado con muy pocos asistentes. Contra sus deseos su cuerpo fue entregado a la descomposición final.

El plan de la reina durmiente fue casi perfecto... casi.

Imagen “Ofelia”, John Everett Millais

Alberto Sánchez

28 Febrero 2011

jueves, 24 de febrero de 2011

EL CUADRO


Ayer encontraron el cuadro de los hermanos Mayorga. Apareció en uno de los sótanos del Banco Central, oculto entre varios retratos nunca vistos de Arnoldo Alemán. El horror que produjo en los conserjes que lo descubrieron, se tradujo rápidamente en noticias en medios escritos y radiales.

Cuando me enteré se me vino de golpe, como una presentación rápida de imágenes, el recuerdo del caso de aquellos hermanos.

Habían nacido del mismo vientre, con un minuto de diferencia. El Berta Calderón los vio nacer pero fueron las ruinas del terremoto del 72, enfrente del edificio de Gobernación, las que los vieron crecer. Ezequiel y Jeremías eran sus nombres, pero todos los conocían como los gemelos del diablo, porque el mayor siempre sabía lo que estaba pensando el menor.

Estaban chigüines cuando comenzaron a hacer rumbitos en el mercado oriental. Con costo alzaban un palmo, pero se cargaban sacos de naranjas y plátanos y les quedaban energía para limpiar vidrios en el gancho de caminos. Cuando sus padres quisieron mandarlos a la escuela solo Ezequiel se dejó. El menor creció en la calle.

Jeremías creció delgado y con una gran melena. Tenía una mirada profunda y unas largas pestañas con las que les jalaba el ojo a las chavalas que atendían los tramos y a uno que otro chavalo también. Ezequiel se hizo más bien robusto y se pelaba al ras para evitar los piojos. A él le tocaba estar oyendo en su mente, todo el día, los pensamientos de su gemelo. Por eso caminaba siempre en silencio, esforzándose en escucharse así mismo entre los monólogos y fantasías sexuales de Jeremías.

El menor era el suertero. Siempre ganaba a las cartas y jalaba con las chavalas más bonitas. Cuando había robos en los tramos, Ezequiel siempre acababa preso, sin importar que estuviera cerca o no del lugar donde había ocurrido el ilícito. Jeremías no sabía lo que era el interior de una celda. Cuando los misioneros evangelistas entraban al mercado, regalando ropa y comida, el gemelo menor recibía una parte todas las veces, mientras al mayor lo miraban de largo.

El colmo de todo esto, era que el mayor no podía evitar recibir los ecos de la felicidad y placer de su hermano. Hora tras hora, día a día, le llegaban los pensamientos más limpios y más sucios a la vez. Debía de ser algo infernal.

Como era de esperarse, Ezequiel odiaba al Jeremías. Una profunda envidia le carcomía el corazón, tanto que había desarrollado una gastritis crónica que le ocasionaba una acidez constante.

El único consuelo de Ezequiel era el dibujo. Pasaba horas con hojas de envolver y papel periódico, trazando con carbón y tiza en los callejones. Dibujaba retratos imaginarios, aves muertas, flores y una infinidad de formas abstractas que le servían de escape al constante murmullo mental de la voz de Jeremías.

Un día, uno de los funcionarios del Instituto de Cultura tomó de ayudante a Ezequiel para llevar unos sacos de compra a su vehículo. En el trayecto alcanzó a ver algunas hojas dobladas en el pantalón del gemelo mayor. Le pidió que se las mostrara, adivinando el trazo oculto. Al tenerlas frente así le dijo que llegara a la academia de bellas artes, que tenía talento y le darían una beca completa.

Ezequiel no cabía en sí mismo de felicidad. Por primera vez la voz de su hermano casi enmudeció dentro de él y se apresuró a contárselo a Don Miguel, un carnicero del mercado. Aquel había sido el único amigo del gemelo mayor, él sería el que daría cuenta de los sufrimientos y rencores que le habían sido confesados.

Las clases de dibujo y pintura comenzaron una semana después y Ezequiel era sin duda el mejor. Sus maestros le auguraban un futuro brillante y por un tiempo todo fue paz. Luego Jeremías se apuntó a las clases también.

Movido por la curiosidad de los rumores que había escuchado en el mercado, se dejó caer un día para ver el arte de su hermano. Cuando el gemelo menor miró las esculturas de los estudiantes avanzados, se enamoró del oficio y rápidamente se trasladó a la academia, dispuesto a profundizar en su vocación. Unas cuantas sonrisas le bastaron para conseguir una beca. Ezequiel se quería morir.

Los maestros tuvieron un nuevo favorito. Todos en la academia empezaron a hablar del talento nato escultórico del joven melenudo. Ezequiel siguió trabajando en sus cuadros, en tonos cada vez más oscuros. Sin hablar entraba temprano y salía tarde, sin voltear a ver a nadie, menos aún a su hermano y su tropa de seguidores.

Llegó Abril y se anunció el concurso anual de arte de la academia, con exposiciones individuales y jurados internacionales. Los maestros escogieron El David del mercado, realizado por Jeremías, como la muestra más fina de la academia. La representación artística de la voluptuosidad de un vendedor frutas, contaría con un puesto especial entre las exposiciones. El resto de obras serían develadas ese día sin mayor preámbulo. Ezequiel siguió pintando sin mostrar mayor interés en los éxitos de su hermano. Cuentan que le miraban enflaquecido, cubierto de pintura y absorto en sus cuadros, como si sus ojos atravesaran los lienzos. Se colocaba al fondo del taller, con su caballete y algunos libros. Nadie pudo ver nunca lo que estaba pintando, aunque les llamó la atención el repentino interés del gemelo mayor sobre lecturas de medicina y química.

Llegó el día de la exposición y toda la comunidad artística nacional se reunió en la academia. Ahí estaban los Peñalba, los morales, los Palma, los Calvet, los Barberena, las Belli y los Agudelo. El sitio estaba abarrotado y todos rodeaban el David. Poetas y periodistas tomaban nota para dedicar sonetos y artículos a la escultura. Sin embargo Jeremías no estaba, le buscaron en todo el recinto pero nada. Su hermano tampoco estaba para poder preguntarle por él.

Finalmente llegó la hora de develar el resto de obras concursantes. Una a una hicieron su debut y los jóvenes artistas recibían las críticas más variadas. Cuando la última obra fue mostrada, un silencio absoluto se cernió sobre la academia. Dicen que se podía escuchar la respiración trabajosa de los maestros más ancianos. Era la pintura de Ezequiel, descrita por los que asistieron, como una muestra de postmodernidad brutal con un collage que deconstruía la esencia misma del ser humano.

Inmediatamente la aclamaron todos. Se convirtió en el tema de plática y debate, algunos mencionando las influencias de Bacon y el Bosco, otros haciendo referencias a Lovecraft y Sade. Fue hasta que algunos de los alumnos se acercaron a la pintura, que los detalles mostraron la verdadera profundidad de la obra. El rojo predominante les llamó la atención, un dedo incrustado dio la pista, pero fueron los cabellos largos pegajosos y los jirones de cuero con un tatuaje conocido, los que revelaron la horrorosa verdad.

Uno de los estudiantes cayó desmayado, otro empezó a reírse a carcajadas y finalmente uno gritó hasta quedarse mudo. Los otros asistentes al darse cuenta huyeron despavoridos entre vómitos y sollozos, aunque no faltó más de alguno que alcanzó a tomarle fotos antes que la policía lo decomisara como evidencia del parricidio.

Los restos de Jeremías nunca fueron encontrados. Del cuadro, los maestros de la academia dijeron que había sido enterrado en un funeral privado. La verdad, ahora conocida, era que pasó de mano en mano entre coleccionistas privados hasta llegar, no se sabe muy bien como, al sótano del Banco Central. Sin embargo, se puede aventurar la teoría de que el deterioro orgánico de la obra, a pesar del uso de formaldehído y barniz, más la inevitable decoloración de los fluidos corporales utilizados como pintura, hallan sido las causantes del destino final.

A Ezequiel dicen que lo mataron las maras cuando intentaba cruzar hacia México. Otros afirman que vive en Panamá con un nombre falso, haciendo retratos a los turistas europeos. Lo único que sabemos a ciencia cierta, aunque muy pocos seamos capaces de afirmarlo en público, es que nunca ha habido ningún cuadro tan horriblemente perfecto como el de los hermanos Mayorga.

Imagen "La Ansiedad" Francis Bacon

Alberto Sánchez Arguello

24 Febrero 2011